La mejor de las fugas

Filosofía y cine, Platón y Woody, Sócrates y Buñuel, sobrepasan el nivel empírico de la realidad

Por: Víctor Hugo Martínez González

Si la filosofía es la evasión del mundo fenoménico (material, “real”) que nos permite conmensurarlo y modificarlo, el buen cine tiene un punto filosófico que mejora nuestras vidas. Piense el lector en esta línea del filme Reconstruyendo a Harry, de Woody Allen: “la vida consiste en cómo elegimos distorsionar nuestra verdad”.

Filosofía y cine, Platón y Woody, Sócrates y Buñuel, sobrepasan el nivel empírico de la realidad. De los filósofos, tan poco comprendidos en nuestra sociedad, nadie esperaría otra cosa. Pero con un cineasta la situación es diferente y, por eso mismo, provocativa.

Miremos, hoy, los números de taquilla: el gusto masivo condena una película que incurra en “pecados”, como muchos diálogos o silencios; reflexiones sobre el sentido de la historia o la condición humana; “lentitud”, o una banda sonora sin un pop cursi y pegadizo. Se reprueba lo supuestamente lejano, y se festina lo presuntamente próximo al público. Como si fuese inútil (re)pensar nuestros días a partir de pasajes no circunscritos al tipo de relaciones –laborales, amorosas, económicas o religiosas–, que conforman nuestra existencia.

Peor todavía: como si la clase de vida que tenemos no debiera sufrir la invasión de ilusiones, delirios, alegrías o tristezas que no hemos sido capaces de experimentar por nuestros propios y escasos medios, racionales o emotivos.

¿Por qué demonios, luego, se le ocurre a un cineasta presentarnos como real la hermosa posibilidad de distorsionar, revolver, transformar la discreta y aburrida reproducción de nuestros días? En Woody Allen y en su Reconstruyendo a Harry, o en Buñuel y su alucinante Bella de día, la razón es clara si se está dispuesto a ver, escuchar, entender.

Harry requiere de la distorsión para creer que su vida puede ser algo más que un transcurso predecible y carente de sorpresa. Séverine (Catherine Deneuve), la protagonista de Bella de día, considera (y no se sabe nunca si realiza) que su vida de burguesa, conservadora y sexualmente reprimida, puede revolucionarse trabajando en un prostíbulo.

A Allen y a Buñuel los mueve una convicción: la vida no es sólo lo que uno hace, sino también lo que uno piensa, imagina o sueña. Fantasía pura y dura.

Quiénes, además de los filósofos acusados de comerse el coco con “la inmortalidad del cangrejo”, pueden brindarnos la reconciliación de la ciencia y el sueño, lo material y lo metafísico, la comprensión y la rebeldía, la adultez y la infancia. “Ya soy demasiado grande para saberlo todo como cuando era un niño”, escribió alguna vez un Julio Cortázar, que amaba profundamente el cine, y uno de cuyos relatos (“Las babas del diablo”) fue el origen de una de las más brillantes películas de Antonioni (Blow up).

¿Podrán los abogados y sus demandas interminables; los contadores y sus rudos libros; los empresarios y su insaciable plusvalía, aportarnos el regalo de sentir que otra vida es posible? ¿A quién, vamos a ver, no le gustaría que su yo cotidiano se pareciera más a su yo idealizado y menos a la persona sin tiempo, espacio ni juegos que somos al obedecer, inopinada y resignadamente, las responsabilidades que la sociedad nos impone? “Una es más auténtica cuando más se parece a lo que ha soñado de sí misma”.

La frase, comportando precisamente un punto filosófico cuya intención es embellecer la vida de quien dejó de soñarse como alguien mejor y distinto, es de Pedro Almodóvar, otro cineasta capaz de estremecernos con imágenes disruptivas del orden “normal”.

Para fugarse, reconstruirse y, a partir de ello, cuestionarse el modo en que la vida es más vida fuera de las rutinas convencionales, para eso existen, gracias a los Lumière, los cineastas (pero los buenos, claro está). Salud por ellos y su provisión de distorsiones.