Vinos de cuento

Una y muchas veces mi memoria conserva momentos especiales de mi vida que han quedado plasmados en una copa de vino

Por: Hugo Luna Vázquez
 
Los vinos son una excelente razón para hacer de nuestras vidas un sendero sensible y apasionado
 
Hay quienes dicen que los buenos vinos son para momentos especiales; los personajes de Julio Verne brindaban con una botella de Borgoña y Napoleón festejaba sus cruentas batallas con otra más de tinto. Hoy en día, creo que los buenos vinos son parte de un viaje de vida, de una noche cualquiera llena de locura, o de un día de soledad escribiendo uno que otro cuento.
 
Nunca en mi vida he atinado a abrir la botella especial en el momento importante, sin embargo, una y muchas veces mi memoria conserva momentos especiales de mi vida que han quedado plasmados en una copa de vino.
 
Tiempo atrás tuve el ánimo de crear una respetable cava de vinos tintos, rosados y blancos. Discretamente asistía a catas de vinos de distribuidores, restaurantes de vino y tiendas especializadas. Así, logre surtirme de una variedad de vinos disponibles para esa o esas ocasiones especiales; pero cuando me encontraba en la espera de esa ocasión especial, todo se me vino al traste.
 
En un viaje a la fiesta de la vendimia en la región del vino mexicano, sucede que perdí mi vuelo de regreso en alguna patética conexión aeroportuaria. Ese día mí entonces novia cumplía años; nunca llegué a la fiesta.
 
Aquella noche, la inocente frustración de esa ternura de mujer hizo que la fiesta de cumpleaños se siguiera, sin mi presencia, pero en mi departamento. Hurgando en mi cocina, ella y sus amigos encontraron mis botellas. Esa noche, un circunstancial naufragio mío terminó por consumir mis más valiosas botellas de Hermitage, Barbaresco y Priorat; adquiridas a precios innombrables, botella tras botella fueron desapareciendo.
 
Parece que esta tragicomedia de un tremendo bacanal de amigos fraternos acabó con mi soberbio ritual de coleccionar botellas especiales. Los enfiestados se iban mofando, entre salud y salud, de este humilde náufrago trasnochado que intentaba dormir en un hotel de paso de aeropuerto, mientras esperaba en una lista de pasajeros dejados un vuelo de regreso para la mañana siguiente.
 
En aquel verano de 2005 cuando decidí salir a explorar la Ruta del Vino Mexicano, y no sabía todo lo que iba a cambiar mi idea sobre éste. Eran las fiestas de la vendimia, temporada donde los enólogos se deciden a iniciar el corte de la uva para la fabricación del vino de esa añada.
 
Se dice que el día que la uva alcanza el nivel de madurez y azúcar ideal, el enólogo invita a todos los trabajadores de la bodega de vino para que lo acompañen a los viñedos, descorcha su mejor botella y brinda por la gloria de todos como seña infalible de que empieza el temporal de vendimia.
 
Eran principios de agosto cuando llamé a Joaquín, la pareja de mi amiga Divix, para invitarlo a esta ruta gastronómica. En ese entonces, este idealista de la lente era apenas un extraño para mí. Sabía de su profesionalismo y los diversos premios que en pocos años había ido acumulando por sus trabajos en temas sociales y de marginación. Lo invité pensando en sus habilidades de fotógrafo y en que al final nuestra amistad podría nacer en este viaje. Entonces le dije a Joaquín: “...vamos a hacer un documental del vino mexicano; fotorreportaje, tú pon las imágenes y yo los textos. Por primera vez capturarás la belleza, y no la barbarie de nuestro mundo”.
 
Unos días después, con pocas palabras de por medio, dos mochilas, nuestras cámaras y libretas, abordamos el avión de las ocho de la mañana con rumbo a Tijuana. Recién aterrizados rentamos un auto pequeño, y nos dirigimos con rumbo al sur de la península de la Baja California.
 
Primero pasamos por el pueblo de Rosarito donde nos detuvimos en una humilde fonda a comer langosta servida con arroz y frijoles; pagamos una cuenta casi regalada y ahí vinieron las primeras fotos con los lugareños. Caminamos un poco por la avenida principal hasta un hotel en forma de feria o carnaval donde nos dieron a tomar tequila de serpiente de cascabel y yo, que soy de tierra de agave, nunca lo hubiera imaginado.
 
Tomamos algunas fotos más y regresamos a la carretera costera. El paisaje era de un inmenso mar que terminaba entre dunas de arena y expresivos cactus. Una hora más tarde ya estábamos arribando a Ensenada, místico pueblo bajacaliforniano sede de la competencia todo terreno Baja 1000, visitado siempre por los aficionados al vino, e inspiración rotunda del blues de Hotel California. Nos hospedamos en un motel de paso y partimos cayendo el medio día a buscar nuestra primera bodega de vino.
 
