De tintas indelebles

Ganadora del concurso de Anécdota "Cuenta la elección" del Proceso Electoral 2017-2018

Por: Miriam Jiménez Cabrera

Íbamos una tarde por avenida Revolución; mi madre conducía en silencio mientras yo veía cómo los autos se acercaban a través del retrovisor: “Los objetos del espejo están más cerca de lo que parecen”, se leía en letras agrietadas al inferior del reflejo. En un semáforo en rojo nos detuvimos frente a una casa con una lona de apariencia reciente: “Aquí se instalará(n) el 1° de julio la(s) casilla(s) de la sección”.... Por la ventana se asomaba una mujer de múltiples pliegues en el rostro y ojos apacibles que veían los autos -y la vida- pasar. Era mediados de junio, caía una lluvia ligera y la jornada electoral también estaba más cerca de lo que parecía. Sin ver a un punto fijo, rompí el silencio que ya se había instalado dentro del auto.

—¿Sabes, ma’?, siempre he pensado que la abuela fue una gran feminista. —Mi madre sonrió brevemente con la mirada fija al frente. Acto seguido su expresión cambió hasta parecer un intento por contener las lágrimas.

 —Y sí. Ojalá hubiera sabido que así se les llamaba.

Cuando nací, el rostro de la abuela ya tenía tantos pliegues como el de aquella mujer de ojos apacibles sobre avenida Revolución. Murió cuando yo aún no cumplía el primer año, pero de una u otra forma mi madre ha procurado que su esencia se mantenga viva a través de los relatos que nos cuenta sobre ella y de aquellos que ya no están. Fue así como conocí la historia de su madre -mi bisabuela-, una joven de 12 años que se casó con un hombre 15 años mayor que ella; un alfarero que todos los días llenaba su recua de mercancía, salía por las madrugadas a bordear la Ribera de Chapala y regresaba ya entrada la noche, cargando invariablemente consigo un par de ejemplares para aumentar la colección de su biblioteca personal.

—Ma’ Julia, ¿por qué te casaste tan chica? —le preguntaba mi madre.

—Ay, niña. No tenía padres, ni escuela, estaba sola. —le respondía ella y cambiaba el tema.

Durante mis primeros años de vida tuve al bisabuelo Rafael en la cúspide de mi estima. Intentaba armar el rompecabezas narrativo en donde el pueblo recurría a él para preguntarle sobre las cosechas, la posición de los astros y el próximo temporal: cualquier información que se pudiera encontrar en la creciente biblioteca de aquel amante de los libros. Con el tiempo tuve acceso a los otros matices que conformaban dicho capítulo de la historia familiar. Unir las nuevas piezas orales me develaba escenas amargas en donde la bisabuela Julia, pequeña como era, se volvía un ovillo al tiempo que las palabras de su marido le rozaban los oídos. Los golpes eran contundentes: ella no podía opinar por no tener estudios y aún menos, por ser mujer. Mi abuela Martina solía ser una silenciosa espectadora de aquellas discusiones unilaterales. La primera vez que lo escuchó gritar se coloreó del coraje. A partir de entonces se prometió que haría todo lo que estuviera en ella para que sus hijas -si es que llegaba a tener- fueran a la escuela y, sobre todo, pudieran decidir, me contaba mi madre, haciendo la par de narradora omnisciente. Me gusta pensar que, desde nuestra propia dimensión temporal, la abuela y yo compartimos ese mismo hervor en la sangre.

Aunque Julia enviudó a los 37 años y murió siendo una mujer casi centenaria, jamás pisó una casilla electoral. Quizá aquel mensaje destructivo y repetido constantemente durante 25 años de matrimonio terminó por anidarse en su cabeza, o tal vez tenía miedo de que, dentro de la secrecía de su mampara, no pudiera leer los nombres de quienes se postulaban a un cargo de elección popular. No lo sé. Lo que sí es cierto es que me resultaría imposible pensar en la vorágine de emociones vividas durante este proceso electoral sin hablar de Julia y la niña que luego se volvería mi abuela. Cuento su historia porque sé que no es un acontecimiento aislado; porque bajo la sombra de la vida privada aún existen mujeres que, al igual que ellas, viven bajo límites impuestos por el simple hecho de ser mujeres. Porque a pesar de que desde entonces han pasado más de cien años, la toma de decisiones femeninas aún cuenta con ciertos parajes claroscuros en donde alzar la voz incluso puede costar la vida. En este sentido, acudir a las urnas y ejercer el voto sin importar la decisión que se tome, además de un acto democrático es un ejercicio de libertad.

Para aquel histórico y dominical 03 de julio de 1955, la abuela Martina ya tenía 42 años, y con la misma determinación con la que aprendió a leer y escribir infiltrándose en las clases exclusivas para varones, acudió a su correspondiente casilla para votar por primera vez. La imagino caminando a paso severo por las calles del centro histórico, llevándose una mano al vientre ligeramente abultado por los primeros meses de gestación de quien sería su hija menor, mientras con la otra sostiene con fuerza la mano de mi madre, que aún se movía con pasos inexpertos. Así fue como las tres, cada quien desde su trinchera, fueron partícipes y testigos de esa pequeña gran victoria. Durante las décadas siguientes, mi abuela emitió sus votos convencida de un futuro mejor para quienes dejaba tras de sí. Finalmente partió en la década de los noventa, después de ver a sus hijas egresar de la universidad y al poco tiempo de conocerme a mí, la última de sus nietas.

Este 1° de julio me volví primo votante teniendo la mitad de edad que mi abuela, y me invade cierta satisfacción pensar en la alegría que hubiera experimentado. De camino a la casilla electoral leí la historia de Candace, quien por primera vez acudiría a votar con una credencial que la acredita como mujer trans y, me hizo entender que es necesario seguir trabajando para garantizarnos las mismas oportunidades. Después de regresarme la credencial, una mujer con múltiples pliegues en el rostro tomó mi dedo y lo llenó de tinta. Su mirada me hizo recordar a la mujer de avenida Revolución. Nos sonreímos.

Después de aquel domingo, el color oscuro de mi pólice comenzó a tornarse cada vez más desvaído; con el icónico dedo hacia arriba, mostré el pálido vestigio de mis primeras elecciones nacionales. Aunque está por cumplirse un mes desde entonces, la marca aún sigue intacta. El color se ha desvanecido, pero independientemente de las boletas que deposité aquella tarde, me gusta pensar que en mis huellas dactilares también se encuentran las de la bisabuela Julia, y las yemas que probablemente recorrieron las páginas de los libros de su esposo, sin entender palabra alguna, fueron las mismas que empuñaron el bolígrafo y luego de leer los nombres con detenimiento, emitieron sus sufragios. Me gusta imaginar que las cosas pudieron ser diferentes para mujeres como ella, pero también es necesario.

Concluyo el proceso electoral convencida de que, así como Martina, existió toda una generación de mujeres que inculcaron en sus congéneres -hombres y mujeres- la inquietud y urgencia por un mundo en donde las cosas se pudieran concebir de formas distintas. Mujeres que deben ser recordadas como grandes feministas, aún si el término les pareciera desconocido. Ahora, sus hijas y nietas nos reconocemos tomando los micrófonos, las calles y los espacios, dialogando y, en esta ocasión, trabajando codo a codo; participando sin precedentes en unos comicios históricos para el Estado y el país. Ayudando a construir el mundo que ellas alguna vez imaginaron. Mostrando la evidencia de que esa tinta indeleble que esparcieron sobre nosotras no se borrará jamás.


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