Poética de la melancolía y el desencanto

En el desencanto, como en una mirada que ha visto demasiadas cosas, se da la melancólica conciencia de que el pecado original ha sido cometido, de que el hombre no es inocente...

Por: Carlos López de alba

Uno de los síntomas constantes del desencanto se presenta como un debate introspectivo ante la posibilidad de emprender algo, de realizar cualquier deseo o, su antípoda, de permanecer en la zona de confort.

Hoy más que nunca experimentamos al extremo tal cuestionamiento al grado de pasar la existencia en un devaneo que oscila entre la planeación continua y la gestión de proyectos; o, peor aún, ante el hecho de que la cultura occidental, impulsada por los modelos socioeconómicos imperantes, estimula el deseo a través de la insatisfacción permanente y la decepción perpetuada, entretenidas con placebos de consumo e imagen que no representan más que un falso potencial de prestigio, ascenso e integración social como rasgos de dominación, bienestar, honor y distinción.

Atrá han quedado las reuniones y excentricidades de las cortes imperiales, desde la baja Edad Media hasta las primeras revoluciones, para dar lugar a la persecución de modelos de éxito y posicionamiento inspirados en historias de personajes recientes que van desde Ford, Rockefeller y Trump, hasta Gates y Jobs.

No obstante, el establishment es apenas uno de los múltiples pilares del desencanto que las sociedades han atravesado de manera cíclica durante cada generación, y cada vez más contribuye al fortalecimiento de la individualidad en su riesgoso afán de albergar certidumbre, esperanza y universalidad, obteniendo todo lo contrario.

DE ahí surge justamente el presente ejercicio como un recurso para deshilvanar la poética de la melancolía y el desencanto por medio de una breve muestra, apenas, de personajes y obras representativas de tal condición, particularmente de la pintura y la literatura, revisitadas a la luz de su construcción temática, definida por una psique situada en la expresión de una poética portadora de la situación existencial de los últimos años, vista a través de casos concretos como Herman Melville, Franz Kafka, Fernando Pessoa y el pintor estadounidense Edward Hopper, partiendo del ilustrador ensayo de Claudio Magris, “Utopía y desencanto” (Magris, 2004: 7-17), para intervenir cada repaso temático con citas, a manera de estaciones de paso, como enlace para la revisión del desencanto en la axiología de los citados autores. 

En el desencanto, como en una mirada que ha visto demasiadas cosas, se da la melancólica conciencia de que el pecado original ha sido cometido, de que el hombre no es inocente...

De entre las obras de Edwrd Hopper hay una que contiene poderosamente mi atención sobre las demás: Sunlight on Brownstones (1956). El cuadro debe, como en casi toda la producción del pintor norteamericano, a la luz y su impacto narrativo el elemento más fuerte de la escena, enfocada en una pareja ubicada en el porche de una casa iluminada de frente hacia el sol.

El hombre, de pie, lleva puesto un chaleco sobre una camisa y una corbata oscura, tiene el cabello corto y luce un peinado con gomina que logra una perfecta armonía con su rostro afilado. Está recargado sobre el marco de la puerta y fuma un cigarrillo con una tranquilidad siniestra.

A su lado descansa una mujer vestida de azul que me recuerda a la lectora de cartas de Vermeer. Sin embargo, la reflexión de este cuadro no reside en la correspondencia recibida, la dama de Hopper descansa sentada sobre el barandal de las escaleras y mira fijamente hacia el sol, parece que contempla en éste su propia existencia guiada únicamente por su pensamiento, equilibrada sólo por el pie derecho que de manera delicada pende sobre su cuerpo.

Mi interés por el cuadro radica en la quietud apenas sostenida entre ambos personajes, posee una tensión narrativa distendida en el tedio del día, son habitantes de una paradoja: o son observadores del clímax de un suceso en un punto del cuadro no pintado por Hopper, o viven en la existencia de un conflicto interior a punto de estallar, pero que soportan en el transcurso de lo cotidiano, oculto, como la conciencia transgresora señalada por Magris en la cita que antecede a la presente aproximación al cuadro de Hopper (Magris, 2004: 14).

