Carlos Monsiváis: disidente y paradójico

Fue un personaje mediático por excelencia, sabía que esa era la mejor tribuna para hablarle a las minorías, que por supuesto no tenían voz, sino que lo hacía a través de la suya.

Por: Cecilia Eudave

Yo nunca tuve la fortuna o el infortunio de charlar con él. Los que le conocieron tienen opiniones encontradas: “es una persona muy generosa”, o “nunca conocí a nadie tan antipático y soberbio”.

Pero cualesquiera que fueran las impresiones que pudiera causar el consenso era el mismo: "cómo sabe, qué bien habla, sus disertaciones son geniales".

Así pues, sólo fui recolectando impresiones de los otros sobre él, y mi acercamiento se limitó a sus libros –el primero que le leí fue Cultura urbana y creación intelectual. El caso mexicano-, conferencias y controversiales apariciones en televisión.

Fue un personaje mediático por excelencia, sabía que esa era la mejor tribuna para hablarle a las minorías, que por supuesto no tenían voz, sino que lo hacía a través de la suya.

Algunos lo acusaron de usar ese pretexto para entronarse, para hacerse notar en medio de un sistema lleno de altibajos culturales y de mediaciones económicas determinantes en la sociedad mexicana de su época.

Sin embargo, yo lo pienso como un personaje pleno de conciencia, inventándose y reinventándose constantemente, podía decir una cosa ahora y al día siguiente manifestar lo contrario. Disidente de todo y todos, incluso de él mismo.

Recuerdo su más recalcitrante protesta y burla hacia lo establecido: su aparición en la portada de Tele-Guía al lado de Lucía Méndez. Lo acribillaron, lo apalearon, lo destrozaron.

Pero ¿por qué no estar ahí si era una revista popular y de circulación nacional? Nunca le importó la condena o el prestigio. Y ¿qué es el prestigio sino la aprobación de un puñado de personas que ha dicho esto es y no aquello otro?

Era un paradójico. Un ser cargado de humor negro, desafiando las leyes de conducta acartonada y lineal de los intelectuales contemporáneos, que no lograron capturar en forma concreta, cómo un hombre de letras podía pasar de un registro a otro sin inmutarse.

Un “sereno moreno” como lo diría con esa ironía manifiesta en su conducta, en su obra. Obra que revaloró la cultura popular y abrió los espacios a las minorías.

Evidenció la corrupción, no sólo económica sino de pensamiento; hizo una radiografía del mexicano, no huyendo al pasado y rememorando pasajes de otras lecturas sobre la mexicanidad, sino desde un presente desolador, agrio, que no dejaba nada bueno a su paso.

Vivió, como hemos vivido todos, las tristes consecuencias de una modernidad que no acaba de llegar y pone en evidencia los distintos tiempos históricos en los que habita México.

Su voz no fue silenciada, afortunadamente, pero se apagó, pues ni él pudo hacerle trampa ni pelarle los dientes a la muerte. Es una pena que se marchara en los umbrales de nuestro bicentenario de Independencia y en el centenario de la Revolución, quizá su partida fue una última carcajada, no quiso ya roer ese hueso tan poroso y anacrónico.

Tal vez ya no le alcanzó el sarcasmo en medio de tanta melancolía. Hará mucha falta, pues con él se muere, un poco más, esa conciencia que escasea entre nosotros…


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