Psicología política y movimientos sociales en América Latina. Algunas notas para el análisis y la práctica

Se asume que la psicología política no ha de intentar aplicar teorías psicológicas en la política sino más bien examinar lo que de psíquico hay en el quehacer político

Por: Ricardo Ernst Montenegro

Algunas notas introductorias

Si hay algo que caracterice a las maneras de entender y aproximarse tanto al concepto de psicología política como aquel de movimientos sociales, ello es la amplia heterogeneidad que presentan los discursos, académicos o no, construidos en torno a estos términos.
 
Una muestra de ello es el trabajo de una de las más destacadas profesionales del campo en la región, en donde ha propuesto una clasificación mínima del ámbito de la psicología política en la cual se consideran cuatro perspectivas (psicosociológica, psicoanalítica, discursiva y estructural-funcional) susceptibles de articularse con seis modelos diferentes (liberacionista-crítico, psicopolítico, retórico-discursivo, psicohistórico, racionalista y marxista). 1
 
Y algo similar ocurre cuando posamos la mirada sobre lo dicho acerca de los llamados movimientos sociales. Encontramos desde las concepciones dominantes tradicionales (ya sean de matriz estadounidense o europea, que se anclan en la perspectiva del actor racional o la del ciudadano consciente, según el caso) hasta aquellas latinoamericanas y de otras periferias (que continuamente oscilan entre la adhesión a estos paradigmas y una a otros alternativos que asumen el desafío de pensar la realidad desde sus propias condicionantes y especificidades), pasando por la visión que los propios movimientos tienen de sí mismos, de sus integrantes, dirigentes, prácticas y objetivos.
 
Tal dispersión, como ocurre con otros tantos esfuerzos por asir algunos aspectos de la vida social, obedece tanto a complejidades propias del objeto como a las articulaciones particulares de historias de vida, intereses y valores de los sujetos que construyen las aproximaciones a tales objetos en un momento y lugar determinados.
 
De esta manera, lo que a primera vista parece confusión y desorden, se vuelve pronto historia y política. La constatación de esto, por supuesto, no nos exime de tomar una posición, clarificando, al menos en la medida que nos permite este reducido espacio, las elecciones y los nudos desde los cuales elaboramos nuestras reflexiones.
 
Así, entendemos la psicología política como una especialidad de la psicología en donde, en lugar de postular una extrapolación de las posiciones y funciones de un campo a otro, lo que se pretende es reflexionar sobre la coherencia entre las lógicas y estrategias de los actores que las hacen carne, así como intervenir sobre sus recursos y sus coyunturas.
 
Tal y como se especifica en la tradición latinoamericana de ella, en esta perspectiva, en general, se asume que la psicología política no ha de intentar aplicar teorías psicológicas en la política sino más bien examinar lo que de psíquico hay en el quehacer político.
 
De la misma manera, intentando acotar lo que entendemos por movimientos sociales, diremos que ellos pueden conceptuarse, grosso modo, como el complejo de constitución, organización y acción sociales de ciertos individuos agrupados en colectivos que, en un contexto de demandas insatisfechas, identidades negadas y usualmente en relación conflictiva con las autoridades y otros grupos de poder que identifican como responsables de aquellas faltas, pugnan coordinada y persistentemente por su pronta y satisfactoria solución.
 
Señalados estos senderos mínimos, ya comienza a percibirse con claridad que los cruces y reflexiones que pueden establecerse desde el par psicología política/movimientos sociales son múltiples.
 
Mencionando los más obvios puede decirse, por ejemplo, que ambos cobran sentido desde una evaluación negativa del contexto y la acción socio-política ante la cual se ven enfrentados.
 
De la misma manera, unas y otros tienden en sus prácticas a la generación de intervenciones que modifiquen un cierto statu quo en la estructura y operación de las relaciones sociales en las que están inmersos.
 
Desde estas premisas “de contacto”, que sugieren una cierta vocación transformadora al origen, y como propusiéramos en el título que abre estas palabras, es que surge la necesidad y oportunidad de reflexionar sobre algunas intuiciones que arrojen luz acerca del análisis y la práctica de aquel campo llamado psicología política con relación a aquellos colectivos humanos denominados movimientos sociales. 

