PRI: ¿la cuarta etapa? Retos y realidades

La discusión y reflexión sobre el PRI suele caer en diversos mitos, estereotipos y clichés

Por: Alfonso Gómez Godínez
 
¿Es posible debatir al Partido Revolucionario Institucional (PRI) sin fobias y filias, abriendo paso a una objetiva ponderación de su trayectoria, de su presente y de su futuro? ¿Se puede discutir sobre el PRI sin caer en el maniqueísmo, en una visión excluyente y monocromática? ¿Podemos abstraer al PRI de la autocomplacencia, la inercia y la ceguera de quienes –con acentuada nostalgia– esperan el retorno de un pasado que ya se fue? ¿Seremos capaces de realizar una lectura serena y precisa sobre el “estado de situación” del partido y, más aún, de proyectarlo hacia un futuro realmente posible? 
 
La discusión y reflexión sobre el PRI suele caer en diversos mitos, estereotipos y clichés; referencias a lugares comunes y apego a modas “intelectuales” y políticas que llegan a dominar y tergiversar su debate. El aporte histórico de este partido y de sus antecesores (PNR y PRM) en la construcción del México del siglo pasado, es un hecho consumado. Ahora, la gran tarea es contribuir –en un escenario totalmente distinto– a la edificación del México del siglo XXI. 
 
Algunos consideran que una de las grandes virtudes del PRI que le ha permitido su longevidad como partido y el ejercicio hegemónico del poder político por más de setenta años, fue su capacidad de adaptación a las cambiantes circunstancias nacionales e internacionales que ha enfrentado y que se sintetizan en sus diferentes momentos fundacionales. Es en estos tiempos que el PRI enfrenta una exigencia de semejante magnitud histórica y dimensión política. 

Un vistazo en retrospectiva

El partido nacional revolucionario (PNR) surge en 1929 como un “partido de partidos”: es el gran paso visionario para institucionalizar la vida política del país y abrir cauce a los nuevos acuerdos y reglas para la disputa y el acceso al poder.
 
Con el transcurso del tiempo, a este organismo político se le aligera paulatinamente el peso de la fuerza militar como instrumento definitivo de los arreglos y los triunfos políticos, entre ellos el de la transición del poder. 
 
El 1 de septiembre de 1928, en su histórico y último informe de gobierno, el presidente Plutarco Elías Calles decantaba con claridad la erradicación de la política de caudillos, para abrir paso a la creación del aparato partidario que, a partir de 1929 hasta el año 2000, concentraría el mando político del país.
 
Así, el Primer Manifiesto del Comité Organizador del PNR, dado a conocer el 1 de diciembre de 1928 reconocía –a partir del asesinato del general Álvaro Obregón– “…la necesidad de resolver nuestros problemas políticos y electorales, por nuevos métodos y nuevos procedimientos […] esos métodos nuevos y esos procedimientos distintos no pueden ser otros que la organización y el funcionamiento de partidos políticos de principios definidos y de vida permanente.” 1 
 
La multiplicidad de fuerzas disgregadas por todo el territorio nacional imponía la necesidad de articularlas bajo una sola directriz, que pudiera cohesionar el naciente y triunfante proyecto surgido de la Revolución Mexicana. La ausencia del liderazgo aglutinador de Obregón, implicaba el enorme riesgo de reactivar el conflicto armado ante un cúmulo de jefes militares con demandas insatisfechas y expectativas inciertas.
 
La propia declaración de principios del PNR no deja dudas sobre su esencia y orientación. “El PNR declara que, pasada la lucha armada de la Revolución y logrado en la conciencia nacional el arraigo de su ideología, los gobiernos emanados de la acción política del Partido deberán dedicar sus mayores energías a la reconstrucción nacional.”  2 
 
Se iniciaba el tránsito de una nación de caudillos –donde el poder obedecía a la regla del más fuerte– a una nación con normas que construyó un régimen de estabilidad política, proclive a movilidad de cuadros y con un ancho campo de expectativas para quienes se aplicaban en las directrices del sistema.
 
