Zidane, el Antihéroe. La Melancolía de Zidane

El gesto de Zidane ignora las categorías estéticas de lo bello y lo sublime, se sitúa más allá de las categorías morales del bien y del mal

Por: Jean- Philippe Toussaint

2010 es un año en el que –pese a los denuedos– difícilmente alguien podrá ser esquivo al impacto mediático y sociocultural que conlleva una copa del mundo de futbol. La vinculación entre deporte y cultura se estrecha en los márgenes mismos de la discusión, el intercambio de ideas y la crítica de todos los lunes, una vez que ha transcurrido la jornada dominical, al alcanzar lugar en las tapas de los diarios, la convivencia laboral y hasta en la sobremesa familiar.

Ya lo decía Vladimir Dimitrijevic, escritor ex yugoslavo (La vida es un balón redondo), quien llama “santos del futbol”, a ciertos personajes que le dan sentido al deporte, “si el futbol es un mito [dice el autor balcánico] ellos son los depositarios de la tradición oral, de los apócrifos y de las interpretaciones, los que marcan el tránsito del primer esbozo del poema homérico a la Iliada y a la Odisea”.

Dimitrijevic menciona que esa misma pasión se encuentra en la literatura, en aquellos “que aman leer incondicionalmente y reciben de ésta lo que es su esencia, el interés y el complemento de la vida”. Así, cuando se ve que alguien en el autobús, o donde sea, lee y de repente se percata que se le ha pasado la estación o el lugar de bajarse, se sienten ganas de abrazarlo porque estaba en otra parte.

En FOLIOS publicamos el presente relato de Jean-Philippe Toussaint (Francia, 1957), gracias a la generosidad y colaboración de Editorial Almadía, que en 2009 publicó, en su colección “Mar Abierto”, la antología Más allá de la sospecha. Un panorama de la narrativa francesa contemporánea, elaborada y prologada por Philippe Ollé-Laprune, ex director de la Oficina del Libro de la embajada de Francia en México, editor y actual director de la Casa Refugio Citlaltépetl y la revista Línea de Fuga.

En el texto, Toussaint repasa el célebre cabezazo que propinara Zinedine Zidane a Marco Materazzi en el mundial de futbol 2006, y es elevado de incidente a ras de cancha a disquisición filosófica sobre la conciencia del tiempo y la fatalidad.

LA MELANCOLÍA DE ZIDANE

Zidane miraba el cielo de Berlín con la mente en blanco, un cielo blanco matizado por nubes grises de reflejos azulados, uno de esos cielos ventosos, inmensos y cambiantes de pintura flamenca; Zidane mira el cielo de Berlín sobre el Estadio Olímpico, la tarde del nueve de julio de dos mil seis, y experimentaba con punzante intensidad el sentimiento de estar ahí, simplemente ahí, en el Estadio Olímpico de Berlín, la noche en que se jugaba la final de la Copa Mundial de Futbol.

Sin duda, la noche de la final se explica por la forma y la melancolía. Desde el principio fue evidente la forma en estado puro: ese penalti transformado en el séptimo minuto, una Panenka indolente que tocó el larguero para atravesar la línea y salirse de la portería, una verdadera trayectoria de billar que desde entonces coqueteaba con el legendario tiro de Geoff Hurst en Wembley del 66.

Pero ese disparo era tan sólo una cita, un involuntario homenaje a un episodio legendario de la Copa del Mundo. El verdadero gesto de Zidane la noche de esa final –un gesto súbito como un derrame de bilis negra durante esa noche solitaria– ocurriría más tarde y haría olvidar todo: el fin del partido y los tiempos extras, los penaltis y cuál fue el vencedor; un gesto decisivo, brutal, prosaico y novelesco: un instante de ambigüedad perfecta bajo el cielo de Berlín (unos vertiginosos segundo de ambivalencia), durante el cual oscuridad y belleza, violencia y pasión, entraron en contacto y provocaron el cortocircuito de un gesto inédito.

El cabezazo de Zidane tuvo la espontaneidad y la delicadeza de un gesto de caligrafía. Si sólo bastó un puñado de segundos para llevarlo a cabo, el gesto no pudo acaecer sino al final de un lento proceso de maduración, de una larga génesis invisible y secreta.

El gesto de Zidane ignora las categorías estéticas de lo bello y lo sublime, se sitúa más allá de las categorías morales del bien y del mal; su valor, su fuerza y su sustancia radican en la originalidad con la que se adecuan de manera irreductible al instante preciso del tiempo en el que ocurrió.

Dos vastas corrientes subterráneas tuvieron que traerlo desde muy lejos: la primera, de fondo, amplia, silenciosa, poderosa, inexorable, que emerge a la vez de la melancolía pura que de la percepción dolorosa del paso del tiempo, y se encuentra ligada a la tristeza del fin anunciado, a la amargura del jugador que disputa el último partido de su carrera y no desea terminar.

Acostumbrado a las salidas falsas (contra Grecia) o a las salidas fallidas (contra Corea del Sur), Zidane jamás pudo aceptar el fin. Siempre coexistió en él la imposibilidad de ponerle un fin a su carrera, con, y de manera particular, la perspectiva de hacerlo con esplendor, pues acabar con esplendor es por supuesto acabar, cerrar la leyenda: agitar en lo alto la Copa del Mundo sería aceptar su muerte, mientras que provocar su propia expulsión deja perspectivas abiertas, desconocidas y llenas de vitalidad.

