Los protestantes siempre me invitan a cosas serias

Carlos Monsiváis se suma a los intelectuales mexicanos que hacen presencia en la historia nacional, desde una formación que, en su multiplicidad, también acoge en sus filas el pensamiento de Lutero, Zwinglio, Calvino, John Wesley y John Brown

Por: Mario Édgar López Ramírez

A los pocos días de la muerte de Carlos Monsiváis, mi hermano me escribió diciendo: “Ahora que ya no está, me doy cuenta que le quedamos a deber mucha amistad a Monsi”.

La frase me hizo pensar no sólo en mí y en mi hermano, sino en la gran mayoría de miembros de iglesias evangélicas en México, muchos de los cuales desconocen el origen y la educación protestante de Carlos Monsiváis, así como su lucha intelectual a favor de las minorías cristianas evangélicas, que representa un testimonio de la forma en que “la otra evangelización”, la protestante, ha contribuido a la construcción de la pluralidad política, social y religiosa en el país.

Junto con Gonzalo Báez-Camargo, Carlos Monsiváis se suma a los intelectuales mexicanos que hacen presencia en la historia nacional, desde una formación que, en su multiplicidad, también acoge en sus filas el pensamiento de Lutero, Zwinglio, Calvino, John Wesley y John Brown.

Mi primer encuentro con el fuerte vínculo que Carlos tenía hacia los evangélicos fue al leer un pequeño librito: su joven autobiografía editada en 1966, que era parte de la biblioteca del Compañerismo Estudiantil Cristiano en Guadalajara (un movimiento de universitarios, miembros de iglesias protestantes, que buscábamos combinar la fe, el pensamiento y la acción social).

Ahora que tengo esa misma edición frente a mí, después de casi veinte años de haberla leído, no puedo dejar de sentir aquella sensación de identificación, casi total, con mis orígenes.

Escribía Carlos: Pertenezco a una familia esencial, total, férvidamente protestante y el templo al que aún ahora y con jamás menguada devoción sigue asistiendo se localiza en Portales. Familia fundamentalista, que abomina el licor y el tabaco, la mía decidió otorgarme una educación singular.

En el principio era el Verbo, y a continuación Casiodoro de Reyna y Cipriano de Valera tradujeron la Biblia, y acto seguido aprendí a leer.

El mucho estudio aflicción es de la carne, y sin embargo la única característica de mi infancia fue la literatura: himnos conmovedores (“Cristo bendito, yo pobre niño, por tu cariño me allego a Ti, para rogarte humildemente tengas clemente piedad de mí”), cultura puritana (“Instruye al niño en su carrera y aun cuando fuere viejo no se apartará de ella”), y libros ejemplares: El progreso del peregrino de John Bunyan; En sus pasos o ¿Qué haría Jesús?El paraíso PerdidoLa institución de la vida cristiana de Calvino, Bosquejo de dogmática de Karl Barth. Mi verdadero lugar de formación fue La Escuela Dominical… el pecado fue el tema central de mi niñez y la idea que de algún modo, no sé cuál, ha seguido rigiéndome hasta ahora… por eso caigo reiteradamente en la desconfianza, en la incertidumbre continua sobre mis acciones, sobre mi derecho a recibir algo, lo que sea, sobre mi derecho a gozar de las cosas. Para conocerme a mí mismo sólo he utilizado una técnica, la sospecha. Para conocer a los demás, siempre he recurrido al recelo…1

A Carlos, como a muchos evangélicos que se disponen a traspasar fronteras intelectuales, el protestantismo le imprimió “una estructura moral que, con sorprendente malevolencia, vuelve a mí en los momentos menos oportunos”:2 este es el sino constante de los protestantes casi en cualquier parte del mundo.

La cita autobiográfica es vigente hasta hoy, estoy seguro, no sólo en México, sino en los diferentes países de América Latina; sobre todo para aquellos que pertenecen o han pertenecido a las iglesias evangélicas históricas: metodistas, presbiterianos, luteranos, congregacionales, bautistas y viejos pentecostales. 

