Poder, arte, mito

El mundo es lo más parecido a una pintura dinámica, y en esta pintura el hombre juega el papel de una representación más

El poder como capacidad y como fuerza remite al arte, a la metamorfosis, al movimiento perpetuo que acontece en todo momento. El hombre es una imagen, un conglomerado de simulacros que se anudan de tal forma que el resultado final, el individuo, posee la destreza de reconocerse en los múltiples rostros que lo conforman.

Poder es ejercicio de una fuerza que modifica la imagen que de alguna forma ya se petrificó. El arte implica un espacio en el que el dominio sobre la materia es fulminante: fulminante puesto que la fuerza que se imprime genera una secuencia de representaciones que se confunden con el mundo, pero cuando logra brillar con verdadera intensidad, es el mundo.

El poder, entonces, es el arte de los simulacros, metamorfosis de aquello que por un momento parece detenerse en la unidad, pero sólo para continuar su juego de posiciones y superposiciones en el espacio de los distintos reflejos que articulan la realidad.

El poder debe pensarse como la muerte perpetua que acontece en todo aquel que lo ejerce como despliegue y cristalización de su deseo: cada vez que realizamos un deseo morimos para renacer como alguien más, como alguien precisamente más poderoso.

El deseo evoca ese objeto que se deja adivinar pero que nunca está ahí. En el momento en que emerge es porque ya se efectuó una manifestación de fuerza que destruyó algo para que su nuevo rostro apareciese.

El nuevo rostro es una imagen que el poderoso porta en su nuevo ascenso deseante. El poder es esa nada que produce (producir en su acepción de sacar a la luz) una imagen que se insinúa pero que no se presenta hasta que la fuerza expresada ejecuta el acto sacrificial que finalmente la hace visible.

Dicho con otras palabras: el poder no secuestra los corazones de los individuos para hacer el mal y así obligar a todos a someterse al dominio de la autoridad; por el contrario, se inscribe en el ámbito activo de la afirmación de la fuerza que necesariamente asesina el orden existente para pasar a otro distinto.

Lo que no quiere decir que el objetivo deba ser un cambio por el cambio mismo, sino que aun para lograr mantener un orden existente, donde parezca que el rostro continúa idéntico, es necesario matar un pedazo de la realidad, modificar constantemente la imagen con el fin de que simule que no ha cambiado.

Un hombre poderoso se caracteriza por la capacidad que posee de aparecer como alguien provisto de múltiples recursos, no sólo de uno. Atascarse en una sola imagen es pactar con la impotencia.

Para evitarlo debe estar dispuesto a morir constantemente, a sacrificar su identidad en función del deseo que impulsa su existencia. Incluso la posibilidad de ser siempre el mismo depende de este delirante juego con los simulacros que conforman nuestra metamórfica identidad.

El poder nos arroja de lleno al espacio del mito, de los gestos que los dioses ejecutan ab origine, en el sueño de los tiempos, para que los hombres puedan saber cómo actuar en situaciones análogas.

Y si a esto agregamos que la física moderna llegó a la conclusión de que el mundo es una imagen que refleja lo irrepresentable, pues entonces el mito se instaura como fundamento de todo poder. Y qué es el mito sino arte despersonalizado.

El proceso es más o menos el siguiente: el mundo es un tejido de simulacros, de imágenes, de mitos, que vistos desde la óptica del propio mito se corresponden con los gestos que el hombre realiza en el mundo.

El orden de los simulacros es metamorfosis pura, como bien lo explica la física cuántica y como lo ha explicado desde siempre la mitología. Sin embargo, los mitos cuentan cómo la metamorfosis, en sentido pleno, hace mucho decidió presentar su aspecto petrificado, es decir, los objetos fueron fijándose en la superficie, pero no sin antes dejar un residuo que nos permite rastrear su movimiento: los gestos.

Los gestos son la imagen exteriorizada, hecha acción, que los hombres extraen de las imágenes y de las gestas de dioses y de héroes. De ahí que emular los actos de los dioses relatados en los mitos sea al mismo tiempo imitar la metamorfosis primigenia.

Ésta, finalmente, representa el orden del universo, y por ello sólo cuando los hombres conocen los gestos que articularon y articulan el mundo, pueden ser poderosos.

Para decirlo de manera pedestre, alguien poderoso sabe lo que se hizo en otros tiempos, y si no cree en dioses, generalmente cree en personajes extraordinarios sacados de la Historia –ese mito clasemediero en donde los dioses son ignorados– que le van dictando el camino a seguir.

Si Zeus se transformó en un león, luego en una oca, y finalmente en un toro para seducir a una mujer mortal, el seductor actual sabe que debe representar varios papeles antes de obtener los favores de la mujer amada. Kierkegaard, en El diario de un seductor, nos proporciona el máximo manual de poder que podamos concebir.

El seductor –en este caso el hombre poderoso– es un artífice de la imagen adecuada; es un estratega que va articulando una escenificación de gestos cuya representación envuelve con su velo al objeto deseado. El caso del seductor kierkegaardiano es paradigmático ya que el objeto de su deseo es el simulacro por excelencia: la mujer.

Y esto no difiere mucho de lo que Maquiavelo nos dice cuando, al final del Príncipe, aconseja que la única forma efectiva de abordar a la Fortuna es emulando el modo en que nos acercaríamos a una mujer para conquistarla, ya que aquélla es voluble y escurridiza como ésta.

No hay nada más voluble y escurridizo que el mundo, justo por ser una tela de simulacros, de expresiones de lo irrepresentable. Por eso los gestos que imitamos de seres que poseen autoridad ante nuestros ojos se perfilan como definitivos en nuestro deseo por “hacer de nuestro querer poder”.1 

Insisto, el mundo es lo más parecido a una pintura dinámica, y en esta pintura el hombre juega el papel de una representación más, pero con una característica que lo convierte un ser peculiar: su capacidad para tejer y destejer ciertos aspectos de lo que se le presenta como realidad.

Ahora bien, que el hombre sea capaz de modificar el mundo, o simplemente de incidir en ciertos aspectos de él, implica que sabe jugar con el orden de las apariencias, que está haciendo arte antes que ciencia. Cuando el hombre decide hacer de su querer poder, debe conocer de antemano el orden de lo que aparece, y ese orden no es otro que el ámbito del mito.

El mito y su delirante jugo de formas: formas que emergen in illo tempore y que se repiten una y otra vez, envueltas en variantes que dibujan distintos rostros del mundo.

Así, podemos ver cómo el mismo gesto se repite a lo largo de las eras adoptando distintas fisonomías: Alejandro Magno, Napoleón, la pléyade de césares romanos, todos responden a un único gesto, el gesto de conquista, y éste se corresponde con las imágenes míticas que anteceden a toda acción.

Detrás se encuentra Crono castrando a Urano; Zeus sometiendo a Crono; o a los aqueos batiéndose con los troyanos en un juego divino para que los héroes expresen el máximo bien que pueden poseer: su virtud (areté), o lo que es lo mismo, su fuerza y su poder.

La mal entendida racionalidad del poder como relación medios/ fines, surge sólo después de que el hombre poderoso contempla la imagen de la conquista en su mente y en su corazón. En efecto, esto no es enteramente así.

En nuestro tiempo el recurso mítico sólo es efectivo para los que saben que las historias divinas se corresponden con las historias humanas; mejor aún, que éstas son el reflejo de aquéllas.

Lo que quiere decir que son muy pocos los que tienen la posibilidad de ser realmente poderosos, ya que la tara ilustrada y pseudorracional que impera en nuestros días oblitera las vías de acceso a ese saber.

Sin embargo la imagen sigue imponiéndose a pesar de que la razón nos ha enseñado a desconfiar de ella. Sólo que ahora los hombres imitan y siguen las imágenes de ciertos conceptos que están de moda, o de ciertos héroes ¿reales?, cuyo ejemplo hay que seguir.

Ahora ya no es Apolo, ni Heracles, ni la guerra de Troya, ni la guerra familiar del Bhagavad-Gita quienes imponen la pauta o el saber para la acción; ahora es el Ché, Gandhi, la democracia, el bien común, los derechos humanos, etcétera, los que habitan las cabecitas modernas.

Si fuésemos congruentes con nuestro deseo por desmitificar todo en nombre de la razón, no habría cabida para todo esto. Veríamos que los héroes modernos arriba mencionados participan del asco y de la miseria humana. Papini lo muestra a través de los ojos de Gog, ese alado aventurero del alma.

Pero, ¿en verdad a quién le interesa saber si nuestros héroes son seres mediocres y plagados de defectos? El Ché real no es el que se erige como personaje a imitar, es el Ché mítico el que prevalece en los libros de historia y en el recuerdo de los modernos. 

Citas
  1. Savater, Fernando (1981). La tarea del héroe, Taurus, Madrid.

 


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