La idiotez de lo perfecto, de Jesús Silva Herzog-Márquez

Ivabelle Arroyo
Politóloga y periodista
Mentadas e Imperfecciones
 
Atreverse a cuestionar las sagradas convicciones políticas del amigo –intelectual, activista o lego– ha sido siempre, en cualquier circunstancia y en cualquier bar, una mentada de madre. Eso sí: una mentada, todos lo saben, es saludable de tiempo en tiempo. Quizá por eso algunos pensadores aficionados al peligro las lanzan periódicamente para evitar que el pensamiento político se endurezca como ideología. De vez en cuando hay que poner trampas de espejos para recordar que en política no hay verdades inmutables. 
Es ése el ánimo del libro de ensayos más reciente de Jesús Silva Herzog–Márquez, La idiotez de lo perfecto: un recorrido por el pensamiento de cinco grandes hombres del siglo xx que tuvieron la mala fortuna de cuestionar, en momentos de definición política, la definición política misma; ésa que pide abdicar de la inteligencia crítica y seguir reglas inmutables y recetas de cocina.
Cuando presenté este libro en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, más de un amigo cambió la manera de verme: no les gustó mucho la decisión de acompañar una publicación que recupera, recuerda y actualiza la mirada de cinco inteligencias de fuego que han recibido insultos y vituperios, entre los cuales el menor ha sido el de ser comparsas de la derecha autoritaria. La tolerancia no es una virtud que abunde y muchos desean hacer callar a los autores que no forman parte del altar de la progresía (incluyendo entre éstos, a Silva Herzog–Márquez, por supuesto).
El pequeño pero destructivo G5 contra la perfección de lo político está integrado en este libro por Schmitt –Carl Schmitt–, Norberto Bobbio, Isaiah Berlin, Octavio Paz, Michael Oakeshott y el propio Silva Herzog–Márquez, quien se abroga el papel de interrumpir, elogiar y cuestionar a los maestros. 
La propuesta es deliciosa. El autor hace a un lado la aridez habitual de los ensayos de teoría política para hilvanar las puntas en las que coinciden los miembros de su salón de debates, a quienes de paso vuelve hombres de carne y hueso, con gustos, debilidades e inquietudes de su tiempo. 
El primer y más importante postulado en este recorrido es que el suelo de la política no es firme, que no hay posibilidad de arreglar la sociedad de acuerdo con reglas generales que, además, sólo funcionan en una normalidad no únicamente inexistente, sino indeseable en absoluto. Las más sagradas ideas de democracia son ideales agujerados por la timoratez de los liberales, esas caricaturas de hombres que no quieren tener enemigos sino socios, esos debiluchos que gustan de los adversarios decentes y bien portados, dice Schmitt, el primero de los pensadores espiados. Schmitt recuerda que la política está hecha de hombres concretos, imanes de fuerza que funcionan mejor que los falsos ídolos en los que se convierten las leyes, operantes sólo en la imposible normalidad.
Tras esa primera sacudida (¡leyes, como falsos ídolos!), Silva Herzog–Márquez aumenta la intensidad del bombardeo a la falsa perfección con un brillante ensayo sobre Oakeshot. En medio del marasmo de moda en que se han convertido los ejercicios de prospectiva y los oráculos racionales para construir y prever el futuro, Silva Herzog hace que Oakeshott amenace con otra verdad: en el mar de la cosa pública no hay puerto de salida, ni suelo de llegada, y la única actividad humana posible es la de mantener el barco a flote. Que no es poco, por supuesto. 
Como si esto no hubiera sido ya suficiente, encuentro a la mitad de libro, agazapado, listo para saltar, a un Bobbio que defiende el orden estatal y aboga por limitar, en contraparte, al ciudadano (¡!), pero que además lo hace desde la sana sospecha, mucho muy lejos de las certezas que amarran la inteligencia y esclavizan al pensamiento. 
Tras estas sacudidas, resacudidas, relecturas y recuerdos de lecturas, uno ya casi no quiere saber cómo refuerzan Isaiah Berlin y Octavio Paz el combate a las muletas, que tan útiles les son a muchos para pensar. Lo malo es que ya lo sabe uno. Berlin es capaz de entusiasmar el pensamiento más crítico al mismo tiempo que deprime a los buscadores de verdad y bondad en el ser humano. Nada de que libertad, fraternidad e igualdad son un triunvirato alegre; no, no sólo no vienen juntas, sino que se anulan entre sí y, además, olviden lo que dijeron todos los profesores de filosofía: es ridículo sostener que la cesión de libertad tiene aparejado un aumento de ésta. No. Si se cede libertad, se tiene menos de ésta, punto. A esta serie de verdadazos, súmenle las nupcias de contrarios de nuestro mexicano, querido y odiado Octavio Paz, y estamos completos: no hay verdad, no hay camino, no hay receta. 
Pero no es éste un resumen del pensamiento de cinco teóricos. La virtud del libro de Silva Herzog –Márquez es la amplitud de su mirada. El politólogo mexicano habla de cada autor como si éste hubiera sido asiduo comensal en su casa, como si hubieran compartido juegos, como si hubieran cometido juntos el imperdonable pecado de invitarse un café de madrugada en un Oxxo, como si se hubieran contado chistes sobre mujeres e intercambiado recetas de panes. Silva Herzog se asoma a las lecturas, las inquietudes, los temores, el timbre de voz y los poemas que dieron cuerpo a la construcción intelectual de la obra de cada uno de ellos. Se asoma y construye a su vez una ventana chiquita para espiar el legado de quienes con claridad vieron que la política es indomable; que no existen Los siete pasos para convertirse en dictador; que el arte de gobernar, si acaso se rige por unas reglas, lo hace con las de la conversación; que todos los postulados de ciencia siempre están escritos en tinta china y todos pasan por el aguacero del tiempo; que la defensa del Estado o del liberalismo o de la democracia tiene que hacerse siempre con cautela y sin pasión, para darles posibilidad de que entreguen lo que pueden, que es muy poco, pero lo es todo. 
Ahora bien, mucho ojo, eso es lo que plantean ellos, los hombres a los que Silva Herzog espía. Eso no significa que él les compre de inmediato la idea, que cumpla una labor de mero divulgador. No. Por ejemplo, en el caso de la conversación como regla de la política, Silva Herzog–Márquez de plano se mete entre las palabras de Oakeshott y le pone una bomba a su postulado. Maestro: esa bomba trae escrita la palabra poder. El poder no dialoga, hace hablar y enmudecer. 
El libro es gozoso, es molesto, es perturbador, es delicioso. A pesar de los fallidos intentos de traducción literaria de Silva Herzog Márquez (no se le da la poesía, ni modo), las figuras a las que recurre llenan la obra de color, de imágenes, de aromas. Es un libro de teoría política que huele a cebolla, que tiene un ligero toque de ajo y de sal de mar, que suena como viento encampanado, que recuerda cómo andar en bicicleta, cómo apostar a los caballos y cómo sufrir adentro de un cuadro de Goya. 
Los que ya conocen a schmitt, a Oakeshott, a Octavio Paz, a Bobbio y a Berlin, disfrutarán la mirada de Silva Herzog. Quienes se acercan por primera vez al genio de estos incorrectos lectores de poesía y política tendrán el privilegio de conocerlos en una de esas buenas tardes. 
 
Ivabelle Arroyo
Politóloga y periodista 
 

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