La otra corriente que explica su gesto, una corriente paralela y contradictoria, alimentada de un exceso de cólera y de influencia saturnina, es el deseo de acabar lo más pronto posible, el deseo, irreprimibles, de abandonar bruscamente la cancha y volver a los vestidores (me fui bruscamente y sin prevenir a nadie) 1, pues el hastío ya está presente, súbito, inconmensurable, junto a la fatiga, el agotamiento, el hombro que duele, Zidane no consigue marcar, ya no soporta a sus compañeros ni a sus contrincantes, ya no soporta al mundo ni a sí mismo.

La melancolía de Zidane es mi melancolía, la conozco, la he alimentado y la padezco. El mundo se vuelve opaco, los miembros se sienten pesados, las horas parecen pesadas, dan la impresión de alargarse, de haberse vuelto más lentas, de ser interminables. 2 

Se siente rendido y eso lo hace vulnerable. Algo en nosotros mismos se vuelve contra nosotros 3 –y, en la embriaguez del cansancio y de la tensión nerviosa, a Zidane ya no le queda otra opción que no sea consumar el acto de violencia que libera, o la fuga que alivia, incapaz de resolver de otro modo la tensión nerviosa que lo oprime (y es ésa la huida final que sigue a la realización de la obra).4 

Es más, desde el inicio de los tiempos extra Zidane no dejó de expresar de manera inconsciente su hartazgo a través de su brazalete de capitán, que caía con frecuencia, el brazalete que se deshilachaba y que no terminaba de ajustar a su brazo una y otra vez. Zidane hace entender de esa forma y a pesar suyo que quiere abandonar el terreno de juego y volver a los vestidores.

Carece ya de medios, o de fuerza, de energía, de voluntad para lograr un último chispazo de genialidad, un gesto final que sea pura forma –su cabeza, magnífica, empujada momentos antes por Buffon, le abrirá para siempre los ojos sobre su irremediable impotencia.

La forma, en ese momento, opone resistencia –y eso es inaceptable para un artista, ya se sabe qué lazos íntimos unen el arte a la melancolía. Incapaz de marcar un gol, marcará los recuerdos de quienes ven el partido.

En este momento, la noche ha caído sobre berlín, la intensidad de la luz ha disminuido y Zidane siente de pronto, físicamente, que el cielo se oscurece sobre sus hombros, y apenas deja subsistir en el firmamento algunos jirones de nubes crepusculares, negras y rosas. El agua mezclada con la noche no es más que un viejo remordimiento que no quiere dormir.5 

Nadie en el estadio entendió qué había sucedido. Desde mi lugar, en las tribunas del Estadio Olímpico, vi que el partido reiniciaba, que los italianos atacaban y la acción se alejaba hacia la portería opuesta. Pero un jugador italiano se había quedado en el suelo, el gesto había tenido lugar: Zidane había sido atrapado por las divinidades hostiles que integran la melancolía.

El árbitro detuvo el juego, todos comenzaron a correr por el césped en cualquier dirección, hacia el jugador derribado y hacia el juez de línea al que rodeaban los jugadores italianos.

Mi mirada iba de izquierda a derecha, luego, con mis binoculares, aislé a Zidane, instintivamente, la mirada se dirige siempre hacia Zidane, la silueta erguida de Zidane, el uniforme blanco en medio de la noche, al centro del campo, su rostro en primer plano en el visor de mis binoculares, y entonces apareció Buffon, el portero italiano, quien se puso a hablarle y a masajearle la cabeza, a frotarle el cráneo y la nuca, en un gesto sorprendente, acariciando, envolviendo, en un gesto untuoso, como el que se dirige a un niño o a un recién nacido para sosegarlo, para calmarlo.

Yo no comprendía qué pasaba, nadie en el estadio comprendía qué estaba pasando; el árbitro se dirigió hacia el reducido grupo de jugadores entre los cuales se encontraba Zidane y sacó una tarjeta negra de su bolsillo que blandió en dirección del cielo de Berlín y enseguida comprendí que estaba destinada a Zidane, la tarjeta negra de la melancolía.

El gesto de Zidane, invisible e incomprensible, es aún más espectacular porque no tuvo lugar. Simplemente no ocurrió, si nos atenemos a la observación directa de los acontecimientos en el estadio y a la legítima confianza que podemos otorgar a nuestros sentidos: nadie vio nada, ni espectadores ni árbitros.

No sólo el gesto de Zidane no tuvo lugar, sino que, aunque realmente hubiera ocurrido, aunque Zidane hubiera tenido la loca intención, el deseo o la fantasía de asestar un cabezazo a alguno de sus adversarios, la cabeza de Zidane jamás habría podido alcanzar a su contrincante pues cada vez que la cabeza de Zidane hubiera recorrido la mitad del camino que la separaba del torso de su contrincante, se hubiera visto obligada a recorrer una mitad idéntica adicional, luego otra mitad, y enseguida otra nueva mitad, y así hasta el infinito, de manera que la cabeza de Zidane, avanzando siempre hacia su blanco pero sin alcanzarlo jamás, como una inmensa escena en cámara lenta que se repite hasta la eternidad, no podrá nunca, pues es física y matemáticamente imposible (es la paradoja de Zidane, si no se trata de la Zenón), entrar en contacto con el torso de su contrincante –nunca, pues ante los ojos de los telespectadores del mundo entero sólo fue visible el impulso efímero que atravesó el espíritu de Zidane.

Citas
  1. Toussaint, Jean-Philippe (1985): La salle de bain [El cuarto de baño] Les Editions de Minuit
  2. Ibidem.
  3. Starobinski, Jean: L’Encre de la mélancolie [La tinta de la melancolía].
  4. Freud, Sigmund Un souvernir d’enfance de Léonard de Vinci [Un recuerdo de infancia de Leonardo da Vinci].
  5. Bachelard, Gaston: L ’eau et les rêves [El agua y los sueños].

 


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