Un café con Hanna Arendt. Aproximaciones a lo político desde la cafeticultura

No todo es mercado y no todas las personas tienen como ideal de vida trabajar para consumir y acumular capital en un círculo inagotable

Por: Silvano Cantú
 
No sólo estamos en el mundo, somos parte de él
Hannah Arendt
 
 
Una racionalidad soluble (en la irracionalidad).
 
A grosso modo, la racionalidad que opera a través del mercado mundial del café no es muy distinta a la del mercado especulativo global en la gran mayoría de los commodities (bienes básicos), ni de la gran mayoría de los bienes y servicios que se compran y venden: es una racionalidad utilitarista.
 
La teoría económica convencional –ética y psicológicamente limitada– caracteriza esta racionalidad identificando la realidad del comportamiento externo del individuo con la consistencia interna de sus elecciones y la maximización del propio interés. 1
 
En este supuesto, la motivación “normal” del individuo y la sociedad –en tanto que suma indiferenciada de individuos– es la correspondencia entre las elecciones que una persona hace y su propio interés: el egoísmo. 
 
Sin embargo, como observa Amartya Sen, “el mundo tiene su parte de Hamlets, Macbeths, Lears y Otelos”: la “realidad” del comportamiento humano y de sus motivaciones es mucho más amplia e impredecible de lo que los economistas convencionales suponen (o al menos no son exclusivamente egoístas).
 
No todo es mercado y no todas las personas tienen como ideal de vida trabajar para consumir y acumular capital en un círculo inagotable (o, finalmente, agotado por la muerte). Por más méritos que pueda tener el modelo de racionalidad utilitarista para describir la “realidad,” dista mucho de ser el más adecuado cuando se trata de darle a la “realidad” algún significado normativo. 
 
El globalismo (esa dimensión de la globalización que tiende a darle a ésta un sentido unívocamente economicista) ha apostado en buena medida a proyectar en todos los ámbitos (la economía, la cultura, la política, la sociedad) su concepto de racionalidad utilitarista, el cual supone que todos los intercambios entre las personas se reducen a la formulación de ciertos medios idóneos para conseguir un único fin: la maximización de la utilidad propia (generalmente en su modalidad de beneficio económico).
 
La racionalidad del globalismo es la racionalidad de la eficiencia económica, de la optimalidad de Pareto: ninguna persona puede mejorar sin empeorar la situación de otra persona. 
 
El café no se salva de esta visión unívoca, toda vez que como negocio es bastante rentable: es el commodity cuyas operaciones obtienen el mayor valor en el mundo, sólo después del petróleo.
 
No obstante, la gran debilidad del mercado cafetalero está en la distribución de esta riqueza: el hecho de que aquellos que hacen posible las inmensas utilidades cafetaleras en su origen (los campesinos), viven generalmente en la miseria.
 
En retrospectiva histórica, esto constituye la gran deficiencia del primer cuerpo de derechos de la modernidad: pese a la ficción de la igualdad jurídica universal, la desigualdad persiste de facto y complica –si no es que anula– el ejercicio de la igualdad y de la libertad. Al pobre, en el mejor de los casos, se le da la libertad de elegir cuál sería el dueño de su fuerza de trabajo y la muy relativa capacidad jurídica para firmar un contrato.
 
En el campo, las inequidades del sistema se acentúan y ni siquiera una segunda generación de derechos humanos (los derechos de los individuos en colectivo) resolvería el problema. Cualquiera que vaya a una plantación cafetalera en México –para no ir tan lejos– notará que la mayoría de las operaciones se realizan sin garantías jurídicas (sin contrato) y con el “racionalisimo”, egoísmo, en el que prevalece la ley del económicamente más fuerte (con todo y la vanagloria mexicana de haber aportado a la modernidad esa joya de las garantías sociales).
 
En estas condiciones de necesidad e ignorancia, los campesinos y sus familias ven dificultado de facto el acceso a derechos propios de un régimen de libertades.
 
Esto, desde luego, no es exclusivo de nuestro país. La racionalidad del egoísmo, del máximo de beneficios con el mínimo de costes, lleva a arbitrariedades tremendas. Para empezar, se le niega al campesino la posibilidad de influir sobre la oferta de lo que él mismo produce, dando a la Bolsa de Futuros de Nueva York o Londres el poder de fijar los precios internacionales. Posteriormente, en un contexto de precariedad y desesperación, se orilla al productor a rematar su cosecha, debajo aun de los bajos precios bursátiles que no cubren ni los costos de producción. 
 
