El último suspiro

Ella fue la primera y única persona que me mostró sentimientos que creía muertos, sentimientos buenos, y lamentablemente también hubo malos

Por: Esteban Muñoz

No creo que exista una sola vez en la que haya sentido arrepentimiento por mis asesinatos. Jamás en mi vida había tenido un escape a la eterna locura tan relajante como ha resultado el arte de matar. Incluso pienso que he hecho un gran favor a todos mis amigos después de su muerte. Pero es ahora, acercándome al final de mi vida, cuando vuelvo a recordar a aquella única persona que de verdad me hizo cambiar mi manera de ver el mundo.

Ella era maravillosa, no había otra amiga a quien yo hubiera querido más. Su increíble energía y felicidad podían mover hasta a la persona más seria y reprimida de este mundo. Lo que hizo por mí fue algo verdaderamente invaluable.

Cada momento que pasé junto a ella fue totalmente atesorado dentro de mis pensamientos; nunca hizo nada para lastimarme, en realidad ella me tenía en gran estima. Siempre me decía “te quiero más de lo que tú me quieres.” Esto no es cierto, yo la quería de una manera en la que no he querido a ninguna otra persona.

Ella fue la primera y única persona que me mostró sentimientos que creía muertos, sentimientos buenos, y lamentablemente también hubo malos. Por eso fue la última víctima antes de mi autodestrucción.

Ya no hay nada que decir después de dar el último tecleo, esta será la última historia que escribiré. El único relato que me queda por contar, y el más doloroso en toda mi vida y ser. 

ASÍ FUE COMO PASÓ TODO

Desde hacía ya algún tiempo, Astrid me había pedido una consulta con mi padre por un problema que apareció en su rodilla. Al parecer, todos los años practicando danza le resultaron en el desgaste de su articulación. Era una rodilla de cincuenta años.

Pasó un poco de tiempo antes de poder hacer la cita, mi padre suele estar muy ocupado y los horarios de Astrid en la escuela hacían que el encuentro fuera un tanto difícil de arreglar.

Finalmente, llegó un día en que la cita sí pudo darse. Le dije a Astrid que pasara a mi casa el próximo martes a las 10 de la mañana. Estuvo de acuerdo. En ese momento se alegró mucho y me dio un fuerte abrazo.

Debo decir que durante todo este tiempo nunca pensé en la posibilidad de hacerle algún daño. Esto fue algo curioso, ya que en todos los asesinatos pasados ya había premeditado toda la trama de los actos. Fue en el momento del abrazo que una sonrisa llena de malicia se dibujó en mi rostro; la excusa perfecta para matarla había surgido de la nada.

De pronto pude ver toda la trama del acto pasar frente a mis ojos. Todo ya estaba perfectamente orquestado en mi memoria.

Esta pausa en mis pensamientos fue extremadamente rápida. Apenas un segundo después me despedí de ella y la dejé marchar. Mientras tanto yo tomé mi camino para comenzar a hacer los preparativos.

Primero que nada, coloqué los instrumentos a utilizar en mi bandeja usual. Primero estaban un martillo y unas plumas bic, luego un cuchillo pequeño, seguido por una cuchara, y finalmente un atizador de chimenea.

Pondría a Astrid boca arriba para comenzar. Cada pluma sería colocada dentro de las cavidades nasales, para más tarde ser impulsadas con el martillo hasta el cerebro. Con el cuchillo cortaría sus orejas y así tener un poco de comida para los pájaros. Para el paso final, asestaría un fuerte golpe con el atizador hacia el pecho para luego llevarlo hasta la parte baja de su tronco, dejando al descubierto sus órganos. Para finalizar, tomaré el corazón con la cuchara y lo guardaré junto con mis trofeos.

Eran la las 12:20 cuando terminé de acomodar todo. Sin más que hacer me fui a la cama para poder estar bien descansado al día siguiente.

Me levanté muy apresurado para poder asearme. La cita había quedado a eso de las 10 AM, y yo me levanté una hora antes.

Hice todo muy rápidamente y lo mejor que pude. Justo cuando terminé de peinarme, alguien llamó a la puerta.

