Enrique Oroz. Temporada en el infierno

En La caída del tiempo, E. M. Cioran escribió: “Odiamos a cualquiera que espera alguna cosa de nosotros… la única concesión que podemos hacerle a estas personas es decepcionarlas”. Cioran no se equivocaba: es un verdadero descanso encerrarse en uno mismo y ser olvidado por los otros, aun cuando nuestra obra continúe creciendo (el escándalo de la batalla permite, a veces, conciliar el sueño). Esta impresión de retiro me asalta cuando veo a Enrique Oroz concentrarse en sus obsesiones y volcarse en la creación de una obra que lo sobrepasa y que lo domina en más de un sentido; cuando lo veo instalarse cómodamente en un exilio inducido para comenzar una guerra capaz de poner en paz su imaginación desbocada 

En la épica de esa lucha íntima, sorda y sin término que implica la expulsión de los otros y la derrota permanente ante uno mismo, se han creado en el transcurso de la historia obras que nos dan intensas señales de la naturaleza humana: es el caso de la pintura de Enrique Oroz. La debilidad que, en lo personal, experimento hacia esta clase de arte expresivo e incómodo es más un destino que un gusto: una vez que sus creaciones se han mudado a la memoria no hay manera de mantenerse aparte de su inlujo: el camino de regreso no existe.

Oroz crea el soporte de algunas escenas añadiendo paisajes decimonónicos o estampas religiosas, como la asunción o la resurrección cristianas. El tenebrismo de Caravaggio, las escenas sombrías de José María Velasco podrían ser en los cuadros de Enrique secreto revelado y atmósfera sombría. Su iconografía es consecuencia de una visión totalmente inédita y de una manía que hace coincidir dentaduras, anátidas, pelucas y botellas de cerveza con rostros de las más diversas etnias, todo ello dentro de un pastiche colosal cuyo motor esencial es el desorden creador y la necesidad de hacer hablar al mundo soterrado.