El estudio de oxfam International sobre el café, 2 nos ilustra con el dato de que por cada taza vendida al consumidor final, el productor recibe cerca del 1 por ciento de su valor y el 6 por ciento del valor de un paquete de café en el supermercado.
 
Como ejemplo del incremento que experimenta el valor del café de la plantación a la tienda, este estudio cita el caso de Uganda, cuyo aromático se vende con un beneficio para el comercializador de hasta el 7 mil por ciento en el Reino Unido y hasta del 4 mil por ciento en Estados Unidos. 
 
Considerando que en el mundo existen cerca de 25 millones de productores de café más sus familias (en México, alrededor de 3 millones: 280 mil productores más sus familias); que alrededor del 94 por ciento del café de los países en desarrollo se exporta como materia prima (café verde); que en países como Vietnam (segundo productor mundial), debido a las continuas crisis de los precios internacionales, los campesinos cubrían apenas el 60 por ciento de sus costos de producción de café robusta (cuyo precio es fijado en Londres); que según el Banco Mundial hay países cuya economía depende del café (por ejemplo, por su volumen de exportaciones, Burundi depende en un 79 por ciento, Etiopía en un 54 por ciento, Honduras en un 24 por ciento, etcétera); y finalmente que tan sólo cinco grandes transnacionales dedicadas a la industrialización y comercialización de café (Nestlé, Kraft, Procter & Gamble, Sara Lee y Tchibo) compran el 50 por ciento del café verde del mundo, no podemos concluir sino que el mercado global de café es aberrantemente injusto.
 
En un mundo en que el discurso globalista glorifica a la libertad como su valor axial (el libre mercado, las libertades económicas), nada hay más lesivo a la libertad que las arbitrariedades de una eficiencia económica sin un correlato de ética y criterios distributivos, con el egoísmo como motivo y la maximización del propio interés como fin único de “nuestros” actos, justificando la instrumentalización indiscriminada de recursos naturales y personas.
 
El mismo mercado en sus figuras más fuertes debería prever que esta racionalidad no conduce sino a la destrucción de sus propios cimientos (para el caso, esta “racionalidad” tiene mucho de eufemismo para egoísmo irracional).
 
Esas proyecciones universales del egoísmo son la gran tragedia de la libertad, tergiversada por muchos de nuestros contemporáneos económicamente más poderosos, habilitados por gobiernos que entienden la libertad como anomia en las relaciones económicas (particularmente entre los más fuertes y los más débiles).
 
En un mundo con una “libertad” así, tan parecido al Estado de Naturaleza hobbesiano, impera el derecho del más fuerte donde “ceder a la fuerza es un acto de necesidad, no de voluntad”. 3
 
Ya que la voluntad es el sustrato de la libertad y que el sentido de la política es justamente la libertad, 4 corresponde a la política el restablecimiento de las condiciones fundamentales para el ejercicio de la libertad en su más amplio sentido de “ser libres”, de habitar el mundo dándole un sentido en el vivir entre los otros, sin excluirlos ni asumirlos como medios para satisfacer nuestro egoísmo.
 
Con el propósito de encontrar algunas aproximaciones a la crítica situación de la cafeticultura y sus periferias, sin pretender encontrar la piedra filosofal que la resuelva, sugeriré algunas reflexiones en torno a la política como la pensaba Hannah Arendt en algunos fragmentos de su obra, convencido de la imposibilidad de una plena correspondencia entre nuestro caso y el pensamiento de la autora, pero también de lo interesante que puede ser el ejercicio de pensar la cafeticultura desde los conceptos arendtianos de acción, natalidad y visibilidad.
 
La condición cafetalera
 
Hannah Arendt distingue tres dimensiones de la condición humana: labor, trabajo y acción. Aunque no se refiere precisamente al mercado global de hoy, criticó esa visión del mundo que está anclada en el lastre de la labor, que no crea nada: sólo repite una y otra vez a la naturaleza en el reino de la necesidad en sus dos momentos de laborar y consumir, y se caracteriza por ser apolítica.
 
En términos arendtianos, este carácter apolítico de la labor la aleja del ejercicio de la libertad, que corresponde a la acción, que es propia del individuo y se acompaña de un discurso (la palabra), que es la manera en que comprendemos al mundo desde todas las posiciones, encontrando ese espacio que nos une y nos separa.
 