Con el PNR se cimientan las reglas (escritas y no escritas) mínimas del juego político, que permiten los acuerdos entre grupos, punto de partida de la pacificación del país y del inicio de un larga etapa de estabilización política que, para propios y extraños, será uno de los elementos distintivos del sistema político mexicano, logro que será consolidado y cosechado posteriormente por el PRI.
 
En 1938, el PNR cedió su lugar al Partido de la Revolución Mexicana (PRM). Cumplida la etapa de pacificación, era urgente hacer realidad las demandas más sentidas del movimiento armado. La consolidación del mandato del presidente Lázaro Cárdenas implicaba la radicalización de las demandas sociales. Era el momento de enfatizar y dar cauce a los compromisos con la clase obrera y campesina. 
 
En los tiempos del cardenismo, las organizaciones gremiales se convierten en el espacio de la lucha política y de la reivindicación social por excelencia. Los sectores obrero y campesino son ahora los pilares del partido.
 
En la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y en la Confederación Nacional Campesina (CNC) convergen y se fusionan diversas federaciones y uniones; ambos sectores se consolidan como actores protagónicos, y en su propia fuerza y organización generan condiciones para profundizar el carácter reivindicatorio de la Revolución Mexicana. 
 
La flamante declaración de principios del PRM se sustentaba en el reconocimiento de la lucha de clases. Sin ambigüedad se planteaba una definición precisa y clara de compromisos y alianzas políticas. “El partido se propone, dentro de un estricto sentido revolucionario, servir lealmente la causa de la emancipación proletaria, con la suprema aspiración de que triunfe la justicia social” 3, señalaba en sus documentos básicos. 
 
Con el PRM se articula un proyecto de nación que pone en el centro de sus objetivos la mejora de las condiciones económicas y culturales de las clases desfavorecidas, y se pronuncia por “la preparación del pueblo para la implantación de una democracia de trabajadores y para llegar al régimen socialista” 4.
 
Factores externos, como la Segunda Guerra Mundial y el inició de la Guerra Fría; e internos, como una creciente polarización social y pugnas entre los grupos de poder frenan el perfil radical del PRM y sentarían las bases para su transformación. 
 
Múltiples y aun palpables son los legados sociales del PRM: atendió a las circunstancias e imperativos de su tiempo; y sentó las bases para la rectoría económica del Estado iniciando la construcción de un andamiaje público y nacionalista con instituciones económicas y sociales trascendentales para la transformación que experimentaría el país en las décadas por venir. 
 
Durante su segunda convención nacional, en la que se nominó a Miguel Alemán como candidato a la Presidencia de la República, el 19 de enero de 1946 el PRM dejó su sitio al Partido Revolucionario Institucional, y adoptó como su lema “Democracia y Justicia Social”. Se inicia la era de los gobiernos civiles, y los militares acuerdan su retiro a los cuarteles asumiendo una actitud de institucionalidad, lealtad y respeto a los poderes del Estado. 
 
A partir de 1946, el PRI realiza una profunda revisión ideológica, programática y de su estructura organizativa que se hace realidad en su Primera asamblea nacional, cuatro años después, en 1950.
 
Con el PRI se logra un alto nivel de institucionalización de la política, y su presencia es hegemónica en todos los ámbitos del quehacer nacional. La existencia testimonial de la oposición y el control absoluto del partido, por parte del presidente en turno de la República, marcarán su formación y sus deformaciones. 
 
El milagro económico mexicano ­–con sus altas y sostenidas tasas de crecimiento del producto interno bruto, estabilidad de precios y derrame de los beneficios sociales por medio de un Estado interventor y regulador en expansión– que se extiende por las décadas de los cincuenta y sesenta, favorecen la amplia legitimidad de los gobiernos identificados con el PRI y, por tales razones, en esos años sus triunfos electorales y su dominio total de la vida política del país son indiscutibles e incuestionables. 
 
Paradójicamente, el PRI dejó de ser en sentido estricto un partido político para convertirse en un instrumento del inmenso poder presidencial. Sus dirigencias, sus sectores y su militancia veían en el trabajo partidista el trampolín para el ascenso en la burocracia y el acceso a las esferas de poder.
 
