“La literatura es un laboratorio emocional”, entrevista a Etgar Keret

El escritor israelí Etgar Keret habla sobre literatura, sus procesos creativos y las cotidianidades que se entretejen; las capas de la realidad y la ficción y el devenir de la literatura israelí.

Por:  Mexitli López y Carlos López de Alba

Folios: A partir de la percepción de los jóvenes de la literatura ¿cómo fue tu acercamiento, tu iniciación con la literatura?

Etgar Keret: Comencé a escribir cuando estaba en el servicio militar –normalmente tienes que servir por cuatro años, a la edad de dieciocho–, y tuve una temporada difícil cuando estuve en el servicio militar, porque prácticamente cada vez que hablaba me metía en problemas, así que escribir fue para mí una forma de expresarme sin meterme en problemas.

Creo que en el ejército cualquier cosa que implique individualidad es un problema, es decir, si luces diferente, si eres gordo, si eres bajo de estatura, si eres pelirrojo, y alguien viene y te dice que vayas a lavar el baño, no va a decirte “¡Hey, tú, el tipo cualquiera, ve a limpiar el baño!”, sino “¡Hey tú, el gordo!” o “¡Hey tú, el bajito!”, así que, lo que intentas es mezclarte, como en el libro de Musil, ser el hombre sin atributos. Así que creo que escribir fue para mí una forma de recordarme lo que verdaderamente vale.  

F: ¿Qué encuentras en la literatura que te permite acercarte a una realidad sensible? Es decir, vives en un lugar con una realidad muy sensible, ¿cómo funciona la literatura para ti en este sentido?

EK: Creo que lo que veo en la literatura es una especie de laboratorio emocional, porque creo que muchas veces en la vida quieres hacer algo pero no lo haces porque puede ser agresivo, es decir, ves a alguien y quieres bailar con él; o ves a alguien y quieres besarlo, o ves un restaurante y quieres incendiarlo, no lo sé.

De manera que siempre en la vida sabemos que tenemos emociones pero al mismo tiempo debemos considerar el mundo a nuestro alrededor, y cuando escribes, no tienes que ser considerado, sabes que puedes hacer ruido en mitad de la noche o romper lo que quieras porque es ficción, así que no hay consecuencias. Así que entras en un espacio de sinceridad, de integridad, eres capaz de poner las emociones como son, crudas, sobre la mesa.

Es como en mi última colección de historias, hay muchas que hablan sobre maridos que engañan a sus esposas y mi esposa me pregunta “¿Por qué escribes historias así?” y yo le respondo “¿Preferirías que escribiera historias sobre esposos leales y que te engañara?”.

Cuando siento ciertas emociones en mi vida, incluso aunque no haga nada al respecto, por ejemplo, a veces puedo ver a un tipo caminando por la calle con un bastón y siento ganas de patearle el bastón ¿sabes?, no lo hago, pero siento ganas de hacerlo, creo que hay algo liberador cuando no sólo lo suprimes sino que puedes aceptarlo, y aceptarlo no significa que lo hagas o aconsejes hacerlo, sino que es una buena salida para las emociones, y en lugar de incendiar algo puedes concentrar todas tus emociones en la ficción.

F: Al respecto, tus historias son muchas veces como un disparo en la cabeza, no puedes digerirlas al momento, las lees y te quedas con un escalofrío, tienes que esperar para digerirlo. ¿Cuál es tu materia prima para la escritura?, ¿de dónde viene el material para ese laboratorio emocional del que hablas?

EK: Creo que en su mayoría viene de experiencias cotidianas, cosas que pueden ser verdaderamente mundanas y simples, pero hay algo que puedes extraer, como alguien que tartamudea o que te mira de cierta manera, algo que pasa y que tiene consecuencias mínimas, y es el combustible, hueles el combustible, y cuando escribes enciendes el encendedor y lo dejas explotar.

Por ejemplo, tengo un cuento llamado “Trabajo en equipo”, en el que un niño, cuyos padres son divorciados, le dice a su padre que su abuela lo encierra en su habitación –no sé si has leído este cuento–, en la historia hay una parte en la que hay una niña mayor que su hijo y el padre está con él en el patio de juegos y la golpea, y la madre le dice “¡Estás mal!”… y cuando lo leí en Estados Unidos, me decían “¿Cómo puedes crear personajes tan extremos? Como un padre que golpearía a una niña”, y yo les respondí “No lo invento, soy yo. Cada vez que voy al parque con mi hijo y otro chico mayor lo golpea, voy con el otro chico y le digo “Jueguen tranquilos, la violencia no es buena”, pero lo que quiero hacer es patearle la cabeza y decirle “¡Escúchame, maldito! ¿Qué se siente cuando alguien que es más fuerte que tú te golpea? ¡Si vuelves a tocar a mi hijo, te mato!”, eso es lo que quiero hacer, y no siento vergüenza por sentir eso.

