Quo Vadis ¿Clase Política?

Ansiosos de no cederle su intimidad al presidencialismo, los políticos acuden al cinismo con tal de no ofrendarle a su puesto su sentido del humor

Por: Carlos Monsiváis
 
Con insistencia se habla en los meses electorales (el tiempo de los simposios en café y la instalación de cubículos imaginados en cada diálogo telefónico) de la Clase Política, su decadencia, su miseria moral (nunca económica), su precariedad cultural, su escaso o nulo conocimiento de las realidades de México (¿para qué leer si los ayudantes manejan el Google?).
 
El concepto mismo entra en crisis (“El primer desvarío fue postular la existencia de una Clase Política”, afirma el economista Rolando Cordera) y ya no se encuentra una sola referencia positiva a esa entidad/invento/necesidad de los medios informativos.
Unas notas al respecto.
 
A lo largo de la era del PRI (1929-2000) nada más se conoce una casta de “profesionales del poder”, “la Clase Política”, los pertenecientes al Partido Nacional Revolucionario que será Partido de la Revolución Mexicana que se inmovilizará como Partido Revolucionario Institucional. Gracias al PNR/PRM/PRI la Clase Política lo es por antonomasia y por eso un dirigente de oposición no puede pertenecer a la que, entre otras cosas, se caracteriza por lo siguiente:
 
Creencia en la sacrosantidad del presidente de la República, principio y fin de las jerarquías, autoridad inapelable, semidiós irrestricto. No se discuten en público las decisiones del Presidente, aunque sí se prestan a debate (en ocasiones) los Secretarios de Estado, el Partido o el Partidazo, los gobernadores, el Jefe de Sector (sobre todo si el sector es la CTM y el jefe Fidel Velásquez), y los senadores. Hay licencia para recelar o condenar en voz alta a diputados y alcaldes, o si hay movilizaciones considerables, a gobernadores. 
 
Uso de la demagogia como el lenguaje público que, de no mediar el cinismo, es el ruiderío permanente que nada deja oír. El político sabe que no dará la vida por la Patria, pero sabe también que si no afirma en público su voluntad de sacrificio carecerá de autoridad del que increpa a “los apátridas y subversivos”. 
 
Cinismo que garantiza la salud mental. Ansiosos de no cederle su intimidad al presidencialismo, los políticos acuden al cinismo (la burla privada de sus creencias oficiales) con tal de no ofrendarle a su puesto su sentido del humor, proteger en lo posible su entendimiento de la realidad, y flexibilizarse por si se abren pronto otras oportunidades. Y así como en la etapa previa a la Transición
 
Democrática en España, los participantes de la oposición a Franco suelen disponer de dos identidades (Juan Luis Cebrián), durante la Era del PRI la Clase Política exhibe dos ideologías: la profesada en los discursos y los diálogos de orden constitucional, y la expresada gozosamente por el cinismo. Una anécdota transmitida por Renato Leduc ilustra lo anterior:
 
Enardecido, un diputado priísta alaba en la Cámara la limpieza de las elecciones en su estado. De la galería se desprende un grito: “Chinga a tu madre, palero”.
El político endurece su semblante, le añade todavía más gravedad a su voz, y pontifica: “Los políticos tenemos dos madres; una, la destinada al insulto y la gritería soez de la plebe; otra, la verdadera, la que guardamos en el nicho de nuestra veneración. Esa es intocable”.
Se escucha de nuevo el alarido disidente:
—Pues chinga a la del nicho.
 
 
Por supuesto son priístas los que difunden la anécdota.
 
Verificación devocional del presidencialismo, que es simultáneamente ideología, ajuste del temperamento que cada seis años renueva sus dones imitativos, y examen casi científico de los gustos, la parentela, las amistades, las preferencias políticas del mandatario. Aún sin proponérselo el Presidente es el centro que ajusta los puntos de vista y las actitudes de la Clase Política. El chiste, de tan repetido, se vuelve decoración costumbrista: “¿Qué horas son? / Las que usted quiera, señor Presidente”. Por supuesto, la cortesanía inventa un tiempo, el uso-horario a la estricta disposición del Jefazo. 
 