El realismo Hopperiano invita a continuar el desarrollo del óleo y a imaginar que enseguida el hombre tirará el cigarrillo y lo apagará con la suela del zapato, entrará a la casa a continuar con la soledad y el aislamiento que lo describe, mientras la mujer se sumerge cada vez más en esa indiferencia y desazón que transpira. Una vida hermosa, que desborda perfección y estética, y sin embargo se ve profundamente monótona, sin aliento, desencantada de su entorno.

El cuado, con mucho, captura la esencia del vértigo en el que cayó la sociedad del siglo XX, y del que hoy, a la distancia, no es más que un eco distorsionado por las nuevas eclosiones socioculturales.

El desaliento como estadio social ha figurado como una condición intrínseca a la naturaleza humana y nos ha acompañado en momentos específicos tanto de nuestra vida como dentro de los periodos axiales en todos los ciclos de las épocas fundamentales del hombre.

Si bien este enfado hacia la vida –llamado también nihilismo, existencialismo, tedio, acedía– ha sido un punto medular de la historia, en la actualidad se agudiza por el velo que tienden la rapidez de la transmisión de la información, la sensación de estar en conexión inmediata con el mundo en pos de la trascendencia.

Dicho de otra manera, en nuestra sociedad actual, en el afán de cohesionarnos nos individualizamos en una espiral descendente como un rasgo de inestabilidad y falta de confianza, como señala Zygmunt Bauman: “incertidumbre, inseguridad y vulnerabilidad... Es un sentimiento de inestabilidad, de que no existe un punto fijo en el que situar la confianza” (Gamper, 2008: 43), explicación que ofrece para traducir lo que en alemán se denomina como Unsicherheit.

Para Bauman, el Unsicherheit es también una cierta “precariedad” que recoge y plasma la complejidad de nuestros miedos: la sensación de caminar “sobre una superficie tambaleante, la fragilidad y la indefinible duración de nuestras condiciones, que se evidencian en casi todos los aspectos de nuestras vidas” (Bauman, 2008: 19).

Dicho desencantose desenvuelve como parte de una cultura vacua y sin sustento. Se transpira en las calles, en los medios de comunicación, en la tecnología, en los deportes, en la cultura. Y, sin duda, como en el cuadro de Hopper, las artes han sido testigo y registro de este desaliento como una bitácora de este pathos catastrófico. 

En este comienzo del milenio, muchas cosas dependen de cómo resuelva nuestra civilización este dilema: si combatir el nihilismo o llevarlo hasta sus últimas consecuencias

La cita de Magris que precede este apartado (Magris, 2004: 8) alude a que precisamente a finales del siglo XIX, Nietzsche y Dostoievski vislumbraban una nueva tipología del hombre, configurada por el advenimiento del nihilismo, el fin de los valores y de los sistemas de valores, en una suerte de ruptura con las particularidades que para el filósofo alemán se trataba de “una liberación que celebrar” y para el ruso de “una enfermedad que combatir”.

Ante ello, la literatura ha dejado obras emblemáticas de ambas posturas. Por una parte está Oblomov (1859), de Goncharov, una de las novelas de la apatía y la inmovilidad por excelencia, que presenta como conflicto principal el rechazo personal del protagonista, Oblomov, hacia la ideología de la época a manera de acusación social.

Por tanto, el oblomovismo representa la inactividad, la permanencia en la cama, la inacción y la desesperanza, en respuesta a la frustración por la decadencia de valores bajo el estandarte de la protesta existencial, confrontado por el héroe, Stolz, quien figura como la representación del empuje y el positivismo ruso de entonces.

De manera paralela –incluso prácticamente simultánea, aunque más célebre que la de Goncharov– encontramos la obra de Melville, Bartleby, el escribiente (1853).

En ella, el protagonista, Bartleby, se caracteriza por responder con la lapidaria frase “Preferiría no hacerlo” a todas las exigencias u ofrecimientos de su jefe, situación que a la postre genera un prototipo que, en apariencia, enmarca irresponsabilidad y rebeldía, actitud que si bien al comienzo del libro carece de explicación, y se antoja más como una extravagancia, con el transcurso de las páginas arroja una interpretación casi metafísica. En el Bartleby de Melville destacan la convicción por el desencanto y la renuncia en un acto de consagración secular hacia la soledad y el silencio.

