Poesía

Esta muestra de poemas de Carmen Villoro es un manojo de espigas con una unidad de frutos que nos ofrecen luz de viento, agua cristalina, tierra fértil para el diálogo interior y exterior

Por: Carmen Villoro

Escribir acerca de una escritora que ha publicado muchos libros, con diversos caminos (poesía, ensayo, cuento, crónica, prosa poética) no es tarea fácil. Carmen Villoro es uno de esos casos. Su obra ha sido diversa, múltiple, profunda, sencilla, asombrosa, reflexiva, juguetona, cotidiana, extraordinaria, brevemente extensa, íntima, erótica, sensual, lúdica, interiormente externa.
 
Si bien dede su primer libro de poemas hay algunas semejanzas – sobre todo en la cadencia de su ritmo, construcción de imágenes y ciertos temas–, cada uno ofrece varios caminos en el lenguaje y estructuras, pero sin perder su voz poética que desde su primer poemario se ha mantenido, claro, con mayor madurez cada vez.
 
Esta mínima muestra de sus poemas, seleccionados para Folios,1 son un manojo de espigas con una unidad de frutos que nos ofrecen luz de viento, agua cristalina, tierra fértil para el diálogo interior y exterior. Palabras que se resignifican, evocan, convocan, provocan. Nos hacen más humanos en el mundo que anidamos: espigas de silencio. Carmen es una oficiante de la palabra, una voz que se multiplica en diversas facetas para entregarnos parte de sí para que sus lectores sigamos descubriendo el mundo a través de las palabras. 

Jorge Orendáin

 

Zona de fumar 

El cigarro es la soledad que uno elige.

CÉSAR LUIS MENOTTI

 

Miro a esas mujeres que fuman sus cigarros

como si hicieran el amor.

Una de ellas desprende la cintilla de celofán

con la gravedad de quien desabrocha un cinturón

o desanuda una corbata.

Otra acaricia con tres dedos la lisura blanca

anticipando un fuego conocido,

queriendo retrasarlo.

Hay la que lo detiene con los labios

disfrutando su peso,

su seca desnudez

y después lo humedece para volverlo propio.

La primera lo absorbe hasta el abismo,

se hace un poco de daño

para sentir que existe.

La segunda lo mira iluminarse

y consume en secreto sus recuerdos.

La tercera sacude la ceniza,

mira el humo

como quien se despide en una calle solitaria.

Una lo apaga con pequeños golpes,

sabe de espasmos.

Otra lo tira al piso, lo tritura

y esa violencia la desquicia suavemente.

La tercera lo deja consumirse

porque no le gusta apresurar ningún desprendimiento.

Parece que platican,

desayunan en este restorán,

piden la cuenta, así, como si nada.

Pero sus cuerpos habitan otra realidad,

sus almas vibran,

su soledad salvaje las denuncia.

 

La bicicleta Es el lugar de encuentrodel movimiento yla quietud. Su dignidad vertical depende de que no cese el pedaleo; la tuya, encambio, del control del alma contra el viento. Frágil parecey, sin embargo, sostiene el peso de la vida, lo reparte en el tiovivo de sus ruedas milagrosas, se ríe de los problemas consu timbre de metal. Cuando aprendes a andar en bicicleta,aprendes el dominio y la libertad.

 

Regreso de Mariana

Cuando llegas, la casa se despierta

como si dieran cuerda a algún juguete

tu clara voz, tus pasos al garete.

Apenas cruzas el umbral, los platos

se despostillan locos de la risa

y en la azotea se alegra una camisa.

Si en tu cuarto colocas la maleta

brota una nueva flor en la maceta

y en los muros se encienden los colores

mientras las ollas cuecen sus sabores.

No tengo que decirte que en mi mente

el mundo ya es de nuevo adolescente.

 

Seven Eleven

El seven Eleven me da serenidad.

Cuando me aborda la desolación

ese vacío irrepresentable

que se aloja en el cuerpo

como una memoria fina y sin palabras,

camino rumbo al Seven a comprar mis cigarros

Siempre en la misma esquina y siempre abierto

ese establecimiento me hace sentir

que hay algo inamovible,

alguien en quien confiar aunque sea tarde.

De día o de noche guarda la misma luz,

un halo atemporal tan necesario

para alguien como yo, que aún teme a la noche,

y piensa que la vida es algo que se pierde

irremediablemente.

De pronto ahí está el Seven

con sus franjas alegres verdes y naranjas,

el piso de cerámica industrial,

los amplios refrigeradores siempre limpios.

He pensado si este bienestar tendrá algo que ver

con aquella tiendita de la infancia

y creo que no.

No es la nostalgia lo que me lleva ahí,

es el reverso, quizá, de la nostalgia,

el presente absoluto ante esos mostradores

que me recuerdan más a una juguetería.

La niña que descubre la inmensa variedad

de las galletas,

no es la niña de ayer, es una niña actual

ante la oferta de colores, de diseños,

de formas:

envolturas, cajitas, latas, frascos,

los objetos pequeños y aprehensibles

que dan un íntimo sentido a la existencia.

Tomo mi Coca, como siempre,

la primera en la fila del refrigerador

y los otros refrescos se deslizan.

Ahí están las maquinitas del café,

los vasos de sólido cartón,

tapas, popotes, sobrecitos.

Sobre otro mostrador, tres salchichas brillantes

dan vuelta sobre la parrilla encendida.

Todo parece funcionar al margen de los hombres.

No importa si alguien tuvo que limpiar,

acomodar productos, conectar aparatos,

no importa ni siquiera si conozco al empleado

que me cobra, si quiero saludarlo.

No voy al Seven en busca de compañía o afecto

sino de un orden simple

que pertenece más a los enseres.

Cada quien tiene su Seven,

algunos tienen su Oxxo.

Es cuestión de colores o de marcas.

Pero los solitarios nos damos cita ahí,

repetimos los mismos movimientos

y sin intercambiar palabras,

entendemos.

 

Citas

  1. Tomados de: Villoro, Carmen (2012). Espiga antes del viento (selección y prólogo de Jorge Orendáin). México: Secretaría de Cultura de Jalisco.

 


Publicado por: