Que las apariencias engañan. Invitación a repensar el horizonte de la acción política

Con todo y los esfuerzos hechos hasta ahora, estamos muy lejos de alcanzar un equilibrio de género en la escritura de la historia

Por: Elisa Cárdenas Ayala
 
¿De quién es la acción política? 
 
Si una intenta pensar la historia de la humanidad, esa cuyos inicios cuesta tanto trabajo a la ciencia elucidar y ante cuya hipotética cronología –independientemente de las querellas de cifras– la imaginación se pierde; si intentamos desde aquí pensar esa historia teniendo en mente una idea tradicional de la “participación política” de la mujer, logramos fácilmente la impresión de unos cuantos puntos dispersos dentro de un vastísimo universo: un océano inconmensurable de tiempo y minúsculos barcos de papel –así de frágiles– flotando o tal vez habiendo flotado –así de desesperante–.
 
En la historia que podemos leer, en la historia que está más fácilmente al alcance de cada uno de nosotros, la política aparece como una actividad de medio género humano: una actividad masculina por excelencia. En la historia como en general nos ha sido narrada, en ese inmenso océano de lo político, las mujeres acaso pueden ser sirenas, por cuya causa se pierden hombres, naves y aun imperios. Así, sabemos más de Cleopatra por los aprietos en que puso al Imperio Romano, que por lo mucho o poco que se pudo haber desempeñado como gobernante. Se podrían multiplicar los ejemplos.
 
No es difícil darse cuenta de que lo que tenemos es la historia de una grandísima ausencia. Cualquiera puede leer páginas y páginas de historia y enterarse de que mujeres no hay, en política no hay. De esta ausencia la galantería literaria nos ha compensado con frases del estilo de “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”. Así, puede una quedarse las horas y aun los años reflexionando sobre la grandeza poética y política de la retaguardia. 
 
¿Cuestión de palabras?
 
Vuelvo entonces a esa primera certeza –y primera apariencia–: se trata de la historia de una gran ausencia. Hace ya bastante tiempo que se ha venido trabajando para demostrar que estamos ante una pura apariencia: muchas mujeres –y también hombres– se han esforzado por dar a conocer al público otras caras de las mismas historias, sus caras femeninas. Y así, en política como en todo lo demás, las mujeres surgen y resurgen.
 
Frente a esa apabullante masculinidad aparente y porque esa ausencia es ominosa, es posible elaborar pacientemente una larga lista de contraejemplos, es decir, de ejemplos de mujeres que sí han participado en política a lo largo de la historia. Así se pueden enlistar la ateniense Lisístrata, la egipcia Hatshepsut, nuestra tan poco valorada Malintzin, la ya mencionada Cleopatra; las activas reinas europeas: Catalina la Grande o Isabel I y, entre ellas, las muy poderosas “malvadas” como Catalina de Medicis; también las heroínas de nuestra independencia: doña Josefa Ortiz de Domínguez, doña Leona Vicario, doña Gertrudis Bocanegra; las muy internacionales y contemporáneas Golda Meier, Indira Gandhi, Margaret Tatcher; y aun aquellas que pusieron en grandes aprietos a su mundo como Juan VIII (el primero, o más bien: la primera), aquella célebre antipapa medieval causante de que se adoptara la práctica de verificación de la masculinidad tangible de los futuros candidatos... por el delito de “ser mujer”. Terrible golpe del cual la iglesia católica aún no se repone, al punto de recurrir al frecuente artilugio de negar su existencia. 
 
Que las mujeres hayan tenido que adoptar atuendos masculinos, “travestirse” diríamos ahora, para entrar en la discusión y en la acción política, sólo nos recuerda a qué grado a lo largo de la historia occidental –y la oriental en este sentido es aún más desesperante– ha habido una identificación entre masculinidad y política.
 
Con todo y los esfuerzos hechos hasta ahora, estamos muy lejos de alcanzar un equilibrio de género en la escritura de la historia. Es indudable que mucho falta por investigarse, partiendo de operar un cambio en el punto de vista, esto es, partiendo de incluir en la historia a un mayor número de actores –por cierto, no sólo mujeres–.
 
Pero hay algo aún más grave que esta ausencia de “figuras” femeninas en la historia política tradicional: con todo y que hagamos listas interminables de mujeres que sí han participado en política, si escribimos una especie de contrahistoria de personajes célebres, tampoco en esa historia estamos, tampoco ahí nos reconocemos todas.
 
