Usos, abusos e imposturas del desencanto

Una impronta del desencanto posmoderno es su refugio en la ironía y en una especie de frivolidad juvenil ante cierto hastío del mundo

Menos por contrariar que por otras razones, ensayaremos aquí un cerco al desencanto. Acorde con este dossier, pensamos que el desencanto tal vez sea inevitable, pero también que cierta impostura lo diluye en un lugar común excesivo.

Usos y abusos de un ¿concepto, época, emoción, perspectiva? Apenas eso es nuestro punto: para que el desencanto tenga objeto, su sentido no debería ser ubicuo, polisémico, caprichoso. 

“El siglo XX es el del desencanto” (Muñiz-Huberman, 2002). Podríamos aceptarlo, ¿pero no supone esto que los siglos previos fueron encantadores? “El siglo XX ha sido de crisis”. ¿De verdad, o es que las piruetas del vocablo crisis comercializaron su sonido (Koselleck, 2007)?1 “No podemos imaginar un mundo diferente y mejor”, decía Francis Fukuyama, vinculando el desencanto de los tiempos (el fin de la historia) con una suerte de destino manifiesto.

Pero el desencanto, además de no ser ubicuo, tampoco tiene condición de absoluto. Su naturaleza es, como la de los sentimientos, contingente (Escalante, 2000). Junto a Platón y su desánimo porque la justicia es esquiva, hay un Gorgias sin aflicciones.

Muchos, cierto, son rotos por su tormento; pero no los suficientes para desconocer reveses a la angustia. El desencanto existe, pero sus usos y abusos acusan: ignorancia de su historicidad; imposturas que lo frivolizan; efectos neoconservadores que estabilizan el status quo

Historicidad del desencanto

“La realidad es el lugar que no puede verse mientras estamos en él” (Manguel, 2006: 66). Creerse que el siglo XX es de desencanto, sugiere que otros fueron inmunes a él. Pero admitirlo así obvia constantes y señas de la historia. Veamos. Siglo IV a. de C. Documento: La República, de Platón. ¿Congoja iniciática?: la vida antes fue mejor. ¿Toca sufrir por ello? No necesariamente.

Los estoicos burlan, sin desconocer, el desencanto platónico: porque el sufrimiento trágico es la sustancia de la vida, el problema reside en reconciliarse con su ausencia de sentido. Si la paidea estoica niega todo desencanto, el universo cristiano, por religar sufrimiento y redención, arraigará la dolencia espiritual.

La tradición grecorromana relativa a la Edad de Oro (Hesíodo, Ovidio, Teócrito, Virgilio, Homero, Platón) encontró, en efecto, continuidad en el pensamiento cristiano al fusionarse con la idea del paraíso bíblico, perdido a causa del pecado original.

Historia del paraíso, de Jean Delumeau, es claro al respecto: en el Medievo abunda la ilusión de regreso a un pasado sin miseria, un origen impoluto e incorrupto. Ello inspirará ensoñaciones con islas afortunadas,  fuentes de la juventud, pastorales idílicas.2

Más adelante, el eco de la concepción paradisíaca y nostálgica del pasado se percibe en Cervantes y Lope de Vega. Don Quijote de la Mancha evoca aquella época desaparecida: “Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia” (Cervantes, 2005: 97). Lope de Vega, doliente cual más, escribe El siglo de Oro (1635), poema/elegía de la tristeza y el desencanto: “Hoy en día la edad de oro nos convence con pruebas palpables que nuestro tiempo abreva en la perfidia, la mentira y las decepciones” (Delumeau, 2003: 221).

Si el origen clásico de la melancolía tiene lazos con el desencanto, los muchos pasajes y variantes de ella confirman que el desencanto es también un amplio folio de derivas no exclusivo de un momento histórico.

La melancolía, detalla Roger Bartra (2001), está presente en textos de Aristóteles, Averroes y en el Renacimiento ilumina libros en España, Inglaterra, Alemania y Francia. Su cadena histórica es asombrosa, lo mismo que las hipótesis de sus fuentes: los humores, la posesión demoníaca, el fervor religioso, el trabajo intelectual, el mileniarismo, una enfermedad judía, un virus gitano, etcétera.

El caudal de estas evoluciones indica que melancolía y desencanto son ejes de la cultura occidental. Tal vigencia cuestiona su argüida explosión en el siglo XX, y contraría la noción de un desencanto fundado en la complejidad del orden moderno. Sociedad del riesgo, liquidez de lo sólido, mcdonalización del mundo, no causan lo que por su atemporalidad cronológica les antecede.

