No me hagas caso filma todo lo que puedas

Formar parte del mundo del cine es un viaje eterno en montaña rusa y a mí nadie me avisó cuando me regalaron los boletos

Por: Pancho Rodríguez

Quizá ahora parezca más cool, pero hace 20 años no lo era. Hablar sobre las películas de El Santo o de los hermanos Almada estaba condenado en la escuela de cine. Si te gustaba eso eras un fariseo de la imagen, un simple vulgar que no merecía codearse con los amantes de Bergman o Fassbinder. Y a mí me tocó ser el fariseo de esa generación. De hecho, creo que todavía lo sigo siendo.

Yo tenía 15 años cuando llegué a la escuela, con demasiado entusiasmo, inocencia y mucho cine mexicano populachero a cuestas. Quien me hizo la entrevista me dijo que no podía estudiar ahí hasta que cursara la preparatoria. Yo respondí que tenía escritos cuatro largometrajes y veinte argumentos, que lo único que buscaba era conocer el formato porque los redactaba como dios me daba a entender y que el todopoderoso no me explicaba muy bien. Me retaron. Si al siguiente día llevaba todo lo que supuestamente aseguraba tener escrito, ingresaba. Si no, tendría que irme a una esquina a llorar como Kiko, en la vecindad de El Chavo.

Esa fue la primera muestra del derecho de piso que me iba a tocar pagar por enfilarme en las hordas del séptimo arte. Un piso que ha resultado demasiado caro, cual loft frente a Central Park, pero que vale toda la pena del mundo. Obviamente cumplí y exigí mi ingreso inmediato. La escuela nunca había tenido un alumno de mi edad. Curiosamente ése fue el último año de la institución. Quiero pensar que yo no tuve la culpa.

Formar parte del mundo del cine es un viaje eterno en montaña rusa y a mí nadie me avisó cuando me regalaron los boletos. Desde que recibí mi primer cheque por escribir una película hasta la fecha han pasado 15 años. Vivir del cine en una ciudad como Guadalajara durante tanto tiempo es prueba fehaciente de sobrevivencia. Quizá tras la era nuclear solamente quedemos las cucarachas y los cineastas tapatíos.

Filmar una película no es sencillo, pero es posible. Lo complicado es distribuirla, venderla, exhibirla, viajarla. Ahí radica realmente la habilidad para los negocios y tener una obra que le interese al mundo ver.

Siempre he dicho que tengo más currículum de espectador que de cineasta. A mis 37, llevo al menos tres décadas viendo cine y la mitad de ese tiempo haciéndolo.

Por costumbre, le hago más caso a quien tiene más horas de vuelo. Es muy sencillo, escribo y dirijo las películas que me gustaría ver. Algo me hace pensar que a otras personas les gustaría verlas también.

Los siguientes comentarios son responsabilidad del autor, bien pueden estar de acuerdo conmigo otros colegas o quizá no, pero cada quien habla de la feria como se la ha pasado. Algunos se pasean en el túnel del amor, otros en el túnel de terror y otros en la casa de los espejos. Los carritos chocones no valen. Yo la he pasado bien.

¿Cómo se hace una película? Vendiéndole el alma al diablo, y la primera firma viene con los derechos del guión. Un buen guión es la llave perfecta para abrir todas las puertas. Las buenas historias enamoran. Y el cine es un medio donde necesitas colaborar con gente talentosa que ame lo que hace y que ame la historia de la cual forma parte. Si no hay honestidad en el texto es notorio. Los niños, los borrachos y la pantalla dicen la verdad, siempre.

Las películas oportunistas saltan a la vista, por mucho maquillaje que tengan. Las buenas historias tienen buenos personajes y le interesan a buenos actores. Los buenos actores llaman a buenos inversionistas y distribuidores. Es una cadena verosímil y lógica. Las cosas pequeñas se venden pequeñas, las cosas grandes, pues funcionan de manera contraria. Obviamente, aunque hay principios, no hay reglas.

A veces las cosas resultan, a veces no. Como dijo el guionista Billy Goldman: en Hollywood nadie sabe nada. Algo similar podríamos decir de los Churubusco y los treintaiún estados restantes. En el cine nunca se tiene la certeza de que las cosas resulten, por muy planificadas que sean. Pero siempre hay agradables sorpresas.

Hay una frase muy conocida en el medio: “lo arreglamos en post”. Esto se refiere a que durante el rodaje si hay algo que no funciona en el encuadre, o el sonido no está bien, o cualquier situación que puedan imaginarse (la desgracia se da llamado solita en una filmación, y si no es la desgracia como tal manda a sus primas “la mala suerte” y “la bronca inesperada”) queda la alternativa de seguir adelante y en post producción, al momento de montar cada corte de la película, o corregir color, se solucione el problema.

Bueno, con los guiones no es así. Aunque un buen editor puede reescribir una mejor versión de la película filmada, si desde el origen el texto tiene lagunas, por lo general permanecerán ahí. Y seguramente sentirás que te ahogas.

Esto es muy sencillo. Por lo general una película toma de dos a cuatro años en ser financiada, rodada y terminada. Años de tu vida donde escucharás una y otra vez ese diálogo que no te gusta y te taladra el cerebro.

Debes estar convencido del guión que tienes en tus manos, pues será tu compañero por mucho tiempo. Tener un texto de hierro es como llevar tu arma cargada en la guerra. Corregir un guión lleva tiempo y papel. Rodar un mal guión cuesta tiempo, papel, material y posiblemente muchas horas extras.

