Se acabaron las gallinas de los huevos de oro; o mejor dicho, hay amor en tiempos de crisis…

Éste es el momento de reinventarnos para estar mejor

Por: Hugo Luna Vázquez

La forma en que hasta ahora hemos concebido el orden económico mundial está inmersa en una revolución fulminante. Citibank, el otrora grupo financiero más grande del mundo, pasó en unos cuantos meses a valer menos de un 10 por ciento de su precio original.

Hace unos meses, Banamex (la parte mexicana de Citibank) representaba algo así como el 6 por ciento del valor total del grupo financiero a nivel mundial; hoy podríamos tasar al banco mexicano en más del 50 por ciento del valor en activos financieros del grupo.

Siguiendo con este nuevo entendimiento del espectro, en enero de este año Jim Rogers, socio del famoso financiero George Soros, declaró que la libra esterlina no contaba con respaldo alguno que soportara su valor; el Reino Unido está en proceso de quiebra, dijo Rogers.

Su petróleo del mar del norte se está acabando, y la City de Londres se había convertido en un desierto financiero; los capitales se habían mudado para Asia y el Medio Oriente, y no se entendía cómo estos capitales encontrarían motivación alguna para volver. Londres no tiene nada que vender dijo Rogers.

El mundo se empezó a dar cuenta que esta crisis global estaba cambiando por entero lo que hasta ahora había sido el orden económico internacional.

México también está cambiando, sólo que esta vez no fue el efecto tequila lo que provocó la resaca de los mercados. Ahora, salvo algunas excepciones, como Vitro y Comercial Mexicana, entre otros, no fuimos nosotros los que rompimos los platos.

Ahora no hay razón para perder nuestras casas y nuestros bienes. Sin embargo, el mercado sí se hizo pequeño, y las ventas se están desplomando con una inercia radical.

Las gráficas de los analistas muestran curvas en picada, pero sobre todo no hay vista de haber tocado fondo. Los descensos llevan a paros en la producción, falta de liquidez en las empresas, mientras que el acceso a los recursos financieros se vuelve escaso, y abundan los despidos por paros técnicos en la producción; simplemente, nuestro principal cliente, Estados Unidos de Norteamérica, está desde hace meses en recesión económica.

Vale la pena analizar dónde estamos parados y cómo podemos enfrentar esta situación. Lo primero, es entender que estamos en tiempos de erosión de las economías; unos más, otros menos, pero debemos razonar que nuestra capacidad de compra, nuestra riqueza personal, se ha reducido en un cierto porcentaje.

Los precios de los productos han subido y los ingresos de las personas se han mantenido estables o en algunos casos han bajado.

Lo segundo, es definirse con los tiempos de cautela, cuidar lo que se tiene, sopesar bien los riesgos y modificar algunos hábitos de consumo para no meterle presión extra a la chequera.

Finalmente, hay que estar alerta del comportamiento de los mercados y las variables económicas. Pensemos que la merma en la producción y los despidos tardan en reflejarse en la economía real, es decir, en los bolsillos de la gente.

La crisis no es la misma en México que en Europa o Sudamérica; y no nos impacta de la misma manera. Los tiempos tampoco son los mismos. La posible irrupción de un Octubre Negro puede que apenas esté por hacer su aparición en marzo o abril de este año en Estados Unidos.

También hay que tener en mente que los mercados menos “globalizados”, y basados en una economía doméstica, puede que tengan una mejor posición ante el, digámoslo así, tsunami económico y financiero.

Aquí, vale la pena poner algunos ingredientes en el brebaje para ir dibujando la salida. El peso mexicano se ha devaluado alrededor de un 50 por ciento frente al dólar estadounidense, y también frente al euro, y otras monedas, como el dólar Canadiense y el peso argentino.

Es decir, a razón de una moneda devaluada, parte de la estructura de costos de las empresas se ha venido “abaratando” y los precios de exportación de bienes y servicios mexicanos se han vuelto más atractivos.

A eso hay que agregarle que, ante la prudencia mundial, los mercados demandan proyectos de menor volumen, y es aquí donde México se vuelve una mejor opción que China, país dependiente de los altos volúmenes de producción para ser competitivo.

Si bien es cierto que el mercado mundial se redujo, las empresas mexicanas tienen argumentos para pelear una mayor tajada del pastel.

¿QUÉ SIGUE?

Es tiempo de consolidar los proyectos de valor en las empresas; analizar dónde se hace dinero y desarrollar estrategias de permanencia en esos negocios. Digamos que es momento de valorar los amores de monta.

También lo es de revisar a conciencia las capacidades y la estructura de costos de la empresa. Después de los buenos tiempos donde nos colocamos en una zona de confort, ha llegado la ocasión de despabilarse y examinar lo que se tiene y cómo se hacen las cosas.

Hay que buscar proveeduría nacional para sacarle la vuelta al dólar caro. Tenemos que buscar simplificar los procesos y mejorar las operaciones. 

Si la producción ha disminuido, hay que aprovechar la conciencia de solidaridad ante la crisis de parte de los sindicatos y la planta laboral para negociar descansos forzados; hay que adelgazar las empresas para hacerlas eficientes en tiempos de degradación económica, y hay, también, que renegociar tarifas de bienes y servicios; es tiempo de compradores ya que la fuerza de la negociación está en el que trae la plata en el bolsillo.

En estos tiempos, el tamaño sí importa. La guerra de guerrillas que la pequeña y mediana empresas bien dominan es la mejor táctica, cuando las cantidades demandadas en los mercados se parecen más a la oferta del mediano que al volumen de la grande empresa atada a los altos costos fijos que da el tamaño y a la lentitud de movimiento que la magnitud exige.

La época nos llama a reconocer que hoy en día el gran comprador es el gobierno. Las administraciones locales y federales han entendido que tienen que gastar para que la economía se mueva. Debemos buscar forma de venderle al nuevo consumidor estrella. El gobierno demanda todo tipo de productos y servicios.

Se necesita desarrollar nuevas estrategias para atender a la clientela burocrática, pero pagadora. El gobierno en sus tres niveles cuenta con una gran cantidad de programas e inversiones que sólo unos pocos aprovechan. No hay que temerle al enredo burocrático que implica tocar la puerta en busca de negocio.

Finalmente, es el turno de la innovación. Se dice que toda depresión económica ha encontrado la solución gracias a la aparición de un salto tecnológico que motive a la gente a salir a gastar de nuevo.

Hay que apostarle a nuevos modelos de negocios, aprovechando la base de conocimiento y experiencia acumulados. Hay que hacer las cosas diferentes y ofertar frescas ideas. La adrenalina que despierta la crisis debe ser canalizada a la creación inventiva.

Hemos hablado de la empresa, pero la misma ruta aplica para las finanzas personales. Basta con cuidar su empleo, revisar el gasto corriente, dejar a un lado las cargas financieras, salir a comprar cuando se tienen ahorros suficientes para aprovechar el poder de negociación que da la posesión de un bien ahora escaso: el dinero disponible.

Hay que desplazarse menos o más barato. Quizá sea éste el pretexto para sacar la bicicleta o caminar por la ciudad de vez en cuando, antes de seguir consumiendo gasolina cara.

Es tiempo de elecciones, y 2009 ofrece un sinnúmero de espacios en el gobierno y en las campañas políticas; quizá la motivación económica nos lleve por fin a participar en los procesos electorales desde cualquier frente. Por último, éste es el momento de reinventarnos para estar mejor.


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