Imposturas del desgarro posmoderno

Desde la antigüedad, la historia humana testimonia desamparo, soledad y nostalgia de una vida mejor. Si esto es así, qué tiene de novedosa la moderna visión desgarrada del mundo, cuando incluso la muerte de Dios es una advertencia y herencia medieval (Michelet, 2004).

Una impronta del desencanto posmoderno es su refugio en la ironía y en una especie de frivolidad juvenil ante cierto hastío del mundo.

El desgarro obedece, en buena medida, a que la posmodernidad condena el progreso y la confianza en la ciencia, la tecnología y la razón. Pero el despecho, y su negativa a reemplazar la modernidad con algo, se consume en sí mismo. El ‘pos’ de lo moderno sugiere sólo no-futuro y oquedad.

Toda época es prlija en profetas de la perdición, pero la diferencia entre siglos anteriores y el nuestro reside en que optimismo y pesimismo dejan de alimentarse uno del otro.

Toda pesadilla solía comportar un sentido de mejora.3 Lo que parecemos tener hoy, señala Kishan Kamur, es una imaginación apocalíptica privada de esperanza.4

Lo desafortunado de ello es su excusa para evadirnos del mundo y huir de nuestra responsabilidad con el presente y el futuro. Para dimensionar lo errado de esta fuga, vale detenerse en sus presupuestos y consecuencias. 

Una falsa memoria histórica

El desencanto ensalza la nostalgia, no como registro de las cosas idas, sino como abdicación de la memoria: todo pasado fue mejor. Tal idealización del pretérito lo desnaturaliza y oscurece puentes entre el ayer, el hoy y el futuro. Mirar atrás, más que una ficción ad hoc, debería ser un ejercicio de memoria y renovación.5

Contra ello, la nostalgia posmoderna escabulle nuestros errores como especie y culpa del infortunio a la historia, el futuro, la razón o la ciencia, por no estar a la altura de nuestros sueños.

Sin una visión crítica del pasado, glorificamos un estado previo que no conocemos del todo, y que, por abstraerse de su evaluación, obstruye el equilibrio de nuestros desatinos y logros.

Hasta el más desencantado de los desencantados, Walter Benjamin, consideraba que la contemplación del pasado sería útil siempre y cuando sirviera para llegar, con tropiezos y erratas, al futuro. 

Adormecimiento de la imaginación

Para Joaquín Sabina, “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Afligirse por un pasado que no tuvimos, pero glorificamos, paraliza y acorrala cualquier alternativa a nuestro presente. Para Fukuyama, “vivimos en la vejez de la humanidad”.

Siguiendo a este vidente de la decadencia, nuestra opción sería, tras “siglos de hastío”, dejar pasar los postreros años de la historia. La moda del desgarro sirve así a la irresponsabilidad.

Sufrir y no hacer más que sentir. Padecemos la vejez y apocalipsis del mundo, cumplimos nuestra cuota de desgarro, y seguimos con la indiferencia y obnubilación del moribundo.

¿La ira de una hitoria ajena decide machacarnos? Pareciera más lúcido aceptar el Mr. Hyde que hospedamos, y pese a esfuerzos de un noble Dr. Jekyll, destruye lo que toca. Reconocer lo que hay en nosotros, para así cambiar las cosas sin olvidar que somos seres ambivalentes, hechos de virtud y maldad, luce más íntegro.

El efecto posconservador

“La realidad es una confusión de hermosos ideales y torpes realizaciones”, escribió Ernesto Sabato (Antes del Fin) para fijar su no dimisión. Con el desencanto podría venir esa lección: persistir, mediante medios menos ingenuos y más reflexivos, en el arreglo de lo que nos hiere. Pero no es éste el efecto que más el desencanto enuncia y contagia.

La posmodernidad, analiza Scott Lash (2007), teoriza la imposibilidad del cambio. Por perder su atractivo, “los grandes relatos” normativos no merecen crítica o reajuste, sino su desintegración en la nada.

El desconsuelo que deviene desliza un doble posconservadurismo: la retirada de cualquier proyecto racional de sentido social; la ocupación de su vacío por experiencias circunscritas al ámbito individual, la moral privada u otros sucedáneos de razón subjetiva (religión, misticismo, frivolidad).

“La sociedad no existe”, declaró Margaret Thatcher, reflejando esta estafa neoconservadora: si la sociedad no es de nuestro gusto, si golpea y desencanta, mejor declararla muerta. “Qué te importa que el futuro sea un túnel sin salida, si hemos derribado el Muro con la chispa de la vida”, resume, furia y sarcasmo de por medio, Luis Eduardo Aute.

Reparar la sociedad es, claro, difícil. Pero es que hasta eso, el original y útil sentido de la dificultad, ha sido desvirtuado por el ácido posmoderno (Manguel, 2006: 51).

