Revolución y modernidad en Cuba. Algunas notas para su análisis

Las naciones precisan del olvido para ser. A cincuenta años del triunfo de la revolución, se sigue discutiendo con preocupación el tema de cuál será su “destino”

Por: Silvano Cantú

La historia me absolverá

FIDEL CASTRO

Dos "ángeles de la historia" cubanos. Parafraseo la alegoría de Walter Benjamin en sus célebres Tesis: el ángel de la historia ve al pasado, lamentando no poder revivir a los muertos, no poder recomponer las ruinas y las vidas despedazadas a su paso, y que crecen hasta el cielo; pero un huracán del Paraíso lo arrastra al futuro, al que da la espalda. 

Este huracán –dice Benjamín– es lo que llamamos progreso”.1 Los traumas característicos de la modernidad son innegables en esta descripción: ahí están la obsesiva nostalgia de lo perdido; la variación tumultuosa de las cosas, esa rara dialéctica de creatividad y destructividad que inspiró a Marx aquello de que: “todo lo sólido se desvanece en el aire”,  y a Baudelaire, la sensibilidad de lo condenado a ser efímero; la sensación de la vorágine como hogar y huésped de toda existencia. También se advierte el lamento de quien es arrastrado pasiva y (quizá) desesperadamente por el tiempo.

Pero ese tiempo es el de la cultura, criatura humana cuyo movimiento es el de sus símbolos: en épocas premodernas, la eternidad y sus relaciones inmutables con el mundo temporal; en la modernidad –en sus versiones originales–, la línea que conduce al progreso humano.

El liberalismo con economía capitalista de mercado o el socialismo, pretenden ambos volcar al futuro la mirada de su ángel de la historia: al progreso material entreverado con el discurso de las libertades civiles y políticas; o bien, a la igualdad social, al Estado sin clases; ambas están al fondo del carril lineal del tiempo, pese al eventual astigmatismo que aqueje al ángel en cuestión: siempre cree ir adelante. Pero no todo en la modernidad es una caída libre al progreso.

Ahí está el ejemplo del nacionalismo, que exalta la fijeza del “ángel de la historia” en el pasado, en el cual cree persistir a pesar del fluir de la cronología. Esta fijeza podría implicar la amnesia colectiva a la que alude Renán, citado por Benedict Anderson: “...la esencia de una nación está en que todos los individuos tengan muchas cosas en común y también que todos hayan olvidado muchas cosas”.2 

Esta es una condición del nacionalismo para la invención de una nación donde no existía: imaginarla, leer su historia y, con ello, re-producirla (y reproducirla). En los tres casos, los paisajes que el ángel ve no son muy distintos: esos lugares no existen: son utopías.

Ahora bien, para llegar a nuestro tema diré que la ilusión de ir al futuro y el mito de que ese viaje está condicionado por el anclaje a un pasado heroico –motivado justamente por aquella ilusión–, constituirían las alas paradójicas de un ángel de la historia cubano, de uno de la Cuba de hoy (1957-…).

Este monstruo hipotético tiene su genealogía. Es hijo de un “ángel” previo (mediados del siglo XIX-1957), que también vio apilarse los muertos y las ruinas cubanas bajo los pabellones de España, Estados Unidos y las botas dictatoriales; que observó su rostro en el espejo de Martí, y cuya ilusión de ir al futuro tenía las formas del liberalismo con los que quisieron (con) formarse los pueblos hispanoamericanos que se independizaron en la primera mitad del siglo XIX.

Este ángel no tenía parentela y, quizá por eso, nunca fijó la vista en el pasado. Su vuelo fue una fuga al futuro liberal, al que nunca llegó.

En cambio, el ángel vástago posicionó a la isla en un sitio destacado entre los sujetos históricos modernos: la revolución dio al pueblo cubano las mieles y hieles de la autodeterminación, con todas las condicionantes geopolíticas que conocemos, así como el rasgo significativo de ser el “primer Estado socialista del continente americano”.

