Resignificar el federalismo

Bajo el manto del federalismo, afirma Enrique Toussaint, se han cobijado en México las dinámicas más conservadoras, oligarcas y antifederalistas. Las elecciones y resultados de 2018, constituyen un marco óptimo para transitar en el país de su consabido...

Por: Enrique Toussaint

¿Por qué Jalisco está llamado a ser el dinamizador del pacto federal en el país?

Estamos parados frente a una crisis de régimen. Las reglas e instituciones que nacieron en la transición se encuentran en franco deterioro o carecen de significado dos décadas después (Castañón, 2014). El sistema electoral, el sistema de partidos, las ideologías que vertebraron las identidades políticas, los medios de comunicación, la autonomía de los órganos ciudadanizados, el pacto federal. Todo se encuentra en redefinición. Bien decía el dramaturgo alemán Bertolt Brecht: La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer. Francamente, estamos en esa línea de quiebre que advierte Brecht: no sabemos qué tan nuevo es lo que nace, ni tampoco sabemos, a ciencia cierta, qué tanta permanencia tendrá lo viejo que parece agonizar.

Uno de los consensos que ha explotado por los aires es el federalismo. No conozco político que no enuncie en tono celebratorio lo que es el “pacto federal” en México. Lo leemos y oímos en declaraciones, a diestra y siniestra: “Eso viola el federalismo”, “Hay que respetar el federalismo”, “Quieren acabar con el federalismo”. Sin embargo, nuestro federalismo teórico no embona con la esencia que marcó el nacimiento de este concepto en el siglo XVIII en los Estados Unidos (Hamilton, Madison y Jay, 1788) y que, tiene raíces aún más lejanas, en los reinos europeos. En México, el federalismo teórico deifica la descentralización y el respeto a la toma de decisión local, pero en la práctica es simplemente un pacto de impunidad a cambio de lealtad política entre el centro y las entidades federativas (Hernández, 2011). Incluso, el federalismo mexicano intenta sobrevivir en un país en donde sus ciudadanos no están muy preocupados por la descentralización o el fortalecimiento competencial de las unidades subnacionales. Para decirlo en términos llanos, México es un país federal sin federalistas.

La transición a la democracia dejó el federalismo “como pacto político informal” intocado. Es decir, las reglas del viejo régimen se adaptaron al nuevo México pluralista. El consenso “feuderal” (Borrego, 2011) entró en crisis durante el periodo de Ernesto Zedillo y Vicente Fox, pero a través de los recursos económicos, la estructura fiscal y la hegemonía del Partido Revolución Institucional (PRI) en los gobiernos estatales se recompuso y tocó cúspide cuando Enrique Peña Nieto alcanzó la presidencia siguiendo la escalera construida con los consensos del “feuderalismo”. Así, el sistema federal mexicano siguió siendo un acuerdo entre élites que intercambiaba impunidad (de la que gozan los gobernadores) a cambio de lealtad política (que explota el jefe del Ejecutivo Federal). No es casualidad que el “feuderalismo” haya producido en sus entrañas a sátrapas del tamaño de César y Javier Duarte, Roberto Borge o cualquier otro mandatario estatal que haya convertido la impunidad en riqueza personal y del partido.

Luego de los comicios del 1° de julio, y con la amplia mayoría de la que goza el presidente Andrés Manuel López Obrador, una parte de la opinión pública ha vuelto a prestar atención a los contrapesos (Pedroza, 2018). Los tribunales, la sociedad civil, los medios de comunicación o las cámaras. Sin embargo, debido a las rapacerías de muchos gobernadores, se olvida que el sistema federal también nació como un contrapeso. En la escuela liberal, representativa del federalismo estadounidense, el pacto federal se gesta por el miedo a la constitución de un gobierno central autoritario. Es cierto que el federalismo europeo tiene más que ver con la protección de las identidades subnacionales, pero lo importante es que ambas construcciones recelan de la concentración de poder. El federalismo es una medicina para evitar los abusos de poder.

Jalisco es uno de los estados en donde los equilibrios se mantuvieron. Movimiento Ciudadano gobernará el Estado y la mayoría de las alcaldías, pero no tiene ni remotamente mayoría suficiente en el Congreso.[1] Morena creció hasta colocarse en la tercera fuerza política, pero no arrasó como en otros estados. En este sentido, ¿qué es resignificar el federalismo? ¿Por qué Jalisco debe abanderar esta transición del viejo régimen feuderal a un nuevo sistema democratizado?

Primero: porque es necesario desmontar esa entelequia que llamamos “Gobierno Federal”. Es difícil construir una democracia de calidad si tenemos un actor, que ejerce en torno a 50% del gasto público nacional, y que no dialoga ni le rinde cuentas a nadie. Es como si viviéramos obligados a aguantar el autoritarismo y las decisiones unilaterales de las esferas federales. Proyectos que no se concluyen; obras que se reservan para no dar información; recursos que llegan condicionados; nula participación de la sociedad civil. Es cierto que los gobiernos estatales y municipales tienen que dar pasos más firmes en la democratización y la construcción horizontal de las decisiones, pero nadie más opaco y vertical que el Gobierno Federal.