Apuntes para el análisis

En la medida que un análisis pormenorizado del estado actual de la teoría social en torno a los movimientos sociales escapa a los límites y objetivos de este escrito, nos centraremos en dos puntos que a nuestro juicio son cruciales y que pueden operar como “entradas” desde las cuales profundizar en éstas y otras reflexiones.
 
Primero, la discusión acerca de la adecuación, o no, a nuestra realidad social latinoamericana de las teorías europeas y estadounidenses dominantes en lo que hace a la comprensión e intervención de la dinámica de los movimientos sociales.
 
Segundo, el debate sobre cuál es el énfasis teórico-metodológico (reflejado en la supuesta dicotomía “micro-macro”) que debe primar a la hora de buscar una mejor intelección de lo que realmente ocurre en el contexto de existencia y operación de tales movimientos.
 
En la propuesta de la teoría llamada “de movilización de recursos”, 2 ejemplo paradigmático de la perspectiva estadounidense sobre movimientos sociales, se examinan la diversidad de recursos que deben ser movilizados, los vínculos de los movimientos sociales con otros actores sociales, la dependencia de aquellos respecto a la influencia externa con relación a su éxito, y las tácticas usadas por las autoridades para el control o incorporación de los movimientos.
 
Mientras en la perspectiva europea, denominada “de los nuevos movimientos sociales”, al postularse una creciente fusión de las esferas del Estado y de la sociedad civil en la medida en que la política pública afecta a los ciudadanos de una manera más directa y visible, se deriva que los ciudadanos tratan de lograr un control más inmediato y amplio sobre las elites políticas poniendo en acción medios que frecuentemente deberían ser incompatibles con el mantenimiento del orden institucional de la política. 3
 
Para alguien nacido y crecido en latinoamérica, estas lecturas se revelan con rapidez como profundamente ajenas a la realidad en la cual nos tocó vivir. En nuestros análisis de los movimientos sociales se ha vuelto tristemente evidente un vínculo profundo entre las frustraciones y agravios de una colectividad y el crecimiento y desarrollo de la actividad del movimiento.
 
Probablemente, para unas comunidades como la estadounidense o las europeas avanzadas (Inglaterra, Francia y Alemania), aquellas reflexiones que ponen al centro a actores racionales en pugna con un Estado de bienestar que se resiste a extender sus márgenes sean plenas de sentido y otorguen importantes claves para comprender e intervenir sobre la dinámica social.
 
Pero en lugares como nuestra región, en donde prácticamente no han existido Estados de bienestar sino elites irracionalmente recelosas y egoístas a las cuales no les ha temblado la mano para resolver sangrientamente cualquier reclamo colectivo que han interpretado como una amenaza a su dominio, tales reflexiones aparecen, valga decirlo sin reparos, como un desvarío de intelectuales con el estómago lleno, una cómoda residencia donde habitar y generosas rentas con las cuales satisfacer sus necesidades y uno que otro placer suntuario.
 
No en vano uno de los mejor informados investigadores europeos sobre el tema, como lo es Alain Touraine, dijo hace unos años que en América Latina no existen movimientos sociales; y claro, considerando la dinámica, contenido y desarrollo de la dominación política en Latinoamérica es muy difícil imaginar movimientos sociales como los pensados por la mayoría de las intelectualidades estadounidense y europea.
 
Porque muy distinto es salir a la calle a reivindicar el derecho a la salud, la educación o el trabajo digno, que hacerlo en contra del uso de animales en vías de extinción para la confección de prendas de alta costura.
 
Por muy respetable y sensato que esto último sea, responde sin lugar a dudas a un entorno de origen en el cual las necesidades básicas de la población están más o menos satisfechas, incluyendo los derechos liberales modernos de libertad de expresión y organización; algo que, como muy bien sabemos, no ocurre ni por mucho en la gran mayoría de los países de nuestra región.
 
Y con respecto al debate derivado de la supuesta dicotomía micro-macro como aparentes alternativas en el camino para una mejor comprensión de lo social, ocurre algo similar.
 
Mientras en Europa y los Estados Unidos de Norteamérica la diferenciación social, dinamizada en gran medida desde su ventajosa posición en la división internacional del trabajo, ha redundado en una progresiva consolidación de los espacios público y privado (escenario dentro del cual cobraría algún sentido, si es que puede tenerlo, el hablar de una separación más o menos clara entre lo individual y lo colectivo), en América Latina tal proceso de diferenciación ha ocurrido de manera mucho menos lograda y heterogénea.
 
