Las encuestas al banquillo

Si la mayoría de las encuestas muestra a un candidato o partido político arriba del resto de manera consistente, ello invariablemente influirá en un número suficiente de electores, quienes acabarán apoyándolo el día de la elección

Por: Alfonso Hernández Valdéz

Votar es un asunto serio. Con el voto se elige a los candidatos a puestos de elección popular, y por esta razón todo aquello que influya en la conducta del ciudadano respecto a cómo decidir por quién votar cobra una gran relevancia política.

El gobierno en funciones, los grupos de interés y sobre todo los partidos políticos vuelcan su atención hacia los factores que impactan mayormente en la percepción de los votantes sobre candidatos y partidos durante las campañas electorales. E igualmente se interesan en los procesos que forman la opinión pública del electorado.

Y aquí es donde las encuestas entran a escena. No son pocos los periodistas y políticos que consideran que las encuestas preelectorales o sondeos de opinión tienen un efecto en la percepción y la formación de preferencias electorales de los votantes.

Esto se puso de manifiesto como nunca antes en la pasada elección presidencial mexicana de 2012. En el transcurso de la contienda electoral la coalición Movimiento Progresista acusó a los encuestadores y a los medios de comunicación de realizar propaganda electoral con la difusión de los resultados de los sondeos de opinión (igualmente lo hizo el Partido Acción Nacional –pan–solo que de manera menos vehemente).

Estos mostraban al cantidato de la coalición del Partido Revolucionario Institucional (PRI) y Partido Verde Ecologista de México (PVEM) como favorito para ganar la elección durante la campaña presidencial.

El argumento esgrimido por el Movimiento Progresista en materia de encuestas es bastante común y ha sido utilizado en muchos otros países. Sostiene, en general, que los sondeos de opinión no son instrumentos inocuos.

Algunos electores los toman en cuenta para decidir cómo votar, y generalmente dan su voto a quien encabeza las encuestas. A esto se le conoce como el bandwagon effect, o efecto de contagio. 

Cómo funciona o qué sucede exactamente dentro de la cabeza del votante no resulta del todo claro. Pero lo más probable es que el elector se empieza a identificar con el candidato percibido como ganador, y por tanto le da su apoyo.

De modo que si la mayoría de las encuestas muestra a un candidato o partido político arriba del resto de manera consistente, ello invariablemente influirá en un número suficiente de electores, quienes acabarán apoyándolo el día de la elección.

Por esta razón se activan los intereses de los medios de comunicación, los cuales intervienen en el espacio público para mostrar resultados de sondeos de opinión que favorezcan a su candidato predilecto.

Bajo este escenario, prosigue este argumento, se puede decir que una elección no es justa ni equitativa, al menos con aquellos candidatos o partidos que no logran colocarse en lo alto de las preferencias electorales divulgadas por las encuestas.

Según la versión del MP y de algunos integrantes del pan esto fue justo lo que pasó en México en 2012. Y la mejor manera de mostrarlo es la equivocación que sufrieron las predicciones de las encuestas en relación con el resultado final de la elección.

A mediados de mayo casi todas daban al menos dos dígitos porcentuales de ventaja al candidato del PRI sobre el candidato del MP, siendo que en el cómputo final de los votos el priista ganó por una diferencia de un solo dígito: siete puntos porcentuales.

El daño estaba hecho. Las encuestas, consideró el Movimiento Progresista, fueron uno de los factores más importantes por los que su candidato no obtuvo el triunfo en 2012.

Así que las encuestas fueron a parar al Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF). En efecto, el Movimiento Progresista las mandó al banquillo de los acusados, presentándolas como una Prueba más de que la elección presidencial de 2012 no fue justa ni equitativa.1 

El TEPJF acabó desestimando las pruebas del Movimiento Progresista, pero el revuelo mediático y el debate en torno al papel de las encuestas en las elecciones continúan.

Por ello cabe preguntarse si en verdad influyen en la conducta del votante como los políticos, de aquí y de allá, afirman que influyen.

Y también vale la pena preguntarse qué tan común es que un sondeo de opinión se equivoque, ya que sin duda fue una de las interrogantes más socorridas después del 1 de julio. Pero vayamos por partes.

¿Podría usted imaginar que alguien decida cómo votar con base únicamente en la apariencia de un candidato? Si imagina que sí, no es el único. Psicólogos y politólogos han demostrado en varios estudios que algunos electores votan por un determinado candidato en función casi exclusivamente de su apariencia.