Ahora más que antes, porque, cuando escribía cuentos al principio, como esta historia del mago y las cosas que saca de su sombrero, algo que puede ser escalofriante pero que a la gente le gusta, así que entonces hablaba de sacar mi lado oscuro y la gente decía “¡Vaya, eres muy divertido!”, pero, en la forma en que lo entendí, si la gente puede entenderlo y está, de hecho, interesada en ello, entonces no les es tan extraño. Así que tuve que legitimarme a mí mismo, la forma en que me veo a mí mismo.

F: Hablando de eso, tanto dentro de la literatura como dentro de la cultura hebrea, encontramos un modelo patriarcal, no obstante, tus personajes son muy contemporáneos, muy desligados tanto de la familia como del patriarcado, se despojan de eso, ¿esto refleja el estado actual de la sociedad o de la juventud hebrea?

EK: No creo que sea una cuestión de esta generación, creo que con cada generación hay conformistas y rebeldes pero matan a muchos de ellos. En mi generación, a mí no me han matado todavía ¿de acuerdo? Pero, lo que siento es un fuerte resentimiento contra todo aquello que es automático y verdaderamente creo que si le hablas a las personas, escuchan. Lo siento todo el tiempo con mi hijo, todo el tiempo estoy retándolo… Voy a contarte una anécdota.

Hace varios años fui a Nueva York, tengo un muy buen amigo ahí, que es rico, quiero decir, tiene más dinero que yo [risas], y me dijo “Ven a mi casa, fumaremos marihuana y te llevaré a un muy buen restaurante” y le dije “Está bien”; así que fumamos marihuana y me llevó a un excelente restaurante italiano y cuando llegamos –era uno de estos restaurantes en los que el mesero es norteamericano pero pretende ser italiano–, miré el menú, pero estaba tan pacheco que no podía leerlo, así que le dije al mesero “Oye, quiero pedirte algo ¿puedes traerme macarrones con queso?” [risas], y él me contestó “Disculpe, señor, no tenemos macarrones con queso en la carta”, así que le respondí “¿Puedo reformular mi pregunta?”, me dijo “Por supuesto, lo que desee”, entonces le dije “¿Crees que el chef tiene macarrones en la cocina?” y me dijo “Claro, tenemos platillos que llevan macarrones”, así que le pregunté “¿Crees que le importaría preparar macarrones y, en lugar de hacer lo que hace normalmente con el platillo, sólo ponerles queso encima?”; y el mesero, ya perdiendo la paciencia, me respondió “Señor, ya le dije que sólo puede ordenar lo que está en la carta”, entonces le pedí “Un último intento y me voy”, y él contestó “De acuerdo”, así que le dije “¿Cuántas veces en tu vida supiste que había algo que podías hacer y que haría feliz a una persona, pero te negaste a hacerlo sólo porque podías negarte?”, él me miró y me dijo “Señor, unos macarrones con queso a la orden” [risas]. Así que me trajo los macarrones con queso y él estaba feliz y yo estaba feliz, y te preguntas “¿Por qué se negó al principio?”, ¿sabes?

F: Es curioso porque, aunque tienes algunos cuentos muy crudos, pareces un escritor muy feliz…

EK: No creo que sea una persona feliz [risas], creo que me esfuerzo por ser feliz, por supuesto. Creo que normalmente en las personas hay opuestos, que si una persona está en un extremo, irá al extremo opuesto.

En mi caso, la literatura me salva de la depresión, es como si me diera lecciones a mí mismo, si fuera feliz no tendría necesidad de darme lecciones. Creo que cuando escribes intentas arreglar algo en la escritura que no puedes arreglar en la vida real. Pienso que si yo fuera una persona agradable y feliz, no escribiría, sólo viviría mi vida en lugar de inventar cosas que nunca sucedieron.

F: Tus narraciones son a veces como canciones punk, tienen un ritmo ruidoso al principio y terminan de pronto, que te hacen revisitar la historia. En este sentido, recuerdan un poco a Raymond Carver, que aparentemente está contando una historia muy sencilla y termina sin avisar, y resulta ser una historia muy profunda…

EK: Me gusta mucho Raymond Carver. Creo que me gusta mucho [respecto a sus propias narraciones] cómo la gente cuenta sus historias, me gustan las historias que tienen capas, y creo que la agresión siempre cubre otra capa, si quitas la capa del odio, encuentras miedo; si quitas la violencia, encuentras frustración, muchas veces, tristeza, inhabilidad para expresarte; y con las historias es lo mismo, a veces tienes historias donde los personajes no parecen ser buenas personas, pero si te acercas, puedes ver que son buenas personas que son disfuncionales, pero de buen corazón.

F: ¿Cuál es el estado de salud, el panorama de la literatura hebrea venidera?

EK: Creo que la diferencia entre las generaciones más jóvenes y los escritores clásicos, y dado que Israel es un país joven, es que los primeros buscaban unificar, contar la historia de la nación, contar historias épicas que conectaran todo; y los jóvenes escritores provienen más bien de una realidad multicultural, hay escritores que pueden escribir sobre personas gay y ortodoxas o escritores que pueden escribir sobre inmigrantes rusos u otros que escriben sobre inmigrantes persas, así que antes, cuando leías un libro, podías pensar que conocías al país entero, pero ahora, cuando lees un libro sólo puedes pensar que conoces un rincón particular de este.