La alteridad en Monsiváis: El defensor y el guía

Leer a Monsiváis, significa leer al oculto, escuchar la voz del enterrado, sentir los gritos del invisible

Por: Érika Loyo Beristáin

Se le puede leer como defensor o como guía. Monsiváis dirigía su escritura hacia causas en torno a las cuales terminaba siendo en alteridad y, en ese “ser otro”, leer se convertía en mapa, un abanico para significar cada pedazo del mundo, cada espacio de la ciudad, cada trozo de esperanza.

En alguno de los mapas descritos es que se puede uno apropiar de un personaje o ataviarse con un disfraz, Monsi tenía la capacidad de significar al ser dentro de infinitas coordenadas y con múltiples escenas.

A Monsiváis se le puede leer como cronista, musicólogo, historiador, pasionario, derrochador de libertad. Leer a Monsiváis, significa leer al oculto, escuchar la voz del enterrado, sentir los gritos del invisible.

Leyendo a Monsiváis uno aprende a bailar y a encontrar la felicidad en nuestra propia dolencia. Si alguien fue etnógrafo del dolor y al mismo tiempo de la alegría, ese fue Monsi. Si alguien supo describir la felicidad de sentirse y ser mexicano (aún cuestionando y dibujando nuestra identidad), ese fue Monsi.

Con Monsiváis, uno se da cuenta de que es mejor historiar que perseguir la historia, hacer crónica antes que ser relator. Monsiváis no relataba, no contaba, no describía; él sólo sabía de observar, conocer y reconocer; y en ese trayecto, ser siempre feliz esperando que el momento de la felicidad descriptiva, siempre fuera inolvidable.

Sólo él, supo hacernos ver que el amor por la ciudad siempre tenía que ser público para intentar vislumbrar disfraces y recubrimientos; para ser amante de ella, para convertirse en verdadero transeúnte de sus sentidos.

Único capaz de in-sanar, pero al mismo tiempo, de engrandecer al mito de lo que se sospecha es ser mexicano y de lo que significa la evolución de ser desde la identidad.

Sólo con Monsi, uno se da cuenta de que el presente es el porvenir y al mismo tiempo el pleno instante del olvido. Describiendo la tierra del mañana, terminaba por aterrizarnos en nuestra dolorosa e irrisoria realidad, al grado de cuestionarnos de manera orquestal sobre la trascendencia de nuestra presencia como ciudadanos, como un nosotros, quizá, hasta con un “mí mismo”.

Atravesar sus lecturas, es darse cuenta de que la rigidez tiene mil rostros y que por tanto, también se mueve. Sus libros describen obsesiones, vivencias, caminos, luchas, pero, sobre todo, resistencias y construcciones.

El México que resiste a través de su propia diversidad y de su intrínseca alteridad, es el país por el que nunca dejaba de observar y escribir sus luchas. La nación por la cual nunca dejó de resistir.

Su crónica terminaba siendo poética. Siempre pensó que la poesía era la entrada al sueño, pero también a las metáforas de lo infinito y lo posible.

Nadie como él para bendecir la vida, y con ello arrastrar dentro de la vida cada forma del ser y del vivir en sociedad. Por eso es que para describir la sensibilidad colectiva, sólo hay que recurrir a Monsi.

Único capaz en describir la forma en la que “la política masifica el vicio” y lo convierte en realidad, dolor y al mismo tiempo anhelo y aspiración “corrupcional”; elementos de sobrevivencia en el México moderno.

La enorme tristeza que sentía por la realidad mexicana la convertía siempre en asombro; muy a pesar de sus descripciones “lacrimógenas”, siempre por encima de la risa y la indignación.

Monsi fue poder expresivo, canción “impiadosa”, cuadrante de la soledad, sonido del acompañamiento colectivo, descripción de lo posiblemente humano.

Solo él fue quien se atrevió a cuestionar y develar la identidad de alguien que se decía víctima, de aquél que se hacía llamar abusado y, al mismo tiempo, sólo él fue quien describió lo que significa “sentir” para cada capa social, para todos los visibles pero también para todos los escondidos.

Supo describir nuestra felicidad como una hilera, un colectivo, un sentido, una expresión. A la felicidad la llevaba a bailar y al mismo tiempo, la remendaba todos los días para tener fuerza, para pensar en lo que sigue, para salir de lo que existe. Escribía siempre aferrado a su terrible e insaciable vocación de libertad.

Sólo él podía hablar de personajes nombrables e innombrables. Elaborar retratos de forma impecable e implacable. Experto en la denuncia elaborada desde todos los planos, detallada en finas dosis de parodia y elaborados contextos de ironía.

“La vida jamás concluye”, escribió en algún párrafo de su libro Amor perdido. Por eso el dolor público en torno a su pérdida física se vuelve infinito, porque se le sabe vivo, y se le siente en cada texto y a través de cada línea.

Nuestra realidad lo extraña y nuestra necesidad de encontrar respuestas ante nuestra complejidad quisieran tenerlo cerca. Hoy como nunca, entender a Monsiváis y adentrarse en alteridad en sus lecturas es una de las labores que habremos de emprender todos, porque el México de hoy no se puede entender sin haberlo leído, sin haber reído y cantado a su lado; sin hacer nuestra la musicalidad de sus palabras.


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