Con mucho, nuestras exiguas clases medias y las elites han experimentado algo de eso y tenido la oportunidad de integrarse con relativo éxito a tal coyuntura; pero una abrumadora mayoría de nuestras poblaciones, precisamente aquella que suele dar vida a los movimientos sociales, prosigue sus vidas en un esquema de relaciones y oportunidades sociales tan estrecho y homogéneo como lo hicieran sus bisabuelos un siglo y algo atrás.
 
Sumado a esto aparece una razón teórica tanto o más fundamental: no existen ni espacios sociales ni sujetos individuales que puedan pensarse el uno por fuera del otro.
 
Lo social (macro) y lo individual (micro) aparecen como un gran entretejido, similar a la tela de una araña, en donde cada parte cobra su sentido a partir del lugar particular que ocupa en la estructura general, e inversamente, ésta adquiere razón sólo en función de la especificidad e interacción de sus componentes.
 
Llevando el argumento al extremo, y parafraseando a Jerónimo Pinedo, un joven sociólogo argentino que transita por los senderos de estas discusiones, la dicotomía micro-macro aparece menos como una categorización sociológicamente útil y más una solución de compromiso para evitar dejar sin trabajo a la enorme masa de intelectuales que, mediante tal distinción, justifican un nicho de trabajo como “expertos” en alguno de los términos que la componen.
 
Así, y resistiendo la hegemonía de la “lectura macro” más que negando las intelecciones que ésta produce, creemos en la pertinencia y necesidad de complementar tal aproximación a través de la simultánea consideración de los aspectos más propiamente radicados en la experiencia subjetiva e individual de los sujetos que hacen carne tanto a los movimientos sociales como a cualquier otra conducta social. Como bien dijera recientemente una lúcida investigadora brasilera que se ocupa de estos temas: 
 
Los estudiosos sobre movimientos sociales […] no suelen preguntarse por las motivaciones de aquellos que participan de esas organizaciones, ni tampoco por el significado que las personas dan a esa participación […] en lugar de una masa anónima, nos encontramos con personas con un nombre y una historia. 4 

Apuntes para la práctica

De esta breve digresión, más allá de las eventuales reflexiones que al hipotético lector le puedan suscitar, se deducen algunas consecuencias relevantes a la hora de pensar e implementar nuestra práctica como supuestos agentes de cambio y transformación social.
 
Por una parte, si es correcto nuestro análisis en torno al problema de adecuación y pertinencia involucrado en las conceptualizaciones foráneas para entender el sentido, dinámica y destino de los movimientos sociales en nuestra región, se vuelve imperioso el que repensemos acerca de las categorías y conceptos en que hemos sido entrenados para tal efecto y desde los cuales desplegamos nuestra práctica de investigación e intervención.
 
El tiempo nos ha demostrado, muchas veces de manera dramática, 5 hasta qué punto la rigidez cognitiva, así como la comodidad implícita en la falta de aproximaciones críticas (actitudes por desgracia predominantes en nuestras clases intelectuales) han redundado en prácticas en el mejor de los casos improductivas, mientras que en el peor, abiertamente iatrogénicas. 6
 
En la misma dirección, si la mirada usual de nuestras aproximaciones está prefigurada por categorías y nociones que nos son en último término ajenas, y por lo mismo en gran medida estériles a los fines de una práctica territorial e históricamente situada, socialmente útil y responsable, lo propio sucederá con las agendas de investigación e intervención que de tales formas de conceptuar y entender se derivan.
 
Creemos que es tiempo de abandonar los nichos de investigación e intervención para los cuales “hay financiamiento” y construir itinerarios de trabajo que se condigan con las reales y urgentes necesidades de nuestros pueblos. No son necesarias grandes elucubraciones teóricas para saber cuáles son ellas; basta con mirar las calles de nuestras ciudades, los rostros y cuerpos que las habitan.
 
