Voto mexicano en el exterior: Oportunidades y desafíos para un nuevo Estado

El asunto de la democracia no es tan sólo cuestión de lógicas racionales, sino que es también algo que compete al ámbito de lo subjetivo, en tanto personas con historias, sentimientos y voluntades propias

Por: Patricia González Chávez
 
“Una de las grandes lecciones del siglo XX es justamente que las democracia, plenas son construcciones sociales. Se trata de auténticas edificaciones con cimientos, pisos bajos y pisos altos. La competencia electoral, por ejemplo, es el ejercicio más visible de una democracia, sobre el que cayeron los reflectores de la globalización política. Vinieron las llamadas olas. Pero después, empezamos a descubrir que la competencia electoral y las elecciones limpias no bastaban. Las democracias formales no necesariamente conducen a valores liberales, pero sembrar valores liberales siempre conduce a ejercicios democráticos.” 1
 
Al margen de nuestros conceptos exactos acerca de los “valores liberales”, el comentario de Kompass nos es útil para introducir la reflexión sobre la formalidad de la democracia, asunto que más que ser un lugar común en la política del siglo XX a la fecha, es una especie de metáfora sobre el ser humano: aquello a lo que se intenta llegar a ser, casi, eternamente.
 
La democracia, en el sentido genérico occidental de la palabra, al margen de los transicionistas (y al margen también de sus lecciones: Hammas, Chávez…) como bien o condición a alcanzar es un asunto de Estado, de régimen, es decir, asunto que compete a la racionalidad política.
 
El Estado es un producto social y, por ende, dinámico y evolutivo: se transforma y refunda permanentemente de acuerdo a las coordenadas sincrónicas y diacrónicas de las diferentes variables que intervienen en la vida social y se concreta en formas y estructuras que tienen vida propia, impactando simultáneamente el ámbito colectivo e individual de cada sujeto perteneciente a su esfera de alcance.
 
Así, el asunto de la democracia no es tan sólo cuestión de lógicas racionales, sino que es también algo que compete al ámbito de lo subjetivo, en tanto personas con historias, sentimientos y voluntades propias; del cómo vivo yo diariamente mi interacción con la sociedad, de cómo practico valores y actitudes, de cómo me inserto y construyo ciudadanía desde mi entorno inmediato. 
 
En este sentido, el ejercicio de votar, si bien constituye la manifestación más externa de un sistema democrático, es también el símbolo de dicha interacción, expresión del vínculo de los individuos con su colectividad, pero no de una relación pasiva, sino de una dinámica de corresponsabilidad en la que el individuo y su Estado se comprometen por “el bien común”, dialéctico encuentro entre dos tipos de fuerzas en el marco del cual es posible aseverar que la oportunidad de los mexicanos residentes fuera del territorio ejerzan su derecho al voto, conlleva las siguientes implicaciones: 
 
La evolución del estado es evidencia de la temporalidad de las construcciones sociales; el actual sobrevive entre la afirmación y la negación ante la porosidad de sus fronteras, producto de fenómenos como la movilidad humana, la movilidad de capital y la telefotoinformática.
 
Es decir, el referente se vuelve difuso y el desafío es repensar, refundar, refuncionalizar estas construcciones para readaptarlas a las nuevas condiciones en que los sujetos y los Estados interactúan. El voto en el exterior es ampliar los márgenes legales del Estado que ya no se corresponde con una identidad territorial.
 
Al refuncionalizar el estado dentro de un paradigma democrático, se coloca un nuevo desafío en el escenario: la construcción de ciudadanía desde una nueva perspectiva.
 
Es decir, la otredad se convertirá en el escenario de fondo de los nuevos tiempos y la naturaleza inclusiva del régimen político, una condicionante. El voto en el exterior es ampliar los horizontes de la identidad que ya no se corresponden con la pertenencia de origen.
 
El régimen democrático y el ejercicio de ciudadanía funcionarán bajo la lógica de la corresponsabilidad, bajo la lógica de la legitimidad. El voto en el exterior es dimensionar la credibilidad del sistema político y de sus ciudadanos.
 
La ciudadanía se ejerce desde la subjetividad, más allá del Estado, más allá del partido político, más allá del candidato, existe la voluntad interior permeada desde la historia, desde los sentimientos, desde los pensamientos; la búsqueda itinerante de la estabilidad que no proporciona el propio territorio se convierte en una cultura de sobrevivencia. El voto desde el exterior es revitalizar el imaginario colectivo desde otras dimensiones. 
 
Los referentes de legalidad y legitimidad en que hemos sido formadas estas generaciones que ahora podemos votar en México, sobrellevamos una carga importante de los arraigados conceptos respecto al Estado y su funcionalidad; el desafío ahora es enfrentar la realidad de nuevos entornos en los cuales todos los componentes del mismo Estado se reconstruyen y con ello deberemos enfrentar nuevas obligaciones y responsabilidades.
 
La clase política inició parte de lo suyo, instruyendo nuevas directrices para lograr el marco formal del voto; habrá que resolver y garantizar a futuro que esto sea accesible para todos los mexicanos en el extranjero. Por su parte, la ciudadanía tendrá la tarea de cumplir con su responsabilidad, ejerciendo su voto.
 
Sirva lo anterior para tomar conciencia de que somos nuevos sujetos en una realidad ante la cual no tenemos todas las respuestas, las transformaciones de las construcciones sociales pueden llevarnos años y siglos, identificar este momento de cambio ahora, es una oportunidad. Pensemos que el voto en el extranjero no sólo compete a los migrantes, sino a todo el Estado mexicano, su gobierno y su sociedad.
 
La tendencia a minimizar nuestras responsabilidades ciudadanas es producto de numerosos factores, entre los cuales se encuentra la carencia de sentido de pertenencia, producto de una sutil y no tan inocente racionalización de lo que somos, sometidos a la pervivencia de imaginarios construidos ex profeso.
 
El proceso identitario construido en los márgenes del Estado convencional deberá sufrir aún diferentes modificaciones que conduzcan a la creación de nuevos referentes para los individuos en los cuales ejerce su propio ser. 
 
El desafío entonces será en primer término imaginar esa nueva identidad que significa: inclusión, tolerancia, equidad y justicia. Las posibilidades imaginadas son una aspiración, y la democracia siempre lo es, no es una condición permanente.
 
Iniciado el proceso, la decisión de desarrollar y profundizar los elementos que potencializan la misma, así como eliminar aquellos que la obstaculizan, con el involucramiento de todos los componentes del Estado, será resultado del ejercicio de las voluntades.
 
El voto mexicano en el exterior será la oportunidad para abrirse paso hacia un nuevo Estado donde estemos todos representados, con capacidad y deseos de ejercer nuestros derechos, tarea de todos no sólo de nuestros gobernantes.
 
Como última reflexión consideremos que los sujetos somos una suerte de ánimos, deseos, aspiraciones en búsqueda permanente de realizaciones, pero que producto de inacabables formas de deshumanización hemos perdido el rastro de nuestra identidad colectiva y habrá que trabajar arduamente para recuperar ese capacidad de pertenencia que nos hace más sensibles, más cercanos unos con otros. 
 
Ojala sólo hayamos perdido el rastro y no el camino de regreso.
 
 
 
Citas
  1. Extracto del articulo “Soñar con una sociedad sin discriminación”, Anders Kompass, representante de OACNUDH (Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos) marzo 22, 2006.