Recuerdos de mi amigo hereje. La heterodoxia religiosa de Carlos Monsiváis

Ese intelectual y escritor cuya crítica mordaz muchos alababan y otros denostaban o temían, era mi amigo, un heterodoxo de alta estima y mejor humor

Por: Alfredo Echegollen Guzmán

El pensamiento de la amistad:

Creo que sabemos cuándo la amistad acaba

(incluso si aún perdura),

por un desacuerdo

que un fenomenólogo llamaría existencial,

un drama, un acto desafortunado.

Pero ¿sabemos cuándo comienza?

No hay flechazo de la amistad,

sino más bien un hacerse paso a paso,

una lenta labor del tiempo.

Éramos amigos y no lo sabíamos.

MAURICE BLANCHOT

Cuando un personaje de la escena pública trasciende –y morir es una forma, quizá la menos equívoca, del trascender– queda una estela de elogios que corre el riesgo no sólo de aburrir por la repetición ad nauseam de las virtudes y aciertos del que trascendió, sino de sepultar bajo la aclamación aquellos rasgos, quizá oscuros o ambiguos, que eran constitutivos.

O al menos contribuían a la autenticidad de quien en vida fue más actor que personaje, más carácter que caracterización; hombre, en fin, de su tiempo y circunstancia, tan contingente y tan irrepetible como ellos.

En el caso de Carlos Monsiváis es difícil no caer en las rutinas momificantes que su todavía reciente deceso ha desatado en buena parte de la academia, la intelectualidad y el periodismo mexicanos, y que han acabado por expropiarle al lector y al ciudadano de a pie una figura, sí emblemática de nuestra vida pública, pero también vital y rebelde a todo embalsamamiento cultural como la del autor de El Estado laico y sus malquerientes (2008).

Me prevengo entonces a mí mismo –quizá infructuosamente– de todo ejercicio memorioso que se inscriba en tal impostura, y me entrego en cambio al pensamiento de una amistad que, como indica el epígrafe de Blanchot que antecede a estas líneas, perdura a pesar del infortunado evento de la muerte de Carlos, con quien me unió una amistad cuyos inicios no sabría yo señalar, pero que se hizo paso a paso a partir de la identificación –sorpresiva para mí en un primer momento– en torno a nuestra compartida filiación protestante y evangélica.

Debo aquí reconocer la iniciativa de nuestro común amigo, Carlos Martínez García (sociólogo y periodista menonita, colaborador de La Jornada), que fue quien primero buscó, contactó y embarcó a Monsiváis en diversas empresas y actividades de un pequeño grupo de “intelectuales” y académicos evangélicos y protestantes en ciernes –entre quienes está también Carlos Mondragón, psicólogo e historiador de las ideas protestantes en América Latina– desde mediados o finales de la década de 1980.

Nuestras inquietudes culturales y políticas encontraron pronto en Monsiváis no sólo un referente –que podía fácilmente degenerar en “el discurso del Amo”, para decirlo en términos lacanianos–, sino un interlocutor ágil, mordaz, cercano pero no complaciente, y gustoso de que tras décadas de letargo intelectual y cultural en las iglesias protestantes de México emergiese una minoría de evangélicos empeñados en pensar crítica y responsablemente su realidad sociohistórica, a partir de las coordenadas de la revelación bíblica pero atentos a los debates intelectuales, así como a los desafíos culturales y políticos de su tiempo. 

De más está recordar la inmensa erudición bíblica de Monsi, para quien la Biblia era, según quedó consignado en una de las múltiples entrevistas que concedió, fuente del conocimiento y del comportamiento; y reiteraba que su gran pasión por los libros se había iniciado con la Biblia, lo primero que leyó, lo que más veces leyó, y en donde encontró y matizó ideas para él imprescindibles; el mismo escritor prolífico, crítico inflexible de la derecha clerical y su integrismo intolerante, excluyente, misógino y homofóbico; el que reconocía la Escuela Dominical como su verdadero lugar de formación, y aprendió pronto a arrostrar la condición de minoría protestante –representada por él– en un medio social, escolar, y cultural que asume como “exótico” o incluso como encarnación del mal el ser diferente.

Muchos hoy elogian, con razón, la incansable denuncia de las violaciones a los derechos de las minorías étnicas, religiosas y sexuales en México que desplegó Monsiváis a lo largo de varias décadas, pero ignoran que tal militancia es simplemente inexplicable si se ignora su raigambre protestante y el papel de la lectura de la Biblia en quien se empeñó a lo largo de una amplia y dispersa obra escrita en poner “lo marginal en el centro”.

Entre esas marginalidades centrales en la ignota vida del Monsiváis “hereje” protestante, está también su melómana afición no sólo a Juan Gabriel y Gloria Trevi, sino a la música gospel, a los cantos espirituales negros, y en especial a la himnología tradicional protestante, en la cual su erudición era igual de sorprendente que en el terreno bíblico.

En una ocasión, a mediados de la década de 1990, cenábamos con él y se puso a recitar de memoria estrofas enteras de casi un centenar de antiguos himnos protestantes, muchos de ellos “clásicos”; y al señalarle yo de que algunos habían sido recientemente grabados en versión de mariachi por un emergente e improbable artista evangélico autodenominado “El Charro Redimido”, estalló en carcajadas que llenaron el restaurante en que nos encontrábamos.

Yo no lo sabía entonces, pero ese intelectual y escritor cuya crítica mordaz muchos alababan y otros denostaban o temían, era mi amigo, un heterodoxo de alta estima y mejor humor, cuya risa perdura, recordándome que las ortodoxias, sean políticas o religiosas, son a la vez ridículas y dignas de nuestra carcajada, de una risa mordaz e inteligente, como la que poblaba sus imprescindibles textos.