Una mirada al totalitarismo

Ningún otro régimen de la historia es capaz de competir con su ostensible –y llena de recursos técnicos de todo tipo– capacidad deshumanizadora

Por: Ángel Sermeño

Atendiendo la invitación de participar en Folios, elijo abordar, de entre las casi infinitas posibilidades para ilustrar la relación entre cine y política, el tema del totalitarismo en La vida de los otros (Das Leben Der Anderen).

Esta es una extraordinaria película escrita y dirigida por el alemán Florian Henckel Von Donnersmarck. Fue rodada en Berlín en 2004 y galardonada, entre otros premios, con el Oscar a mejor película en lengua extranjera en 2007.

El reparto está integrado por Sebastian Koch (Georg Dreyman), Ulrich Muhe (Gerd Wiesler), Martina Gedeck (Christa-Maria Sieland) y Thomas Thieme (ministro Bruno Hempf). La historia que narra el filme transcurre de 1984 a 1991 y describe el corrupto, cruel y casi infalible funcionamiento de la Stasi, el aparato de policía política del régimen comunista de la desaparecida República Democrática Alemana (RDA).

Resulta evidente que describir el modo de operar de la agencia de seguridad interna de la RDA es una vigorosa y acertada manera de mostrar el tenebroso e implacable corazón del totalitarismo.

Cabe mencionar rápidamente que el totalitarismo es un tipo de régimen político autoritario y represivo, cuyo principal rasgo es la manera innovadora y eficaz de producir control político sin que importe en absoluto el costo humano. Ningún otro régimen de la historia es capaz de competir con su ostensible –y llena de recursos técnicos de todo tipo– capacidad deshumanizadora.

Entro, pues, en materia. La sinopsis de la película puede estructurarse bajo la siguiente línea argumental: un destacado escritor (Dreyman) cae bajo la exhaustiva vigilancia del aparato de seguridad interna del Estado. La razón es arbitraria, aunque, naturalmente, se invoca la defensa del socialismo y el ataque de sus enemigos ocultos como justificación.

El escritor goza de reconocimiento y prestigio, guarda inmejorables relaciones con el régimen, al punto de que sus propios perseguidores reconocen que es “el único escritor no subversivo al que leen en Occidente”.

De ahí el carácter emblemático de la víctima: en un régimen totalitario nadie puede presumir o garantizar su integridad bajo ningún concepto por más legítimo que este sea. Parecería entonces que si el aparato de coerción se pone en marcha en contra del objetivo seleccionado no habría mucho que hacer más que resignarse.

En el caso de la historia que narra el filme, la bella compañera sentimental del escritor (Christa-Maria), a la sazón la más exitosa actriz del momento, es acosada sexualmente por el ministro de cultura (Hempf), curiosa o convenientemente jefe del aparato de inteligencia, quien la presiona y chantajea para que se someta a sus libidinosos deseos.

Tras montar un impresionante dispositivo de escucha y vigilancia, el jefe del equipo de espías (Weisler) sufre a lo largo de su misión una curiosa conversión que le proporciona al argumento profundidad, complejidad e interés. En efecto, nace en el interior del curtido espía una honda y aparentemente incomprensible empatía por el escritor perseguido.

Las principales razones que explicarían tal acontecimiento radican en una imparable mezcla de hastío espiritual compuesta de aversión hacia el uso ilegítimo de los mecanismos del poder para fines personales y moralmente injustificables; la intolerable desesperanza provocada por un régimen que impone y exige la sumisión y la mediocridad al punto que solo el suicido parecería un escape aceptable; y la propia soledad insoportable del espía que paradójicamente alimenta su lado más humano.

A ello habría que añadir como ingredientes no despreciables ni secundarios, el contacto del espía con la energía conmovedora de la música de Beethoven y la intervención reveladora de la poesía de Brecht.

En este giro argumental encuentro las principales razones por las que esta película es particularmente seductora y bella en términos espirituales, pues vislumbra una salida y una respuesta a la condición arrolladora del totalitarismo.