 
Conocimiento detallado de cada una de las trayectorias de “los compañeros de sector y de partido”, y de la biografía administrativa y legislativa de los integrantes de la atmósfera del poder. De los correligionarios se recuerdan puntualmente los negocios, los padrinos, los apadrinados, las veleidades extramaritales (“No hay que fiarse de este tipo. Con la única que se acuesta es con su esposa”), los fracasos, los “vicios”, las manías, el sentido del humor (“¿Ya oíste el último refrán de Fulano?: Detrás de una mujer mal vestida está siempre un político honesto”). 
 
Resignación ante retrocesos y decepciones: “Jehová dio, Jehová quitó, bendito sea el nombre de Jehová”.
  
Memorización de la ideología (o lo que haga las veces) sustentada por el Presidente y divulgada por el Partido a lo largo de algunas consignas. De 1940 a 1968, el discurso de la Revolución Mexicana es el compromiso verbal y mnemotécnico afirmado en valores nacionalistas (el eje es la Expropiación Petrolera), al que se añaden frases de la izquierda (en girones), alusiones estatuarias a la soberanía, etcétera, etcétera. Ya en el sexenio de Luis Echeverría, el repertorio de lugares comunes de la Revolución Mexicana se gasta irremisiblemente, y los intentos de cambio se despeñan por intercesión del tedio.
 
Se instala la prédica del Tercer Mundo (Luis Echeverría); se quiere poner al día el desarrollismo (José López Portillo); se proclama con otro nombre el neoliberalismo (Miguel de la Madrid); se lanza durante dos o tres semanas (a lo sumo) el mensaje del liberalismo social mientras se lanza la ofensiva neoliberal (Carlos Salinas); se defienden con ortodoxia escolar el Mercado Libre y el neoliberalismo (Ernesto Zedillo).
 
Con ansiedad memorizadora, la Clase Política acompaña los vuelos discursivos, y festeja el monopolio de la Palabra a cargo del Señor Presidente.
 
La disciplina de partido es la mejor inversión para la vejez o para su complemento, el fracaso en la obtención de puestos.
 
La clase política florece en los períodos de miguel alemán, Adolfo Ruiz Cortines y Adolfo López Mateos. Con Gustavo Díaz Ordaz conoce el sobresalto de la mano dura y el 68, pero mantiene la lealtad “como un solo hombre”, según el recurso tribunicio de la época.
 
Alaban la represión, la santifican –y en una ceremonia contra la inocencia cívica– el 1 de septiembre de 1969, Díaz Ordaz termina su Informe Presidencial, y de pie, la clase política le aplaude por cuatro eternos minutos porque él se ha declarado “el único responsable” de los sucesos del 68.
 
Luis Echeverría ya le causa problemas a “la clase política”, en su prisa por reparar la quiebra moral y política causada por la matanza del 2 de octubre; con apuro, Echeverría improvisa teorías, se aparta del molde y –lo más grave para su grey– se olvida de las vías escalafonarias y le da oportunidades a jóvenes que vienen o parecen venir del 68. Se rompe la trayectoria del político que desde la adolescencia, es oportunista, hasta entonces la única vía rigurosamente probada.
 
La clase política no sabe cómo reaccionar ante los vuelcos de lenguaje y de intencionalidad política. Surge en 1929 del reparto nacional de poderes, y ya en la década de 1980 se ve arrinconada, sin recursos verbales, ideológicos y culturales. Es diferente, insegura, obsesiva y de saberes cada vez más locales.
 
El nacionalismo revolucionario ya no funciona, se desvanece el sonido de la demagogia, el lenguaje de la publicidad se maneja con torpeza, y las nuevas técnicas no logran circular al requerirse todavía las antiguas, entre ellas y sobre todo, las cifradas en el fraude electoral y la represión selectiva.
 
Se acentúa el anacronismo del Partido Revolucionario Institucional y con tal de salvarse el Presidente de la República (De la Madrid, Salinas o Zedillo) deja en claro su distanciamiento del PRI. “Yo soy priísta, pero sólo en momentos especiales y entonces bajo protesta”, sería el mensaje.
 
