Sentido Social

¿Qué puede abstraer como “voluntad popular” un político o un gobernante que por tradición no se desea al frente, sino por encima de una masa que tiende a la apatía y la indiferencia?

Por: Gabriel Pareyón
 
El modelo político de méxico a partir de la República Restaurada pretendió desarrollarse en los valores de justicia y equidad social, que son la base central de la democracia.
 
Aunque tales valores tenían, y siguen teniendo, un significado profundo para el proyecto de la nación mexicana, sólo podían aplicarse y extenderse a partir de una legislación activa que coligiese los valores tradicionales de la sociedad mexicana, para imprimir en ellos el espíritu juarista de justicia y equidad. Esta iniciativa, sin embargo, conllevó desde un principio una contradicción.
 
Un pueblo que se formó una identidad de dependencia centralista que favorecía la explotación sistemática bajo los cacicazgos precortesianos, el despotismo colonial y la monarquía republicana de los siglos XIX y XX, no podría integrar tales valores, como por arte de magia, a su tradición social.
 
En cambio, esa tradición, fuertemente anclada en el matriarcado místico, en la igualdad ante la negación (interna y externa, implícita y explícita) a formar parte protagónica de la civilización occidental y en una filiación silenciosa bajo un poder distante y hermético (las altas jerarquías religiosas, políticas y militares), más bien constituiría un estado de oposición natural al concepto moderno de democracia.
 
Y es que, además, tal concepto había sido importado de las naciones que mayor provecho político y social sacaron del México del siglo XIX: Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos.
 
Como parte de esta contradicción surge la figura reveladora de Juárez: su programa político y su ideario social son, como su levita y su chaqué, importados.
 
Pero la misma contradicción reaparece en las pretensiones de Díaz, de modernizar al país bajo la ciencia francesa del positivismo, y en el genio y la figura del Apóstol de la Democracia, el presidente Madero, abogado de los indígenas y las clases oprimidas, quien después de realizar estudios en la Universidad de California, había cedido a la moda estadounidense de las sectas espiritistas que tanta mella hicieron en la devoción católica mexicana de la época (clama a la distancia, una relectura de Al filo del agua –1947–, puntual novela de Agustín Yáñez sobre el tema).
 
La gran figura en la promoción de la democracia en el México del siglo XX, José Vasconcelos, tampoco logró escapar al contrasentido de enarbolar una doctrina de justicia y equidad expresada al mismo tiempo en el fervor a lo hispánico, el repudio a lo indígena y la glorificación de lo mestizo.
 
¿Qué entiende por democracia, pues, el político y el gobernante mexicano? O más bien, ¿qué puede abstraer como “voluntad popular” un político o un gobernante que por tradición no se desea al frente, sino por encima de una masa que tiende a la apatía y la indiferencia?
 
Está claro, sobre todo después del período revolucionario y el régimen de partido único, que la democracia mexicana no requiere ni de caudillos ni de líderes carismáticos con fórmulas económicas bajo la manga.
 
Al contrario, en el momento actual en que se propaga la corriente posmoderna de que “todo da lo mismo” y que la inteligencia, la creatividad y la crítica constructiva son “una moda del pasado”, es apremiante un examen riguroso de los componentes de la sociedad mexicana para que todos ellos, por bien de su propia supervivencia, paguen el tributo de la democracia.
 
No un tributo pecuniario, que ya parece suficiente, sino mucho más: la conciencia plena de que el país se integra por entidades y sectores de muy diversa índole, y que éstos sólo se pueden mantener en cohesión, ya que no en armonía, por el entendimiento de una necesidad recíproca.
 
En esencia, me parece que éste es el mensaje que no ha quedado suficientemente nítido para la “clase política” mexicana y su cada vez más fuerte y evidente alianza con la elite económica: ir con los mexicanos (con los más, con los despojados) a la larga les traerá beneficio; ir en su contra (lo que siempre o casi siempre ocurre) les traerá privilegios inmediatos, pero frágiles y perecederos. ¿Por qué no buscar la valentía de un México plural a largo plazo, aun contra las modas macroeconómicas?
 
La tarea más imperiosa, sin embargo, ahora no está del lado de las clases política ni empresarial, sino del lado del electorado y su capacidad de hacer política justa en cada uno de sus actos, también considerando a los sectores marginados.
 
El voto razonado, la conciencia democrática y aun el uso de la ley para arrebatarle el poder a quien lo ejerza contra el bien común, deben y pueden ser las armas y estrategias para esta tarea. Y en consecuencia el buen gobierno estará comprometido a cumplir sus responsabilidades de fomento al empleo, la salud, la educación y la impartición de justicia.
 
Educación y justicia que tanta falta han hecho en México para comprender su diversidad cultural, que tanta falta hace –al mismo tiempo– para concebir una democracia mexicana.
 

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