Ven, entra conmigo

En alguna entidad, nos amamos. Antes y después de nuestras historias

Por: Mai Kasajara

Quizás vuelvas a herirme. Y lo que será de mi entonces, no lo sé. O quizá sea yo la que te hiera a ti. No puedo prometerte nada. Eso es seguro. Ni yo puedo prometerte nada a ti, ni tú puedes prometerme nada a mí. Pero te amo, simplemente eso.

Haruki Murakami
Al sur de la frontera, al oeste del sol. 

 

“Cuando todo pasó, normalicé lo anormal y me puse a esperar un milagro”, le dije.

Él me miró sin decir una sola palabra. Se llevó el cigarro a los labios en los que luego me entretuve yo besando.

“Con el tiempo, cuando ese milagro no sucedió, tuve que tomar la decisión más difícil en ese momento de mi vida: seguir adelante”.

Se lo dije porque éramos amigos, sobre todo por eso, tal vez primero que nada, amigos que se aman y que ahora, después de dos larguísimos años de peripecia, se encontraban con un gusto exquisito para la poesía y con unas ganas horribles de abrazarse.

Él era un actor de teatro que aspiraba al cine; yo una actriz que escribe y a la que le faltaban tantas cosas. En alguna entidad, nos amamos. Antes y después de nuestras historias. Nos enamoramos terriblemente un día jugando en el escenario. “Desde el disfrute”, decía él, en el momento justo que a mí me daba por llorar.

Ahora, nos encontrábamos en una ciudad adorable con todo y su smog y sus autos y sus perdiciones. Nuestra ruptura, esperada en su condición, no fue fácil. De hecho fue dificilísima.

Esa tarde, tumbados boca arriba, uno junto al otro, miramos pasar, por primera vez en años... el tiempo. El viento hacía bailar con dulzura las ramas de los árboles de la colonia Roma en la ciudad de México. Miré acurrucada el anuncio de tormenta. “¿Lloverá?”, le pregunté, y él me dijo que sí.

Sus ojos, hoy pienso, eran los mismos, pero me analizaban. Me recosté sobre el futón. Callamos y permitimos que la música dijera lo que no decíamos nosotros; el teatro, el tiempo, la vida… todo nos recibía con cierta cautela.

Él concretó la cita desde un par de días extraños en los que supo casi por accidente que yo volvería a su ciudad. Algo nos había pasado y no habíamos podido encontrarnos; citas inconclusas, la partida, sus borracheras, mi barco rumbo a Asia, su noche de premier en la que no pude abrazarlo. No pude.

Tiempos en los que me reclamé en silencio el no poder con presteza responder a un profundo deseo de escribir. O fugarme. Las palabras se me perdieron, también la frontera entre la realidad y el sueño. El inframundo poético de mi amor fue a estrellarse en el carrusel de su decisión de marcharse.

Un silencio, desde entonces se había depositado, como una mariposa rota, en mí. Una mariposa que mueve las alas y anuncia la vida, pero que no puede articular una sola palabra, mientras esto sucedía, mi cuerpo y mi mente accionaban en un mundo que recibía casi sin chistar, un montón de estupideces. 

Llegué a la hora. Él lo había planeado todo (o casi todo), el silencio del departamento, la música de fondo y todo nuestro todo a media luz. Grité su nombre, abrió con prisa mientras yo seguía hablando por teléfono. Subí las escaleras y él tarareaba fumando una canción brasileña. Abrió la puerta del estudio y me dejó sentarme. Quedamos mudos.

Él hacía visitas al balcón y decía palabras que significaban pequeñas cosas (por supuesto que pensé en nosotros, en mí, en lo cerca que estuvimos, en la última noche que besé su espalda, en su nombre tatuado en mi cuerpo a manera de rosa, en cuando me pedía cantando “sácame de aquí”, en mi amor que no le servía de nada, aunque fuera fervoroso).

