El infierno. Apuntes desde la butaca

Me interesó verla por las entrevistas con el director que se publicaron en las semanas previas al estreno, la controversia que causó la clasificación C y porque los dos filmes anteriores de Estrada me habían gustado

Por: Annemarie Meier

“Está buenísima”, “no te la pierdas”, “narra lo que ya sabemos”, “es como Tarantino y los hermanos Coen en el campo mexicano”, “no la quiero ver porque es lo que a diario vemos en la medios”. Tales fueron algunos de los comentarios que escuché después de que se estrenara El Infierno, de Luis Estrada.

Me interesó verla también por las entrevistas con el director que se publicaron en las semanas previas al estreno, la controversia que causó la clasificación C con la que la Secretaría de Gobernación la restringe para espectadores menores de 18 años y porque los dos filmes anteriores de Estrada me habían gustado, en especial La ley de Herodes.

Preparada con mi lápiz y mi cuaderno de apuntes que llevo en mi cabeza cuando voy al cine, me senté en la butaca con la esperanza de ver algo como Camorra al estilo de una comedia mexicana, pero salí del cine con un mal sabor de boca y una gran confusión acerca de los temas que podía abordar en mi reseña.

Puesto que no me siento capaz de integrar los múltiples elementos de un discurso bastante incoherente en un texto estructurado, les comparto algunos apuntes que, a manera de mapa mental, hice sobre el filme.

La historia

La primera escena muestra un amanecer con tres siluetas frente a una choza. Un hombre se despide de un niño y una señora mayor que le da la bendición y camina con un bulto en sus manos hacia el cielo bañado de rojo.

Con estas imágenes kitsch el protagonista, Beni, se despide de su tierra en busca de los potentes billetes verdes, tan codiciados que incluso sirven de adorno de pared.

Al regresar 20 años más tarde sin hacer una fortuna, Beni encuentra todo cambiado: tierras abandonadas y dominadas por una familia de narcos cuyos hermanos se disputan los negocios de drogas, armas y el control de la policía y la política como si fuera un feudo medieval.

Por lealtad a su hermano, Beni se “enlista” con uno de los bandos y aprende el “oficio”. En el fondo, es una historia de familia y familias, donde el protagonista es movido por la motivación de salvar el honor familiar y el recuerdo de su hermano.

Los personajes

La historia se narra bien y tiene elementos para construir una película inspirada en el cine de gangsters, una comedia ranchera o un filme de desarrollo de un personaje que describe un proceso de degradación. Pero como Alain Tanner lo dijo en su entrevista durante el Festival de Locarno: aunque originado por una idea o una crítica social, un filme vive de sus personajes y su desarrollo.

Y es justamente lo que el guión de El Infierno no supo construir. Salvo algunas escenas, los personajes son estáticos y actúan más en función de una idea, caricaturización y tipología del narco que como personajes con vida propia.

Es cierto que la comedia y la farsa suelen presentar personajes tipificados. Estrada trabajó con el recurso en La ley de herodes. Sin embargo, en El Infierno ni el género ni el estilo tienen la coherencia de su primer filme y los personajes, las situaciones de violencia y brutalidad, los diálogos y la filosofía barata resultan repetitivos.

¿Qué le parece que mientras que Beni baraja fajas de billetes, se compra cadenas de oro y el cura bendice su nueva pistola, su madre sigue viviendo en la misma choza de la primera escena y viste los mismos trapos y canas del día en que Beni se despidió de ella 20 años atrás?

O la filosofía que se trasmite a través de diálogos como: “¿Le temes al infierno?” “¿Al infierno? ¡El infierno está aquí!”. En los diálogos los personajes también suelen aleccionar al espectador acerca de los efectos de la globalización, los poderes corruptos y la espiral de violencia.

“En México”, dicen, “no se vive como se quiere sino como se puede”. Por cierto, entre los sicarios hay algunos especialmente sangrientos. Se dice que son del sur del país y hablan un idioma indígena.

Imágenes, sonidos y suspenso

No niego que al ver en la televisión las imágenes de casas y arsenales de armas incautados a miembros del narcotráfico nos asombre la ostentación y el mal gusto, y que al ver y escuchar a algunos de los grupos de música norteña nos abrume la acentuación de una cultura machista.

Sin embargo, ¿será realmente expresión de una “cultura narco” o burda –y peligrosa– simplificación de algo que se ha incrustado en las sociedades con toda normalidad y sin señales externas?

La banda sonora que asocia cada aparición de una camionetota con música de banda a todo volumen tampoco ayuda a involucrar a los espectadores y sus emociones, no provoca identificación ni suspenso.

Ciertamente hay momentos y escenas chistosas, pero son contadas y se apagan con tanta rapidez como los fuegos artificiales de los festejos del Bicentenario y el letrero que dice “¡Que viva México!”.

Censura y clasificación

El póster con el que se anunciaba la película mostraba a Beni con su atuendo norteño frente a un cielo tormentoso. Ayer vi el mismo póster con la leyenda “Censurado por violencia gráfica, lenguaje precoz y criticar la guerra emprendida encontra del Narco y el Crimen organizado”.

Me imagino que la inserción de la leyenda fue la respuesta a la clasificación C del filme, que me parece muy poco afortunada pero que quizá le haya servido como estrategia de mercadotecnia. Porque no hay duda de que El Infierno será un filme taquillero. Por mi parte, tengo curiosidad por lo que Luis Estrada prepara como próximo filme.


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