Un lugar común llamado Monsiváis

En la carrera al éxito es más importante lo que se dice y hace fuera de los libros que lo que se escribe en ellos

Por: Héctor Villarreal

Intelectualmán 

En un país con baja escolaridad y escasa calidad de la educación, con una tercera parte de la población adulta que no concluyó el nivel básico, Carlos Monsiváis aparece como un gigante del saber, como la personificación de la genialidad… Ocupó el lugar número 14 en la lista de “Los 50 personajes que mueven a México”, publicada por la revista Quién en 2009 y de la autoría de un jurado que se basó en los siguientes criterios: relevancia en la sociedad, trayectoria y popularidad durante el año previo.

Y en el libro Televisa presenta (2006), en el que la fábrica de sueños conmemora su quincuagésimo aniversario, el retrato de Monsiváis figura entre los de quienes han sido los más representativos de la televisora, como Chabelo y Chespirito.

No hay intelectual más conocido y multihomenajeado ni más sobrevalorado, como un supermán de la intelectualidad, con epítetos como la conciencia de México

Afición al DF

En un país tan centralizado como México, las interpretaciones o narraciones sobre tópicos de la capital se proclaman o publicitan como de relevancia y dimensión nacionales. Es la persistencia de la definición de un todo diverso, complejo y disímbolo por su fragmento más afectado.

De ahí que Monsiváis sea frecuentemente presentado como hermeneuta y tratadista de la mexicanidad, especialmente de sus culturas populares, cuando lo es apenas de algunos íconos del folclor chilango y sus lugares turísticos.

Desde la autobiografía de sus mocedades (a los 28 años) había proclamado su “intolerable afición al DF”. Así que la aldea de la colonia Portales como cineteca de la época de oro y sala de lectura de novelas viejas es reconocida como faro del saber y observatorio de la(s) cultura(s) nacional(es) por obra y gracia del consenso de intelectuales devotos monsistas y políticos en perpetuo homenaje.

Vicario y reseñista

La mayor parte de su obra escrita, que es la publicada en diarios (sin contar la actoral televisiva), es reseña de declaraciones publicadas en la prensa.

Comediante que logró vender sus not jokes como si fuesen ensayos, el intelectual número uno hacía poco más que la chamba de los prestadores de servicio social en las oficinas de comunicación gubernamental, que es la de recorteros de periódico y hacedores de síntesis.

Aunque se reitere una y otra vez, Monsiváis no fue cronista, porque éste es un género periodístico que no puede ser vicario: carece de testimonio propio; no narra sus experiencias, sino las de otros.

Tan anclado al pasado como a lo local, no cabe hallar entre sus reseñas las que se refieren a nada nuevo en el arte y la literatura, ni de fenómenos de la cultura popular. Falsa, pues, la ubicuidad que sus devotos le adjudican.

Monsiñor

La mitopoética de Monsiváis y sus devotos es simple: toda la realidad tiene una sola dimensión explicativa: la ideológica izquierda-derecha.

Su columna política era de redacción complicada, pero de ideas sencillas y consistentes a lo largo de las décadas, fácilmente reconocibles y simpáticas para quienes aspiran a la justicia social: los políticos priistas son corruptos y dicen muchas estupideces, los políticos panistas son mochos ignorantes, y los obispos católicos son retrógrados.

En suma, La Derecha tiene la culpa de todo lo malo –tanto de la pobreza como del hábito de ver televisión– y sólo La Izquierda tiene la calidad moral asistida por la razón para hacer el bien. De ahí a subir a una tarima a proclamar la llegada del mesías, el paso ya estaba dado.

Multimediático

La visibilidad multimediática del buen Monsi está directamente relacionada con el reconocimiento público a su preeminencia como el intelectual número uno.

En la carrera al éxito es más importante lo que se dice y hace fuera de los libros que lo que se escribe en ellos. A fin de cuentas son pocos quienes los van a leer, menos los que leerán otros y cuenten con la formación o educación para compararlos con los de otros autores, y muchísimos menos quienes puedan hacer una crítica que logre trascender sin ser descalificada.

Sea en México o en Estados Unidos, está empírica y cualitativamente demostrado (por el investigador Charles Kadushin, entre otros) que hay una correlación entre el reconocimiento a la prominencia de un autor como intelectual y la cantidad de veces que es publicado en las revistas o medios más importantes.

Supongamos que hay una decena de escritores excelentes, pues el que cuente con más difusión destacará más que los otros. Luego su nombre será el más conocido de entre ellos y eso redituará en que pueda tener más y mejores oportunidades para acumular prestigio. Lo dicho: no hay intelectual más conocido ni más sobrevalorado.

 


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