En algún momento empecé a dormitar frente a una caja de aeropuerto que versaba tres palabras “equipaje en conexión”. A su lado, un letrero que decía sencillamente “frágil”, seis letras insólitas  que yo articulé en voz alta, antes de cerrar los ojos y luego de pensar en mí.

Casi a punto de llorar comenzó una canción que me recordó su voz en los días que se encerraba en mi habitación. Me miró con ternura: “No lo tenía planeado”, me dijo, y yo no supe qué hacer. Nos besamos. Entendí que eso era el final, nuestro final, el verdadero... el preámbulo lo dibujaría yo, o él, ambos con nuestros estados de indefensión, como hacen los actores con sus grandes obras y también las mujeres enamoradas y su muy particular forma de ver el mundo.

–Esta canción la has traído tú. tu espíritu…

“Eres bruja” es lo que siempre me dijo. “Una bruja frágil” es lo que siempre pensé yo.

Me abrazó, cuando quien quiso abrazarlo fui yo. Habían sido años muy difíciles, luché con la obligación de olvidarlo, diluirlo en el tiempo como si su presencia en mi vida hubiera sido una calamidad (como si después de él no hubiera pasado nada ni nadie, como si yo no hubiera podido reinventarme después de la decisión de no volver a vernos).

También intenté suplirlo (con toda mi inteligencia emocional por supuesto) con actores, bailarines e iluminadores que invocaban por orden mía, su absoluta presencia. Nada funcionó. Sin embargo, hoy.... él necesitaba de un beso profundo y sincero, para sentirse menos solo, menos lejos, menos  sin él; había terminado con una mujer que le había prohibido verme pero a la cual, dijo, algún día amó, estaba renunciando a lo que yo no podría renunciar jamás; ser actor y con ello, también a la idea de un fracaso público y centralista que lo anularía de su talento.

Renunciaba a un sueño que yo le compré y por el cual eché por la borda una exitosa vida como ejecutiva, madre, astronauta, puta... todo lo que no fui. Me reí de mí y antes de pensarlo siquiera, lo perdoné por todo, incluso por tratar ahora de ser feliz.

Entre sus besos, dibujó en el aire una valiente petición… “invítame”, dijo... “contigo”, remató. Mi corazón se abrió, como la ventana del hotel, aquella noche en la que desnudos también, nos despedimos. No dije palabra, pensé en las hadas, tal vez. Lo besé, otra vez... antes de querer preguntarle... “¿por qué?”. Oscureció sin lluvia e hicimos el amor.

Él acarició mi rosa (un homenaje que le hice al amor en mi cuerpo), él me habló al oído de cosas que no entendí, mientras yo lo besaba como si fuera transparente. Un corazón, en otra parte del mundo, latía frente a mi espejo. Mis dedos dibujaron un infinito. No llovió. Permanecimos en silencio, me pareció que acudíamos a una cita ancestral, en la cual no teníamos más que conmovernos; movernos uno junto al otro, recuperar lo que perdimos (¿qué fue lo que perdimos? quizá sólo sea tiempo).

En el espejo del baño de mi casa, duerme un corazón quemado, es de papel... yo lo hice con mis manos en el año 2006 y él lo recortó con unas tijeras. Me dijo que lo dejara ahí siempre, aunque yo estuviera enojada con él. Un día y un mes imprecisos. Después de la vigilia, decidí quemar todo mi pasado, eché el corazón a la fogata una noche de gran luna llena. No se quemó y supe que en alguna parte, lo nuestro seguía siendo para siempre. Y tendría que resignarme.

Desnuda y en sus labios, seguí mirando la copa de los árboles: habían dejado de estremecerse y en el cielo fueron apareciendo las estrellas que anunciaron que, aunque fuéramos nosotros, otra vez nosotros (y nuestras torpezas), esta vez no llovería. Todo había terminado y estábamos ahí. Sin milagros. Todo había terminado.


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