Este discurso, al darle su especificidad al individuo (su apariencia en el “escenario” público) lo faculta para la visibilidad. Mientras el animal laborans puede laborar en grupo, los miembros de éste no se distinguen entre sí, “fusionando” sus personas en la labor como si se tratara de una sola. No hay visibilidad para los individuos en esa dimensión de la condición humana. 5
 
En cambio, con la acción nos hacemos “visibles” a un mundo que ya existía previamente y en que ya están presentes otros, lo que enriquece las posibilidades de la acción, pero no las predetermina. Este acto de “aparecer” en el mundo haciéndonos visibles ante los otros para formar un mundo común (un espacio de apariciones), es llamado “natalidad” por Arendt. 
 
La racionalidad del globalismo, en cambio, nos distancia de un mundo común, acota los presupuestos básicos de la libertad, inspirando a productores y consumidores a que –a la luz de sus respectivos autoconceptos– no sirvan más que para maximizar sus intereses, importándoles poco o nada “aparecer” en un mundo de iguales en tanto que libres (lo que implicaría peligrosísimas rupturas con el status quo) y permite a los menos ocupar el espacio público, despojándolo además de su carácter político.
 
Opera insertando a unos (los campesinos) en la labor y ejerciendo una malentendida libertad de comercio (cuyos beneficiarios principales son las grandes corporaciones transnacionales) con un discurso que destaca las supuestas ventajas comparativas y la apertura comercial sin limitaciones (pese a estar acompañada de un discurso, la racionalidad globalista se mueve más en la dimensión del trabajo que en el de la acción, toda vez que se mueve sobre el eje de los medios y fines utilitaristas con pretensiones de predictibilidad. La acción, en cambio, es impredecible en sus consecuencias). 
 
En esta racionalidad, los productores de café ven sensiblemente reducida su autonomía frente a las embestidas de las grandes agroindustriales, que controlan el mercado de insumos productivos (semillas y agroquímicos); 6 que con el apoyo de los gobiernos y organizaciones económicas internacionales, promueven la conversión de cultivos tradicionales a otros de alto valor agregado en su calidad de ventajas comparativas y el desmantelamiento de las estructuras y regulaciones públicas para el desarrollo del sector primario (vía acuerdos como la Ronda Uruguay y el Consenso de Washington); que inciden en las políticas comerciales de las cadenas de supermercados más poderosas del mundo, etcétera. 
 
Esta pérdida de autonomía de la mayoría de los productores tiene su correlato político. Por una parte, en países como Brasil o Colombia, en que los cafetaleros están mejor organizados y, con o sin el Estado, han dado a sus comunidades aportes importantes en infraestructura y servicios públicos, los famosos desafíos de la globalización han podido ser más o menos lidiados y han representado en muchos casos oportunidades de insertarse exitosamente en el comercio mundial.
 
Pero en casos distintos, el globalismo ha operado salvajemente, arrasando con recursos naturales y empobreciendo a los campesinos, que han tenido que articularse en torno a grandes agroindustriales y sus lineamientos de producción para sobrevivir.
 
Esto conduce a la estandarización de prácticas agrícolas (que en este contexto equivale a la institucionalización fáctica de la reiteración) y a la dependencia de campesinos y naciones enteras al mercado global en términos alimentarios y comerciales. 
 
Esta dependencia inducida denuncia, por otra parte, la grave crisis de representatividad política del sector primario y, particularmente, de los cafetaleros.
 
Esta reducción de la libertad sólo puede contrarrestarse (vista la falta de voluntad política de los gobiernos y la falta de condiciones de igualdad en el mercado) desde el ámbito de los mismos productores, tomando en sus manos lo que la acción artificial de la representación no les da. 
 
Con todo, debido a que no se puede dar el salto cuántico de la pobreza a la competencia global o a un marco jurídico y político que permita hacer del mercado actual un mercado más justo, la batalla inicial en la reconquista de esta libertad debe darse en la política que desplieguen los mismos productores para la acción concertada en muchos niveles, desde la comunidad productora misma hasta la escena mundial y, además, en muchas dimensiones (por ejemplo, la organización cafetalera como agente del desarrollo comunitario, como escuela para la técnica, la investigación y la democracia, como agroindustria social, como agente de difusión cultural y de sustentabilidad ecológica, como sistema de información comercial y como actor democrático plural, no corporativo). 
 
La acción cafetalera en clave arendtiana
 
Lo fundamental de “lo político”, como lo entendieron pensadores tan diversos como Tocqueville, Lefort, Castoriadis y la misma Hannah Arendt, es la libertad de configurar con otros la vida en sociedad (libertad política) y la libertad del individuo frente a los demás de asumir esta convocatoria para el trabajo político de la manera que mejor le parezca.
 
