Incauto gachupín ante el muralismo mexicano

Toda la fuerza expresiva que encerraban los murales pintados por Diego Rivera se abalanzó sobre mi condición de incauto españolito

Por: Alberto Ojeda

En lo alto de la torre Latinoamericana, asomado a 150 metros sobre la descomunal ciudad de México, sentí el picor que deja una bofetada en pleno rostro. Lo experimenté al hilo de las explicaciones que daba un guía espontáneo. En torno a él se arracimaba un grupo de jóvenes de diversas nacionalidades, casi todas ellas de habla no hispana, aunque la mayor parte chapurreaba mal que bien nuestra lengua.

El tipo, de unos 50 años y sin rastro alguno de indigenismo en sus facciones, decía ser profesor de historia. Les explicó que la ciudad que contemplaban en ese momento se llamó hace siglos Technonitlan, fue la esplendorosa capital de la cultura Mexica (o Azteca) y todas sus calles eran canales navegables.  

Dispersadas en el interior de su perímetro se alzaban al cielo majestuosas pirámides erigidas en homenaje a sus dioses. Pero entonces llegaron los españoles, la conquistaron tras perpetrar una matanza tras otra y no dejaron piedra sobre piedra. 

Desecaron los canales para que sobre sus cauces pudieran trotar los caballos que traían desde la metrópoli. Technotitlan perdió su identidad fastuosa y refinada para convertirse en una urbe sobria, sin concesiones al preciosismo arquitectónico.  

Uno de los estudiantes comentó con ingenuidad: “Eran un poco tontos los españoles”. “Sí la verdad es que era gente bruta”, confirmó el profesor. Aunque me dolía el contenido de aquella lección, y los comentarios posteriores que suscitó, no tenía mucho que objetar, pues lo que había escuchado era lisa y llanamente una verdad histórica irrebatible. 

Pero estaba claro que el papel jugado por España en las Indias no se limitaba a la sangrienta toma de la capital de los mexicas. La versión ofrecida por aquel presunto historiador resultaba un tanto sesgada. Y lo más grave era que en la mente de aquellos jóvenes perduraría quizá, para siempre, la idea de que sólo llevamos a América muerte y destrucción.  

Y sí la llevamos, ¡vaya si la llevamos! Pero ahí no se agota la historia. Quede claro. Hubo más, mucho más: la Ley de Indias, en cuyo tenor se recogían múltiples preceptos destinados a proteger a la población nativa; la labor asistencial de los jesuitas, que en algunos casos les llevó a enfrentarse a sus propios compatriotas; los furibundos discursos de Bartolomé de las Casas y sus seguidores, clamando contra los excesos de los que dieron rienda suelta a sus ansias de lucrarse a toda costa en el nuevo continente descubierto… 

Pero la bofetada se conviritió en puñetazo cuando franqueé la puerta del Palacio Nacional, en la Plaza del Zócalo. Toda la fuerza expresiva que encerraban los murales pintados por Diego Rivera se abalanzó sobre mi condición de incauto españolito. En los corredores y rellanos del edificio, el pintor había retratado la historia de México mediante gigantescos murales.

En aquellas pinturas, utilizadas como instrumento didáctico para ilustrar al pueblo, quedaba constancia de todos los traumas de una nación. Una nación que había llegado al siglo XXI prácticamente exangüe, por todas las guerras, revoluciones, conquistas, saqueos y matanzas que había tenido que soportar sobre su suelo. Los murales del Palacio Nacional sacudían conciencias. Estremecían.  

Las imágenes donde se concentraba quizás una mayor virulencia, una mayor tensión, eran las dedicadas a la conquista. Al menos así me lo pareció a mí, seguramente condicionado por la nacionalidad que consta en mi pasaporte: español, ¿español? 

Indios arcabuceados sin piedad por el ejército conquistador; clérigos de gesto crispado esgrimiendo crucifijos con sus puños para evangelizar a los “salvajes” mediante el miedo y la culpa; trabajos forzados; abusos sexuales, sangre, fuego, odio... El choque entre el Viejo y el Nuevo Mundo. La desolación se apoderaba de uno ante los murales; primero, porque lo que denunciaban era cierto, y segundo, porque la denuncia también pecaba de maniquea.  

Tuvo que ser en Guadalajara (capital de Jalisco) donde hallé el equilibrio. Paradójicamente, en la obra de un auténtico iluminado. José Clemente Orozco, al contrario que Rivera, sí contrapuso en sus murales las luces a las sombras. 

En las paredes del Hospicio Cabañas comparten espacio hoy día los curas fanáticos y los implacables soldados realistas –retratados estos últimos como verdaderos robocops de la época– con hombres ilustres de nuestra cultura, como Cervantes y El Greco. También recrea la misericordia de los clérigos con la población autóctona, rindiendo tributo a aquellos religiosos que, como el Obispo Cabañas, fundador del hospicio en 1810, se apiadaron de los más desfavorecidos. Un barbudo con pintas de náufrago y aires de asceta, que se ganaba unos pesos desentrañando ante los turistas los significados últimos de la pintura de Orozco, me advirtió el detalle. 

Con aquel guía me pasó algo gracioso. Durante sus explicaciones tuve la sensación de que aquel místico era una reencarnación del propio Orozco. No sé por qué llegué a esa conclusión, pero lo vi muy claro. 

Supongo que por la viveza y el detallismo que imprimía a sus explicaciones, como si él mismo hubiera pintado todo aquello. Me imaginaba además a Orozco como otra especie de místico, pintando medio desnudo y en estado extático todos aquellos murales preñados de un brutal simbolismo. Brutal, sí, como el propio devenir de la nación mexicana, pero también justo y equilibrado. 

Su obra en el Hospicio es ejemplo de arte armado de verdad y un documento histórico definitivo.


Publicado por: