Tirar contra la muerte: Juan Gelman, poesía y política

Decía Fernando Pessoa que los poetas no tienen biografía, que ésta se encuentra en su obra

Por: Ricardo Sigala

Los grandes premios no sólo tienen la función de otorgar un reconocimiento simbólico y económico al escritor beneficiado, tienen además la virtud de sacar a algunos autores, especialmente poetas, del coto privado en el que se alojan, sólo leídos y celebrados por ciertas élites de la cultura, los ejemplos abundan y uno de esos es el de Juan Gelman (Argentina, 1930).

Hubo que esperar más de cuarenta años de labor poética y otros tantos de activismo político (en muchos momentos no hay frontera entre dichos ámbitos) para que el mundo literario volteara su mirada, reconociera y encumbrara en su justo lugar a una de las voces más representativas de la poesía en lengua castellana, emblemática tanto en su espíritu estético, como renovadora de las formas poéticas, pero no menos por su carácter humano, por su conciencia que no puede concebir la belleza de la poesía separada del sufrimiento y la injusticia, a nivel personal y social, debemos decir universal.

Así pues el nuevo siglo abre para Juan Gelman con la llegada de los más importantes premios en la lengua española y así permanece durante la primera década del mismo: el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (2000), el Ramón López Velarde (2003), el Pablo Neruda de Poesía Iberoamericana (2004), el Reina Sofía (2005), y el Premio Cervantes (2007), considerado el Nobel de las letras hispanas.

Pero ¿Quién es Juan Gelman? Decía Fernando Pessoa que los poetas no tienen biografía, que ésta se encuentra en su obra, y en mucho es cierta la aseveración del portugués, la vida y la obra de Gelman son caras de una misma moneda imposibles de disociar, por ejemplo, cuando habla del exilio, asegura que esa condición en él se remonta a la pérdida de la inocencia, a la expulsión natural de la infancia, el exilio indisoluble de la ausencia amorosa, y la pérdida de los seres queridos.

Así como vida y poesía se conjuntan, evidentemente se fusionan poesía y política: a los 11 años de edad publicó su primer poema, a los 15 ingresó a la Federación Juvenil Comunista; a los 25, al lado de jóvenes poetas activistas de filiación comunista funda el grupo Pan Duro, con el propósito de publicar y difundir su poesía comprometida socialmente, de ahí su primer libro publicado en el año 1956, Violín y otras cuestiones; en la primera mitad de los años sesenta es encarcelado por pertenecer al Partido Comunista, al que más tarde abandona para formar parte del peronismo revolucionario, y forma, con otros escritores disidentes del Partido Comunista, el grupo Nueva Expresión y la editorial La Rosa Blindada con el fin de difundir libros de izquierda rechazados por el comunismo ortodoxo.

Estamos en el contexto histórico de la presencia imperialista de Estados Unidos en América Latina y la Revolución cubana de 1959, una tensión ideológica que germinará en el poeta el caldo de cultivo para la generación de obras emblemáticas, Juan Gelman escribirá algunos libros que destacan por su profunda solidaridad humana además de su crítica social: Gotán (1962), Cólera Buey (1965) y Los poemas de Sidney West (1969).

En 1975 Juan Gelman había salido de Argentina con el fin de denunciar las violaciones a los derechos humanos por parte del gobierno de Isabel Perón (1974-1976) –durante la dictadura militar, autodenominada Revolución Argentina (1966-1973), se había unido a las Fuerzas Armadas Revolucionarias y posteriormente a los Montoneros, ambas organizaciones guerrilleras de orientación peronista, la última influida por el pensamiento del “Che” Guevara.

Un año más tarde, un golpe de Estado establece la nueva dictadura militar en Argentina, Proceso de Reorganización Nacional, que causará gran terror e impone un exilio a Juan Gelman que lo lleva a rondar por Italia, España, Guatemala, Francia, Estados Unidos y finalmente México.

Hacia 1983 el gobierno de Raúl Alfonsín gira una orden de aprehensión contra Juan Gelman por delitos imputados a los Montoneros, lo que provoca una serie de protestas internacionales encabezadas por los escritores Gabriel García Márquez, Octavio Paz, Mario Vargas Llosa, Alberto Moravia, Juan Carlos Onetti, Augusto Roa Bastos, entre otros.

Cinco años más tarde la orden judicial quedó sin efecto y Juan Gelman pudo regresar a su patria después de trece años, aunque ya había decidido establecerse en México.

La experiencia del exilio para Juan Gelman fue verdaderamente significativa, al grado que ha declarado que pasó los primeros cinco años en una sequía considerable de producción poética; hay entre su último libro escrito en Argentina Relaciones (1973) y el primero en el exilio, Hechos (1980) siete años de diferencia.

En un artículo titulado “El destierro” (www.lamaga.com.ar) de 1997, el poeta desimplifica el concepto de exilio como una expulsión por razones políticas de un territorio que representa un arraigo meramente nostálgico, él asegura que el exilio es muchas cosas más: “la época en que no nos habían derrotado, en que se podía creer en las luchas populares”. Pero también tiene un carácter de privación meramente personal “por ejemplo, mi madre falleció cuando yo estaba en el exilio. Y esos son golpes realmente duros, porque dan en la matadura”.

Como consecuencia de esto, Gelman publica en 1989 uno de sus libros más intensos, Carta a mi madre, donde hurga en la huella dejada por ella, en el intento de recuperación de la persona amada, por medio de una poesía desgarradora que Eduardo Milán ha calificado como “la articulación de un canto, de un llanto general de los desaparecidos”.

La primera estrofa del poema se ha convertido en un referente en nuestra poesía debido a la intensidad y exactitud en la descripción de la pérdida expresada por el poeta:

recibí tu carta 20 días después de tu muerte y cinco minutos después de saber que habías muerto
una carta que el cansancio, decías, te interrumpió
te habían visto bien por entonces
aguda como siempre
activa a los 85 años de edad pese a las tres operaciones contra el cáncer que finalmente te llevó.

Como vemos, el tema del exilio va a ser enriquecido no sólo por el carácter político del suceso sino por la condición de pérdida de proyectos de vida, de seres queridos, de cosas, objetos, pero aún más, la pérdida de la gente que padece en su propio país las circunstancias que a él lo expulsaron:

"¿Y la gente que no puede volver, por ejemplo, a los restos de los hijos que perdió?, ¿y la gente que no puede volver a la justicia que se le debe, al salario, a la cultura, a los servicios sanitarios, a la educación que se le debe y a la que no puede volver? Son millones los que están exiliados en el país (...) Los que cobran una miseria son exiliados de un supuesto desarrollo”.

Treinta años después de la masacre de la dictadura militar, Juan Gelman, en el discurso de recepción del Premio Cervantes, recordó su identificación con Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz por su condición de padecer “la presencia ausente de los amados”, que en palabras de la santa es “morir muchas veces”, y afirmó “yo moría muchas veces y más con cada noticia de un amigo o compañero asesinado o desaparecido que agrandaba la pérdida de lo amado”.

Y vuelve a profundizar en las palabras desde la óptica del poeta, ahora respecto al concepto “desaparecido”: “la dictadura militar argentina desapareció a 30 mil personas y cabe señalar que la palabra ‘desaparecido’ es una sola, pero encierra cuatro conceptos: el secuestro de ciudadanas y ciudadanos inermes, su tortura, su asesinato y la desaparición de sus restos en el fuego, en el mar o en suelo ignoto”.

La memoria es pues, una de las funciones de la poesía de Gelman, porque da la posibilidad de la justicia contra la pobreza, la corrupción, la opresión, la posibilidad de la respuesta a las preguntas que siguen titubeando en el viento, para la conservación de la utopía, de la capacidad del sueño, del deseo y del anhelo.

No debemos olvidar a los 200 mil civiles de Hiroshima ni al coronel Paul Tobbets que los aniquiló sólo pulsando un botón, no debemos olvidar a las víctimas ni a los asesinos de la dictadura porque hay recuerdos que “siempre están ahí y muestran su rostro sin descanso. Es el rostro de los seres amados que las dictaduras militares desaparecieron.

Pesan en el interior de cada familiar, de cada amigo, de cada compañero de trabajo, alimentan preguntas incesantes: ¿cómo murieron? ¿Quiénes los mataron? ¿Por qué? ¿Dónde están sus restos para recuperarlos y darles un lugar de homenaje y de memoria? ¿Dónde está la verdad, su verdad?”, y por el estilo continúa en su discurso de recepción del Premio Cervantes, tal como lo hace en muchos de sus poemas, por medio de una incesante enumeración de preguntas.

En su célebre prólogo para la editorial Visor de Poesía, Julio Cortázar definió a Juan Gelman como un “hombre al que le han cegado la familia, que ha visto morir o desaparecer a los amigos más queridos”.

Entre tantas pérdidas quizás hay unas cuantas que destacan sobremanera, una es la muerte de su madre en 1982 víctima del cáncer y que su condición de exiliado le impidió darle el último adiós; otra es la desaparición en 1976 de su hijo Marcelo Ariel y su nuera María Claudia Iruretagoyena, con siete meses de embarazo, que fueron secuestrados en Buenos Aires por un comando militar.

Producto de esta experiencia Gelman escribió “Carta abierta” incluido en Hechos y relaciones (1980), un poema de una emotividad incontenible y un lenguaje que manifiesta el desequilibrio y la turbación que produce esa honda indagación en la incógnita del hijo desaparecido:

cuerpo que me temblás entrada al alma

frío que me enfriás
manito tuya

manando sombra
sombra
sombra

¿paro tu deshacerte en algún lado?