El PRI se convirtió en una dependencia del gobierno y, con el paso del tiempo, paradójicamente, en una de las de menor influencia en los espacios de decisión política.
 
El fin del milagro mexicano, experimentado a fines de los años sesenta; el movimiento de 1968, y las crisis económicas recurrentes de fin de sexenio (1976, 1982, 1988, 1994), cambiaron el escenario para el PRI.
 
El partido fue perdiendo clientela desde ambos lados del espectro político (derecha e izquierda); la propia dinámica de la sociedad fue consolidando nuevas alternativas partidistas y el uso y el abuso del poder sin límites, generó cuentas por cobrar.
 
La centralidad del PRI-gobierno se deterioró, y la crisis económico-fiscal de los años ochenta limitó las capacidades de maniobra del sistema político y de distribución de la renta económica generando, entre otras cosas, un profundo resentimiento de las clases medias urbanas hacia el PRI. 
 
Mención especial merecen las inevitables reformas económicas iniciadas a mediados de los ochenta, con el arribo al gobierno de una nueva clase de dirigentes que, desde el PRI tradicional, se les identificó como “tecnócratas”, y que fue el punto de partida de una significativa escisión en el partido (la corriente democrática cardenista); el choque con la tradición histórica del partido; la confusión de sus sectores y militantes con respecto a los verdaderos intereses del gobierno con relación al PRI; la promoción del liberalismo social durante el salinismo, y la aplicación de los programas de ajuste económico lastimaron a su base electoral.
 
Durante el sexenio de los presidentes Salinas y Zedillo, el PRI vivió enormes tensiones y fue un espacio de grandes pugnas internas, situación alimentada por el profundo cambio en la orientación de las políticas públicas impulsadas por ambos gobiernos, que se distanciaban de las que tradicionalmente identificaban a ese partido. 
 
Acorde con esa nueva realidad económica y política (durante el sexenio de Salinas se reconoce el primer triunfo de la oposición en una elección para gobernador), Luis Donaldo Colosio intenta dar cauce a un proyecto de reforma del PRI. Su asesinato lleva al partido por nuevos derroteros en los que sobresale la “sana distancia” proclamada por el presidente Zedillo, y que algunos consideraron como un desdén y un alejamiento del grupo gobernante hacia el PRI.
 
La nominación de Francisco Labastida como candidato presidencial, no fue del total agrado en el círculo del presidente Zedillo, ya que diversas figuras vieron canceladas sus posibilidades de obtener esa candidatura al carecer de una carrera partidista y de un tránsito por puestos de elección popular, según lo establecieron los nuevos estatutos del partido aprobados en la Decimoséptima asamblea nacional, celebrada en 1996. 
 
La histórica derrota del año 2000 puso al PRI en un escenario que nadie imaginaba. Desde la pérdida de la Presidencia de la República hasta la irrupción del madracismo, el PRI vivió “noqueado”, en la orfandad, en la confusión y el desasosiego. Con un discurso basado en la reivindicación de las bases y en la democratización interna, el madracismo se apoderó de la dirigencia nacional y generó en su momento nuevas expectativas electorales.
 
El tiempo demostró que la corriente madracista no estaba a la altura de las exigencias, y la lupa ciudadana y, peor aún, al cegarse ante una realidad adversa y no promover la generación de consensos internos, se levantó una candidatura presidencial que ubicó al PRI en el naufragio del 2006.

Construyendo el futuro

Estamos lejos, bastante, de las visiones apocalípticas que profetizaban las exequias inmediatas del PRI. La supuesta acta de defunción establecía que el partido, al ser construido y operado desde el poder, no pudo sobrevivir a la pérdida de la Presidencia de la República; su orfandad del poder impulsaría un proceso inevitable de descomposición y desintegración. 
 
realmente, desde la pérdida de la Presidencia de la República se ha provocado en el interior del partido un reacomodo estructural que todavía no termina y que, por lo tanto, puede derivar en diversos desenlaces. Así vemos: 
 