Segundo: no se puede romper el pacto de impunidad en México, si antes no diluyes los vicios del federalismo mexicano. Todo comienza con los dineros (Merino, 2001). Quien recauda, quien asume el costo político de cobrar impuestos, es el que manda. Los gobernadores nunca han reclamado la competencia de cobrar impuestos por una razón política: no quieren cargar con los costos electorales de subir impuestos. La representación jalisciense en las esferas federales debe entender que si no rompe el cordón umbilical en la recaudación y el gasto, es imposible desmadejar la complicidad en ambos niveles de gobierno. Un sistema federal que funja como contrapeso exige un nuevo pacto fiscal entre el centro y los estados (Ayala, 2000).

Tercero: una buena parte de la agenda prioritaria para los jaliscienses depende de renovar la relación con la Presidencia. Agua, medio ambiente, concesiones mineras, protección de los pueblos indígenas, infraestructura, costas, contaminación. El principio de subsidiariedad[2] tiene que prevalecer a la hora de resolver estos conflictos. Resignificar el federalismo supone encontrar nuevos espacios de diálogo entre las entidades federativas, revitalizar la solidaridad interterritorial y asumir más competencias en los estados.

Cuarto: apostar por un modelo político-territorial fincado más en las partes que en el todo, es una oportunidad para corregir las asimetrías de la transición a la democracia. Existen entidades federativas en donde las instituciones que controlan al poder no sirven. Son simples comparsas del gobernador en turno (Campos, 2012). Dichas divergencias en el desarrollo democrático tiene que ver con la impunidad que el centro le concedió a muchos enclaves autoritarios, el Estado de México es un caso clarísimo. Apostar por el fortalecimiento de las instituciones locales simboliza la apuesta misma por la democracia.

Quinto: resignificar el federalismo mexicano es clave para la construcción de un Estado pluricultural en el contexto de la crisis del régimen de la transición a la democracia. En México vivimos una “crisis orgánica”[3] y, eso también sacude las entrañas mestizas y criollas del Estado posrevolucionario. La invisibilización de las comunidades indígenas fue también, la imposición de un modelo de desarrollo, protegido con una idea determinada de nación, que empujaba a los márgenes a los pueblos indígenas. El federalismo es el régimen más compatible con la diversidad étnica, cultural y nacional.

Jalisco tiene una particularidad política: será representado, en su mayoría, por diputados y senadores de un partido que es cuasi estatal. Movimiento Ciudadano solo existe en Jalisco, un poquito en Nuevo León y párale de contar. Estamos frente a un experimento interesante, en donde hay una especie de simbiosis entre una realidad territorial y un partido político. Una agenda federal para Jalisco no puede eludir resignificar y repensar la anacrónica estructura federal del México del siglo XXI.

 

Bibliografía

AYALA ESPINO, José (2000). “La reforma fiscal en México: ¿modernización tributaria o nuevo pacto fiscal?”. México. Revista BANCOMEXT.

BARCELÓ ROJAS DANIEL, Serna de la Garza José María y Valadés Diego (2015). Perspectivas del federalismo en México, Encuesta sobre el federalismo. México. UNAM.

BORREGO, Genaro (2011). “Federalismo y dinerocracia”. México. Nexos.

CASAS, Aldo Andrés (2006). Crisis y lucha política en Gramsci, una mirada desde el Sur. Chile. Centro de Estudios Miguel Enríquez.

CASTAÑÓN ARES, César (2014). 100 días. 100 años. La irrupción de Podemos en la crisis de régimen Español. Ágora. España. Universidad Autónoma de Barcelona.

Encuesta Nacional sobre el Federalismo (2015). Disponible en: www.losmexicanos.unam.mx/federalismo/libro/html5forpc.html?page=0

HERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, Rogelio (2011). El centro dividido: la nueva autonomía de los gobernadores. México. Colegio de México.

MADISON, Hamilton y Jay (1788). El federalista. México. Fondo de Cultura Económica.

MERINO, Gustavo (2001). Federalismo fiscal: diagnóstico y propuestas. Una agenda para las finanzas públicas en México. México. ITAM.

PEDROZA de la Llave, Susana Thalía (2018). “Pesos y contrapesos en el mapa político mexicano”. México. La Silla Rota.

 

[1]    Movimiento Ciudadano tendrá 14 de 38 curules en el Poder Legislativo local.

 

[2]    El principio que considera que los principales problemas tienen que ser resueltos por las autoridades más cercanas a la ciudadanía: los gobiernos locales.

[3]    Gramsci llama crisis orgánica a una crisis que afecta a la totalidad de las relaciones sociales y supone la condensación de las contradicciones.

 


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