Es decir, además del reconocimiento de la igualdad del otro para compartir este espacio público como espacio político, debemos reconocer la diversidad de los otros, entendiendo con ello la libertad como pluralidad. 7 
 
Esta pluralidad, en Hannah Arendt, procede de la natalidad y la acción. Por la natalidad, rompemos en cierto modo con el pasado insertándonos al mundo como “alguien” nuevo y nuestras acciones lo hacen también mediante la introducción de “algo” nuevo y propio al mundo, interrumpiendo un proceso de la naturaleza, lo social o la historia (lo que Arendt llama “un nuevo comienzo”, peculiaridad de la acción). 
 
Si para Heidegger (quien fue maestro y –dicen las malas lenguas– amante de Arendt), el ser es un ser para la muerte, y para los utilitaristas la conducta del individuo se mide por el éxito histórico de sus actos, para Arendt el ser lo es para la natalidad, para sentar nuevos comienzos y su acción no se mide tanto por el éxito histórico de sus consecuencias sino por su innovación en el flujo de la historia, de la vida cotidiana.
 
Así, además de plural, la acción arendtiana es impredecible e irreversible y constituye un tipo de racionalidad distinta a la utilitarista. 
 
¿Cómo aplicar una racionalidad así al mundo del café, en que todo parece cifrarse en medios y fines, eficiencia económica y labor colectiva? Primeramente, distinguiendo lo económico de lo político en la cafeticultura.
 
Económico es el cambio de bienes por dinero, pero política es la forma en que los productores se organizan entre sí para producir y comercializar su café, incluyendo las prácticas al interior de la organización o comunidad que habilitan a sus miembros, sin discriminación ni exclusión, para participar en la toma de decisiones comunes, para disentir y proponer, para establecer condiciones mínimas en las operaciones comerciales que celebren, y deliberar sobre prioridades e inversiones colectivas a propósito de las utilidades que reciban por su cosecha, etcétera. En suma, favorecer en lo posible que la organización o comunidad sean espacios de apariciones, mundo común.
 
Este criterio de diferenciación puede articularse con un segundo criterio general, el de la pluralidad en tanto que distinción orgánica y democrática de las funciones que desempeñan los miembros en sus organizaciones y comunidades.
 
No se trata, pues, de la organización “fusionadora” que se erige en una persona hecha de individuos que hacen todos lo mismo. Se trata, más bien, de la organización en que cada miembro asume su distinción y aporta lo propio al conjunto.
 
Lo político aquí se expresa en un compromiso: el de aumentar el “inicio” (la cafeticultura, que en México tiene más de doscientos años) con la acción y la palabra.
 
Esto es posible si asumimos la multidimensionalidad de la organización cafetalera: no sólo tiene sentido en tanto que productora de café, sino como escuela para la acción (para esto la habilita su constitución democrática); como escuela formal de técnica y conciencia (en la institución de círculos de estudio y deliberación, de articulación con otras organizaciones de cualquier naturaleza que les brinde asesoría y abra espacios para el conocimiento en ámbitos tan diversos como el derecho, la política, el funcionamiento del mercado internacional, etcétera); como agente de difusión cultural (asumiendo un discurso propio, nutrido en parte de sus tradiciones pero sin instalarse en el puro folclorismo, sino facilitando la “aparición” de valores individuales y grupales creativos e innovadores); como actores democráticos apareciendo en el espacio público con sus reivindicaciones y demandas, pero también con propuestas que no les vengan dictadas por programas políticos exógenos sino que puedan realizar por sí o en participación con otros de sus iguales, por ejemplo, por medio de la promoción de determinada legislación que les favorezca (que, por cierto, aún no existe en México), 8 etcétera.
 
Aunque se objete a esta multidimensionalidad de la cafeticultura que las condiciones actuales de educación y patrimonio de los campesinos se encuentran limitadas para todos estos propósitos, no sólo cabe la bienintencionada mención al carácter “taumatúrgico” del “nuevo comienzo” arendtiano, sino que una visita a las comunidades cafetaleras pueden sernos sorpresivas por el grado de conocimientos y el sentido que dan los campesinos a su propia actividad y su entorno natural y social (que yo considero como un germen para una visión sustentable del mundo).
 
Con todo, el apoyo externo no está reñido con esta visión, siempre que se conceda al campesino el poder de determinar su nuevo comienzo, no así sus consecuencias, que no corresponde a nadie determinar. 
 
