Cinco relatos breves

Palabras para que todos aquellos que no pueden hacer uso de su libertad de expresión se expresen en estas mismas palabras que escribo yo

Por: Rogelio Guedea

Súpermercados

Ayer en la noche fui al supermercado. Suelo ir por la mañana, muy temprano, porque la fruta y la verdura preservan mejor el olor de su frescura. Pero esta vez fui por la noche. Cogí el carrito y empecé, como siempre, por la sección de frutas y verduras.

Al lado mío estaba una mujer de cabello largo, rubio, que usaba pans y tenis blancos. La miré de reojo mientras escogía jitomates. Cuando iba por las mandarinas, vi que la mujer de cabello largo poníaen mi carrito una bolsa de zanahorias. Pensé que se había equivocado, pero luego vi que fue a su carrito y lo empujó hacia la sección de ensaladas.

Minutos después, mientras echaba cebollas en una bolsa, vi que la mujer ponía en mi carrito media arpilla de naranjas, para luego avanzar hacia los betabeles y los puerros. Entonces no pude evitarlo. Llené media bolsa de papas y, aprovechando que la mujer estaba desatando un manojo de betabeles, puse en su carrito una piña y un racimo de plátanos. Luego, me di la media vuelta y fui hacia la sección de aderezos.

Cuando volví con un par de ellos, me di cuenta de que había en mi carrito una bolsa de betabeles y dos pimientos rojos. Entonces avancé lentamente hacia el carrito de la mujer, mientras ella hurgaba entre las lechugas variopintas, y al paso cogí media sandía, que puse en su carrito en una posición estratégica para que no le costara trabajo descubrirla.

Lo mismo sucedió en la sección de cereales, en la de carnes, en la de vinos. Ella ponía en mi carrito pechugas de pollo y yo en el suyo carne molida. Ella una botella de vino tinto y yo una de espumoso. Avena ella. Café yo. Así hasta que salimos del supermercado, ya bastante noche esta vez, subimos al mismo automóvil y durante el trayecto a casa nos fuimos convirtiendo, otra vez, en el marido ejemplar que era yo y en la esposa intachable que nunca ha dejado de ser ella.

No todos somos como ustedes

Palabras contra la represión. Palabras como un muro de piedra alto contra la represión. Palabras para escribir en el pizarrón de la escuela primaria donde estudiaste: “No a la represión”. Palabras para escribir en los baños públicos de las plazas: “Sí a la libertad de expresión”.

Palabras que no se parecen a las palabras agujereadas de los discursos oficiales. Palabras contra las falsas palabras de los discursos universitarios. Palabras para confirmar que el rector de cualquier universidad nunca sabrá lo que es la libertad de expresión. Palabras para confirmar que el rector de cualquier universidad practica impunemente la represión.

Palabras contra la enfermedad represiva (lumbalgia represiva, peritonitis represiva, tos represiva). Palabras para repartir en volantes en la glorieta de la siguiente esquina: “Diga no a la represión”. Palabras para celebrar lo que han escrito Eduardo Galeano, Juan Gelman, José Saramago, etcétera, contra la represión.

Palabras para no olvidar que todo represor siempre será muy poca cosa. Palabras para tomar el té frente al mar de Nueva Zelanda. Palabras para bañarse en el mar en calma de Nueva Zelanda. Palabras como una barca que nos aleja de la represión en el mar en calma de Nueva Zelanda. 

Palabras para los que maniataron las palabras contra la represión. Palabras para que todos aquellos que no pueden hacer uso de su libertad de expresión se expresen en estas mismas palabras que escribo yo. 

Futbolito

Cuando mi hijo y yo empezamos a jugar futbolito, me puse como firme propósito dejarlo ganar de vez en cuando. Pensé que dejándolo ganar hoy sí y mañana también se le arreciaría el interés.

De manera que empezamos a jugar apenas regresaba de la escuela, un juego o dos, y a veces la revancha. No encuentro la forma de describir la expresión de su rostro cuando ganaba, sabiendo que yo en realidad lo había dejado ganar. Levantaba ambas manos en señal de triunfo y arrojaba un espumarajo de felicidad por las narices.

Todos los días, regresando de la escuela, nos encerrábamos en su habitación para jugar. Conforme pasó el tiempo, empecé a darme cuenta de que cada vez era más fácil dejarlo ganar y más difícil hacerlo perder, hasta que llegó el momento en que ganarle se me hizo prácticamente imposible.

Pasaron semanas o meses para que pudiera realmente adquirir la destreza que me permitiera darle la batalla. Sudaba mares para conseguir meterle un gol, pues sus defensas eran murallas infranqueables y sus medios tenían la habilidad de conectar muy bien con sus delanteros, que no había forma de hacerlos errar.

Sin embargo, aproveché una debilidad en su portero para hacerme al triunfo, y fue entonces que las partidas empezaron a emparejarse y pude conseguir ganarle hoy sí y mañana también. No encuentro la forma de describir la expresión de mi hijo cuando yo ganaba: levantaba ambas manos festejando mi triunfo y arrojaba un espumarajo de felicidad por las narices, tal como si desde algún remoto día se hubiera puesto justamente como firme propósito dejarme ganar –nunca he sabido si por amor o por piedad– de vez en cuando.

Puerta sin mar

Entro a un All day breakfast esta mañana de domingo. Pido unos huevos con tocino, me dan mi número y me siento en una mesa cercana a la cocina, de tal modo que no es difícil para el mesero ubicarme entre el mundanal de gente.

Puedo escuchar fácilmente lo que hablan las cocineras pero más particularmente empiezo a escuchar las indicaciones que le da una de ellas a un mesero chaparrito, asiático, que tiene unos ojos de espanto. La cocinera le explica con detalle las características de los platos que tendrá que llevar para que no vaya a confundir huevos fritos con omeletes.

Pero el mesero, ya de cierta edad, apenas entiende a la cocinera, su inglés es un poco cortado y viciado por el ruido de hornos y licuadoras, y el mesero parece estar padeciendo una angustia terrible. Yo lo veo. Dejo de ver todo lo que veía para verlo nada más a él.

Y entonces, repentinamente, empiezo a sentir una tristeza infinita, inabarcable, por él, por los dos países que ha perdido (este en el que no se reconoce y aquel que ha dejado de pertenecerle), por sus zapatos que recorren calles en las que sus pasos se extravían, por el sueldo miserable que debe ganar, por su inglés endurecido como una piedra, por el sudor que le escurre a mares por la frente, por mí mismo que lo miro con la compasión de aquel que sabe que en la vida, apenas nacer, todo está perdido para siempre.

Torturas

Cuando le cortaron la mano izquierda, la mano izquierda alcanzó a escribir todavía unas palabras de amor en una de las paredes del calabozo. Cuando le cortaron la mano derecha, la mano derecha hizo una seña obscena con el dedo un poco antes de caer.

Dos horas después, cuando le arrancaron la boca de raíz, la boca sin raíz dijo salud y buenas noches a la concurrencia. Después vendrían los pies, las rodillas, los hombros, la espalda, la nuca, el pelo, las orejas y, por último, los ojos. Antes de sacarle el ojo izquierdo, el ojo izquierdo derramó una lágrima helada al apagarse. Pero antes de sacarle el ojo derecho, el ojo derecho gritó de terror en el preciso instante en que reconoció, como suyo, el puño que se estrellaba contra su nariz.


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