Con todo, el futuro de Cuba dista de ser muy claro. Siguiendo a Renán: las naciones precisan del olvido para ser. A cincuenta años del triunfo de la revolución, se sigue discutiendo con preocupación el tema de cuál será su “destino”; como si ésta hubiera parido la realidad cubana entera a partir de sí; como si no estuviera experimentando actualmente las secuelas de las secuelas de su destino; como si el Paraíso (o el Infierno, depende de si se simpatiza con Castro o no), echara apenas ahora sus garfios irremediables al pobre ángel de la historia. Pero no.

La revolución se fue con el tiempo, metamorfoseó en régimen castrista (aunque éste insista en un: “la revolución soy yo”), se ha visto precisado a transformarse en diversos castrismos, uno para cada ocasión. Así, una Cuba marxista –leninista, guevarista y hasta de mercado abierto–,  con su respectiva regulación estatal.

Eso no deprecia el mito (quizá tampoco a Castro,  al menos no en todos los casos), pero sí enriquece el tema y acaso nos sugiera la conveniencia de reconocer que, en algún momento, la revolución debió haber muerto. De hecho, no tuvo mayor vida que la de su gestación y los tres años de combates.

Esa revolución no tiene destino: fue el destino consumado de tres siglos de coloniaje español y medio siglo de “autonomía” administrada por Estados Unidos. Con un gobierno obligado a ser camaleónico y un discurso revolucionario “a la altura del arte” (pero desajustado a la vida isleña, y desajustado hasta lo folclórico al resto del mundo), lo único que queda dejarle al tema del destino es Cuba misma.

Para no ir a la caza de un presente cuya comprensión (me) es elusiva, o de una prospección ociosa, sobre todo si se habla del azaroso objeto –“Cuba”–, quisiera darle a mi reflexión una perspectiva más cómoda: la de ver la revolución como un puerto de arribo a un sitio histórico singular después de vivir dos tiempos que llamaré “modernidades” (finiquitando así la alegoría de los “ángeles de la historia”). Para cada una de estasmodernidades dedicaré un apartado de mi ensayo. 

UNA PRIMERA MODERNIDAD CUBANA

La modernidad colonial

Las revoluciones de independencia latinoamericanas fueron registros en la historia de la realización de las ideas que dieron a luz a la modernidad política.

Desde la primera mitad del siglo XIX, intermitente, imperfecta, aunque progresivamente, la región fue haciendo propias las instituciones modernas de la soberanía popular, el constitucionalismo de fuerte signo liberal-democrático y los derechos humanos.

El caudillismo y el imperialismo, tanto estadounidense como europeo, estorbaron el proyecto latinoamericano de modernidad, en sí limitado por consistir básicamente en una imitación de tales modelos. Cuba entró tarde en la historia del proyecto moderno, pero muy temprano a la de los estorbos.

aen 1848, la modernidad en Europa había entrado en su primera crisis de fondo, en medio de movimientos obreros y sociales, cuando Cuba era aún la última colonia española en América, es decir, permanecía inmersa en un orden político y socioeconómico premoderno, dependiente de un imperio en que el rey gobernaba por derecho divino.

La isla no estaba aislada del mundo: La Habana era, a la sazón, la tercera ciudad más poblada de la región (empatada con la Ciudad de México, con cien mil habitantes, aproximadamente) y era un puerto comercial de primera importancia mundial; las ideas liberales se introdujeron en la isla tan pronto como en toda América.

Sin embargo, el pueblo cubano vivía en la opresión. Justo en aquel año axial de 1848, en que Marx y Engels publicaban el Manifiesto Comunista; se cumplían 18 años de la muerte de Bolívar; México perdía más de la mitad de su territorio en la guerra con Estados Unidos, y las colonias caribeñas francesas vieron abolida la esclavitud en sus jurisdicciones.

Cuba, por su parte, fue objeto de una propuesta de compra de Estados Unidos a España, que este país rechazó (le habían ofrecido 100 millones de dólares), y la esclavitud seguía vigente, lo cual no cambiaría hasta 1878.

En 1850, el general Narciso López intentó independizar Cuba con apoyo estadounidense. Fue derrotado y ejecutado por los españoles. Tres años después, Benito Juárez era desterrado por Santa Anna a la capital de Cuba; nacía José Martí, y Estados Unidos reintentaba –sin éxito– comprar la isla al Imperio español.

