Señas de Monsi

Por: Víctor Hugo Martínez González

Si pudiera volver a descubrir a Monsiváis, si, mejor, este texto tuviera la suerte de llegar a un joven lector, ¿qué señas de Monsi me gustaría priorizar? Elijo tres. 

1. El escritor. Carlos Monsiváis fue eso: un señor escritor. Su faceta más conocida fue la del cronista, pero su verdadera y mayor altura ha sido la de un escritor, que como sólo con los grandes ocurre, llegó a serlo como consecuencia de ser antes y siempre un lector todo terreno.

Los clásicos anglosajones, franceses, latinoamericanos y aun los bíblicos pasaron por sus ojos. Los poetas que murió admirando, y a los que dedicó antologías soberbias, fueron parte también de su consumo insaciable.

Había en él un estilo exclusivo al momento de escribir, pero esa genialidad no era gratuita sino el fruto de la disciplina de un lector enérgico.

Ya se sabe que Monsiváis sumaba todo, que leía la alta cultura y la popular, que lo hacía además en varios idiomas. Lo que no sobra admirar es el inmenso trabajo que esto significaba. Leer para escribir y escribirlo todo para convertirse en un escritor.

En tiempos de confusiones, donde los académicos redactan novelas y firman como escritores, es bueno recordar las jerarquías: hay buenos y malos escritores, y Monsiváis fue ante todo lo que nunca dejó de ser: un señor escritor.

Si leemos la belleza de sus obras, sus libros fantásticos y los no extraordinarios, Monsiváis no desmerece ante nadie que figure en el altar del aspirante a escritor. Algún chico que quiera ser escritor por parecerse a Balzac, Auster, Pessoa o Sterne, habrá elegido bien si en Monsiváis fija su modelo de estética y ambición.

2. La lucidez humorística. Con las personas demasiado inteligentes parecen ir asociadas dos formas de identidad. La de “la divina garza”, el tipo que por brillante cree tener derecho a la pedantería y a conducirse como un divo patán, sería el primero de estos modos.

Un segundo, tal vez más fino pero en definitiva infeliz, es la tesis de “la lucidez dolorosa”, un estado de ánimo y reflexión que vincula la conciencia penetrante (del mundo y sus sinsentidos) con la aceptación de la inevitable melancolía (si bien nos va) o la amargura porque el mundo tiene por tarea asesinar las utopías.

“La verdad es el desencanto de los soñadores”, decía Sartre aproximándose a esto. Con más tristeza aún, uno de los cuentos más terribles de Juan Carlos Onetti (Bienvenido, Bob) concluía que del deterioro no se salva nadie.

No debió serle sencillo, pero Monsiváis mandó al diablo estas profecías y se hizo adulto sin oxidarse. Fue un lúcido, una única y monstruosa inteligencia, sin caer nunca en la pose del docto perdonavidas, el flemático inalcanzable o el sabio antipático.

Su curiosidad enciclopédica, su erudición impar, no fueron más que su sentido del humor inusual en los intelectuales mexicanos. 

Monsi estuvo en guerra contra la solemnidad, sus opresiones e imposturas. Se puede ser un fuera de serie y no remedar las groserías de un Dalí o Cela.

Puede uno hincharse de lucidez y no dejar de comportarse como una persona. “Saber estar”, dirían los abuelos. Manías habrá tenido muchas, pero jamás entre ellas la pérdida de la sencillez por sus kilómetros de libros, conferencias o virtudes.

La lucidez no le infló el ego ni lo separó de nadie. Su humor, negro, sin vedas ni límites, le hizo vivir como lo que para nadie salvo él fue: un tipo normal y común.

3. La izquierda compleja pero franca. “Por malos rollos de la edad”, dice Luis Eduardo Aute, se impone la idea de que ser de izquierdas es una cosa de juventud, luego de lo que lo sensato es “crecer y sentar cabeza”.

O sea: dejar los extremos y correrse al centro, esa versión compungida de las derechas. Tampoco Monsiváis se tragó ese cuento. También Monsiváis fue un ejemplo de cómo salirse de ahí y sacar el cuerpo a ese engaño.

Monsiváis fue eso que la modernidad exige: una izquierda compleja, programática, legal. Pero no abandonó lo primero por lo segundo, es decir, la izquierda fue su sustantivo, residencia y carnet de épicos combates.

Ahí queda otra de sus lecciones: se puede ser de izquierdas y modernizarse, pero no es lo mismo eso que entrar en la ratonera de los dilemas y equívocos.

Izquierda roja no es igual que rosa. Izquierda en trance es distinta que claudicante. Izquierda autocrítica, bien, perfecto, pero no a costa de seguir los cambios que al orden regido por las derechas convienen y satisfacen.

Para hablar mal y pronto: que se puede ser de izquierdas y no bajar la guardia ante puñeteras disquisiciones que pretenden justificar que los de arriba se fajen a los de abajo y el mundo se divida y polarice en “puteadores y puteados” (Aute dixit).

Decía Juan Villoro que Carlos Monsiváis había sido un género en sí mismo. En poquitas palabras, eso lo dice todo. En más, las mejores que conozco para Monsiváis, el ensayo de Sergio Pitol “Con Monsiváis el joven” (El Arte de la Fuga, 1996), es una entrañable declaración de amistad, cariño y asombro por la persona en la que Monsiváis consiguió convertirse.

Nada de lo que escribí aquí tiene esa fuerza y encanto. Así que la esperanza de este ensayo de transmitir a un joven lector la dosis de Monsiváis que a todos nos hizo bien, no podría contar con mejor guinda que la sensibilidad de Pitol: “Monsiváis es un polígrafo en perpetua expansión, un sindicato de escritores, una legión de heterónimos (…) es Mr. Memory, un incomparable historiador, un ensayista intensamente agudo, un crítico de cine notable, un estudioso de la pintura, el documentador de la fecundísima gama de nuestra imbecilidad nacional (…) mi más entrañable amigo”.