¡Por los muertos, bohemios! Carlos Monsiváis

Muerto, Monsiváis es mi amigo, y no me puede contradecir. En vida tampoco tuvo tiempo de negar mi amistad: se murió sin que nadie se lo preguntara

Por: Dante Medina

¡Por mi madre, bohemios!

CARLOS MONSIVÁIS

¿Me habré vuelto viejo “repentinamente”?

Hay pruebas de que sí: yo que siempre tuve amigos mayores, ahora mis amigos tienen mi edad, y son abuelos. Muchos de ellos se han muerto.

Lo sé cuando los domingos, como hoy, me siento solo y repaso, por orden alfabético, mi agenda, para ver a quién puedo llamarle, para hablar –esa necesidad obsesiva de hablar, de ponerle colores al pasado en las palabras, propia de la senectud–, me topo con mi galería de difuntos: Adalberto Navarro Sánchez, Arturo Rivas Sáinz, Enrique Macías, Ángel González y Jaime Sabines (poetas); Constancio Hernández Allende, Ramiro Villaseñor, Rafael García de Quevedo, José Luis Martínez (intelectuales); José Minero (huichólogo); Marcos Huerta, Judith Domínguez, Kraepellin y Javier Campos Cabello (pintores); Félix Vargas, Claudia Cecilia Alatorre, Mario Rosillo (teatreros); Alain Robbe-Grillet, Juan José Arreola (narradores); Emilio García Riera (cineasta); Gonzalo Villachávez (arquitecto)...

¿Habré de morirme para volver a conversar con ellos? ¡¿O se me habrá vuelto contra mí la broma que le inventé al crítico literario Ángel Flores, “mi amigo Ángel”, anciano entonces de más de noventa años, al que le decía: “Ángel, me saluda a Juan Rulfo, cuando lo vea”; “pero si Rulfo ya se murió”, me respondía; “pues por eso”, le replicaba yo, “porque usted pronto irá a visitarlo”. Y Ángel se torcía de risa y de gusto como si le estuviera confirmando una cita con “mi amigo Juan”.

Ahora, Alejandro Vargas (poeta), me pide que haga memoria, “que recorra mi memoria”, como pedían amenazantemente los Inquisidores de la Colonia, y hable de “uno de mis muertos”: Carlos Monsiváis.

Un muerto, por cierto, que nos pertenece a todos, porque de él tuvimos bastante cada uno de nosotros: buscador de la identidad nacional, cada vez que, extraviados, nos buscábamos, nos encontrábamos con él, espeleólogo del ego colectivo.

Muerto, Monsiváis es mi amigo, y no me puede contradecir. Tendrán los lectores, Alejandro, que aceptar mi palabra de que en vida tampoco tuvo tiempo de negar mi amistad: se murió sin que nadie se lo preguntara.

En mi calidad de sobreviviente de una mesa donde comimos y charlamos seis personas, cuento esta historia en la que participaron tres “al día de hoy” muertos, y tres “al día de hoy” vivos.

Los muertos son: Emilio García Riera, Juan José Arreola, y Carlos Monsiváis (nuestro héroe y personaje en este escrito rememoratorio); los vivos son: José Emilio Pacheco, Raúl Padilla, y yo mismo, Dante Medina. El escenario: el restaurante “La Vianda”, de Guadalajara.

El tema: el cine, que los unía a todos como especialistas, menos a Raúl y a mí, que estábamos de mirones. José Emilio Pacheco le contó a su tocayo Emilio García Riera (autor de la Historia Documental del Cine Mexicano en 17 tomos), una anécdota que antes me había contado a mí (y a los demás también, sin duda): que él había ganado un concurso, a los once años de edad, descubriendo la identidad de El Santo, “El Enmascarado de Plata”.

Fue como prenderle fuego a la Trivia. Salvo los dos legos que mencioné, el enciclopedismo cinematográfico estaba en esa mesa: si José Emilio fue capaz de “desenmascarar” al Santo con el método de identificar al actor que “desapareció” de la pantalla para reaparecer convertido en el famoso luchador, Emilio podía corregir los créditos erróneos que ponían en las pantallas de todas las películas del cine nacional, Juan José estaba dispuesto a recitar cada nombre de personajes y actores de los filmes franceses de 1940 a 1960, y Carlos Monsiváis –para pertenecer al club de eruditos al que de hecho pertenecía– probó que nada le era ajeno en lo que a estilos, recepción, e intenciones, se refería en la cinematografía mexicana.

