Por un periodismo reflexivo

¿Cuál debe ser el compromiso de los medios y los periodistas para con la sociedad? Sin dejar fuera las circunstancias de riesgo en las que se ejerce, Luis Alberto Herrera medita sobre los mecanismos y las condiciones del periodismo en función del sistema

Por: Luis Alberto Herrera

Estamos en una profunda crisis política, la exigencia de nuestro tiempo, de aquellos con los que compartimos este momento histórico, no es otra que poner un alto a la corrupción, a la impunidad. Ante tal contexto y demanda, quienes practicamos el ejercicio periodístico no podemos evadir la reflexión, preguntarnos qué pasa con éste.

El juego democrático demanda que la sociedad disponga de información de calidad, es decir, que sea el resultado de una aproximación crítica y profunda de lo público, sustentada en referencias precisas que presenten la verdad sin pretensiones y que, no obstante, resista toda prueba de verificación de datos.

Ante ello surgen las preguntas, ¿es el periodismo que ofrecemos el que requiere esa democracia a la que aspiramos o, por el contrario, como todo en una realidad sistémica, se desarrolla con los mismos vicios y rasgos de los que la sociedad quiere desembarazarse? ¿Es el periodismo del país un componente que se diferencia y desmarca del estado actual de las cosas en la democracia germinal, es decir, un referente para ésta? ¿O más bien terminan por parecerse demasiado, con lógicas y supuestos comunes que se retroalimentan?

Por supuesto, hay grandes casos de ejemplaridad periodística en el país, guías para cualquiera de quienes ejercemos esta profesión, aunque no sería acertado calificar como guiados a aquellos por lo poco que hacen.

La cuestión se perfila entonces hacia los motivos por los que la práctica periodística se desenvuelve en condiciones que reproducen los sistemas de la democracia en desarrollo en la que se encuentra inserta.

Salarios bajos; calidad de vida y estabilidad laboral insuficientes; tratos indignantes; derechos y prestaciones menguados aun a costa de la ley, así como poco respaldo institucional son algunos de los factores que socavan el desarrollo de la práctica periodística.

Esto sin desatender los casos más graves, como las agresiones directas hacia periodistas, que convierten el ejercicio de la profesión en una cuestión de vida o muerte.

Ahí donde el Estado mexicano no garantiza la seguridad de las personas, el periodismo, como ocurriría con cualquier otra actividad laboral, no puede desarrollarse con normalidad. Sin embargo, estas vivencias extremas no explican todo, por eso es importante examinar el caso de Jalisco.

Jalisco es una entidad con medios de comunicación fuertes y condiciones de seguridad que, si bien son aún insatisfactorias –el segundo lugar nacional en desapariciones habla por sí mismo–, posibilitan el ejercicio periodístico y, no obstante, la gran mayoría de los productos periodísticos parecen no corresponder con una búsqueda por lo fundamental, con el esfuerzo obligado por alcanzar los temas nodales de nuestro contexto.

No sorprende, por tanto, que la crítica de lo público que impera en los medios se perciba atemperada, aletargada, somera y, muchas veces,  hasta irrelevante y frívola. Me refiero principalmente a la prensa, porque en la televisión y radio locales no se hace periodismo de investigación –puede darse, pero por excepción–, todo se centra en la agenda pública y los contenidos propios son modalidades de la atención a quejas ciudadanas.

Percibo dos causas en esto: una del ámbito institucional de los medios; otra, que lo supera y está en la propia praxis periodística. La primera se trata del tipo de relación actual entre los medios y el poder público, muy señalada antes por periodistas y asociaciones civiles, pero que no ha sido aún dimensionada. 

La prensa se halla en un proceso de adaptación al nuevo entorno que ha revolucionado el internet: no sólo hay cada vez menos lectores de periódicos, también menos anunciantes. Por ello, el gasto de publicidad gubernamental dio un salto cualitativo en su carácter de sostenibilidad económica para la prensa, a tal grado que comienza a hablarse de él más como un subsidio que como el pago de un servicio.