Salí y vi a Astrid con la misma sonrisa de siempre parada en mi pórtico. En la calle se encontraba su madre, esperando que fuera recibida. Yo la saludé cálidamente y le dí las gracias. Abrí la reja para dejar pasar a Astrid y luego la invité a desayunar.

El momento del desayuno fue muy tranquilo, disfrutábamos comiendo y riéndonos a carcajadas mientras la televisión emitía los sonidos incidentales de la escena.

En un momento del desayuno, Astrid se levantó para rellenar su vaso con jugo de naranja. Me estaba dando la espalda, así que simplemente me levanté con mi vaso de vidrio en la mano y fui a colocarme detrás de ella.

La televisión seguía su curso con un comercial de telecable, y el sonido del jugo cayendo llenó mis oídos. Lentamente, los sonidos fueron apagándose dentro de mis oídos; el chorro de jugo se convirtió en un mar de aire vacío dentro de mi cabeza. En ese momento, Astrid me vio a su lado. Con su vaso en mano, en su cara se dibujó una enorme sonrisa llena de sinceridad. Fue ahí cuando le estrellé todo en la cara.

Con el impulso del golpe, Astrid cayó golpeando su cabeza en un rebote contra el suelo. Comenzó a recobrar el conocimiento poco a poco. Se dio cuenta de la sangre y del golpe a la cabeza, luego me miró. Trató de gritar, pero justo en ese momento la tomé por su cabello y le llené su garganta de servilletas.

No sé qué fue de mí en ese momento, todo lo que tenía planeado hacer fue totalmente desechado; de alguna manera, dejé de lado todos los instrumentos y la silla de operaciones, mientras un extraño ataque de ira recorrió mis venas en cuestión de segundos.

Seguía sosteniendo a Astrid del cabello, luego me fijé en el comal para calentar tortillas. La levanté del suelo hasta tomarla por el cuello con mi mano izquierda. Con un fuerte y brusco golpe, puse su cara sobre el comal. Como las servilletas no la dejaban gritar, sus gemidos e intentos por dar un respiro eran el único escape que podía expresar su dolor, y créanme que éstos eran verdaderamente fuertes y agonizantes.

Después de esto, arrojé el comal por un lado. Chocó con la televisión y la tumbó de su sitio. Coloqué el cabello de Astrid en las llamas de la estufa, dejando que se quemara lentamente, mientras ella continuaba con sus intentos de gritar.

La mantuve así durante unos cuarenta segundos. En ese momento su ahogamiento estaba a puntode acabar con ella. Esto me enfureció más, así que comencé a estrellar su cabeza contra el pretil. Sería idiota decir que sobrevivió a esa clase de golpes

Al ver esto, la arrastré por la cocina hasta llevarla a la sala. La dejé en la mesa de centro y luego volví a la cocina por dos cuchillos, uno pequeño y otro de carnicero.

Volví a la sala y empecé a clavar el cuchillo pequeño en todo el cuerpo de Astrid. No podía controlarla ira que me dominaba, simplemente era algo inexplicable. Apuñalaba cada vez con más fuerza todo su tronco, la sangre llenaba mi mano y brazo, y las ligeras gotas rojas comenzaban a acumularse en mi rostro.

La apuñalé durante dos minutos completos. Todo mi cuerpo estaba frío y con un vacío sin límites. Para finalizar con todo, tomé el cuchillo de carnicero y corté su cabeza. Me tomó tres tajadas para poder desprenderla del todo.

Finalmente, me levanté y me senté en una mecedora dándole la espalda al cuerpo. El enojo se había ido, pero un nuevo sentimiento llegó a mí.

Ésta era la primera vez en la que de verdad sentí lo que hice, el pesar de haber matado a una persona. Todas las muertes que había causado comenzaron a pasar frente a mí como en un desfile de primavera. Todos me llenaron de un horror impresionante e indescriptible. Trataba de gritar, pero eso era algo que no podía hacer debido a mis pecados. Finalmente, la condena había llegado para cobrar mis penitencias.

Después de eso fui detenido, y ahora estoy aquí en prisión, esperando mi condena final para poder ingresar al infierno.

Toda mi disciplina e inteligencia fueron destruidas por ese último trabajo. Todo lo que logré fue a parar al caño. Mi vida había sido perfecta hasta el día en que tuve que matar a la única persona con verdadera pureza que he conocido.

 

 


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