El padrino de la mamá del abulón

A Monsiváis le interesaba todo y el que tenga duda que se dé una vuelta al Museo del Estanquillo. Tenía una capacidad inaudita para estar al tanto de lo que pasaba en todo el país

Por: Diego Petersen Farah

Fue Jis el que entabló el contacto. Estábamos cocinando la revista La Mamá del Abulón, y sabíamos que un texto de Carlos Monsiváis era fundamental para nacer con fuerza.

Me advirtió todo. Llámale –me dijo–, te va a contestar “la tía” pero en realidad es él, “la tía” le va a pasar el recado a Monsi y si él quiere te va a llamar unos minutos después. Así fue. Marqué y contestó una fingida voz femenina:

–Carlos no está, pero en cuanto llegue le paso su recado.

 Cinco minutos después Carlos ya había llegado y se reportaba. Ahora la voz era ronca, estentórea y pausada:

– ¿Cuándo vienes a México? –El próximo fin de semana, contesté–. Los sábados voy al tianguis de antigüedades de la Zona Rosa, nos vemos a las 12 en el Denny's de la calle Londres.

Monsiváis llegó acompañado de El Fisgón –“Le platiqué de la revista. Puede ser un buen colaborador”, dijo a manera de presentación.

Comenzó el examen. No sólo de la viabilidad de la revista, que seguramente reprobó, sino de la cultura en Guadalajara. Repasó a todos los poetas, pintores, teatreros, galeros, grupos de rock y moneros de la ciudad como si viviera en tapatilandia. Preguntó por cada uno de ellos, siguió con la clase política, para quienes tuvo siempre un adjetivo demoledor y divertido.

Eran las épocas de Cosío en la gubernatura, Gabriel Covarrubias en la presidencia municipal, Palemón Rodríguez Gómez en la Secretaría de Salud y un gran escándalo nacional (otra vez) por la censura de las autoridades tapatías, todas priistas, a las campañas federales para promover el uso del condón.

Finalmente preguntó hasta por El Patas Aldrete, el empresario más singular de Guadalajara. Dos horas después simplemente me dijo lo que quería escuchar: “Te mando algo dentro de quince días”. 

La mamá del Abulón nació, como toda revista aparecida en los años ochenta y noventa en México, con un texto de Carlos Monsiváis en el número uno titulado “Aforismos para un funcionario en edad de merecer”.

La anécdota de La mama del abulón pinta a Carlos de cuerpo entero. Dos palabras definieron a Monsiváis mejor que su propio nombre: minoría y humor. Si alguien representaba a las minorías de este país era él.

No sólo les dio voz y visibilidad, sino que él mismo era, en muchos aspectos de su vida, parte de estas minorías. Nació protestante, fue militante de izquierda cuando la izquierda era perseguida y aún cuando dejó de serlo y le hizo pasar vergüenzas; fue un intelectual fuera del sistema y llevó su preferencia sexual al extremo de definir gran parte de su identidad en ello (y era feo como pocos, pero ahí sí, los feos somos mayoría).

Fue quizás este rasgo de eterna minoría lo que hizo que nadie como él pudiera captar los rasgos de identidad de los grupos emergentes, esos que nadie pelaba y que Carlos hizo que nos enteráramos que existían.

Si bien Monsiváis nunca fue practicante del credo de su familia, el simple hecho de no haber nacido católico en una sociedad marcada hasta la médula por la religión mayoritaria le hizo tomar una distancia y una perspectiva frente a la cultura católica que muy pocos intelectuales tenían en ese momento.

Era un crítico implacable del discurso de la jerarquía y un observador y analista de la religiosidad popular. La describió como pocos, porque nunca la practicó. Militó siempre en la izquierda pero nunca perdió su distancia crítica.

Cuando estuvo más cerca de perderla, tras el conflicto postelectoral del 2006, declaró que como el fraude había sido hormiga era imposible demostrarlo, pero de que existía, existía (como los fantasmas), fueron los mismos pejistas los que se encargaron de recordarle que ser militante implicaba más que ir a un mitin, y que nunca se debía contradecir al líder: bastó un comentario crítico al plantón de Reforma para que Monsiváis saliera vapuleado del círculo de López Obrador.

Si algo cuidaba Monsiváis era su independencia. Nunca se encasilló en un grupo: iba y venía de Nexos Letras Libres, de Reforma al El Universal y de Proceso a Televisa sin que nadie le dijera nada o le reclamara la más mínima exclusividad.

Sus detractores le llamaban veletismo, él lo veía como una sana independencia. Su exclusividad era, en todo caso, para el tema gay. Ahí sí Carlos fue un militante apasionado al grado de definir su propia existencia a partir de su preferencia sexual.

Apoyó cuanta manifestación o grupo homosexual surgió en el país y ahí perdía con toda conciencia y sin tapujos su distancia crítica.