Si esto en verdad sucede, imagine también lo complejo que resulta establecer los factores que influyen en el resultado final de una elección a partir de la decisión de todos los votantes respecto a qué partido o candidato elegir en una contienda electoral.

En términos prácticos, la formación de la opinión pública parecería insondable. Con todo, los estudiosos de las encuestas se han dado a la tarea de investigar cuáles son los efectos que tienen los sondeos de opinión en los votantes durante distintas fases del proceso electoral. Existen al menos tres tipos de análisis en este sentido, que sintetizo a continuación.

El primer análisis muestra con claridad que las encuestas influyen en las creencias o expectativas de los votantes acerca de quién consideran que gane la próxima elección, al menos entre aquellos que siguen las encuestas. Pero estas creencias no se convierten de forma automática en votos por determinado candidato o partido político.

Es decir, el hecho de que la gente crea o espere que gane un candidato en particular no significa que vaya a votar por él. Para eso se necesita explorar el segundo tipo de análisis, que investiga si las encuestas logran modificar las intenciones de voto o las preferencias electorales de los votantes durante una campaña electoral en función de los cambios en sus creencias o expectativas.

Y el tercer análisis va hasta el mero día de la elección e investiga si las encuestas influyeron en la conducta o comportamiento del votante.

En efecto, este último tramo del proceso trata de averiguar si la exposición a los resultados de los sondeos de opinión logró modificar por quién votó una persona.

En otras palabras, se busca evidencia que muestre que los resultados de las encuestas funcionaron como el mecanismo clave para que un grupo de electores emitiera un voto por un candidato distinto al que manifestó preferir durante la campaña electoral.

Demostrar algo así no resulta sencillo, y para ello se emplean métodos estadísticos relativamente sofisticados: se tiene que dar seguimiento a un grupo de votantes durante mucho tiempo antes del día de la elección y después de este, y confiar en que lo que se les pregunta en el estudio resulta válido, confiable y razonablemente veraz.

Pues bien, tanto el segundo análisis (intenciones de voto de los electores) como el tercero (comportamiento del votante el día de la elección) aportan hallazgos más bien débiles, si no es que nulos, en relación con el efecto que tienen las encuestas en las decisiones de los votantes.

Hay que esforzarse para encontrar estudios serios en la literatura especializada donde se demuestren efectos claros y sin demasiadas ambigüedades del impacto que tienen los sondeos de opinión, ya sea en la intención de voto o el comportamiento del elector el día de la votación.

Al parecer existen múltiples mecanismos psicológicos (como el efecto de contagio y el voto estratégico) que entran en juego y que se acaban cancelando unos a otros, de modo que las encuestas no tienen un efecto determinante en el resultado electoral.

Ahora bien, que casi no haya estudios que reporten una relación entre encuestas y conductas humanas no significa que no haya ninguno.

Cada vez existen más investigaciones que se enfocan en el tercer tipo de análisis ya mencionado, y que encuentran algunos comportamientos sociales interesantes.

En una de ellas, los autores Faas, Mackenrodt y Schmitt-Beck (2008) reportan que en la elección parlamentaria alemana de 2005 las encuestas aparentemente sí tuvieron cierta influencia en el comportamiento de un segmento del electorado.

Según este estudio, el efecto se limitó a aquellos votantes (pocos en realidad) que siguieron de manera muy cercana la publicación de encuestas en los medios de comunicación.

Y al parecer los sondeos solo afectaron a los partidos políticos que mostraron movimientos con respecto a las preferencias del electorado a lo largo de la campaña electoral (los partidos con preferencias estables no sufrieron mayores cambios en materia de preferencias ni durante la campaña ni el día de la votación).

De cualquier modo, el grueso de la literatura sobre opinión pública emite un mensaje claro. Hay que dejar de culpar a las encuestas por aquello que los políticos y algunos periodistas les achacan con frecuencia: determinar los resultados de una elección.

Es cierto que existen estudios (muy pocos) donde se encuentra una relación entre los resultados de las encuestas y la conducta del votante (ya reportamos uno).

Pero invariablemente se refieren a influencias bastante modestas, en muy pocos votantes, y bajo supuestos muy específicos. Lo cual difícilmente configura las condiciones bajo las cuales se podría argumentar que un sondeo de opinión cambió el rumbo y destino de una contienda electoral.

En efecto, parece que el votante es insondable. Múltiples ideas y datos pasan por su cabeza e influyen en su comportamiento, más allá de las encuestas, como para argumentar que son estas las que acaban definiendo la emisión final de su voto.