 

¿te rejunto otra vez?
¿te apeno el habla?

¿te duelo el nunca?
¿más?
¿o nunca más

me mirará hermoseando tu hermosura?

¿descansarás tu piel?
¿desquerés mucho?... 

El 7 de enero de 1990 son identificados los restos de su hijo Marcelo, asesinado de un tiro en la nuca, los restos fueron encontrados en un río de San Fernando (Gran Buenos Aires) dentro de un tambo de grasa lleno de cemento.

EL 23 de diciembre de 1998, Brecha publica la “Carta abierta a mi nieto”, tras de que Gelman se enterara que su nieto(a) estaba vivo(a) y que por medio del Plan Cóndor (que vinculaba las dictaduras sudamericanas con Estados Unidos) había sido llevado(a) a Montevideo y dado(a) en adopción, la carta muestra nuevamente la condición humana del poeta, veamos sólo un fragmento:

Me resulta muy extraño hablarte de mis hijos como tus padres que no fueron. No sé si sos varón o mujer. Sé que naciste... Ahora tenés casi la edad de tus padres cuando los mataron y pronto serás mayor que ellos. Ellos se quedaron en los 20 años para siempre. Soñaban mucho con vos y con un mundo más habitable para vos. Me gustaría hablarte de ellos y que me hables de vos. Para reconocer en vos a mi hijo y para que reconozcas en mí lo que de tu padre tengo: los dos somos huérfanos de él. Para reparar de algún modo ese corte brutal o silencio que en la carne de la familia perpetró la dictadura militar. Para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar. Ya sos grande...

Ante esta situación Gelman recurrió a los gobiernos argentino y uruguayo en busca de ayuda para encontrar a su nieto(a), sin embargo se encontró con la oposición del presidente de Uruguay Julio María Sanguinetti, con quien entabló un debate público, el poeta atrajo nuevamente la atención internacional y recibió apoyo de destacados intelectuales y artistas entre los que destacan los premios Nobel Günter Grass, Darío Fo y José Saramago, y de los cantautores Joan Manuel Serrat y Fito Páez, entre otros. Dos años más tarde la nieta de Gelman, de nombre Andrea (Andreíta la llama en varios poemas) fue encontrada y Gelman pudo reunirse con ella. La joven decidió tomar el apellido de su verdadero padre, para llamarse María Macarena Gelman.

Derivado de esta expriencia, en 2001 Gelman publica Valer la pena, integrado por 136 poemas escritos entre el momento que descubrió dónde se encontraba su nieta y el encuentro con ella.

El libro también es un homenaje a Paco Urondo, compañero en Montoneros, quien se suicidó en 1977 para evitar ser capturado y delatar al movimiento, el título es pues una frase del poema “Cada día que pasa” del finado poeta.

En ese mismo tenor, en 2004 aparece País que fue será, integrado por 89 poemas escritos entre 2001 y 2003: “cuando el dolor se parece a un país/ se parece a mi país”, destaca.

Los poemas, en su mayoría, son una especie de diálogo con las personas que estuvieron presentes de una u otra forma en el tránsito de la búsqueda y el encuentro con su nieta, así pues muchos están dedicados a personajes como José Saramago, Fito Páez (que en 2003 le dedicó su disco Naturaleza Sangre) etcétera, que lo apoyaron alrededor del mundo, y otros como Marco Antonio Campos y Hugo Gutiérrez Vega en México. El libro fue premiado en la Feria del Libro de Buenos Aires como el mejor de ese año.

El poeta uruguayo Eduardo Milán dice que la obra de Juan Gelman es un “concentrado de memoria, experimentación y conciencia”.

En lo escrito hasta aquí la memoria y la conciencia han sido evidenciadas, sólo resta detenernos un poco en la experimentación, ya que es imposible acceder a Gelman sin la conciencia de experimentación verbal que fluye en toda su obra, su denuncia, su subversión, su indignación, su dolor no son manifestados por medio del lenguaje establecido por los cánones de la convención poética contemporánea, por el contrario, hace usos inusitados, inesperados, para algunos incluso chocantes, de la lengua, poniendo de manifiesto que su inconformidad, que su revolución no es sólo del decir sino del modo de decir, no sólo del discurso sino de las estructuras, asistimos a una rebelión total.

Julio Cortázar lo advierte de la siguiente manera: “Sí, no es fácil entrar desde la primera línea en un discurso que va de tal manera contra la corriente que incluso pisotea sin lástima las reglas más ahincadas de nuestra seguridad mental, de nuestras grillas prosódicas, de nuestra aceptación pasiva de las funciones gramaticales”.

Las pausas inusitadas, la verbalización de sustantivos (amorar, dictadurar), la inversión del género en las palabras no son más que una muestra de la forma como subversión, de “disparar contra la muerte” como nos dice en uno de sus primero poemas.


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