  • El reposicionamiento de los gobernadores como factores reales de poder en las decisiones del partido; situación ampliamente documentada durante los procesos de selección de candidatos a los distintos puestos de representación popular; la disputa por la candidatura a la Presidencia de la República; los procesos de negociación con el gobierno de Fox y ahora con Calderón; la disputa por el liderazgo de las cámaras de Diputados y de Senadores; el proceso de expulsión de Elba Esther Gordillo del PRI; los enfrentamientos y el distanciamiento con Roberto Madrazo.  
  • Un mayor grado de autonomía de los comités directivos estatales, hecho que se manifiesta con la pérdida de autoridad de los delegados del Comité Ejecutivo Nacional; la conformación de grupos y la formación de alianzas entre los presidentes estatales para hacer frente y fijar posiciones ante el cen del PRI; la posición crítica y opositora de varias dirigencias estatales frente a las reformas que el cen trataba de llevar a cabo en la pasada asamblea nacional, reformas que finalmente abortaron debido a la oposición de las dirigencias estatales; los procesos abiertos para la selección de candidaturas; la elección abierta de los presidentes de los comités estatales.  
  • La ausencia de un gran acuerdo político entre las diversas corrientes y expresiones del partido; lo anterior se ha traducido en pugnas internas, y la principal es la que protagonizaron “madracistas y antimadracistas” que desgastaron al partido durante mas de seis años; la lenta pero pertinaz fuga a otros partidos de cuadros de diversa estatura política; las constantes amenazas por parte de dirigentes de sectores y organizaciones por replantear su alianza y permanencia en el PRI, unas abiertas, como las expresadas por la croc, y otras veladas como las manifestadas en diversos foros por la cnc.  
  • La falta de un liderazgo aglutinador con amplia capacidad de convocatoria, autoridad y credibilidad para la generación de los nuevos acuerdos del partido. Liderazgo seriamente dañado por Roberto Madrazo al utilizar la presidencia del partido para construir su propio proyecto personal y ejercer un mandato caracterizado por el doble discurso, la exclusión y la imposición, liderazgo que ahora la nueva dirigencia nacional deberá reconstruir. 
 
El resultado de la elección presidencial del 2006 tiene que ser una severa llamada de atención en torno al rumbo que puede tomar el partido. La obtención del tercer lugar ha generado diversas lecturas, pero queda claro que el simplismo, el maniqueísmo y el revanchismo trasnochado son puertas falsas y una provocación: el ajuste de cuentas dañaría severamente la vida interna del partido y su imagen ante la sociedad. 
 
La nueva dirigencia del partido ha convocado a la construcción de la “cuarta etapa” del PRI. Es una dirigencia que llega con legitimidad y con el plus del prestigio, trayectoria y currículo de su presidenta, Beatriz Paredes Rangel. 

Cuarta etapa

Su responsabilidad en la normalidad democrática 
 
En su cuarta etapa, el PRI debe comprender las exigencias del entorno. Reconocer el escenario de pluralidad y diversidad que vive el país, de alternancia y normalidad democrática donde conviven múltiples voces y propuestas, ya que vivimos en un México polifónico.
 
El PRI de la cuarta etapa es el hilo de continuidad del PNR, que en 1929 impulsó la pacificación del país; del PRM, que en 1938 profundizó las demandas y las respuestas de justicia social; del PRI, que a partir de 1946 consolidó la vía de las instituciones civiles.
 
Hoy, el PRI reconoce que su cuarta etapa se enmarca en la “normalidad democrática que requiere de partidos fuertes, representativos, capaces de llegar a acuerdos que fomenten el desarrollo del país...” 5, ha mencionado en sus discursos Beatriz Paredes.
 
El partido se propone ser garante de la “normalidad democrática” promoviendo una política democrática que estimule la capacidad de compartir, dialogar, coincidir, disentir, antagonizar, pero todo enmarcado en el respeto a la legalidad.
 
En esta cuarta etapa, el PRI tendrá que definirse en los grandes y complejos temas de la agenda nacional; temas que habrán de sacudir desde la raíz a sus documentos básicos, declaración de principios y programa de acción; su lenguaje, símbolos tradición y formas de interpretar y hacer la política.
 