Finalmente, la organización no puede limitarse a ser un código de ética, que no se traduzca en mejoras en la calidad de vida de los cafetaleros. No se busca dar comienzo a una entelequia más, sino más bien, en buena medida, a un espacio de convivencia más justa entre los diversos factores de la cadena cafetalera, incluyendo a los consumidores.
 
El consenso de los productores equivale en la escala global a conflicto, en todo caso, un conflicto que permite a la cafeticultura la pluralidad de la política y no el monopolio que trastoca la distinción entre lo público y lo privado. Por ello, la organización “multidimensional” de la cafeticultura debe aspirar a superar las limitaciones de otros modelos, como el comercio justo y las corporaciones “políticas” (que generalmente son clientelas electoreras).
 
Por ejemplo, se pueden adoptar los estándares internacionales del comercio justo (precios mínimos y primas de comercio justo), aumentadas con mejores precios mínimos (que siguen siendo muy mínimos en comparación con las opíparas utilidades de los tostadores y comercializadores) y superando el esquema que favorece la pura exportación, vía el fortalecimiento del mercado interno, evitando así sobreofertas que reducen los precios y permitiendo el acercamiento de los connacionales urbanos al campo, sensibilizando así en la democracia.
 
Asimismo, la multidimensionalidad de esta organización política trasciende al ámbito de la necesidad (un tanto cuanto conductista) del comercio justo, para instalar en el mundo de los iguales (de los libres) a los cafetaleros. Esto les daría una mayor autonomía decisional para competir.
 
Por último, las exigencias de esta propuesta encuentran algunas claves para su solución en la articulación de las comunidades cafetaleras y sus organizaciones (que actualmente están atomizadas y limitadísimas en sus ámbitos de acción y eficiencia económica). Esto también evitaría el “castigo” del globalismo a quienes toman un camino alternativo.
 
En lo general, esta acción en la cafeticultura en clave arendtiana, apenas un esbozo, faculta a los cafetaleros para que tomen plena conciencia de que no sólo están en el mundo, sino que forman parte de él (y no sólo como proveedores de materia prima barata, sino como actores determinantes).
 
Por supuesto, también los consumidores deberemos poner nuestra parte de conciencia del mundo común y definitivamente, tarde o temprano, lo deberán hacer las transnacionales.
 
Concluyo dejando aún muchos temas pendientes, bajo el entendido de que estas reflexiones son aproximaciones, pero comentando a manera de epílogo que las dinámicas de esta actividad tan compleja garantizan la impredictibilidad de la acción.
 
No obstante, aún cabe esperar que en el consenso, en el diálogo propio de la palabra, los cafetaleros encuentren una vía para influir activamente en su destino, de tal modo que su libertad sea la “libertad de querer que esto o aquello sean así o asá”. 9 En el café y en todo –me parece– es de eso de lo que trata el mundo. 
 
 
 
Citas
  1. Sen, Amartya. Sobre ética y economía. Colección Los Noventa. Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Alianza Editorial. México 1991. pp. 28–39.
  2. Gresser, Charis y Tickell, Sophia. “Mugged. Poverty in your Coffee Cup”. Oxfam Int., 2002. pp. 8, 10, 11, 20, 26, 27.
  3. Rousseau, Jean Jacques. El contrato social. Ed. Dante. México, 1988, P. 11.
  4. Arendt, Hannah. ¿Qué es la política?. Paidós/uab. Madrid 1997, pp. 61-62.
  5. Arendt. Hannah. La condición humana. Paidós. Madrid, 1998, p. 235.
  6. Según la fao, en 1980 había más de siete mil fuentes –públicas y privadas– de semillas en el mundo. A partir de 1998, tras un agresivo período de compras de pequeñas empresas de semillas, se estimaba que operaban sólo mil quinientas semilleras, veinticuatro de las cuales dominaban la mitad del mercado mundial.
  7. Arendt, Hannah. ¿Qué es la política?. Paidós/uab. Madrid, 1997, p. 45.
  8. En las Cámaras de Diputados y Senadores hay dictámenes con proyecto de Ley de Desarrollo Integral y Sustentable de la Cafeticultura, pero además de que no se han aprobado tienen serias deficiencias en lo relativo al órgano rector de la política pública para el café y las políticas sociales y de desarrollo rural que le son relativas.
  9. Arendt, Hannah. ¿Qué es la política?. Paidós/uab. Madrid 1997, p. 66.

 


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