Estos dos elementos –la transformación del modelo de negocios y la propaganda oficial–, configuran un escenario condicionante del periodismo (aunque hay medios que se condicionaron mucho antes por voluntad, sin necesitarlo).

No existe en el país, hasta ahora, un marco legal que regule la asignación de la publicidad oficial, de ahí que se utilice como un mecanismo discrecional para premiar y alentar las propuestas editoriales más contenidas y conservadoras o las abiertamente aliadas de la autoridad y, por el contrario, se sancione y ahogue a las propuestas orientadas a la investigación y crítica del poder público.

La propaganda gubernamental pesa sobre la línea editorial de los medios, bien guarecidos en su opacidad como particulares: la exigencia de transparencia y legalidad es firme hacia afuera mas no hacia dentro.  

En la reforma electoral de 2007 se sentaron las bases en el artículo 134 constitucional para una ley reglamentaria sobre el gasto público en medios; las tres principales fuerzas políticas (pri, pan y prd) han presentado sus iniciativas, es sintomático que todas buscan expresamente prohibir que sea utilizado para incidir sobre las líneas editoriales. La resolución está pendiente.   

La segunda causa se refiere, como dije, a la praxis periodística en sí: cuando periódicos y periodistas abandonamos el interés y la interpelación por lo que resulta relevante para el contexto al que se aproxima, es decir, tenemos nada.

La agenda propia y de investigación en la prensa, en lugar de dar sentido a la labor, resulta poco significativa: como si definirla fuera como elegir entre un americano o un latte. No. Es justo en la ordenación de la agenda donde el medio debería pronunciarse sobre asuntos que, en medio de la abundancia de información, resultan trascendentes, ya que esa priorización delinea su identidad.

Cuando se desestima lo anterior, lo que se obtiene es una apuesta de investigación –si la hay– de la que no se puede asegurar que sea en verdad relevante o si resulta superflua. Las áreas directivas de los medios tienen que interesarse por algo más que el mercado y dar prioridad a definir su esencia, qué buscan y cuál es su responsabilidad como medios de comunicación ante la sociedad y la democracia naciente.

Hacerlo evidente, ponerlo sobre la mesa y redescubrirlo, no darlo por sentado: ¿qué les da sentido? ¿Seguir un interés periodístico parodiado, vigente en tanto no se toquen los intereses propios y las pautas publicitarias? ¿Obtener likes al por mayor, como valor en sí, por más vacuidad disfrazada de algo más? ¿Ese golpe que vende bien aunque sacrifique el rigor periodístico? ¿O mantener las suscripciones del sector con más compradores?

Las reporteras y reporteros no estamos exentos de la pregunta por el sentido de lo que hacemos: ¿qué es lo que importa hoy? ¿Qué es lo que debemos investigar y publicar porque es relevante y debe ser expuesto? ¿Qué es aquello que sabemos y sentimos que está mal, que no debería ser así sino de otra manera? Incluso ¿qué deslegitima nuestro ejercicio? ¿Por qué hacemos de las áreas de comunicación oficinas para la gestión de tráfico de influencias?

No es fácil contestar a estas preguntas, no sé si quienes ejercieron el oficio en algún otro tiempo pudieron hacerlo. Para nosotros, en un momento que destaca porque nada lo caracteriza, porque no hay sistema referencial, no hay asideros últimos, se antoja tarea imposible.

Cuando todo parece importar lo mismo, vivimos el riesgo de que nada tenga importancia. Un día se hace viral la indignación por lo ocurrido en Ayotzinapa en 2014, al otro, la pregunta por el color de un vestido.

Puede haber una salida: quizá no se trate de hallar la respuesta acabada a estos cuestionamientos, sino de sumarlos y hacerlos parte constitutiva de la praxis periodística; hacernos estas interrogantes y otras más radicales.

Si el periodismo reflexivo que se vuelve sobre sí y sobre lo que hace no se da en las instituciones de los medios, entonces los periodistas deberemos garantizarlo, como un esfuerzo que nace de manera individual pero que se sabe que, mientras más compartido y colectivo sea, más potente será. 


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