Presidencialismo y representación en América Latina

Ya no es la oficina presidencial la que representa algo superior, sino que el presidente mismo es el que goza del apoyo y la fascinación del pueblo

Por: Victoria Crespo

La discusión en torno a la representación política en América Latina y en otras regiones ha sido tradicionalmente circunscrita al órgano legislativo, es decir, al Congreso y principalmente a la Cámara baja, donde los ciudadanos en teoría deben estar representados (sabemos que el principio de representación del Senado en América Latina es federal).

Sin embargo, considerando la centralidad del presidencialismo en la política latinoamericana, la relación entre la presidencia y la representación política es una reflexión pendiente que involucra, en principio, dos preguntas que deben ser diferenciadas: la primera, ¿qué y a quiénes representa la presidencia en América Latina? y la segunda, ¿Qué y a quiénes representan los presidentes?

La primera pregunta se refiere a la institución presidencial y al desarrollo del significado histórico y político de la presidencia. La segunda, apunta a presidentes concretos y sus vínculos con la ciudadanía.

Para este análisis, sin embargo, hay que hacer una distinción preliminar. En su estudio clásico sobre la representación, Hannah Pitkin define la representación como “hacer presente algo que no está literalmente presente” 1  y realiza una serie de distinciones conceptuales, de las que me interesa rescatar dos a las que me referiré en este artículo. 

La primera es la representación formal, dentro de la cual la representación se produce a partir de una serie de mecanismos y arreglos institucionales que le preceden, la inician o autorizan (authorization), y en algunos casos, que le dan seguimiento, la controlan e inclusive pueden revocarla (accountability).

Este es el concepto de representación política que habitualmente se utiliza en la ciencia política. Sin embargo, hay otro tipo de representación, la representación simbólica, que no implica ningún tipo de vínculo institucional entre representante y representado, sino una conexión de significado que se construye históricamente. 2    

En este artículo, analizo la presidencia y los presidentes contemporáneos en América Latina a la luz de estos dos conceptos de representación.

LA INSTITUCIÓN PRESIDENCIAL Y LA REPRESENTACIÓN POLÍTICA

Históricamente la presidencia fue creada en América Latina como una institución indispensable para los procesos de formación del Estado y su legitimación.

Desde México hasta el Río de la Plata, la presidencia fue concebida para representar simbólicamente “algo superior, merecedor de ser elevado a la esfera pública” llámese el Estado, la nación o el pueblo. 3  

Sin embargo, desde sus inicios, la presidencia también estuvo marcada por la paradoja de ser una institución republicana con claros elementos monárquicos. Como plantea el teórico político y constitucional alemán Carl Schmitt, “el presidente es el monarca republicanizado” de las constituciones modernas y revolucionarias. 4  

Esta compleja relación entre valores republicanos y prerrogativas monárquicas, por supuesto, tuvo consecuencias en términos de representación, y precisamente en esta tensión es posible ubicar el origen del “presidencialismo fuerte” o “hiperpresidencialismo” latinoamericano, ideado para compensar la “debilidad” de los presidentes republicanos. 

Por ejemplo, en sus escritos políticos, Simón Bolívar plantea que al carecer de las ventajas simbólicas del monarca, el presidente es un simple individuo apartado de la sociedad y sometido al Poder Legislativo, al Senado y al pueblo, y por ello debe ser dotado de ciertas facultades para evitar que su debilidad se convierta en un liderazgo desesperado y, por ende, en tiranía. 5  

De esta manera, a lo largo del siglo xix, se va elevando a la presidencia en términos de poderes, pero también de representación. La presidencia comienza a representar al Estado y la unidad nacional, y ejecutiva y simbólicamente juega un papel fundamental en la creación y consolidación de los nuevos Estados independientes.

La presidencia se constituye como una institución fundamental, en el reconocimiento de la soberanía e independencia de los nuevos Estados por parte de las potencias extranjeras y en la afirmación de la soberanía interior frente a contendientes internos federales.