En 1859, cien años antes del triunfo de la revolución, proliferaban en la isla grupúsculos liberales. Con la expedición de leyes reformistas, los españoles intentaron atenuar el régimen colonial duro en Cuba, pero esto no evitó que los cubanos insistieran en su independencia.

El primer intento contundente inició en 1868, con el grito de Yara de Carlos Manuel de Céspedes, quien proclamó la abolición de la esclavitud, inaugurando así la Guerra de los Diez Años. Aquella revolución, que conquistó el fin (formal) de la esclavitud y logró introducir un sistema electoral con un modesto Partido Liberal proautonomista, no logró, en cambio, la independencia.

El régimen colonial “reformado” demoró la abolición definitiva de la esclavitud y normalizó la intervención española en política, así como la estadounidense, creciente en  la explotación de las zafras. En tanto, Martí, Antonio Maceo y Máximo Gómez persistían en sus afanes de una Cuba independiente.

A inicios de 1895, Martí lideró una nueva guerra de independencia, que fue delatada por los estadounidenses. En mayo de 1895 sucumbió en batalla. A finales del año siguiente, cayó guerreando Antonio Maceo.3 

El desenlace de la guerra era incierto, pero entonces intervino de nuevo Estados Unidos: con el pretexto de la explosión del buque Maine en costas cubanas, declaró la guerra a España, que se rindió, lo que condujo, finalmente, al establecimiento de un estatuto de “autonomía” con administración estadounidense (1898). El futuro de Cuba se resolvió en las cláusulas de un armisticio.

El sacrificio de Martí, favorecido por la delación estadounidense, fue afortunado para sus planes. Martí era un convencido nacionalista cubano, partidario de la unificación latinoamericana y denunciante reiterativo del riesgo que entrañaba para la región el imperialismo de Estados Unidos. Martí decía: “El gobierno ha de nacer del país.

El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la Constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”; y: “…una vez en Cuba Estados Unidos, ¿quién los saca de ella? [...] ¿Por qué ha de quedar Cuba en América  como, según este precedente,  quedaría, a manera  –no del pueblo que es, propio y capaz– sino como una nacionalidad artificial, creada por razones estratégicas?” (Martí, 2005: 32-35, 137).

José Martí tenía en mente una Cuba independiente, de España y de Estados Unidos y, sobre todo, una Cuba moderna a la cubana. Elogiaba los logros de la ciencia y la técnica, de la administración y los derechos, pero todo esto debía recrearse desde las singularidades del pueblo, en vez que esto recrear a al pueblo. Los cubanos que sobrevivieron a Martí, no lo comprendieron ni lo quisieron así.  

La modernidad oligárquica

"Cree el aldeano vanidoso  –escribió Martí al inicio de su Nuestra América – que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifique al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal, sin saber de los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima, ni de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos” (Martí, 2005: 31).

En 1899, Cuba era un aldeano con la bota estadounidense encima: se inició la administración extranjera en la isla, lo mismo que en Puerto Rico, que hoy sigue bajo esas condiciones y el inglés se convirtió en lengua oficial.

El nuevo amo –que Martí llamó “disimulado” antes de la guerra hispanoamericana–, instauró un régimen en que las minorías ricas de La Habana, lacayas y serviles, y los poderes de Washington, dotados de amplios poderes corruptores (dólares, fusiles y agentes de la CIA, fundamentalmente), sentaron sus reales en aquel revuelto Caribe, convirtiéndolo en un paraíso de la explotación y la indignidad, sumida en las arbitrariedades del poder político, la represión y la miseria.

La Enmienda Platt, emitida en 1901 –el año en que nació Fulgencio Batista–, permitía a Estados Unidos intervenir militarmente en la isla cuando lo considerara conveniente, pese al reconocimiento de un decorativo gobierno civil.

En 1902, todas las bases militares de Cuba fueron dadas en arrendamiento a Estados Unidos (incluyendo Guantánamo, aún ocupada). Todas las injusticias del imperialismo eran consentidas por pequeños presidentes “democráticamente electos” (puestos o depuestos, según capricho foráneo).

El ejército, de extracción popular, mantenía a raya las inquietudes populares (numerosas huelgas, por ejemplo), y cumplía labores de servidumbre para los ricos, los extranjeros y la alta clase política.

El gobierno estaba hecho a la medida para el beneficio de los inversionistas. En 1919, mientras se suspendían las garantías constitucionales –debido a los amotinamientos de obreros, negros y estudiantes–, la Ley de Turismo autorizó, en cambio, los casinos y juegos de azar.

Para 1927, año en que nació Fidel Castro, Gerardo Machado (candidato de los partidos Liberal, Conservador y Popular, a la vez) ejercía un gobierno dictatorial, popularmente repudiado.

La represión se agudizó el año siguiente (1928, en que nació el Che Guevara), debido al terror estadounidense por los movimientos comunistas y antiimperialistas que brotaban en Centroamérica, liderados por César Augusto Sandino y Farabundo Martí. En 1933, Machado es derrocado y Alberto Herrera ocupa la presidencia.

Años después, Batista –entonces sargento– hace su aparición en la historia: dirige un golpe de Estado (1952), apoyado por la oficialidad militar. Estados Unidos habría de encontrar en él a un nuevo capataz nacional. De este período, Fidel Castro se referiría así desde la prisión:

Nosotros llamamos pueblo [...] a los seiscientos mil cubanos que están sin trabajo [...]; a los quinientos mil obreros del campo que habitan en los bohíos miserables, que trabajan cuatro meses al año y pasan hambre el resto compartiendo con sus hijos la miseria, que no tienen una pulgada de tierra para sembrar [...]; a los cuatrocientos mil obreros industriales y braceros cuyos retiros, todos, están desfalcados, cuyas conquistas les están arrebatando, cuyas viviendas son las infernales habitaciones de las cuarterías, cuyos salarios pasan de las manos del patrón a las del garrotero [...]; a los cien mil agricultores pequeños, que viven y mueren trabajando una tierra que no es suya […]  a los treinta mil maestros y profesores [a quienes] tan mal se les trata y se les paga; a los veinte mil pequeños comerciantes abrumados de deudas, arruinados por la crisis y rematados por una plaga de funcionarios filibusteros y venales; a los diez mil profesionales jóvenes [...] que salen de las aulas con sus títulos deseosos de lucha y llenos de esperanza para encontrarse en un callejón sin salida, cerradas todas las puertas, sordas al clamor y a la súplica.4

Sobre el resto, es casi ocioso explayarse: Castro dirigió una intentona de revolución el 26 de julio de 1953. Fracasó, fue encarcelado y condenado a quince años de prisión. Fue entonces que escribió su autodefensa en el juicio, La historia me absolverá, que contiene las líneas citadas arriba.

Luego de beneficiarse con una amnistía rayana en el destierro, Castro viajó a Estados Unidos, luego a México y organizó el contraataque. Desde las costas de Tuxpan, acompañado por su hermano Raúl, el Che Guevara, Camilo Cienfuegos, Juan Almeida y otros aguerridos jóvenes, invadió la Cuba de Batista a bordo del Granma a finales de 1956. Tres años después, la revolución había triunfado. 

UNA SEGUNDA MODERNIDAD CUBANA 

Castro gobierna en nombre de la historia

OCTAVIO PAZ 

Cuando se habla de la historia, se corren riesgos de precisión considerables. La historia que absuelve a Castro no es la que cuenta la modernidad convencional, sino la que se halla en el discurso autorreferencial de la revolución, consistente en asumirla como una suerte de “encarnación” de las leyes dialécticas de la historia.

Al respecto, el Che Guevara ofrece algunas claves. Lúcido, nervioso, multifacético, el Che logró leer en el libro del comunismo lo que otros revolucionarios y el pueblo levantado no habían advertido sobre su propia revolución.

En Cuba –dice el Che– son “…ahora las masas [las que] hacen la historia como el conjunto consciente de individuos que luchan por una misma causa” (lo que puede compararse –la tentación es grande– con el “pueblo uniformado” de Camilo Cienfuegos). Este pueblo se habría de componer por individuos que, mediante la autoeducación y la práctica de las “virtudes del revolucionario”, salieran del mundo de la necesidad para conquistar el de la libertad.