Los dos personajes principales ofrecen en condiciones adversas el mejor rostro humano y proponen la idea de que es posible resistir a la maldad impersonal y sistémica del más depurado de los regímenes históricos de opresión. El escritor porque encarnaría el rol heroico en términos convencionales, y el espía en mayor grado dado que es capaz de ser sensible y escuchar ese fondo de bondad y de justicia que nace en su propio espíritu.

Volviendo a la línea argumental, ignorante de que es vigilado e ingenuamente confiado en su estatus de intelectual consentido, el protagonista escribe un texto crítico contra el exasperante impacto del régimen totalitario en la población.

Se trata de un ensayo sociológico publicado en una revista de gran tirada en Occidente (Der Spiegel) que indaga las causas de las altísimas tasas de suicidio entre la población de la RDA y cuyas estadísticas oficiales son ocultadas por el régimen, pues demuestran cómo “la tierra del gran socialismo conduce al suicidio”.

La motivación de dicho acto de rebelión contra el régimen nace del trágico suicidio de Jerska, personaje secundario y entrañable amigo del protagonista que encarna a un director de teatro caído en desgracia que es castigado con la prohibición de ejercer su arte.

Atrapada por su adicción a fármacos ilegales y chantajeada con la muy creíble amenaza de acabar con su carrera prohibiéndole actuar, la compañera sentimental del protagonista lo traiciona denunciándolo como autor del ensayo crítico.

La fragilidad de la condición humana se revela en este dato que consistentemente aparece en la literatura que intenta sintetizar la esencia totalitaria. La capacidad de corromper uno de los valores humanos más sagrados: la máxima de la lealtad al ser amado incluso a costa del propio sacrificio.

En tal sentido, el rol de la actriz estaría en oposición al rol del espía, expresando esta ambivalencia de la condición de lo humano entre la cobardía y la valentía que exige la congruencia ética, o entre la traición y la lealtad.

En fin, en el desenlace de este nudo dramático, el protagonista escapa al castigo por la trepidante y anónima intervención del espía, quien borra las pruebas que le incriminan.

Sin embargo, el costo de este hecho implica el final de la propia carrera de Wiesler y, a su vez, consumida y avergonzada por la culpa, Christa-Maria, la compañera sentimental del protagonista, en un arranque de desesperación opta por suicidarse.

Con todo, la historia tiene una suerte de happy ending. El muro de Berlín cae. El socialismo realmente existente colapsa y de manera peregrina el protagonista se entera que fue vigilado mereciendo recibir “el programa completo”. Como cientos de miles de ciudadanos alemanes acude a los archivos de la Stasi y revisa su voluminoso expediente.

Descubre con estupor que fue protegido por su propio espía y escribe una obra titulada Sonata para un hombre bueno que dedica con gratitud a HGW XX/7, clave que identificaba la firma de su espía en los reportes de su expediente.

Existen otras peliculas donde el fenómeno del totalitarismo ha sido abordado de forma magistral. La emblemática novela de George Orwell 1984 ha sido fi lmada en más de una ocasión, y personalmente la versión del director Michael Radford me parece espléndida. También debe decirse que se ha convertido en todo un subgénero la temática del holocausto judío durante la Segunda guerra mundial. Pero ello no quita méritos a La vida de los otros.

El guion, como ya se ha esbozado, es extraordinario, las actuaciones notables, los personajes congruentes, redondos, completos, la adaptación muy bien lograda (Berlín de día es infinitamente gris y de noche absolutamente solitario y vacío), y la música conmovedora.

El resultado final es, en consecuencia, sorprendentemente eficaz para comunicar la amenaza no exorcizada del todo que el totalitarismo como régimen supone para las formas contemporáneas de hacer política. El implacable dominio de la técnica, el secuestro de la política por los políticos profesionales, la apatía ciudadana o el desencanto de la democracia. Retos todos vigentes para la política en el mundo de hoy.


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