¿Y qué hay de los errores o equivocaciones de las encuestas? No son tan extraños como se esperaría. Se podría escribir un libro (y no exagero) con las historias y los escándalos alrededor de las encuestas que se han equivocado con respecto a los resultados finales de las elecciones en una gran cantidad de países.

En este rubro normalmente caben solo dos historias: O todos los encuestadores son alineados por algún medio o grupo de medios de comunicación de manera tal que se “equivoquen” en el mismo sentido y sobreestimen a un candidato o partido en particular (hipótesis favorita de algunos políticos no solo de México, por cierto); o las encuestas están sujetas a tantas fuentes de error que a la hora de Pronosticar2 al ganador invariablemente hay casos donde se equivocan.

Me inclino por la segunda opción. La evidencia para la primera es muy escasa y no sale del anecdotario político, la investigación superficial y las quejas de quienes resultan ser los principales actores de las contiendas electorales: los políticos y sus partidos. Algo, por lo demás, entendible y bastante coherente con el objetivo de obtener el poder político, si bien no demasiado benéfico para la construcción de una verdadera cultura democrática.

La segunda opción, en cambio, ha sido ampliamente estudiada. Los errores de las encuestas provienen no solo de la metodología utilizada para obtener datos acerca de las preferencias electorales, sino de los caprichos de los entrevistados, que son muchos (los caprichos, no los entrevistados; estos no pasan de unos cuantos cientos entre los millones de votantes registrados).

Un entrevistado no siempre revela sus verdaderas preferencias a un encuestador, y cuando lo hace en ocasiones no está realmente seguro de sus preferencias. A veces incluso puede decir que va a votar por determinado partido, cuando en realidad votará por otro. Contesta de forma estratégica.

Y a esto súmese que un porcentaje nada despreciable de quienes responden un sondeo no acudirán a votar el día de la elección, pero sus opiniones son tomadas en cuenta a la hora de hacer los cálculos de las intenciones de voto de una encuesta.

Con este cúmulo de posibles fuentes de error no resulta extraño que haya elecciones donde los resultados de las encuestas no coincidan con los de la elección.

Por ello la elección presidencial mexicana de 2012 no tiene nada de especial. Lo que sucedió en México en materia de encuestas ha pasado en muchas otras democracias del mundo, de manera no tan infrecuente.

En suma, puede decirse que los sondeos de opinión influyen muy poco en la conducta y las decisiones que toma el elector a la hora de votar, y que las equivocaciones en que incurren las encuestas son algo Hasta cierto punto común. 

De forma tal que quienes quieren sobre-regularlas o incluso prohibirlas,3 alegando que las encuestas pueden determinar el resultado de una elección o ser presa fácil de los medios para utilizarlas como propaganda electoral, en realidad no conocen o no toman en cuenta lo que la investigación de opinión pública ha dicho al respecto.

Lo cual no significa, desde luego, que no se deba discutir acerca de lo que un gobierno podría hacer para que las encuestas sirvan de mejor forma el interés público y fortalezcan a la democracia.

Pero ese es un debate, me parece, que estaría en otro campo. Me refiero al de los derechos de los ciudadanos en materia de libertad de expresión, derecho a la información y derecho al voto, y la función que en ello juegan los sondeos de opinión.

Así que lejos de terminar, el debate debería continuar en otros términos más allá de los que interesan solo a los políticos, y centrarse en los puntos de mayor importancia para los ciudadanos, aquellos que tienen que ver con los derechos que deben respetarse y promoverse para construir una democracia más sólida en México.

Citas

  1. Juicio de inconformidad SUP-JIN-359/2012.
  2. Cabe el apunte de que una encuesta no es un pronóstico de un resultado electoral. En ello insisten hasta el cansancio los propios encuestadores. Pero su reclamo es como una voz en el desierto, ya que tanto medios como votantes procesan los resultados de las encuestas como verdaderos pronósticos de lo que sucederá el día de la elección.
  3. Sobra decir que prácticamente no hay democracias que prohíban la publicación de los resultados de las encuestas durante las campañas electorales. Pero en México ya tenemos una iniciativa de ley, presentada por dos diputados del Partido de la Revolución Democrática (PRD) que plantea justo eso, prohibirlas, al menos para la población en general.

Bibliografía

faas, Thorsten, Christian mackenrodt y Rüdiger schmitt-beck (2008). “Polls that mattered: effects of media polls on voters’ coalition expectations and party preferences in the 2005 German parliamentary election”, en International Journal of Public Opinion Research, vol. 20, núm. 3, pp. 299-325.