Algunos autores incluso van más allá; por ejemplo, Claudio Lomnitz propone que en el siglo XIX mexicano el ideal de soberanía nacional fue literalmente encarnado por la persona pública del presidente. 6  

En el siglo XX, la representación presidencial comienza a girar hacia la democracia. El énfasis en la representación de la unidad nacional y en la consolidación del Estado es reemplazado por el de la representación popular.

Como observa Max Weber, la legitimidad del presidente se constituye por gracia del voto popular. 7   En este momento, el carisma, la personalidad, el cuerpo presidencial reemplazan lo simbólico: ya no es la oficina presidencial la que representa algo superior, sino que el presidente mismo es el que goza del apoyo y la fascinación del pueblo. 8   

Este proceso llega a su momento cumbre con el surgimiento de las presidencias populistas latinoamericanas a mediados del siglo XX en sus múltiples expresiones, tales como las de Getulio Vargas, en Brasil; Lázaro Cárdenas, en México; Juan Domingo Perón, en Argentina, y Rómulo Betancourt, en Venezuela, para mencionar los ejemplos clásicos.

El presidencialismo oligárquico autoritario decimonónico deja su lugar a una presidencia más plebeya y democrática, y en ocasiones también autoritaria. El presidente ejecuta en “el nombre del pueblo.” Pero no de cualquier pueblo.

Los representados ahora son los excluidos del viejo y políticamente restrictivo esquema oligárquico. Por lo tanto, esta transformación en la representación presidencial debe ser atribuida a la dinámica histórica de la exclusión y la inclusión política.

La explicación clásica del surgimiento de las presidencias populistas debido al desarrollo capitalista y a la modernización no es suficiente si no está acompañada de una referencia a la profunda –y recurrente– crisis de la representación política en América Latina y la urgencia de ciertos grupos, ya sea la clase trabajadora, los campesinos, las mujeres, los indígenas, los marginados, los desempleados, etcétera, de ser incluidos y representados social y políticamente. 

Después de los procesos dictatoriales de los sesenta y setenta, las transiciones a la democracia en América Latina dieron un nuevo ímpetu a las instituciones democráticas y republicanas a comienzos de la década del ochenta.

Sin embargo, el desencanto con el desempeño político de los funcionarios de los tres poderes, la erosión de los partidos políticos, la corrupción y el desastroso saldo económico del neoliberalismo, acompañado de exclusiones políticas históricas nunca resueltas, condujeron a una dramática crisis de la representación política. 

Esta vez, sin embargo, el presidencialismo no surgió como una alternativa de representación dotada de legitimidad, sino que también se vio afectado por el descreimiento por parte de la mayoría de la población.

Para evidenciar este deterioro sólo basta ver la larga lista de fracasos presidenciales a lo largo de la década del noventa: Fernando Collor de Mello (Brasil, 1992), Carlos Andrés Pérez (Venezuela, 1993), Jorge Serrano (Guatemala, 1993), Jamil Mahuad (Ecuador, 1998), y la lista se extiende a Alberto Fujimori (Perú, 2000), y Antonio de la Rúa (Argentina, 2001).

Presidencias que fueron “interrumpidas,” como observa Arturo Valenzuela, ya no por golpes militares sino por intensas protestas populares, insurrecciones de la sociedad civil, juicios políticos y divisiones partidarias, todas ellas indicativas de una grave crisis de representación política. 9  

La presidencia, que alguna vez fue concebida como la representación de la virtud republicana y de la unidad nacional, aparecía como una institución decrépita, corrupta e inoperante.

PRESIDENTES Y REPRESENTACIÓN

Sin embargo la representación simbólica a la que me he referido no es la única forma de representación presidencial. Como mencioné anteriormente, a lo largo del siglo veinte, la expansión del sufragio y la configuración de un nuevo mapa de partidos políticos “modernos” contribuyeron a la conformación de la representación democrática.

La democratización fue creando un lazo entre el electorado y el presidente: el voto. En el esquema de Pitkin, se trata de una forma de representación formal a través de arreglos institucionales concretos.

En la mayoría de los países de la región, los métodos de elección presidencial indirectos con colegios electorales son reemplazados por métodos directos y con segundas vueltas para asegurar las más amplias mayorías democráticas (al respecto, México sigue siendo una curiosa excepción).

La presidencia pasa a ser principalmente un cargo de representación popular que goza de legitimidad democrática además de sus históricos atributos simbólicos. Esto a primera vista fortalece a los presidentes pero paradójicamente también los debilita ya que las expectativas en torno a ellos son inéditas.

Un día son los salvadores del país y al otro son inútiles, corruptos o fracasados. Por otro lado, el avance de la noción de soberanía popular cristaliza la idea de que el presidente debe responder al pueblo, mas aún, la ciudadanía debe contar con mecanismos de control (accountability) de los presidentes ya sea a través de la reelección, la consulta popular, la revocatoria de mandato, los organismos anti-corrupción, etcétera. 

La crisis socioeconómica y política que caracterizó la década del noventa condujo al (re)surgimiento de dos modelos de representación presidencial que caracterizan la política latinoamericana en la actualidad.

Al primero lo llamo “modelo de representación presidencial populista”, y al segundo “modelo de representación presidencial republicana-liberal”. Cabe aclarar que esta distinción no está basada en un criterio ideológico.

El primer modelo de representación presidencial deriva su legitimidad democrática de un electorado que ha sido excluido económica, política y culturalmente, pone el acento en su legitimidad plebiscitaria, promueve formas alternativas de participación popular, y busca liderar la redefinición de la representación política a través de ciertos procesos de reforma constitucional.

Entre sus principales exponentes contemporáneos están Hugo Chávez, en Venezuela; Evo Morales, en Bolivia; Daniel Ortega, en Nicaragua, y Rafael Correa, en Ecuador. La presidencia de Cristina Fernández de Kirchner en Argentina también parece inclinarse en esta dirección, aunque de manera más matizada que en los otros casos. 

¿Aquiénes representan estos presidentes? Esta interrogante requiere de un giro analítico que vaya del presidente al otro gran sujeto de la representación política: el pueblo.

Esta interrogante también sugiere la necesidad de desprenderse de los prejuicios que normalmente acompañan la caracterización del populismo. 10  

Es incorrecto aferrarse a la noción que desde la caracterización marxista del lumpenproletariado conceptualiza a los excluidos como masas irracionales, desorganizadas, ignorantes, etcétera.

Chávez, Morales y Fernández de Kirchner, no representan a la masa sino a ciudadanos organizados en los Círculos Bolivarianos, el Movimiento al Socialismo (“caracterizado como un movimiento de movimientos sociales”), el peronismo y las organizaciones sociales afiliadas al partido, respectivamente, para quienes es absolutamente racional apoyar a estos presidentes.11  

Pero además, estas organizaciones mantienen una relación compleja, muchas veces contradictoria con estos presidentes, es decir, tienen una autonomía relativa. Además de ser una construcción discursiva, como categoría sociológica el pueblo, involucra actores sociales concretos.

Las preguntas a plantear son ¿cómo están organizados los sectores que apoyan a estos presidentes?,¿hasta qué punto estas organizaciones poseen autonomía?, y ¿cuál es la racionalidad política que subyace tras el apoyo a estos presidentes?

Una más adecuada conceptualización de este misterioso sujeto, el pueblo, nos permitirá comprender mejor el fenómeno de la representación presidencial populista y su resurgimiento en América Latina.  

En el segundo modelo de representación presidencial republicana-liberal, la legitimidad democrática se basa en un electorado de centro-izquierda o centro-derecha, se enfatiza el respeto a las instituciones republicanas, la división de poderes y la disciplina e institucionalización de los partidos políticos.

En este modelo cabe incluir a Michelle Bachelet, en Chile; Luiz Inácio Lula da Silva, en Brasil; Tabaré Vázquez, en Uruguay, y Álvaro Uribe, en Colombia. Felipe Calderón, quien inició su presidencia duramente cuestionado en cuanto a su legitimidad democrática, busca perfilarse dentro de este modelo, planteando la legalidad de su mandato.

En contraposición al modelo anterior que enfatiza la legitimidad plebiscitaria, esta forma de representación política se sustenta a partir del viejo énfasis liberal en la legalidad y en los procedimientos. El modelo pretende ser más parlamentario, respetando la separación de poderes y un papel más preponderante del Congreso.

