Reflexiones capitales sobre la crisis mundial

Además de los daños que se han generado a partir de la devaluación financiera, se ha gestado una devaluación similar, hasta peor, pero en el mundo de las ideas

Por: Roberto Salinas León

Estamos viviendo uno de los momentos más dramáticos en la historia de la economía moderna. El 2008 se ha convertido en un desastre financiero sin precedente, equivalente en su ferocidad y su profundidad, al desplome de la economía mundial en la Gran Depresión de 1929.

La crisis hipotecaria, el ajuste negativo en los mercados crediticios, la toma de Fannie Mae y Freddie Mac, el rescate de la firma de inversión Bear Stearns, resultaron ser sólo la antesala de un ajuste mucho mayor, con el pánico correspondiente: la bancarrota de Lehman Brothers, la compra de Merrill Lynch por Bank of America, la búsqueda de recursos por parte de aig, las compras de otros gigantes como Goldman Sachs y Morgan Stanley, y ahora, más recientemente, el rescate de Citicorp.

Ya estamos viendo, uno a uno, episodios de intervencionismo estatal para salvar a importantes empresas globales, entre ellas las firmas automotrices pendientes.

En este mundo financiero altamente interconectado, los efectos de la crisis ya han tomado sus primeras víctimas en otras geografías: en el Reino Unido, la hipotecaria Broadford & Bingley fue rescatada por el gobierno, y el grupo español Santander anunció inmediatamente su intención de comprarla; Fortis, una aseguradora belga-holandesa recibió un crédito por 11 mil millones de euros, en tanto que Hypo Real Estate Holding AG, un importante grupo hipotecario alemán también ha sido apoyado por el banco central del país germano. Ejemplos sobran.

Mientras tanto, la reserva federal ha abandonado su cometido de no bajar más las tasas de interés. En el 2003, hace tan sólo cinco años, éstas llegaron a 1 por ciento, ante el temor de un episodio de deflación estructural. Ahora, es muy probable que la tasa de referencia quede en 0.5, y con ello, un impacto inflacionario definitivo en el futuro.

La particularidad de esta crisis es que los ajustes y desajustes son, casi en su totalidad, motivados por la economía financiera, no por la economía real.

Varias voces argumentan que esta crisis es el resultado del desgaste de un modelo económico; que este es el fin del capitalismo o de la   economía de mercado; que falta una mano dura que regule, o que lo salve a costa, tal vez, de los contribuyentes. Pero la realidad es que el origen del problema actual es un excesivo  endeudamiento propiciado por años de una política de dinero fácil, expansionismo fiscal y relajación monetaria.

Ante esta coyuntura surge una importante pregunta, ¿será posible regular un mercado tan fluido, con acceso a tanta información? La respuesta es sencilla: no, no existe la capacidad de hacerlo, intentarlo sería una pretensión muy peligrosa.

En esta crisis, hubo errores fundamentales de política pública, entre ellos, la inundación de liquidez vía las tasas de interés, junto con un consumismo que permitió estacionar un problema de inflación en deudas personales.

Los retos ahora están claros: se debe encontrar la manera de mitigar las consecuencias, de asegurar la flexibilidad de la economía para amortiguar los choques que vienen, digamos, en empleo o en consumo, y por supuesto, en los costos financieros del crédito.

El capital es la base fundamental de un mercado próspero: la inversión que hacen los interesados buscando un retorno, sobre los riesgos presentes, por medio de la habilidad de cumplir con las demandas de los consumidores.

Hoy, estos actos no se pueden calcular. Las divisas, todas, se transan con base en el pánico, no en la confianza en la unidad de cuenta, en su poder de compra. Un punto más o un punto menos en la fijación de tasas ya no hará la diferencia.

Esta crisis ha traído, para el caso mexicano, verdaderas decepciones; por ejemplo, el hecho de que las autoridades centrales decidieran intervenir en el mercado cambiario para “estabilizar” los recientes movimientos ultraerráticos del tipo de cambio.

Hace sólo un trimestre habíamos presenciado un nuevo debate sobre el “súperpeso”, siendo que la paridad estuvo a punto de romper la barrera psicológica de los diez pesos por dólar.

Los empresarios, los exportadores, los analistas, la gente cotidiana, y hasta el primer ejecutivo, hacían llamados para evitar la apreciación de la moneda nacional, aun cuando este proceso es inevitable si se mejora el régimen de  inversión.

Las cosas cambian de la noche a la mañana y, en un sistema de flotación del tipo de cambio, la paridad se mueve de acuerdo a las necesidades y las percepciones de oferta y demanda de las divisas.

Al intervenir, por más que sea para neutralizar episodios de extrema especulación, se está enviando una señal contraria a la flotación, es decir, que el interventor central sabe más o menos dónde debe situarse el nivel cambiario.

Es un síndrome que se podría denominar alcoholismo cambiario, la enorme tentación de hacer una sintonía fina de variables como el tipo de cambio.

Hasta ahora, la emergencia de “estabilizar” los movimientos del tipo de cambio ante la brutal derrama financiera parece haber logrado su propósito, a costa de que, al manipular el nivel del tipo de cambio con intervenciones artificiales, se dio una injustísima transferencia de recursos bajo niveles cambiarios subsidiados por las instancias centrales.

Sin embargo, toda crisis es una oportunidad; la oportunidad para nuestro país, es consolidar la máxima flexibilidad posible, tanto para amortiguar los efectos negativos de la crisis mundial como para identificar oportunidades de captación de nueva inversión.

Esta actitud en políticas públicas exige mucha creatividad para identificar a los intereses especiales opuestos a los cambios  estructurales necesarios, así como agresividad para dar impulso hacia mayores niveles de flexibilidad. Hay un evidente peligro de que demos dos, o más, pasos atrás, en estos tiempos donde se anuncia el fin del capitalismo.

Más allá de estas etiquetas ideológicas, de discursos políticos sensacionalistas, se encuentra el peligro de que renazcan las viejas recetas: el regreso al abuso del gasto público para crecer o del proteccionismo como instrumento de desarrollo o de estatización de activos en aras de lograr impulsar actividades “nacionales”.

Al final del día, estas recetas no impulsan el crecimiento, la generación de nueva riqueza. Más bien, implican una masiva transferencia de recursos de un lado de la sociedad a otro. El consumidor sería la gran víctima.

Además de los daños que se han generado a partir de la devaluación financiera en los mercados de divisas, las depreciaciones bursátiles en todo el mundo, o el congelamiento del mercado de crédito, se ha gestado una devaluación similar, hasta peor, pero en el mundo de las ideas.

Una de estas es la idea de usar el gasto público como mecanismo de crecimiento, bajo la etiqueta de  moda de políticas contracíclicas, lo que en realidad equivale a financiar proyectos con impuestos de generaciones presentes y/o futuras.

Pero la muestra más flagrante de esta devaluación de las ideas es la medida tomada por la administración de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina, expropiar ahorros de trabajadores individuales.

Tal acción no podría definirse de otra forma que no fuese robo. El daño de la crisis ha sido devastador, pero las consecuencias de la devaluación de las ideas ponen en peligro el motor del desarrollo personal, la libertad individual.

Existe otro componente de esta crisis: la profunda desconfianza que se ha manifestado en el mundo de los inversionistas. El resultado neto ha sido la venta de pánico generalizado y el temor de bancarrota personal ante la caída de los valores de activos financieros y activos inmobiliarios.

Las crisis, los episodios de pánico, no son nada nuevo. De hecho, en este país, hay una dolorosa curva de aprendizaje que se ha cosechado a lo largo de ciclos de devaluación y crisis.

Pero el pánico observado en este episodio de brutal ajuste financiero es histórico. Por ejemplo, la caída de los índices bursátiles (indicadores generales como el s&p, o el índice mundial de acciones globales) observa un descenso de más del 40 por ciento de sus máximos registrados este año.

Esta caída, en menos de diez meses, es equiparable al ajuste observado durante el período de 2000-2002, los tres años negros donde se acumularon los efectos de la crisis de las empresas “punto.com”, los atentados terroristas del 11 de septiembre, y la crisis de confianza posterior al desplome de las empresas como Enron y Worldcom.

Pero en esos años, hubo una sustitución de valores, en términos generales, un cambio de renta variable a renta fija. Sin embargo, las caídas se han observado también en los índices más sólidos de renta fija, desde fondos de bonos corporativos triple AAA, hasta fondos de oro y otros bienes de supuesto valor intrínseco.

Así pues, la descoordinación y la comunicación mixta alimentaron el miedo a la evolución del proceso económico. Hagamos de cuenta que el mundo sufrió nuestro famoso error de diciembre de 1994, pero en forma exponencial, en julio, agosto, octubre, noviembre y diciembre.

Una conclusión de esta reflexión es que el mundo financiero está viviendo una crisis de confianza, no sólo una crisis de liquidez.

Así pues, hemos de trabajar, los actores económicos y políticos, en la construcción de confianza, fundada en la transparencia, la creatividad y en una planeación económica integral que ubique al individuo, al ciudadano, al contribuyente, como la unidad clave en esta ecuación, por el bien de México y de la economía mundial.


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