Eran tránsfugas de la naturaleza y de la modernidad, por lo que el Che les obsequió epítetos elocuentes: “el hombre del siglo XXI”, “el hombre del futuro”, etcétera. Este hombre de la revolución socialista, cuyo reino no era de este mundo, habría de hacer consciente la creación del espíritu de la historia por el hombre: hegelianismo tropical puro.

“Después de la revolución de octubre de 1917 –escribió el Che– [...] el hombre adquirió una nueva conciencia. Aquellos hombres de la revolución francesa, que tantas cosas bellas dieron a la humanidad [...] eran, sin embargo, simples instrumentos de la historia, no eran capaces todavía de dirigir la historia, de construir su propia historia conscientemente. Después de la revolución de octubre se ha logrado eso…”.5

El Che no es tímido al advertir que la consciencia de sí de los hacedores de la historia –mediante la revolución– ha surgido tan pronto como se historificó el comunismo.

De hecho, asegura que “el comunismo es una meta de la humanidad que se alcanza conscientemente”; y también que “…el comunismo es el secreto revelado de la historia y tiene la consciencia de ser esta solución” (Löwy, 1976: 21).

De pronto, justo al verse en la necesidad de explicar cuál es la especificidad histórica de la revolución socialista, el Che propone una historia –supuestamente hecha de manera consciente por el hombre–, que se convierte en una entidad abstracta, con una meta incuestionable y necesaria –el comunismo–, que pone fin a la historia, que le da “solución”, que es – ¡ni más ni menos!– el “secreto revelado” de ella.

Más aún, que ya no precisa de la consciencia de ningún humanoconcreto, porque ella misma es un ser –para sí–, una consciencia de sí misma, que salva al mundo de la maldición de las leyes del materialismo dialéctico.

A estas frases de cador (o  fanatismo),  las acompaña  una visión que, sin embargo, pretende ayudar un poco al espíritu del comunismo a encarnarse en la Tierra: se trata del plan, expresión político- económica concreta de la sociedad en tránsito a su liberación.

Este plan incluía consideraciones sobre el sistema presupuestario, la autonomía financiera de las empresas, estímulos morales o materiales a la producción, la correspondencia entre fuerzas y relaciones de producción, el carácter mercantil o no de los medios de producción socializados, etcétera.

Los estímulos materiales debían ser paulatinamente abolidos, para dar lugar a los “estímulos morales”: la conciencia social y la política de masas. El plan incluía también el debate sobre la burocratización (modelo estalinista) o no del régimen (Löwy, 1979: 39, 40, 72,73).

A la sazón, se optó por la burocratización (que el Cherepudiaba), y por una economía en que la burocracia regulaba la distribución de los bienes y servicios, que luego de unos años económicamente aciagos fue abriendo campo a modalidades mercantiles, de manera combinada.

La propagación del Marxismo-Leninismo en la revolución motivó algunos ajustes que aún hoy son incómodos para los castristas ortodoxos (por ejemplo, la condena a Huber Matos por sedición, en cuyo proceso –por causas que aún son misteriosas– perdió la vida Camilo Cienfuegos).

La disidencia al interior del grupo de comandantes de la revolución refleja que ésta no siempre fue comunista; que el comunismo cubano fue una construcción exógena con respecto a la voluntad popular, pero que esa construcción fue conveniente para el éxito de la revolución, sobre todo en términos de legitimación e inserción del movimiento en el mapa político mundial, en aquella época de naciente Guerra Fría.

En efecto, la democracia liberal había mostrado su rostro más artificioso durante la “autonomía administrada desde el extranjero” de Cuba, y el capitalismo había vuelto al pueblo cubano un siervo de la oligarquía y los extranjeros.

Para superar una modernidad en la que Cuba se llevaba la peor parte, había de construir una alternativa a estos regímenes, y el discurso del comunismo y el mito del “hombre nuevo” marxista parecían ser los idóneos dadas las condiciones internas y externas de Cuba.

¿El nacionalismo complicaba la implantación de un régimen comunista? Bastaba sustituir “proletariado” por “pueblo cubano” para conciliar perfectamente a Marx con Martí.