Caso parecido sucede con el Gregorio Samsa de Kafka, personaje que, como bien se conoce, antes de experimentar su metamorfosis física tiene una interior, a partir del desencanto que le instiga su preocupación económica para sostener las necesidades y deudas familiares, lo que lo lleva al aislamiento la noche previa a su transformación al cerrar con llave, como de costumbre, las puertas de su habitación, como señala Roberto Calasso: “Gregor había creado un espacio hermético, preparado para la metamorfosis… este gesto de cerrar con llave era una declaración de hostilidad hacia el exterior… había querido separarse de modo apenas un poco más nítido de aquella comunidad a la que dedicaba todos sus esfuerzos” (Calasso, 2005: 181).

Hasta aquí se han referenciado a modo casi catalográfico tres personajes fundamentales de la narrativa clásica de fin de milenio, donde el desencanto de Oblomov, Bartleby y Gregorio Samsa se instala bajo la sombra de la apatía, la inmovilidad y el aislamiento como leitmotiv en dichas obras, donde los personajes fungen como arquetipos de un tono anímico en una espiral descendente hasta alcanzar implicaciones irreversibles.

Si bien esta es una condición inherente al desencanto de una sociedad y un entorno determinados, también coexiste con otra suerte de abandono y negación como forma de desencanto, como la que encontramos en Fernando Pessoa.

Para enfocarnos en un mínimo aspecto del desencanto pessoano, en su escritura fragmentaria se encuentra una peculiar figura del abandono: el tedio.

En Pessoa, o, particularmente en Bernardo Soares, el heterónimo –semi-heterónimo, según Pessoa– que escribió Libro del desasosiego, el tedio funge no como un estado preciso de abandono o aislamiento, sino como un desequilibrio físico, intelectual, moral, donde transcurren lo mismo el desapego al trabajo que al descanso, incluso de sí o del tedio en sí mismo: “Tan dado como soy al tedio, es curioso que nunca, hasta hoy, se me haya ocurrido pensar en qué consiste.

La verdad es que me encuentro hoy en ese estado intermedio del alma en el que no apetece la vida ni ninguna otra cosa… Sí, el tedio es eso, la pérdida, por parte del alma, de su capacidad de ilusionarse, la ausencia, en el pensamiento, de la escalera inexistente que le permite subir sólido hasta la verdad” (Pessoa, 2004: 284).

Destaca la apreciación que Dulce María Zúñiga, investigadora de la Universidad de Guadalajara, ofrece del tedio, en un sentido que contribuye a entender no sólo la insatisfacción de Pessoa, sino la cosmovisión de los personajes anteriormente señalados, como Oblomov, Bartleby y Samsa, donde el desencanto se puede interpretar a la luz del tedio pessoano, tal como lo tipifica Zúñiga: 

Esta definición se destaca principalmente el carácter de vacío, de desinterés desoeuvrement en francés, de una absoluta no-curiosidad. El solo hecho de confesar el tedio es ya un acto de significativo. Confesar el propio tedio a alguien o leer la expresión del tedio en un personaje ficticio implica al menos, tres tipos de convención. La primera se establece entre el que lo padece y su interlocutor: convención de inteligibilidad… la segunda convención, de orden ideológico. Que el tedio sea la expresión de una falta o carencia no significa que ésta sea la misma para todos. Entra en operación un sistema de valores subjetivos que tienden a parecerse a una serie de valores colectivos... La tercera convención es de orden cultural: los códigos culturales entre el que sufre el tedio y lo confiesa y quien lo escucha e interpreta, deben ser coincidentes, de no serlo, la significación variaría al grado de caer inclusive en la interpretación contraria.…Sea cual sea el término usado, el concepto es coincidente: la vacuidad inútil del yo, el desagrado de sí mismo (displicentia sui), el no soportarse a sí mismo (impatiens sui) y en consecuencia, el desánimo de vivir (taedium vitae). …Así pues, el Tedium Vitae puede, de alguna manera secreta, engendrar obras de arte, es un estado anímico refinado, el tedio, no el simple aburrimiento (Zúñiga, 2007).