La expresión latina per ardua ad astra (“a través de las dificultades alcanzamos las estrellas”), no cabe si disponemos el desencanto como excusa de inmovilismo. Subterfugio para quejarse sin revertir lo que daña, el desencanto rinde guiños a la posición neoconservadora.

Este neoconservadurismo tiene por hito la caída del muro de Berlín. De entonces a la fecha, empero, el fruto de aquello sitúa en el desencanto posmoderno un trampolín.

Sufrimos el derrumbe de lo que no fue el hombre nuevo, pero la posterior hegemonía de un pensamiento único (capitalistas del mundo, uníos) se sirvió de la incapacidad para imaginar un sendero diferente. Estábamos demasiado ocupados con nuestro desencanto para limitarlo.

Y contemplar el propio sufrimiento excitó el siguiente desconsuelo. Pronto, porque el desencanto sin límites posee tal rapidez, tenemos ahora abundantes razones de enfado y melancolía con las promesas incumplidas de la democracia. ¿Nos han mentido de nuevo? Seguramente. Pero el desencanto democrático tiene en la complicidad y postración posconservadoras sus bases. Veamos. 

Molestia y apatía

La felicidad no es propia de la democracia. Su legitimidad es la de un gobierno representativo. Cuanto más puede deprimirnos si ésta deviene, abandonada por el escepticismo, en un régimen sin demos, sin participación y gracia populares.

Que los poderosos sean los responsables, puntúa lo obvio. Pero que la sociedad permanezca indiferente, atrapada por la apatía, es otro chasco del desencanto. El desengaño democrático es hijo de la frustración con el que lo padecemos sin ensayar su remedio.

Salidas en falso

Si la democracia partidaria nos desagrada, cabría recuperar su valía o avanzar otra forma de representación popular. Desencantados, lo primero nos parece difícil, cuando no imposible. Lo segundo suena a utopía, palabra maldita que el desencantador expurga.

Existe otra salida que, pese a llevar el síndrome y secuela del malestar, validamos y exaltamos. “No votes por partidos, vota por personas”. “Yo voto por el candidato con el que yo me identifico”.

Si el individualismo moderno nos desencanta, anteponerlo a los dilemas sociales (voto por aquel en quien yo me refleje) es, sin que el desencanto nos permita verlo, otro modo de fortalecerlo.

“Carecer de algunas de las cosas que quieres es una parte indispensable de la felicidad”, escribió Bertrand Russell, dispuesto a reincidir. La pedagogía del desencanto pudiera ser no solo el fastidio y esterilidad. Hay en él un impulso para una reacción enérgica, para la creatividad de convertirlo en el inicio de una conciencia avispada en recuperarse.

Esta contingencia (desencanto como muerte o rehabilitación) fue subrayada por Carlos Pereda (2008) y el ejemplo límite de los exilados y derrotados políticos del siglo XX. Hubo a quienes el destierro llevó a la fractura, la nostalgia eterna o el suicidio.

Pero hubo otros que decidieron inventarse de nuevo, parar tango y duelos, entender su identidad como un proceso conflictivo, por ello abierto a la vida y sus metamorfosis. Su aprendizaje del desencanto no fue el de la derrota total, sino el de la reconciliación con las muchas y propias muertes que cargamos sin por ello dejar de vivir.6

Con el desencanto sucede, no obstante, algo curioso que facilita su no recusación. El aire de sublime y elegante tristeza que destila (y extrañamente lo prestigia), vela su noviazgo con posiciones conservadoras.

El desencanto de las izquierdas, sus relatos “modernos, irónicos, liberales”, puede, a poco de analizarse, contener este sutil y encubierto romance desencanto-posconservadurismo. Un ejemplo. El desencanto amoroso sirve a Joaquín Sabina para legitimar el atraso de las mujeres en asuntos de pareja.

“Cuando le dije que la pasión, por definición, no podía durar, ¿cómo iba yo a saber que ella se iba a echar a llorar? No seas absurdo, me regañó, esa explicación nadie te la pidió, así que guárdatela, me pone enferma tanta sinceridad. Y así fue como aprendí que en historias de dos conviene a veces mentir… yo le quería decir la verdad por amarga que fuera, contarle que el universo era más ancho que sus caderas… pero ella prefería escucharmentiras piadosas”.

Parece progre la letra, un discurso bárbaro, sensible, que desmitifica el amor. La idea es buena, pero no sus premisas: a) el inteligente es el hombre, que soporta lo efímero; b) la mujer es boba, elije la ignorancia y llora por enterarse que la pasión se malogra; c) mejor, porque la mujer no está hecha para lo franco, reproducir lo que el desencanto aprueba con licencia poética: engañarla, continuar el status quo, justificado ahora con paradojas.