Estos Balbuceos en la ejecución del marxismo-leninismo- guevarismo son explicables desde las ideas del mismo Marx: la estructura socioeconómica cubana era aún premoderna en muchos sentidos; no había llegado a la industrialización y los dueños de los medios de producción no eran los cubanos, sino el imperio de “siete leguas en las botas”.

La “conciencia de clase” del proletariado estaba en un sitio de remota construcción y las creencias de los habitantes de la isla eran –y son– un coctel del mestizaje, con pizcas de coloniaje español, liberalismo endeble, nacionalismo sin mitos propios, multiculturalismo de alto contraste y un poco de ron.

¿Cómo se impuso entonces la doctrina y el plan del comunismo en esa pequeña isla del Caribe? Entre las causas cabe destacar el papel del discurso de legitimación del castrismo.

Revestido de burocratismo y deudor de las ideas marxistas del Che(mixtificadas con las de Martí y Stalin), Castro creó una fuente de legitimidad que, en opinión de Octavio Paz, fue la primera en su tipo en la región.

Ninguno de nuestros dictadores –escribió el poeta en 1983– […] han negado la legitimidad histórica de la democracia. El primer régimen que se ha atrevido a proclamar una legitimidad distinta ha sido el de Castro. El fundamento de su poder no es la voluntad de la mayoría expresada en el voto libre y secreto sino una concepción que, a pesar de sus pretensiones científicas, tiene cierta analogía con el Mandato del Cielo de la Antigua China […] Repetiré la archisabida fórmula: el movimiento general y ascendente de la historia encarna en una clase, el proletariado, que lo entrega a un partido que lo delega en un comité que lo confía a un jefe […] la dictadura burocrática cubana es una verdadera novedad histórica en nuestro continente: con ella comienza, no el socialismo sino una ‘legitimidad revolucionaria’ que se propone desplazar a la legitimidad histórica de la democracia. Así se ha roto la tradición que fundó a la América Latina.6 

LOS PUNTOS SUSPENSIVOS DE HOY

En la Cuba de hoy no hay utopía, no hay candores guevaristas ni saltos trascendentales más allá o fuera de la historia. Lo que hay es historia resucitada, imbatible, dialéctica.

Nuevos amos y nuevos siervos, nuevas formas de consciencia (los burócratas cínicos o convencidamente incondicionales, los oportunistas, los mafiosos, los “gusanos”, los exiliados en Miami) y nuevas formas de corrupción y miseria.

Si damos crédito a Paz, que describía estas condiciones veinticinco años después de la revolución, el fracaso del castrismo se evidenció en tres aspectos: en lo internacional, Cuba seguía siendo un país dependiente (de la Unión Soviética); en lo político, los cubanos gozaban de menos libertades; y en lo económico y social, su población sufría estrecheces y penalidades, y el país seguía dependiendo, como en tiempos de la dependencia de Estados Unidos, del monocultivo del azúcar.

Veinticinco años después de dado este diagnóstico, la única variable distinta es la dependencia a la Unión Soviética (que ha cambiado a Venezuela, China, etcétera) y el elevado nivel educativo y de servicios de salud en la isla. Sin embargo, como dice el chiste cubano “no todo el tiempo estoy estudiando; no todo el tiempo estoy enfermo”.

Cabe reconocer que, aun a pesar del embargo comercial promovido por Estados Unidos, la situación en que se encuentran los cubanos no es demasiado diferente a la de muchos países en desarrollo en términos sociales y económicos, e incluso es mejor. ¿Les faltan derechos civiles y políticos?

Sin duda, pero la práctica del castrismo pretende atenuarlo, porque los cubanos se deben a su sociedad y a la historia, de la que son instrumentos. El individuo sirve a la sociedad y no al revés. Esto puede considerarse terrible, pero cada nación tiene su forma de “servidumbre voluntaria”.

En Puerto Rico, el gemelo autonomista de Cuba que no es criticado por Occidente, las libertades sirven hoy apenas para bailar reggaeton (lo que también se hace en Cuba).

Los liberales y quienes estamos aún inmersos en una tradición de primera modernidad de mayor duración, no debemos rasgarnos las vestiduras.