Conocí en persona a Carlos durante la Feria Internacional del Libro de 1991 en Guadalajara (si es que el recuerdo no me falla) y corroboré lo escrito por él en 1966: con su poderosa memoria Monsi recitó salmos enteros de la versión Reyna-Valera de la Biblia, ante un grupo de fascinados amigos del Compañerismo Estudiantil que lo escuchábamos interesados, habló de teología, del país, de Fernando Benítez, de poesía, de literatura y terminó diciendo: “invítenme a regresar, pero no me inviten a cosas serias, los protestantes siempre me invitan a cosas serias”.

Lo vimos y platicamos con él en diversas ocasiones entre 1992 y 1994: estuvo en nuestras casas y después nos perdimos la pista, pero nunca nos olvidó, ni siquiera nuestros nombres.

Hacia el 2003 lo saludé después de una conferencia en el Museo de la Ciudad de México, me acerqué con el sabido cliché “ya no te acuerdas, ¿verdad?”, “claro que sí, me dijo, quedaron de hablarme y ya nunca lo hicieron, ¿cómo está tu hermano José?”.

Monsiváis escribiría otro texto que, junto a su autobiografía, rondaría mi cabeza por muchos años, impactándome y recordándome la aterradora realidad de la intolerancia religiosa que sigue vigente en distintas partes de México.

Lo encontré en una compilación de Carlos Martínez a propósito de las reformas a los artículos 24, 27 y 130 constitucionales, sobre la regulación de los cultos.

Es la historia de un grupo de 160 protestantes presbiterianos, que en febrero de 1999, subieron al Ajusco a realizar oración en un retiro espiritual y fueron golpeados con brutalidad, apedreados, amenazados y perseguidos por un sector de pobladores de la región:

—¿Qué están haciendo aquí?

—Venimos a orar por la salvación de la ciudad de México.

—No queremos a los protestantes. No queremos que oren por nosotros. Déjenos cómo estamos. Así estamos bien. Y váyanse antes que los matemos.3

Los evangélicos descienden pacíficamente del Ajusco pero son agredidos y Carlos Monsiváis recupera los testimonios. El más representativo para mí fue el de Laura, de 22 años:

Cuando nos atacaron pensé que nos iban a matar. Era una turba muy grande. Las muchachas íbamos por delante, y como podían los hombres nos hacían valla. Nos lanzaban piedras, botellas, patadas.

Nos echaron una camioneta blanca, grande, y nos dispersamos. Yo perdí los zapatos y cuando llegaron las patrullas no podía caminar. Me abracé a la puerta de una patrulla y grité: “Por favor ayúdenos”. A una joven la jalaban cuatro hombres. Yo les dije: “En el nombre de Jesucristo, déjenla”.

Se burlaron: “¡Qué Jesús ni qué nada!” Uno nos dijo: “Allí abajo los estamos esperando y los vamos a acabar”…4

El texto se titulaba La resurrección de Canoa, y no han dejado de vivir en mí las palabras de Laura escritas por Monsiváis: “en el nombre de Jesucristo, déjenla”, que hasta hoy me convocan.

Textos como estos darían origen en 2008 a la primera edición del libro El Estado Laico y sus Malquerientes, de editorial Debate, obra de lectura obligada para los cristianos evangélicos en México.

La última vez que escuché la voz de Carlos Monsiváis fue en julio de 2006. Contestó él mismo el teléfono: “Carlos, soy Mario, te llamo para pedirte que firmes una carta de apoyo contra la construcción de una presa en Jalisco, que ha desplazado a un pueblo entero”; le leí la carta, “Ponme, no hay problema”, y luego agregó, “Oye creo que voy a Guadalajara el viernes, averigua cuál es el evento y nos vemos”.

Pregunté por todos lados. No pude averiguar dónde y cuál era el evento. Le volví a llamar, le dejé recados. Por vergüenza ya no insistí. Ahora que sé que ya no lo veré más, como mi hermano, yo también caigo en cuenta: le he quedado a deber mucha amistad a Carlos Monsiváis.

Citas

  1. Monsiváis, Carlos (1966). Carlos Monsiváis, nuevos escritores mexicanos presentados por sí mismos; Edit. Empresas Editoriales, S.A., México, primera edición; págs. 13-15.
  2.  
  3. Mosiváis, Carlos (2008). El Estado Laico y sus Malquerientes (crónica/antología); DEBATE/UNAM, México, primera edición, pág. 203.
  4. 4 Idem. Pág. 207