A sabiendas del riesgo hermenéutico que conlleva, podemos mencionar que la tesis de Zúñiga aporta al planteamiento de una revaloración del tedio –o desencanto– no como un abismo emocional, intelectual y físico per se, sino como la etapa de un proceso de destrucción-reconstrucción, y que en la literatura no sólo es aburrimiento, sino detonante de tensiones narrativas, con la salvedad de que el tedio de Pessoa se presenta más como un discurso fragmentado y en una línea distendida entre lo metaliterario y lo biográfico, dado la condición de escribir bajo ortónimo y heterónimos; y que en Goncharov, Melville y Kafka el concepto de desencanto está desenvuelto como un recurso temático, en el que se traslapan los rasgos biográficos ante el despliegue narrativo y el entramado de ficción en la diégesis de sus novelas. 

Utopía y desencanto, antes que contraponerse, tienen que sostenerse y corregirse recíprocamente

El desencanto es un conflicto existencial, ya que, pese a la incapacidad de controlar una condición, existe una libertad y/o responsabilidad para aceptarla; es decir, para decidir si se afronta –y de qué manera, positiva o negativa– o se ahonda en ella.

Si bien la literatura funciona con base en elementos discursivos, poéticos y narratológicos, también se puede trazar como un registro estético de las ideologías de una sociedad.

Aunque se emplearon aquí casos de obras ubicadas entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX aún representan con mucho la insatisfacción de un universo desprovisto de valores, desencantado, como menciona Lipovetsky, “en el que las ideologías ya no aportan sistema de unidad, certidumbre, inteligibilidad del mundo real” (Lipovetsky, 2007: 371).

Sin embargo la confianza es una necesidad y no una alternativa. Al respecto, hay un cuento de Raymond Carver, “No son tu marido”, que vincula irremisiblemente las bases de la estabilidad y el desencanto.

Carver, otro de los grandes autores del fluir melancólico y la desilusión de una clase media norteamericana venida a menos, es un excepcional narrador que solo se involucra con el arte de saber contar instantes, de construir personajes y de entablar conflictos narrativos, no los resuelve ni los mastica para dárselos al lector.

La anécdota es sencilla: Earl era un vendedor desempleado. Doreen, su esposa, se había puesto a trabajar en el turno de noche en un restaurante que abría las 24 horas. Tras escuchar el comentario de un cliente atendido por Doreen acerca de la obesidad de ella, Earl pasa los días al pendiente de la imagen de su esposa, a quien somete a un severo régimen de escasa alimentación para perder peso.

Así, mientras ella trabaja de noche, alimentada solo de “siestas”, él deja transcurrir su propio tiempo frente al televisor y de vez en cuando acude a una cita de trabajo, sin éxito, desde luego. Al paso de cinco semanas Doreen ha perdido ocho kilos y se encuentra lánguida, fatigada, con unas ojeras larguísimas. Sus compañeras están preocupadas. “No les hagas caso. Ellos no son tu marido”, responde Earl.

El final del cuento es estoico, letal, y deja un eco que vuelca a la relectura de todo el relato, pues sale a flote la aceptación de un estilo de vida, de parte de Doreen, quien, una vez puesta a examen por su marido, ya adelgazada, saca a flote esa parte de la condición humana llamada dignidad, como en el caso del Lazarillo de Tormes, cuando el muerto de hambre se pasea por todos lados con un palillo en la boca para dar (y darse) la impresión de que acababa de hacer una generosa comida.

Lo cierto es que, pese a las motivaciones, insatisfacciones y trayectos del desencanto, éste siempre será, como sugiere Magris, una forma irónica, melancólica y aguerrida de la esperanza.

Bibliografía

BAUMAN, Zygmunt (2008). Múltiples culturas, una sola humanidad, Katz Editores: Buenos Aires.

CALASSO, Roberto (2005). K., Anagrama: Barcelona.

GAMPER Sachse, Daniel (2008). “Si perdemos la esperanza será el fin, pero Dios nos libre de perder la esperanza”, entrevista a Zygmunt Bauman, en Bauman, Zygmunt. Múltiples culturas, una sola humanidad, Katz Editores: Buenos Aires.

LIPOVETSKY, Gilles (2007). La felicidad paradójica, Anagrama: Barcelona.

MAGRIS, Claudio (2004). Utopía y desencanto. Historias, esperanzas e ilusiones de la modernidad, Anagrama: Barcelona.

PESSOA, Fernando (2004). Libro del desasosiego, El Acantilado: Barcelona.

ZÚÑIGA, Dulce María (2007). “Elogium del Taedium Vitae”, en revista Tedium Vitae, invierno, núm. 6, México.

 


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