Es posible darnos cuenta entonces de que lo que falla es algo que tiene que ver estrechamente con la actualidad: lo que falla es cómo estamos entendiendo la palabra política. Y no cabe duda que, planteado el problema así, nos incumbe a todos: ¿quién actúa políticamente?; ¿son sólo otros o somos todos los sujetos de la política?
 
El historiador francés pierre rosanvallon ha propuesto distinguir entre la política y lo político y concebir a esto último como un universo relacional que es el que permite que la sociedad la integremos todos, bajo normas específicas de funcionamiento. 1
 
La democracia en su sentido social contemporáneo, con todo lo que tiene de programática –eso quiere decir, con lo que muchos pretendemos cambiar– no puede seguir operando atada a un concepto elitista y restringido de la palabra política.
 
En un sentido abierto de lo político, el ser humano en sociedad actúa en política prácticamente a cada paso, en todas aquellas situaciones que lo ponen en relación con sus semejantes. Tenemos con esto un problema mayor, que es la falta de conciencia del carácter político de muchas de nuestras acciones.
 
Por eso solemos pensar que estamos en la meta cuando estamos en el punto de partida: que vivimos en democracia porque todos tenemos derecho a votar y ser votados.
 
Se olvida lo que supone la democracia como construcción común y como construcción entre quienes son iguales en derechos y oportunidades. ¿Qué tiene esto que ver con la conmemoración de la conquista del voto femenino y con la escritura de la historia?
 
La aparición de las mujeres en las páginas escritas de la historia tiene varias implicaciones y forma parte de varios movimientos. Es innegable que viene a revelar a qué punto engañan las apariencias de una escritura que en su mayoría ocultaba al género.
 
Sin embargo, para que el género femenino haya venido a “aparecer”, ha tenido que transformarse esa escritura, partir de reconsiderar qué es lo que amerita ser escrito para pasar a formar parte de las representaciones que tenemos de nuestro pasado. 
 
Por otra parte, en la escritura de la historia como en la práctica cotidiana presente, la “aparición” de las mujeres, como la de muchos otros actores antes silenciados, borrados, negados, no debe pasar a ocultar la realidad que debe decirse con la palabra discriminación y con algunas otras que le son familiares en primer grado, como dominación y represión; así como con sus contrapartes: resistencia, reivindicación, combate.
 
Esa realidad persiste: día con día topamos con formas tangibles de discriminación política que la sola emisión de leyes no basta a desarticular. 
 
Mirando hacia el porvenir, y considerando la adquisición del voto como un punto de partida, es preciso reflexionar sobre derechos políticos y representación; sobre participación política de las mujeres en muy variadas formas y niveles ante una serie de preguntas muy concretas: ¿cómo tendrían que ser para no reproducir la discriminación?; ¿por qué ésta se sigue reproduciendo?; ¿cuáles son sus nuevas caras?; ¿quién y cómo las perfila?, y ¿cómo la discriminación articula lo cotidiano y lo institucional?
 
De otras historias y discriminaciones 
 
Para concluir deseo proceder haciendo un paralelismo con una historia igualmente trascendente y hoy por hoy insuficientemente recordada: la abolición de la esclavitud (dada, por cierto, en Guadalajara, en 1811, por Don Miguel Hidalgo). 1811, 1953: dos fechas altamente simbólicas. Cierto que la esclavitud no se limita a una cadena, mas en ella tiene su mayor emblema. Cierto que la democracia no se limita al sufragio, pero en él tiene aún su mayor símbolo; es su condición sine qua non. 
 
Ambas fechas, tanto 1811 como 1953, son de inicio. La abolición formal de la esclavitud no significó el fin de las formas de discriminación arraigadísimas que aún vehiculamos, al punto de no querer recordar, no querer reconocer la importancia de la población de origen africano entre nosotros y en nosotros, como en las últimas décadas lo ha demostrado y reiterado la demografía histórica.
 
La historia del sufragio femenino de 1953 para acá hay que buscarla en varios niveles interactuantes: lo personal, lo familiar, lo institucional; ámbitos que deberían articularse en el sentido de dejar de distinguir entre lo femenino y lo masculino en política. Algo que cada vez se hace con menos frecuencia, pero que aun se hace. 
 
No cabe duda que la formalización de derechos marca caminos por abrir, formas nuevas de convivencia política por construir en el sentido más profundo de lo político; orientadas e impulsadas por lo legal, pero pendientes de consolidar en cada uno de nosotros y en nuestras prácticas cotidianas, en la manera en que construimos nuestro mundo pasado, presente y futuro, ojalá –pero no está tal cosa garantizada– en perspectiva incluyente.
 
 
Citas
  1. Rosanvallon, Pierre. Por una historia conceptual de lo político, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires 2003.

 


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