El discurso nacionalista-acomodaticio del PRI, la plataforma tradicional de la Clase Política, muere al extenderse la mercadotecnia y la religión de las encuestas. El “oxígeno” desaparece y no llegan a tiempo las nuevas mentalidades, las adaptativas. En este sentido, el 2 de julio de 2000 sorprende menos de previsto.
 
Ajena a las renovaciones, la clase política entiende sin palabras lo irremediable: con la alternancia termina definitivamente su monopolio, es decir, se pulveriza su identidad. Al salir el PRI de la Presidencia, se avizora el fin de la Clase Política.
 
II 
De los discursos de la C. P. 
 
Un problema de gravedad no muy reconocido pero de importancia creciente: la caída del lenguaje público o, mejor, las degradaciones verbales del autoritarismo y el populacherismo, algo común a todos los partidos.
 
A las razones derivadas de la calidad de la educación pública y privada, de la corrosión de la sintaxis del castellano por un remedo de la correspondiente del inglés, del aplazamiento de la lectura (“Ya tendremos tiempo de leer cuando hayamos muerto”), se une, sólidamente, el desastre del lenguaje político. Algunas notas al respecto. 
 
1. Es muy escaso (si alguno) el nivel teórico de los políticos, por vocación ajenos a la reflexión, así, en casos excepcionales, se enorgullezcan de sus citas de Norberto Bobbio, Max Weber y –autores más entrañables, aunque sin crédito– Miguel Ángel Cornejo y Carlos Cuauhtémoc Sánchez.
 
Pragmática (ya no quiere que le digan oportunista) la Clase Política reitera su certidumbre: fuera de la mercadotecnia sólo hay confusión, las ideas no son rentables y no tiene razón de ser la teoría que no quepa en el espacio de una consigna o en los segundos de un jingle (“Los derechos humanos son para los humanos, no para las ratas”).
 
La mercadotecnia todo lo comprime. El PRI renuncia a sus lemas casi escultóricos (“De piedra ha de ser la frase, de piedra muy lisonjera”), y a sus veleidades nacionales y estatistas; el PAN apenas usa el idioma de la sociedad civil porque en el fondo, y cada vez más en la superficie, se considera sociedad religiosa.
 
El PRD (por este partido entiendo a la cúpula) venera las fechas (20 de Noviembre, 26 de Julio) y aguarda de las efemérides el sentido de ideologías. Y se perpetúa una palabra que explica el habla y las razones que la sustentan: la grilla, la olla de las escaramuzas sórdidas y las calumnias atroces y los golpes bajos.
 
2. Al no existir proyectos realmente sólidos, la ideología de los distintos sectores, antes tan verbosa, se concentra en las consignas, la vía más corta entre la exigencia del voto y una voluntad sometida subliminalmente. El lenguaje político anterior al 68, el 88 y el 2000 desaparece y en su lugar, y con timidez, deambulan bloques verbales.
 
A la derecha y a la ultraderecha (la diferencia estructural es que la segunda le gana siempre a la primera) les da flojera o les molesta el idioma laico, y su recurso del Bien Común, el único lema sobreviviente, se desgrana, picoteado por las voces de la parroquia, los ectoplasmas del púlpito y las ceremonias del exorcismo.
 
Con alusiones no muy veladas, se ubica la presencia del demonio, entidad más verdadera que los adversarios y, al ser ya peligroso invocar los lagos de azufre y los tridentes, se lanzan vaguedades totémicas contra “la subversión” y en pro de las “reformas estructurales” (su traducción vulgar: que al Estado le corresponda únicamente la portería de la vecindad).
 
Un ejemplo: el dirigente del PAN, Manuel Espino Barrientos, enfrenta al satanás múltiple de cabeza giratoria y desafía a los incrédulos que no se arrodillan al paso del Verbo de la Subsidariedad:
 
Creo que aún existen en nuestro país hombres perversos que tuercen la voluntad ciudadana, que sin escrúpulo alguno amenazan la consolidación democrática. Creo en la ceguera de quienes no quieren ver los logros de los gobiernos emanados del PAN. Creo en los espíritus pigmeos encarnados que buscan la regresión al populismo, que se oponen a las reformas estructurales (La Jornada, 6 de marzo de 2005).
 
 
Desde aquel vicepresidente de estados unidos, Spiros Agnew, y sus nattering nababs of negativism (traduzca la expresión al gusto), no se veían tales conjuros contra el mal, y que tiemblen los “espíritus pigmeos encarnados”.
 
Por eso es apenas justa la defensa de Espino a cargo de su correligionario Juan María Armenta que convierte la acusación en elogio: “Sí, claro que [Espino] es ultraderechista, de palabra, pensamiento y acción, sólo que ser de ultraderecha es ser honesto y transparente. ¡Así es Manuel!” (La Jornada, 5 de mayo).
 
A esto lo complementa con sencillez una sentencia de Francisco Ortiz, en su etapa de vocero de la Presidencia: “Somos demócratas, pero no babosos”.
 
3. El PRI no elabora un discurso (uno solo) que en lo esencial y en lo superfluo se abstenga de: a) elogiar la generosidad del pasado priísta que nos dio Patria, Empleo y Código Postal, y b) denostar con furia las alternativas. Increíble por muy creíble: al cabo de sus 76 años de vida presupuestal, el PRI ha perdido cualquier capacidad de organizar su pensamiento (el que tenga) y su proyecto de nación, un término que de tan usado ya nada significa porque, a fin de cuentas, la trayectoria de un partido es su verdadero proyecto de nación, y cito un ejemplo patético, el Verde Ecologista es el regreso a la idea del mundo como empresa estrictamente familiar (de los González Torres).
 
Tal como está, el PRI retiene clientelas pero no se mueve un milímetro del primero de julio de 2000, el último día en que, con mínima certeza, está al tanto de su identidad.
 
4. La cúpula del prd se atiene a fórmulas vagas, alusivas a posiciones de principio tal vez útiles si fueran un tanto más específicas. En temas fundamentales (los energéticos, la desigualdad, el desarrollo democrático), el PRD (su cúpula) sólo dispone de los ecos de artículos mal leídos.
 
Ni siquiera el macrofraude de Fobaproa/IPAB o las autonomías indígenas les merecen algo más que oraciones sueltas sin explicaciones entendibles. Prescinden, si alguna vez lo supieron, de las tradiciones generosas y combativas de la izquierda, y, en cambio, se apegan a intervalos al habla del sectarismo, y a los ecos del stalinismo retransmitidos por el militarismo de izquierda. Por desgracia en un país de injusticia social y pobreza interminable, el lenguaje del PRD (su burocracia) es en rigor el murmullo del ahogo de las ideas. 
 
De la clase política al funcionariato 
La política obtiene la primacía sobre la historia.
Walter Benjamín 
 
Por lo pronto, las preguntas se establecen monolíticamente: ¿en quién confiar, en quiénes depositar la intención de voto? Los votantes en ciernes examinan la penuria de opciones, y verifican la ubicuidad de la política y la desaparición de los políticos, cuyo oficio lo avala el desprestigio.
 
Hoy, el término más estigmatizado es política, y si este descrédito no es reciente, se extrema al entrar en crisis el concepto de “Clase Política”, ligado orgánicamente a la Era del PRI, concluida de modo formal el 2 de julio de 2000. 
 
Mientras la política reconstruye, destruye o reorienta “el sentido de la historia”, los políticos se vuelven la especie en extinción mediática y social, se travisten de funcionarios de los gobiernos, de los partidos políticos, de las organizaciones sindicales, de la sociedad civil. Un funcionario es un prófugo de la condena de ser un político.
 
El relevo de términos aclara el ritmo de burocratización de la realidad y, también, el fracaso de los métodos históricos de control.
 
De cuando la historia transmitía sus lecciones gratuitas 
 
Las generaciones de la era del pri se atienen a la fórmula: el pasado (a su cargo) acredita el presente. Al emprender las tareas declarativas, quieren manejarse en las poses del monopolista de la Historia, y por eso se especializan en el conocimiento más bien anecdótico de la nación, por ejemplo, los hechos culminantes de la Revolución Mexicana y la memorización reverencial de batallas y nombres.
 
Al disolverse esta lealtad que se estaciona en manía, los funcionarios apenas si vislumbran algunos datos elementales: “La toma de Torreón se dio después de una gran batalla”, y cosas por el estilo. Con la incertidumbre aguardable, los políticos se sienten globalizados y por eso la historia de México les parece una materia opcional, algo lejano por inutilizable.
 
Si no consiguen modificarla, ¿qué caso tiene conocerla? Según ellos, y lo enuncian de diferentes maneras, la verdadera historia empieza con la globalización, la tecnología de punta, y la modernidad de –por ejemplo– los celulares, el internet, cable, i-pod y los viajes incesantes. Y la política es asunto de los ritos, de la vulgaridad social, de lo indispensable pero fastidioso. 
 
Si la historia no interesa, menos aún las visiones de conjunto. A los funcionarios todo les resulta o les quiere resultar fragmentario, no por beatería posmoderna, sino por la falta de hábito en materia de panoramas. ¿Qué es México? Demasiadas cosas al mismo tiempo y a ver quién las enumera o integra.
 
Y si los problemas nunca llegan todos a la vez, ¿qué caso tiene otorgarles un carácter unitario? (no lo formularían así). Cualesquiera que sean sus errores o sus limitaciones, los funcionarios creen despojarse de culpas al quitarse el título de políticos. A la política la interpreta y sirve el funcionariato, sin ganas de persuadir y entre un ahogo de papeles y controles póstumos de las contralorías.
 
La maniobra del desafuero del jefe de gobierno del df, Andrés Manuel López Obrador, por una trampa de leguleyos, reactiva la diferencia entre activistas y Clase Política. 
 
 
La marcha del silencio (14 de abril de 2005) exhibe lo que ya la Clase Política no obtendrá: grandes multitudes, entusiasmo e imaginación.
 
 
La clase política conocida ya no aporta figuras “de relevo”. Los candidatos de todos los partidos empequeñecen por su carencia de recursos verbales y vitales. 
 
La sociedad de ahora, mezcla del antiguo Pueblo y la nueva Gente (clase media al borde del empleo terminal o el desempleo) no está dispuesta a otra decepción más, a que el líder no la tome en cuenta. Sin embargo, carece de vías institucionales de acceso a la política.
 
Lo estrictamente político de la tradición ha dejado de contar. Se necesita una redefinición de política, porque el espectáculo del derrumbe hace notorio el desvencijamiento de recursos.
 
 
De la política ajena a la burocracia
 
A partir de 2001 la Clase Política deambula entre las ruinas de un prestigio del que ya no se beneficia ninguno de los habitantes actuales del inmueble. Y se producen varios fenómenos más complementarios que contradictorios:
 
El único prestigio que les queda a los participantes de un sector de la Clase Política es el desprestigio de sus oponentes o adversarios. 
 
Si las declaraciones de un integrante de la clase Política no se prestan a una cabeza de periódico escandalosa o no resuenan en un noticiero televisivo, se mueren al instante. El protagonismo y el escándalo son los enterradores de las ideologías (por si hiciera falta). 
 
Sl PAN retiene la ideología conservadora (ultraderechista) pero como la razón de ser que ya no demanda el conocimiento de las razones de sustentación. Debe darse educación religiosa en las escuelas públicas porque así lo quiere el Vaticano, y eso quiere decir que está bien porque allí sí que saben lo que le conviene al alma eterna.
 
El PRD sostiene su lealtad a fidel castro de modo igualmente devocional, y en eso se parece a toda la izquierda dogmática de América Latina, a la que nada más le interesa la veneración del caudillo. El subcomandante Marcos expresa adecuadamente este credo: “No le vamos a decir al pueblo que derrocó al tirano Batista que es un dictador”.
 
 
El PRI ha perdido toda su acústica declarativa.
Pase lo que pase el 2 de julio de 2006, la Clase Política conocida es ya, en lo básico, un recurso y un recuerdo del pasado.

Publicado por: