La India, a las afueras de nosotros mismos

La india es el lugar donde podemos viajar sin importar de lo que huimos y por qué huimos, al final, tenemos destino

Por: Rodrigo Aguilar Benignos
 
Viajar es huir. Inevitablemente viajar es alejarse de un lugar, de algo, de alguien, de un pensamiento, de alguna situación; viajar es fugarse, una evasión que podría antojarse temporal, estratégica, permanente, o simplemente eso, evasión. El matiz lo dan las razones por las que huimos y el destino. 
 
El “judío errante”, personaje de la mitología cristiana quien se burlara de la crucifixión y como resultado quedaría condenado a errar hasta el retorno de Jesús, es la representación de quien tiene la actitud de mofarse del sufrimiento ajeno y como castigo debe viajar, debe huir.
 
Cientos de años después, aparecería la leyenda de “El holandés errante” en los Países Bajos, quien al igual que el judío es condenado a viajar por los océanos sin tocar puerto alguno por pactar con el demonio. Junto con su tripulación, huye entre la niebla hasta encontrar el amor que lo liberará de su eterna huida.
 
En ambas leyendas el destino es desconocido, errático. Resaltan los orígenes del viaje para enfatizar el carácter punitivo de la narración, y en el particular caso del judío, como rasgo eminentemente antisemita vaticinando la diáspora de un pueblo entero. Sin embargo, cuando el destino tiene nombre, el origen del viaje comparte protagonismo en el mito.
 
La india es el lugar donde podemos viajar sin importar de lo que huimos y por qué huimos, al final, tenemos destino. Da lo mismo si nos sentimos errantes o si tenemos el propósito claro de salir por momentos de nosotros mismos para transformarnos en la mirada del pueblo indio. No importa si cuestionamos la miseria lacerante del subdesarrollo, la cremación de cuerpos, el hambre, la muerte, el efímero valor de la carne, de lo terrenal. La pregunta importante que la India plantea es ¿Para qué viajar aquí?
 
Las respuestas son claramente personalísimas, aunque algunos visos pueden darse en la relación guerra-amor que posee la historia del subcontinente particularmente desarrollada no en el seno de lo político ni económico sino de lo religioso. 
 
En la india, el islam y el hinduismo coexisten paradójicamente como dos religiones errantes, las cuales encontraron a las orillas del río Indo el lugar cómodo para cuestionar las teologías simples y estrictas del primero o para descansar de la multiplicidad, variedad de doctrinas del segundo.
 
Los planteamientos que heredan cientos de años de lucha entre musulmanes e hindúes, entre politeísmo y monoteísmo, se reflejan en la provincia de Rajastán, tierra de los rajputs, clan de tradición guerrera proveniente, según la creencia; del sol, la luna y el fuego. 
 
Desde los experimentos astronómicos del Jai Singh II en Jaipur hasta los balcones dorados de los fuertes de Jaisalmer y Amber, el arte de la guerra, impone su razón de ser con vehemencia.
 
Orgullosos de sus suicidios colectivos, de las inmolaciones de niños y mujeres ante la batalla perdida, la guerra constituyó en la dominación islámica de los siglos XVI, XVII la principal fortaleza y como en otros casos la principal debilidad, tal y como lo muestra su posterior decadencia a inicios del siglo XVIII.
 
Este rasgo de la India ya nos ayudaba a distinguir la tendencia por vivir en pugnas intestinas y en la fragmentación que aprovecharía el Imperio Británico en el siglo XIX. 
 
Esta coexistencia de islamismo e hinduismo y sus siglos de confrontación dejaron a su paso por India la irremediable aceptación de fuerzas centrífugas viejas, poderosas, que cohabitan bajo la permanente idea de que el momento de la guerra es el momento en lo cotidiano. Basta con observar regiones como Cachemira y Assam o los montos destinados actualmente al desarrollo de armamento nuclear por los Gobiernos de India y Pakistán. 
 
El amor, al igual que la guerra, está presente en toda la India. En sus manifestaciones tanto hinduistas como islámicas, y con mayor énfasis en la provincia en cuestión. Ya el Maharajá Udai Singh II, fundador de Udaipur, se encargaría de colmar esta ciudad de palacios y templos honrando el amor y convirtiéndola en la ciudad más romántica de la India.
 
De esta ciudad tras una estancia en 1623, en medio de una revuelta contra su padre, el emperador mogol Shah Jahan se inspiraría para la posterior construcción del mayor monumento construido al amor: el Taj Mahal. 
 
El amor y en particular la concreción en el acto sexual triunfan en Rajastán tanto en su carácter de provincia guerrera como en la práctica de sus rituales hinduistas, de ahí que en Pushkar se encuentre el único templo dedicado a Brahma, quien representa la creación en el Trimurti y comparte la eterna meditación con su amada Sarawasti, quien simboliza la educación.
 
Como espectros, las historias de amor y sexo del hinduismo aparecen como el buque fantasma del holandés errante, en medio de la espesa neblina, narrados en viejas paredes de los templos hinduistas, con olor a sangre de cordero y humo de huesos humanos. Figuras torcidas de deidades penetrando con sus falos vaginas sonrientes y ampliadas, semidioses desnudos con penes de marfil, princesas que sangran tras ser penetradas por pinceladas sobre seda. 
 
Los hindúes creen que mientras un molesto Shiva (dios del trimurti, que representa la destrucción) se dirigía a destruir el mundo cargando el cuerpo muerto de su primera esposa Shakti (quien representa el poder espiritual femenino), Brahma, para calmar la ira de Shiva y honrar a Shakti, destruyó el yoni (la vagina) de shakti en 52 pedazos que son 52 templos.
 
Uno de los pedazos del yoni de Shakti cayó en la cueva de Kamakhya Mandir al norteste de la India y donde entre olor a sangre, sudor, rejas doradas y negras, muros decrépitos, santones andrajosos, es posible atestiguar que el placer por la creación al igual que por la destrucción, sujeta del mismo hilo a la India y al hombre.
 
Amor y guerra, íntimamente relacionados en el pensamiento europeo, como señalara Denis de Rougemont, son dos fenómenos que nos ayudan contestar la pregunta que nos hace la India.
 
Recordarnos que la condición humana es precisamente guerra y amor, que ambas coexisten en un espacio tan simétrico como los mausoleos musulmanes, se confunden entre sí y se nutren una de la otra; tal y como las montañas Aravali nutren de mármol al Taj Mahal y protegen a un pueblo guerrero, como la pasión de los rajputs por la fantasía y la afirmación del hinduismo de que el camino a Dios no son ni los ritos ni el conocimiento, sino el amor.
 
Errante, como el judío o el holandés, topar con la India es la oportunidad del condenado para sentir que huye con la perversa, pero compleja idea de mofarse del sufrimiento propio que implican inexorablemente la guerra y el amor en la condición humana, con la idea pues, de recordarse aunque sea en las afueras de sí mismo que del sufrimiento hay lugar para vivirlo sin padecerlo. 
 

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