Y este “mirar” –en cuanto ejercicio referenciado a sujetos individuales en sus circunstancias, experiencias y emociones concretas– aparece como un “lugar natural” desde el cual la psicología política puede y debe aportar en lo que hace a la comprensión y fortalecimiento de los movimientos sociales en Latinoamérica; porque si damos crédito a aquella invitación acerca de examinar lo que de psíquico hay en el quehacer político, ello no puede ser realizado de manera socialmente responsable si no se efectúa “desde” y “para” los grupos y sujetos que se han visto históricamente postergados y reprimidos por los sistemas de dominación devenidos de tal quehacer.
 
En este sentido, y reconociendo la profunda verdad encerrada en la máxima “conoce al enemigo, conócete a ti mismo y, en cien batallas, no correrás jamás el más mínimo peligro”, 7 áreas clave en las cuales la psicología política tiene una oportunidad de intervenir como asesora son, por ejemplo, la formación de cuadros en técnicas de negociación; manejo de conflictos internos; diseño e implementación de comunicaciones públicas; recopilación, procesamiento y uso de información útil a los fines del movimiento, entre otras. Todo esto sin perjuicio de las demandas concretas de asistencia psicológica que los sujetos movilizados presenten.
 
Finalmente, pero no por ello menos importante –y en el entendido que ya ni siquiera las llamadas “ciencias duras” sostienen la durante siglos hegemónica distinción radical entre sujeto y objeto de investigación– si nuestra preocupación son los movimientos sociales, entonces se vuelve claro que es momento de dejar de hablar “de” ellos y comenzar a hacerlo “con” ellos; porque aunque es cierto que algunas tradiciones dentro del campo de las ciencias sociales han dado pasos en esa dirección, al rescatar la etnografía como metodología de investigación, también es cierto que ni ello es un fenómeno generalizado, y aunque lo fuese, en sí mismo no es suficiente.
 
Como nos dijera uno de los más eminentes sociólogos contemporáneos: “El investigador no es ni un profeta ni un guía de pensamiento. Debe inventar un rol nuevo que es muy difícil: tiene que escuchar, buscar y crear.” 8 Ojalá y podamos estar a la altura de tan claras y precisas palabras. Nuestros pueblos lo demandan.
 
 
Citas
  1. Montero, M. (1999): “Modelos y niveles de análisis de la psicología política”, en Oblitas, L. y Rodríguez, A. [coord.]. Psicología política, Plaza y Valdez-Universidad Interamericana, México.
  2. Para detalles ver, por ejemplo, McCarthy, J. y Mayer, Z. (1977). “Resource Mobilization and Social Movements: A Partial Theory”, en American Journal of Sociology, núm. 82, vol. 6, pp. 1212-1241. 
  3. Para detalles, ver por ejemplo, Offe, K. (1988) Partidos políticos y nuevos movimientos sociales. Sistema: Madrid; especialmente el capítulo 7, “Los nuevos movimientos sociales cuestionan los límites de la política institucional.”
  4. Lygia Sigaud (2006): “Prólogo”, en Quirós, J. Cruzando la Sarmiento. Una etnografía sobre piqueteros en la trama social del sur del Gran Buenos Aires. Antropofagia, Buenos Aires, p. 13.
  5. Un ejemplo triste para nosotros, pero esclarecedor a este respecto, es el de la psicología social latinoamericana del siglo pasado. Por décadas absorbida en categorías y conceptos importados, tardó otras tantas en darse cuenta que su falta de eficacia a la hora de responder a las problemáticas sociales de su entorno obedecía no sólo a la dimensión y especificidad de tales situaciones sino, además, al hecho que las herramientas teórico-metodológicas con las cuales afrontaba tales desafíos habían sido concebidas desde y para contextos absolutamente heterogéneos a los propios. Para detalles ver, entre otros, Montero, M. (1994) “La psicología social en América Latina”, en Psicología social latinoamericana. Una visión crítica y plural. Anthropos. Revista de Documentación Científica de la Cultura, núm. 156. Barcelona.
  6. Término utilizado en las llamadas “ciencias de la salud” (fundamentalmente medicina, psicología y psiquiatría) para designar las intervenciones profesionales que en lugar de comportar una mejoría del cuadro experimentado por el sujeto representan un empeoramiento del mismo.
  7. Sun Tzu (2007): El arte de la guerra, Colofón, México, p. 28.
  8. Bourdieu, P. (2001): “Los investigadores y el movimiento social”, en Pensamiento y acción, Libros del Zorzal, Buenos Aires, p. 153.

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