Los partidos políticos también juegan un papel más importante en la mediación entre representantes y representados, en lugar de las organizaciones más societales (por ejemplo, los sindicatos, movimientos sociales, organizaciones de la sociedad civil, etcétera) del otro modelo.

El sujeto representado es el ciudadano, es decir, aquel con derechos políticos dentro de la comunidad política, sin problematizar quién está incluido histórica y políticamente en esta categoría. La legitimidad democrática deriva del ciudadano o electorado definido por la ley. 

Cabe aclarar que pese a los obvios contrastes entre ambos modelos, hay similitudes importantes. Ambos son democráticos, más aún, el modelo populista es más democrático pero menos liberal.

En ambos modelos parece haber un consenso fundamental en torno a la noción de soberanía popular, y la diferencia radica en las formas de expresión y representación de dicha soberanía. 

Al ser más presidencialista y por ende personalista, el modelo populista aparenta ser más autoritario, sin embargo, el modelo liberal-republicano tampoco escapa a la aplicación de medidas autoritarias o represivas en situaciones de crisis o de conflicto con el Congreso. 

Finalmente, en ambos casos el presidente es el actor político fundamental de la democracia política partidaria. En los dos modelos, el presidente está lejos de ser esa persona pública unificadora representante de la nación, tal y como se pensó en teoría en la fundación de las repúblicas latinoamericanas.

Los presidentes como actores con un proyecto ideológico y político tienden a polarizar a la sociedad, independientemente de que el fundamento de su representación sea populista o liberal, tal y como los casos latinoamericanos contemporáneos sugieren.

En el desarrollo histórico y político de la presidencia y de los presidentes, la dimensión simbólica unificadora de la representación presidencial ha dejado más espacio a la representación democrática, y el conflicto, la contestación, las luchas por el poder, tanto como el debate, las libertades y los derechos, son una parte constitutiva de la vida democrática.

Citas
  1. Pitkin, Hannah.The Concept of Representation, University of California Press, Berkeley 1967, p.144.
  2. Idem., pp. 39,55. 
  3. Este es un aspecto del concepto de representación política de Carl Schmitt. Ver, Schmitt, Carl. Teoría de la Constitución, Alianza Editorial, Madrid 1982, pp. 208-209.
  4. Idem., pp.281-282.
  5. Bolívar, Simón. “El Discurso de Angostura”, en Bolívar Simón. Doctrina del Libertador, Biblioteca Ayacucho), Caracas 1990, pp.117-118.
  6. Lomnitz, Claudio. Deep Mexico, Silent Mexico, An Anthropology of Nationalism, University of Minnesota Press, Minneapolis, London 2001, pp.83-84.
  7. Weber, Max. Economy and Society, An Outline of Interpretative Sociology. Edited by Guenther Roth and Claus Wittich, University of California Press), Berkeley and Los Angeles 1987,vol. I, p. 267.
  8. Siguiendo el fascinante modelo de los dos cuerpos del rey de Ernst Kantorowicz, es decir, el rey con un cuerpo humano y un cuerpo político o simbólico, que es la representación misma de la unidad política, en el presidencialismo latinoamericano el cuerpo político y lo que representa deja lugar al cuerpo natural del presidente. Ernst H. Kantorowicz, 1997. The Kings Two Bodies, A Study in Medieval Political Theology, Princeton University Press, Princenton 1987.
  9. Valenzuela, Arturo. “Latin American Presidencies Interrupted” Journal of Democracy (Baltimore), oct. 2004, vol. 15, Iss. 4; p. 5.
  10. Este es el enfoque epistemológico recientemente propuesto por Ernesto Laclau. Ernesto Laclau, La razón populista, FCE, México 2006, prefacio, capítulo 1, pp.9- 35.
  11. Ver De la Torre, Carlos. “The Resurgence of Radical Populism in Latin America”, Constellations, New York, vol. 13, Iss. 3, 2007; Forrest Hylton, Sinclair Thomson, “The Chequered Rainbow”, en New Left Review, London, Núm. 35, September- October, 2005, pp.41-64.

 


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