De balas reales y efectos technicolor. Una mirada a la realidad a través de la pantalla

No soy de los que creen que la violencia puede suprimirse como política de Estado, y no creo que la televisión es condenable por lo que transmite

I
Nuestras vidas transcurren en medio de un mar de frecuencias, y esto va más allá de una simple metáfora. Literalmente estamos hundidos entre frecuencias digitales y analógicas que surcan el espacio con casi total libertad. Solamente el plomo y amplias capas de concreto pueden aislarnos del feroz ataque de estas señales que van y vienen en todas direcciones atravesando nuestro cuerpo. 

II 
Crecí frente a las pantallas creyendo que se podía volar, lo bueno fue que mi primer despegue lo hice de sólo un metro de altura y, al fin, dejé de intentarlo, pero nunca de ver televisión, excepto cuando se descomponía y quedábamos sumergidos en la radio.

Al cabo de los años, he aprendido a combinar los mundos oníricos con aquel otro en el que pagamos impuestos, donde el tiempo apremia y la sangre salpica por todos lados. Realidad y ficción: frontera cada vez menos explícita. 

III 
Alguna vez, mientras realizábamos un reportaje sobre los asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, encontramos que uno de nuestros entrevistados, Robert Ressler, experto del FBI sobre multihomicidios, asesoró lo mismo a la policía mexicana sobre los terribles casos en nuestra frontera norte, como a los realizadores de Silence of the lambs, titulada en México como “El silencio de los inocentes”. 

Específicamente inspirando al agente investigador (Crawford), quien en el filme cuenta con recursos ilimitados para sus pesquisas, con equipos científicos para reunir pruebas dotado de una pasión imparable.

Al tiempo que en nuestro reportaje el señor Ressler se asombra de lo arcaico de nuestros métodos de investigación y de la ausencia de pruebas basadas en análisis científicos. No soportamos la violencia real, pero pagamos por consumirla en el cine.

IV 
La industria de la comunicación masiva, ha asimilado gradualmente la violencia hasta hacerla familiar, digerible con palomitas y muchas veces previsible. En un mismo turno de zapping es posible encontrarse con diversos tipos de agresiones; algunas serán preparadas con un guión y otras son escritas por la mano del destino, pero el caso es que ya es asunto de todos los días. 

Esta normalización tiene sus correspondientes en la prensa, y sólo basta sacudir un poco sus páginas de las que caen cartuchos percutidos y el olor a pólvora. 


En la clásica película jamaiquina The harder they come (Caiga quien caiga, 1972) protagonizada por Jimmy Cliff, el bandido comprende que no tiene nada que perder; que su retrato posado, empuñando dos pistolas y una estrella que le cubre todo el frente de la camisa, le puede dar la fama que no logrará jamás con su música; entonces, el antihéroe nos conmueve hasta justificar su causa.

Es como un bandido bueno a la manera de Chucho el Roto. Ejemplos como estos abarrotan las parrillas programáticas: los narcocorridos que elevan a la calidad de mártires a los traficantes, la baja comicidad, incluso en programas infantiles, en los que por cualquier motivo se empuña un revolver o estalla una bomba.

El caso en You Tube, de un niño que cae, y deviene un acto cruel en un espectáculo hilarante haciendo mundialmente famoso al niño conocido como Edgar. 

VI 
No soy de los que creen que la violencia puede suprimirse como política de Estado, y no creo que la televisión es condenable por lo que transmite.

En lo que sí creo es que debemos aprender a ser espectadores, establecer nuestros propios límites de consumo y producción de mensajes. Con ello, pensar cómo atender las causas y consecuencias de una exposición tan salvaje y pasiva de los retratos más crueles y degradantes que vemos todos los días en casa, en el cine, en el periódico, productos por los que pagamos todos cuando el caído es inocente.


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