A Monsiváis le interesaba todo y el que tenga duda que se dé una vuelta al Museo del Estanquillo. Tenía una capacidad inaudita para estar al tanto de lo que pasaba en todo el país.

Era el único intelectual que iba más allá de su ejido en el Distrito Federal y que no le tenía miedo o flojera a lo que sucedía allende Cuatitlán.

Sabía lo que estaba pasando en Tijuana, Culiacán, Guadalajara, Monterrey, Morelia, Cuernavaca, Oaxaca, Xalapa o Mérida. De Monsiváis se ha dicho que su verdadero oficio era el de prologuista, porque escribió tantos prólogos como artículos en prensa.

Era tal la fama que un libro de humor político lo vendieron con un gran cintillo en la portada que decía: “este libro no contiene prólogo de Carlos Monsiváis”.

Y era casi cierto. Monsiváis conocía como nadie qué estaba pasando en las culturas urbanas de cada rincón del país. Su presencia en todos los número uno de las revistas, por más marginales que fueran, habla de la importancia del personaje en la vida cultural del país, pero también de su generosidad.

Carlos le cobraba al que podía pagar y logró vivir de las letras, un oficio poco rentable en cualquier país pero casi riesgoso en México donde el índice de lectura es verdaderamente bajo.

Pero lo que lo hacía distinto era la capacidad de mantener contacto, conocer los ambientes culturales, coleccionar tiliches, saber quién era quién y sobre todo apoyar, a su manera, todo aquello que consideraba interesante o subversivo.

En el humor fue grande. Tenía una capacidad de sintetizar en una frase irónica la problemática política y social como ningún otro.

Inolvidable, por ejemplo, en aquellos días tensos después de las explosiones en Guadalajara, la frase con la que Carlos Monsiváis ironizó la actuación de los políticos, que ante la emergencia, decían burrada tras burrada en una cascada de palabras sin sentido. “Con estas frases –dijo Monsiváis–, los políticos jaliscienses hicieron una verdadera declaración patrimonial de sus bienes intelectuales”.

En otra ocasión vino invitado por el Club Atlas a dar una conferencia. A la salida, en una entrevista con Manuel Baeza, definió a la alta sociedad tapatía, que minutos antes le acababa de aplaudir a rabiar, como “la ilustre heráldica del vacío”.

Su fama de hacedor de chistes con las palabras llegó a tal grado que los últimos años la gente iba a verlo como quien acude a un show de Derbez.

Lo que el público esperaba de él es que los hiciera reír, y casi siempre lo lograba (en otras, la gente se reía aún sin entender, pues con la edad Carlos se volvió cada vez más críptico y barroco, pero poco importaba, una buena ocurrencia contra un político hacía la tarde).

¿Intelectual, grillo, ensayista, crítico literario o periodista? Monsiváis fue un poco de todo. Sin duda el trabajo que trascenderá es el de crítico literario y ensayista, pero su trabajo como periodista dejó huella en México y en Latinoamérica.

Como editor de la “Cultura en México”, el suplemento cultural en la revista Siempre! (suplemento que antes dirigió Fernando Benitez) Monsiváis abrió la puerta a nuevas generaciones, pero sobre todo promovió el ejercicio de la crítica.

Sus crónicas se convirtieron en lecturas de culto, y su columna, “Por mi madre, bohemios”, en la más despiadada forma de desbaratar la diarrea verbal de los políticos.

La R, personaje central de la columna, y que era una parodia de la forma pomposa en que los periódicos firmaban comentarios y aclaraciones aludiendo a “La Redacción”, fue la más mordaz y feroz crítica del discurso político.

Durante los 20 años que conocí a Monsiváis nos vimos a los sumo una o dos veces por año. La última fue durante la FIL 2009, en diciembre pasado.

Desayunamos, como cada año en el restaurante del hotel Hilton frente a la Expo. No era fácil platicar con Monsiváis en un restaurante, el ritmo de interrupciones por minuto era ya superior al de sus respiraciones.

Un joven poeta se acercó a regalarle un libro de poesía recién editado, lo que dio pie a hablar de la crisis de los libros de poesía:

–Hay que revisar el colofón –dijo–, seguramente dice: “se imprimió este ejemplar y dos más para la presentación. Y sobrantes para reposición”.

Al final hablamos de todos los escritores, algunos de ellos amigos comunes, que estaban muy enfermos y que no llegarían al 2011.

La lista se fue haciendo larga; algunos ya honraron la conversación y se despidieron de este mundo. Ya para despedirnos me dijo que estaba enfermo. Cuando Carlos se retiró, su editor me dijo que estaba muy enfermo; tenía una fibrosis pulmonar que le impedía respirar y le hacía muy difícil la vida (la conversación no pudo ser más atinada. La R).


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