Por fortuna, para Raúl Padilla y para mí, que no dábamos la talla para tener vela en aquel velorio, vino el mesero con la carta, y aprovechamos cada uno para darle a lo suyo: yo, para pedirme otro whisky y elegir el tinto; él, para dar cifras oficiales probatorias contundentemente de que la FIL era irrefutable.

Yo dije con la mano “¡Salud!”: Emilio García Riera me contestó con una generosa bocanada a su cigarrillo (con su cara del chiste mío a su risueñez: “Si Emilio García no riera, otro gallo nos cantara”), Juan José Arreola andaba persiguiendo una migala que le quería descomponer un verbo en el bolsillo de su conjugación, José Emilio Pacheco me miró con esos ojos suyos de que quiere que le repitas la pregunta pero preferiría por timidez que no, y Carlos Monsiváis no se sintió aludido porque él era abstemio y vegetariano. O sea que quien se aprovechó fue el silencio. Y se instaló como hace siempre que la gente se calla.

Pero la trivia es un petardo. Ni la comida la ahuyenta. Cada uno, entre bocadillo y masticada, soltó la suya. Duelo de campeones. Llovieron los: “¿en qué película...?, ¿quién dijo...?, ¿qué director fue el que...?, ¿quién protagonizó y con quién de co-protagonista de...?, ¿cuántos y cuáles guiones escribió...?”.

Nada se quedó sin responder por alguno de aquellos cuatro titanes de la erudición cinematográfica (recuerde, lector, que había dos cachirules). Luego vino la parte verdaderamente dura: “Si yo digo... ¿quién soy?”, “¿a quién le respondió la pregunta sobre aquel asunto tal actor?”, “¿se acuerdan del que hizo...?”. Las respuestas eran dignas de entrar directamente a una enciclopedia.

Juan José Arreola, contra su costumbre (en su entrevista con Borges, apenas Borges pudo, según su testimonio “intercalar algunos breves silencios”), estaba callado. Sólo la greña desordenada le brillaba, aluzada por sus ojos de noche.

Entonces, Arreola se volvió lo que siempre fue: espectáculo. En lugar de hacer preguntas, escenificó respuestas; en vez de referir lo que un actor decía, lo actuó, con réplica, voces, expresión corporal, entonación, en un francés perfecto de época.

Vimos, atónitos, la película. Nos sacó de la adivinanza para meternos en el set. Asistimos a la proyección, con Arreola en todos los papeles. Sólo quedaba aplaudir.

Sobra lo que dijimos los otros, ya que estas palabras son en honor a Carlos Monsiváis, un vegetariano que no comía prójimo.

Monsiváis dijo: “Bravo, maestro”, y fue como si se aplaudiera a sí mismo, por esa capacidad de admirar lo admirable que siempre enalteció a Carlos. Fin de mi homenaje a Carlos Monsiváis.

¡Por los muertos, bohemios!

Termino reconociendo que, como ya escribo memorias, y hablo sobre los que se fueron, sin duda, bohemios, por mi madre y por la suya, que, sin darme cuenta, he envejecido.

Ahora lo que me toca temer es que otros escriban testimonios biográficos sobre mí, porque eso equivaldrá –como se dice en los patéticos videos que dejan los que saben que su vida está en peligro–, a una especie de epitafio: “si están viendo esto, es que ya estoy muerto”.

Pero como quedamos todavía tres de los seis de estos recuerdos en el mundo, te pido, Alejandro Vargas, que no tires este artículo: con pequeñas modificaciones puede servir de homenaje póstumo para José Emilio Pacheco, para Raúl Padilla, o para mí mismo –en cuyo caso, te pido que lo firmes tú, en mi nombre con una nota que diga: “si estás leyendo este artículo con la firma de Alejandro Vargas, es que el muerto soy yo, Dante Medina”.


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