El trabajo con los actores es una delicia si sabes lo que quieres y ellos ven carácter en ti. Si duda, no solamente te cuestionan, te comen. Instinto de supervivencia muy comprensible. Si el líder no sabe dónde está la montaña ni Mahoma, alguien más tiene que buscarlos. Un buen actor va a lograr que el personaje de tu guión sea real.

Escribir para cine y filmar tiene un asunto bíblico, es ver el verbo transformado en carne. Escribir para los actores que tienes en mente y conseguirlos es una de las experiencias más preciadas.

Cuando tecleas en tu máquina escena por escena, escuchas la tesitura de una voz donde los diálogos suenan perfectos. Que después eso suceda en la pantalla no tiene precio. Bueno, sí lo tiene, lo sugiere la ANDA, la Asociación Nacional de Actores.

Una de las cosas más disfrutables de filmar una película es convivir con los delegados de la anda. Demasiadas tablas, anécdotas y vida en una sola persona. Bibliotecas vivientes de leyendas y referencias. Pueden ser tus mejores amigos o un dolor de muelas. Finalmente todo se reduce a la cordialidad que se maneje en el set.

¿Cómo se maneja la cordialidad en el set? Antes que nada buscas rodearte de profesionales. Una persona inteligente se equipa con artistas más brillantes. Filmar una película es un trabajo colectivo.

Estás rodeado de gente talentosa y susceptible que está dando lo mejor de sí. Hay que saber lidiar con los egos y las pasiones de todos, desde el director de fotografía hasta la gente de catering. Cuando no logras esto quien pierde no eres tú ni la persona con la que no sabes lidiar, sino el proyecto.

Cuando el caos reina en un rodaje, quien siempre termina pagándolo es la película. Nuevamente, la pantalla es muy honesta. Salvo casos excepcionales, la discordia no va de la mano con el éxito.

En el cine creas y recreas, necesitas de todos. La figura mesiánica del director/dictador ya no funciona en su totalidad. Es un desperdicio sacrificar las buenas opiniones y las ideas de la gente que te rodea por un simple delirio de grandeza. Hay que ser psicólogo de todos y tener la respuesta precisa para que la maquinaria no se detenga.

En el cine requieres de cómplices más que de colegas. Quienes nos dedicamos a esto estamos locos. Y no es bueno discutir con un loco, menos si la gran mayoría está bajo tus órdenes. Y mucho menos si tienes a extranjeros en tu crew. Si desconoces la receta médica del paciente no lo cuques. O cántale “La cama de piedra” como lo hacía Clavillazo en un manicomio, en una de sus comedias.

Rodar una cinta es una actividad bipolar. Primero comienzas en la más absoluta de las soledades, escribiendo el guión o trabajando con el escritor.

Posteriormente viene la búsqueda del financiamiento. Te encuentras con personas que no conoces, que declaran su vocación por el cine, algunos de ellos solamente quieren conocer a las actrices o figurar en los créditos, otros comparten la pasión igual que tú. Pasas de la soledad a la sociedad, encuentros, citas, cafés, cenas.

Y ya cuando por fin tienes los recursos, te enfrascas en una aventura con docenas de personas a las que ves más que a tu familia, día tras día, para que, siete u ocho semanas después, regreses de nuevo a la soledad, o al menos a la tímida compañía de tu editor, de tu compositor, de la empresa que hará los efectos digitales.

Y entonces volteas a ver tu guión de trabajo, tachoneado, hecho churrito, con las cicatrices y dobleces de la batalla. Y recuerdas la frase de François Truffaut en La noche Americana: al principio quieres hacer la más triunfal de todas las cintas y ya después solamente pides terminarla. Pero lo que deseas con toda el alma es que sea exhibida.

Una película que no se ve, no existe. El cementerio de las películas enlatadas es tan triste y desolador, que lo peor de todo es que cada día crece más en nuestro país. Epitafios que fueron títulos, lápidas de afiches. Esfuerzos de tantos guardados en un cajón. Batallas a lo David y Goliat para tener vida en cartelera, en duelo con los blockbusters internacionales.

Hay quienes han perdido su casa o sus propiedades hipotecándolas por un sueño. Hay quienes han perdido la fe, y eso es peor ya que no hay un Monte de Piedad a donde ir para recuperarla. Pero el simple hecho de intentarlo vale la pena. Siempre lo valdrá.

A través de esta simple crónica pudiera parecer que es un calvario dedicarse al séptimo arte. No es así, y si acaso lo fuera, es un calvario encantador. Además, una vez que me te metes en este trajín es imposible salirse. Es la droga más cara y adictiva que hay. Eso, y salirse con la tuya, lo que en el cine se traduce en lograr ir contra la estadística.

No hay nada como estar en otro país, en una sala repleta de un público que ve una copia subtitulada en su idioma y se emociona y revienta en carcajadas justo donde los giros del texto pretendían lograrlo. No hay nada como ver la obra en la pantalla grande. Espectaculares, camiones con publicidad, pósters, diarios, marquesinas.

Si trabajas mucho y tienes suerte, quizá algún día puedas ver tu obra en los complejos cinematográficos. Y ya, si tienes mucha pero mucha suerte, la piratería te hará inmortal.

No me hagas caso y filma todo lo que puedas.


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