Hablamos de la globalización y de la relación de México con Estados Unidos; del inevitable proceso de integración productiva, comercial y financiera que cuestiona los fundamentos clásicos del Estado-Nación y, por lo tanto, los principios del nacionalismo-revolucionario sobre los que ha abrevado el discurso del partido.
 
En el mismo tono, no se puede eludir la redefinición del papel económico estatal y la apertura al capital privado de las áreas consideradas como reservadas o exclusivas del Estado, significativamente el sector energético; se tendrá que revisar con objetividad la pérdida de centralidad y peso específico de las organizaciones clasistas integradas al partido, así como manifestarse en tomo a las nuevas relaciones entre el capital-trabajo y encabezar el debate y sus propuestas sobre una nueva regulación social a partir de la crisis terminal del tradicional Estado de Bienestar, entre otros aspectos.
 
La consolidación ideológica y programática de la cuarta etapa del partido ha venido siendo paulatinamente dibujada por la naciente dirigencia nacional, y de su discurso se puede desprender que sus pivotes fundacionales son 6:
 
  • Un partido representativo y dialogante con todas las fuerzas políticas. 
  • Un partido abierto que practique la democracia, la legalidad y la transparencia.
  • Un partido con identidad con las fuerzas progresistas y democráticas.
  • Un partido con conducción democrática.
  • Un partido capaz de competir y ganar.
  • Un partido federalista.
  • Un partido que impulse el relevo generacional.
 
El guión de esta nueva historia está por escribirse. Diversas versiones se pueden empezar a deletrear. El saldo de las elecciones estatales y municipales en puerta, la estrategia y el posicionamiento ante el gobierno de Calderón, la percepción ciudadana sobre la gestión de los representantes populares del PRI (desde gobernadores hasta senadores, diputados y presidentes municipales), la capacidad de conducción de la dirigencia para resolver los múltiples conflictos internos que se presentan tanto en el plano nacional como estatal, el rumbo, alcance y resultados que se deriven de la próxima asamblea nacional a realizarse a fines del 2007, y la irrupción de los llamados imponderables, como los recientes coletazos del madracismo, serán factores a considerar en el futuro por venir.
 
El PRI tendrá que pasar la prueba sobre su redefinición ideológica y programática, inclusive con un eventual cambio de nombre, siglas y emblema. Requerirá de una nueva gobernabilidad interna, no sólo con respecto al protagónico papel de los gobernadores, sino con la redefinición del papel de los sectores y organizaciones del partido.
 
La prueba del cambio generacional no puede limitarse a cuestiones de edad, sino de una nueva cultura y ética políticas que erradiquen los atavismos del quehacer político que afecta a todas las generaciones.
 
Alejado del poder presidencial, el PRI está construyendo al PRI para conformarse como un verdadero partido, con nuevas reglas, nuevos documentos, posicionamientos de vanguardia que eliminen los tabúes, las ataduras y los miedos ideológicos.
 
Un nuevo PRI que incube a una nueva generación de dirigentes, y que, como lo hizo en sus tres etapas anteriores, sean dirigentes que transformen el rumbo del país que hoy en día camina con somnolencia, estrechez de miras y agobiado por tantos problemas sin soluciones.
 
 
Citas
  1. Primer Manifiesto del Comité Organizador del Partido Nacional Revolucionario, en Historia gráfica del PRI 1929-1991, IEPES del PRI/Cambio XXI Fundación Mexicana, A.C., segunda edición, 1991, p.23.
  2. Declaración de Principios 1919-1996, Cronología de las asambleas, Breviario histórico, primera edición, Partido Revolucionario Institucional, México 2001.
  3. Op. cit., p. 18.
  4. Op. cit., p. 15.
  5. Discurso pronunciado por Beatriz Paredes Rangel durante la ceremonia de entrega de constancia de mayoría de la elección de Presidente y Secretario General del CEN del Partido Revolucionario institucional, 20 de Febrero de 2007. 
  6. Op. Cit.

 


Publicado por: