El cuarto sol

Quieres escribir. Pero no puedes. O quizá no debes

Por: Mario Édgar López Ramírez
 
El cuarto sol, a Moisés López Rosas y para la mancha, La Eterna Mancha, como él decía.
 
Tus orejas puntiagudas vibran por la cantidad de ondas sonoras que existen a tu alrededor. El rumor es incesante, compacto, continuo, cascada del Niágara, por donde caen las palabras de miles de caminantes. Las paredes del edificio universitario amplifican la sensación.
 
Tu nariz es una antena afilada que desearías extirpar por completo. Sientes una imperiosa necesidad de escribir y has roto un papel tras otro, los has doblado, magullado, odiado, los has tirado discretamente por el piso. Rechazando el convencionalismo del basurero celeste, que tienes debajo del escritorio, has preferido disponer tu espacio como un gigantesco basurero.
 
Quieres escribir. Pero no puedes. O quizá no debes. Hay una vocecita que te indica que estás en el trabajo, entre estadísticas, encuestas de opinión, pasillos llenos de gente que viene y va, estudiantes que hacen ruido, que dibujan los sonidos de un monstruo virtual, quien se establece en el café que te estás tomando y en el run-run de la computadora a punto de fallecer.
 
Suena el teléfono, suena la exigencia de tu jefe, suena la voz de tu conciencia y tú todo lo que quieres es escribir. Pero no puedes. 
 
Nadie esperaría de ti un cuento, una novela o algunas coplas de poesía en prosa (que es lo que más se te da, porque de hecho nunca has practicado escribir un soneto o alguna de esas formas técnicas y complejas de la poesía, de las que sí podía escribir Octavio Paz). No tienes paz. En el trabajo no se escribe, sólo se entregan resultados.
 
Eficiencia, eficacia, efectividad. Y tú quieres escribir sobre un amigo muerto. Muerto. Muerto. Muerto. Porque, por hoy, tú también estás muerto. ¿Y que haces? Inevitablemente escribes. O por lo menos lo intentas: “te extrañamos tanto, amigo, tu vida joven se nos fue de las manos, súbitamente nos has dejado, nos dejaste tus lentes, que eran prótesis de tu cuerpo y a mí me dejaste tu muerte…”. Escribes y rompes lo que escribes. Escribes y rompes y entonces, vuelves a escribir.
 
Y yo te miro. Me quedo viéndote profundo. Atrás del cristal de tu oficina. Y veo cómo te rodean los papeles. Y veo que cuando sospechas la llegada de tu jefe, rompes tu juramento de volver todo un basurero y le das de tragar tus papeles al basurero celeste que ahora alejas de tu escritorio.
 
Pienso para mis adentros: quién pudiera recuperar ese cuento que tanto escribes y desescribes, que cuenta como tú, y otros amigos muertos de tristeza, hemos querido escribir un canto por la vida. Porque es triste escribir sobre la muerte. Quizá sería preferible escribirnos postales y tarjetas de un funeral al que nunca quisimos asistir.
 
Te propongo algo: ¿por qué no recogemos tu constelación de papeles, los desdoblamos y juntamos cada trozo con pegamento? Porque cada palabra que has soltado, en medio de la total hostilidad de lo cotidiano, es un trozo, quizá una mano, quizá el rostro, quizá un pie vibrante de sangre, que completa la vida de esos lentes que nos han quedado como herencia.
 
Me paso fantasmagórico. Recojo la primera hoja arrugada, mientras te ocupas de falsificar un necesario interés por alguna variable, por alguna absurda opinión de la vida política de tu país. Lo que leo es cierto. Quiero que sea cierto. Y reconstruyo la primera parte de tu cuento.
 
Él estaba acostado sobre una cama indigna, de un hospital frío y tú lo mirabas desde la cabecera con la apariencia de quien observa una Diana cazadora. Abrió los ojos, su prótesis visual estaba a su lado. La reacción fue inmediata y llena de amor por la vida, que en esos momentos tú significabas. Te volvías para él como un embajador de un tiempo de mejores esperanzas.
 
El símbolo más valiente de su esfuerzo fue colocarse los anteojos, todavía con el espanto de haberse despertado de un sueño. No sabes cuantos segundos tardó en ser consciente, pero sí sabes que te reconoció al instante, sin sobresaltos y movió su cuerpo lleno de alegría, aunque la infección seguía instalando su sentencia. Pero tú no lo sabías. Tampoco yo lo sabía.
 
¿Qué horas son? Ya pronto voy a salir de esta. Nos vemos la semana que viene para planear y para alegrarnos y para reírnos y para discutir, porque lo único que no se le perdona a los amigos es la mediocridad. 
 
Levanto del suelo una segunda hoja, arrugada, envejecida. Y reconstruyo la segunda parte. Has puesto su nombre. Moisés, te aconsejo que ya no comas tanto, y menos las cosas que comes. Moisés, ya lávate los calcetines o cómprate unos nuevos. Moisés, ya no bebas tanto y menos si no es conmigo. Moisés, ya no leas tanto, para que ya no sepas lo que sabes y para que no se te acaben los ojos y para que tengas dinero para comer lo que comes y para que quieras beber conmigo y para que puedas cambiarte los calcetines. Moisés, regrésate a la Taberna y vamos a Las Fuentes y caminemos por la plaza y súbete a mi carro y regáñame porque no termino la maestría.
 
Y has todo lo que quieras. Y cómete todos los tacos de tripa. Y respírate todo el olor del D.F. Y colecciona todas las revistas que quieras. Y sigue yéndote de Guadalajara. Y sigue regresándote de Europa. Y pasa la primavera en Praga. Y no te mueras. Y no me mires, por favor, con tus ojos muertos... 
 
Te das cuenta que ahí está mi fantasma. Te espantas un poco. Pero la sensación te parece poco nociva, incluso trivial. Qué más da un fantasma. Uno más de los que has visto. Uno más con el que puedes hablar por las noches, cuando tienes tu mirada fija en el librero que habita en tu habitación o en la minúscula braza de un cigarro que te sabe a rayos.
 
La impresora sigue sacando comparaciones estadísticas a todo vapor, mientras la cabeza te estalla de recuerdos: mi estimado cabezón sigo tan ateo como siempre, a pesar de los muertos que iluminan mis caminos, y ¿sabes? No me puedo arrepentir de ello. Me arrepentiría en todo caso de no tener fe en esta metafísica que es la amistad y sus fermentos y que me permite escribirte sin saber si me vas a leer, vaya maravilla. 
 
Y tú piensas, y yo recojo una tercera hoja envejecida, vencida. Y reconstruyo tu tercera parte. “Lo más importante de la democracia son las instituciones”. “La democracia es el espacio del conflicto civilizado”. “Habrá que leer a Morlino si queremos ser serios en el tema”. “La amistad no es un asunto deleznable, puede sustentar la democracia, la democracia sustentable”.
 
Comparemos a Linz y a Vicente Leñero, a Carlos Monsiváis con Claude Lefort; opongamos a Sartori contra Felini y revolquémonos todos como en un remolino de lodo; metamos mitos, ritos y pruritos dentro de la licuadora.
 
“Pensemos los gobiernos divididos”. Pensemos el neoistitucionalismo, el neomarxismo, el neofilantropismo, el neosincretismo, el neologísmo. Pensemos en una jornada todo el proceso y sus nexos. Pensemos en el financiero que dibuja el mural de fin de milenio.
 
¡Presos políticos libertad! Por favor, ya no te luzcas, mi querido Moisés. No te sobes el candado de la barba, cuando estás pensando, no te subas los lentes con cada reflexión inteligente. Mejor comienza a enojarte porque no llegamos temprano a tu cumpleaños y tírame una botella en los pies cuando me veas y deja que te cargue la policía.
 
Preséntame a los traidores que vas a presentarme, dentro de la cueva que está en la brecha. Déjame presenciar el beso de Judas y olvídate de los demócratas que no son capaces de ser amigos, los que sólo son demócratas en sus textos, los que sólo son demócratas para el Sistema Nacional de Investigadores. Los que sólo son demócratas porque es el mejor disfraz para los perros.
 
Descubro que tu basurero, que se complementa entre el piso y el recipiente celeste, es un mar de hojas en blanco. Y reconstruyo la cuarta parte. Y ya no hay mucho que decir.
 
El primer sol fue de aire: los hombres murieron porque se los llevó el viento. Me preocupa mi mamá. El segundo sol fue de tierra: los hombres murieron porque se los tragó un terremoto. No me dejes solo, esta noche tengo miedo. El tercer sol fue de fuego: los hombres murieron porque se los comieron los monos. Quiero ir al baño. El cuarto sol fue de agua: los hombres murieron en un diluvio que les reventó los pulmones. Y murieron y murieron y volvieron a morir, a condición de poder vivir para volver a morir.
 
Ya no llores, orejón, ya no llores por tu ratón y por tu cabezón. Ya no llores porque así no puedo seguir recogiendo tus papeles, y rearmando tu cuento. Ya no llores porque así no puedes ver mi fantasma. Ya no tires el basurero celeste. Ya no le rompas el alma a la computadora. Ya no le contestes mal a tu jefe. Ya no maldigas las estadísticas que te dan de beber. Ya no lo hagas porque ya llegó el silencio, y no pasan más los estudiantes y no necesitas cortarte las orejas y extirparte la nariz. Y ya no llores porque así ya no puedes más escribir y volver a escribir. Y no me veas tras el cristal de tu oficina. Convertido en papel. Y mejor sigue escribiendo y sigue tirando lo que escribes y nunca acabes este cuento. Para que no se acabe esta fantasía. Para que no se nos acabe la vida.