“Yo le dibujaba un mundo real, no uno de color de rosa, pero ella prefería escuchar mentiras piadosas”. Y qué la va a hacer Sabina, si su desencanto le devuelve la imagen de siempre de una mujer inferior. Pues, nada, conservar las tradiciones que el desconsuelo embellece.7 

Conclusiones

Que un asesino sortee su culpa por sus propios y ruines medios es una provocación, confiesa Woody Allen en Delitos y Faltas. ¿Por qué seguir una ética sin dios o ley que avale la justicia? Porque el desencanto, precisamente éste, puede estimular la madurez y reflexividad. “La vida es a menudo terrible, las relaciones amorosas son durísimas, y aun así debemos encontrar la manera de llevar una vida decente” (Lax, 2008).

Por su signo histórico, anemia de argumentos y efectos neoconservadores, la oferta del desencanto es sospechosa. Aceptar que éste es absoluto lo abstrae del sustrato de la vida (la contingencia) y lo asienta en un espacio (el del mito) donde la veracidad de las cosas y sentimientos se deslinda de referentes y explicaciones plausibles.

Las leyes de la naturaleza humana son las de la costumbre, escribió Montaigne, sabiendo que nuestra cultura está pautada por la evolución social, por la huella precaria y contingentemente humana. “Sólo el cambio no cambia”, dice José Emilio Pacheco, atizando lo mismo: no hay en el desencanto otra cosa que un modo humano, variable, de relacionarse con la vida.

Por esa no fatalidad, la resolución del desencanto podría ser la de una oportunidad para reconciliarse con lo que, por lastimarnos, es prioritario combatir. Tendríamos motivos para quemar las ilusiones, pero no los suficientes para no comprometernos con la transformación de la sociedad y sus agravios. Lamentarse, sin poner empeño en ese desafío, estabiliza el desasosiego que nos disminuye.

 

Citas
  1. Senectud (1898), de Italo Svevo, denota aún el término crisis como recuperación de la salud.
  2. La Ciudad de Dios (412-426), de San Agustín (famoso por cristianizar a Platón), es un buen ejemplo de estos mitos. Lo es también La nave de los locos (1494), de Sebastián Brant.
  3. El pesimismo de Huxley, Orwell, Wells, Bradbury, Adorno o Horkheimer no carece de este giro.
  4. “El apocalipsis, el milenio y la utopía en la actualidad” (Kamur, en Bull, 1998: 241).
  5. “Más valdría (escribe Sergio Pitol en Pasión por la Trama) evitar el riesgo de que la vuelta atrás se transforme en penitencia o expiación, o llegue uno a enternecer ante inepcias que deberían avergonzarlo”.
  6. Andamios, novela del desexilio de Mario Benedetti, insiste también en la clave del desencanto como un revulsivo que no acepta cuanto desconfía y objeta el status quo desilusionante.
  7. “Es pronto para el deseo y muy tarde para el amor” (Caballo de cartón), canta Sabina, retratando el no-tiempo de la posmodernidad. Con otros fines, es interesante el ensayo de Hugo Suárez (2006, 49-79): “La palabra y el sentido. Análisis del discurso de Joaquín Sabina”.
Bibliografía

BARTRA, Roger (2001). Cultura y melancolía. Anagrama: Barcelona:

BULL, Malcolm (Comp.) (1998). La teoría del apocalipsis y los fines del mundo. FCE: México.

CERVANTES, Miguel de (2005). Don Quijote de la Mancha. Alfaguara: México.

DELUMEAU, Jean (2003). Historia del paraíso. 1. El jardín de las delicias. Taurus: México.

ESCALANTE, Fernando (2000). La Mirada de Dios. Paidós: México.

KOSELLECK, Reinhard (2007). Crítica y crisis: un estudio sobre la patogénesis del mundo burgúes. Trotta: Madrid.

LASH, Scott (2007). Sociología del posmodernismo. Amorrortu: Buenos Aires.

LAX, Eric (2008). Conversaciones con Woody Allen. Random House: Barcelona.

MANGUEL, Alberto (2006). Nuevo elogio de la locura. Emecé: Buenos Aires.

MICHELET, Jules (2004). La Bruja. Un estudio de las supersticiones en la Edad Media. Akal: Madrid.

MUÑIZ-HUBERMAN, Angelina (2002). El siglo del desencanto. FCE: México.

PEREDA, Carlos (2008). Los Aprendizajes del Exilio. Siglo XXI: México.

SUÁREZ, Hugo (2006). “La palabra y el sentido. Análisis del discurso de Joaquín Sabina”, en Revista Mexicana de Sociología, núm. 1, 49-79.