Así, pasaron los siguientes 5 días mientras visitábamos una y otra vez pequeñas bodegas de vino y grandes marcas, restaurantes rurales con exóticas cocinas marroquíes y francesas, museos rusos, cementerios indígenas, restos de monasterios, granjas con camellos y casas albergue de colores para niños huérfanos que eran administradas por extranjeros.
 
Por las noches regresábamos a Ensenada para cenar en algún restaurante de fábula, una copa más de vino e íbamos a dormir temprano para levantarnos con el primer rayo de sol; iluminación ideal para la fotografía y momento en que los trabajadores de campo iniciaban con la vendimia del día.
 
Casi todos estos lugares estaban a unos cuantos kilómetros de la carretera principal, y se accedía a ellos a través de rústicos y sinuosos caminos de tierra. Poco o casi nada aparecía en el mapa; era como adentrarse en un Safari en medio de la nada, pleno desierto y sol intenso, para repentinamente toparse con un viñedo, bodega o caseríos dispersos.
 
Como resultado del gran esfuerzo de un grupo de amantes de la fabricación del vino, y con la tradición de casi cinco siglos, estábamos viviendo el despertar del vino mexicano de calidad; para estas fechas ya era más de treinta las bodegas de vino en este conjunto de valles privilegiados por un clima desértico que se baña con los vientos del océano Pacífico y que se ha dado por llamar el mediterráneo mexicano.
 
Se dice que la región, el terruño del vino, es importante para definir su calidad; hoy vamos encontrando lugares comunes en Chianti, Ribera del Duero, Borgoña, Mendoza o el Valle de Guadalupe; sin embargo, quién es el fabricante y el empeño que éste pone en su vino es esencial para hablar de prestancia tras un buen sorbo de vino.
 
Así, nuevas bodegas han nacido a la sombra del brillo de un talento demostrado. Desde algunas que se han dado a la tarea de privilegiar el uso de métodos tradicionales de fabricación modernizados por los avances tecnológicos de nuestros tiempos, hasta complejas interpretaciones de la uva basadas en la fabricación libre y experimental de vino en pequeñas cantidades.
 
El último día del viaje recuerdo que visitamos los campos de Santo Tomás, y nos recibió una bella rubia ataviada con su traje de vendimia, una pañoleta en la cabeza y un gesto sensual propio de un cuadro de Monet. Mientras mi compañero de viaje se esmeraba en fotografiar a un cuervo que colgaba muerto del mástil de viñedo, como amenaza a los de su especia para no acercarse a las uvas, empecé a caminar con ella hacia la bodega donde añejaban en barricas francesas sus nobles vinos.
 
Sibarita extremo, me puse el buzo de empleado de campo que ella me ofreció y acepté de sus angelicales manos una copa que sirvió desde la barrica con una yarda de ordeña de cristal. Tocamos las copas y dimos el primer sorbo. Yo observaba como sus labios se iban mojando con vino tinto, fue entonces que ella me tomó la mano y la puso en su mejilla, se acercó y me besó con los labios todavía húmedos del vino.
 
Acercó su cuerpo a mí, giró su rostro y me abrazó. Así como el señor del vino decide dejar la piel de la uva junto a su jugo en el proceso de fermentación y con esto lograr que el vino tome esas tonalidades entintadas y oscuras, yo no hice más que aceptarla entre mis brazos y permanecí inmóvil, dejé su atuendo como piel y le confié a la añoranza del día siguiente la tarea de desnudarla paso a paso mientras me iba derritiendo en ese recorrido.
 
Unos minutos después se escuchó que alguien se acercaba desde el exterior; ella se separó de mis brazos, me entregó una botella de vino sin etiqueta y con una lágrima en el rostro se marchó sin más; estremecido yo volví al auto donde Joaquín me esperaba y partimos de regreso a Tijuana para tomar el vuelo de vuelta a casa.
 
Finalmente, después de perder el vuelo de esa noche, logramos regresar a casa un día tarde para la celebración de mi entonces novia; llegué a casa solo y con la botella de vino especial para agregar a mi valiosa colección. Iba como despertando de un sueño cuando descubrí que mi colección de vinos había desaparecido.
 
Recuerdo que esa noche escribí unas letras rodeado de una copa de vino, unas rebanadas de pan bañados por aceite de oliva italiano, queso manchego semi-maduro, aceitunas manzanilla de Andalucía y jamón serrano engendrado en el pueblo de Vic dentro del norte Catalán; esa noche fue larga, yo seguí soñando embriagado con ese beso y con la libertad de un buen vino servido en mi copa ya nunca más guardado en el rincón de una cava de colección… Así las cosas, espero que la traición a mi memoria no haya dejado algunas manchas fuera, pero si así lo fuere seguro estoy que ellos estarán conscientes de su eternidad. 
 

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