En occidente se vive una posmodernidad y una globalización que han dado ya al traste con todos los logros de las revoluciones sociales del siglo XX; la región corre grandes riesgos de regresión a lo premoderno en diversos rubros, asuntos de los cuales estamos poco enterados, quizá menos de lo que están los cubanos sobre sus desgracias.

Ellos, por su parte, podrían estar en la antesala a una poscastridad, en la que, como ya apunté, nada se puede saber de cierto (pero quizá lleguen a su propia versión de capitalismo o sean devorados por los gigantes transnacionales, como el resto de la región).

En todo casi, si usted es devoto y gran admirador de la revolución cubana, o si detesta el imperialismo yanqui, o si, como yo, ve en la historia una sucesión imprevisible de sucesos que expresan fuerzas y deseos conflictivos, no nos inquietemos por el destino de la revolución: mejor por el presente cubano, que es más complejo y decisivo.

La historia, como la virtud y la fortuna, es variable e ilusoria como los símbolos con que se escribe. La revolución ya se fue o se irá; también podrá volver, con renovadas formas.

Jorge Luis Borges dijo alguna vez unas palabras dignas de la boca del “ángel de la historia” de Benjamin: “Quizá la historia universal es la historia de la diversa entonación de algunas metáforas”.

Y en Cuba y buena parte del mundo, lo que hoy hace falta es volver a entonar nuestras metáforas fundantes (que es para lo que sirven las reflexiones de los aniversarios).

 

Citas
  1. Benjamin, Walter (2004). Sobre el concepto de historia. Traducción de Bolívar Echeverría. Contrahistorias: México, p. 24.
  2. Anderson, Benedict (1993). Comunidades imaginadas. Fondo de Cultura Económica: México, pp. 23, 24.
  3. Martí, José (2005). Nuestra América. Fundación Biblioteca Ayacucho, Colección Clásica: Caracas, pp. 440-445.
  4. Castro, Fidel (1953). La historia me absolverá. Página web de Granma, disponible en http://www.granma.cubaweb. cu/marti-moncada/jm01.html
  5. Las distintas citas textuales del Che en este apartado pueden encontrarse dispersas entre las páginas 20 y 28 de: Löwy, Michael (1976). El pensamiento del Che Guevara. Siglo XXI Editores: México.
  6. Paz, Octavio (2001). “América Latina y la democracia (y otros)”, en Sueño en libertad. Fondo de Cultura Económica: México, pp. 380-385. Las palabras del liberal Octavio Paz deben matizarse y ubicarse en su contexto. Vivía bajo el régimen priísta (al que, sin duda, criticó y, sin duda, apoyó a Castro de múltiples maneras) y se asumía como un demócrata convencido. Pero sus señales de alarma dejan de sonar contundentes tan pronto como reflexionamos sobre la situación política latinoamericana: no hay una cosa tal como “tradición que fundó” a la región y la legitimidad democrática es otra utopía de nuestra modernidad, que se ha vivido de una forma que dista mucho de ser liberadora, deseable o preferible a cualquier otra opción. Los cubanos la buscaron durante más de un siglo, no la hallaron y, desencantados –y presionados por el ajedrez mundial del momento– optaron por mudar de mito legitimador. ¿Esto convierte a Cuba en el topos en que encarnó al fin la utopía? No. El castrismo ha sido demasiado respetuoso de la pureza etimológica de “utopía”: “no hay tal lugar”.
 
Bibliografía

ANDERSON,  Benedict (1993). Comunidades imaginadas, Fondo de Cultura Económica: México.

BENJAMIN, Walter (2004). Sobre el concepto de historia, traducción de Bolívar Echeverría, Contrahistorias: México.

CASTRO, Fidel (1953). La historia me absolverá, página web de Granma, disponible en: http://www.granma. cubaweb.cu.

CHARLES-PIERRE, Gerard (1981). El Caribe contemporáneo, Siglo XXI Editores: México.

LÖWY, Michael (1976). El pensamiento del Che Guevara, Siglo XXI Editores: México.

MARTÍ, José (2005). Nuestra América, Colección Clásica, Fundación Biblioteca Ayacucho: Caracas.

PAZ, Octavio (2001). “América Latina y la democracia (y otros)”, en Sueño en libertad, Fondo de Cultura Económica: México.

 


Publicado por: