Paz en la palabra: poesía social española de los años cincuenta

Desde los cantos épicos, hasta formas menos consagradas del verso, los poetas han estado ahí para evidenciar la condición humana aferrada a la política o a las estructuras económicas como reducto de formación identitaria

Por: Cecilia Eudave

Tal es mi poesía: poesía-herramienta

A la vez que latido de lo unánime y ciego.

Tal es, arma cargada de futuro expansivo

Con que te apunto al pecho.

GABRIEL CELAYA

Todos los países en alguna etapa de su configuración o de su proceso evolutivo –al cual distinguimos a veces con el apelativo de revolución para acreditar su carácter histórico– han frecuentado la lírica para expresarse.

Desde los cantos épicos, hasta formas menos consagradas del verso, los poetas han estado ahí para evidenciar la condición humana aferrada a la política o a las estructuras económicas como reducto de formación identitaria, y con ello atraer la idea de nación.

No todos, ciertamente, han intentado acercarse a la poesía desde esta trinchera, para ir a tono con el tema que me ocupa, no todos han buscado, en este discurso literario: “un arte de urgencia”, “un instrumento para transformar al mundo”, “un arma cargada de futuro”.

Sin embargo, al compromiso social o toma de conciencia –la mayoría de las veces personal–, se les confunde con una acción política, desvirtuando, en casi todas sus manifestaciones, movimientos que sólo intentan ser testimonios críticos con una visión realista e histórica de la sociedad a la que pertenecen.

Es, por ejemplo, el caso de los poetas sociales de los años cincuenta en la España franquista. Resulta difícil precisar las fechas exactas del surgimiento de la poesía “social” en España, pues ya a mediados de los cuarenta se inician los gritos de protesta contra el régimen con: Hijos de la ira (1944) de Dámaso Alonso.

Este poemario de transición tuvo como principal aporte abrir el camino hacia el problema existencial del hombre, intentando añadir un sentido de compromiso poético lejos de las evasiones garcilasistas.

Generó una actitud poética renovada en un contexto de castración creativa producto de la represión política, imponiendo una postura ética, cívica, que desplazará el yo al nosotros: el hombre existencial dará paso al hombre social.

Los primeros intentos de la validación del movimiento vinieron de poetas como Gabriel Celaya con Tranquilamente hablando (1947) y su más celebrado libro Cantos Iberos (1955), seguido de Blas de Otero con Ángel fieramente humano (1950) o Pido la paz y la palabra (1955), José Hierro con Caminos de mi sangre (1947) y Cuánto sé de mí (1959), Victoriano Crémer con Nuevos cantos de vida y esperanza (1952), Ángela Figuera con Los días duros (1953) que enuncia: “Más de un día me duele ser poeta…/ Es tan fácil vivir cuando sólo se vive/ mudo y simple, esquivando la pesquisa y el verso”.

Los poetas sociales del cincuenta definieron su quehacer poético como un instrumento de comunicación dirigido a la colectividad para rebelarse ante la opresión, las injusticias institucionales, la política arbitraria. Intentaron “despertar al pueblo” escribiendo poemas con un lenguaje sencillo, directo. Y si retomaron los discursos bélicos o violentos fue para trastocarlos, y con ello contraatacar desde la raíz del miedo, asomando un poco de esperanza.

Ciertamente se preguntarán ¿dónde está Miguel Hernández o toda la generación del 27, los primeros en levantar la voz y por ello muertos o exiliados?

Ellos también fueron parte de esa historia, pero aquí hablamos de los poetas que se quedaron dentro, aprisionados entre las paredes de un pueblo acallado, desolado por una guerra civil que aún continúa persiguiéndolos “como un rayo que no cesa”.

Reconocer a esa otra generación de voces, si bien no derrocaron al régimen ni fueron mártires en la historia, desde su resistencia feroz y compartida minaron poco a poco a la censura, a las ideas caducas de confort, de un falso bienestar cobijado por el yugo del control.

Posturas poéticas que sumaron al otro a su canto y se manifestaron como un pequeño intersticio por donde se miraba un horizonte político, si no ideal, distinto. Ellos hicieron de la poesía un arma cargada de futuro para las nuevas generaciones: “Pensadlo: ser poeta no es decirse a sí mismo./Es asumir la pena de todo lo existente, /es hablar por otros, es cargar el peso/ mortal de lo no dicho…” (Gabriel Celaya).

La política y la poesía, quiero suponer, no deberían tomarse de la mano. Me gustaría pensar que la poesía está más allá de los partidos y sus formas, más allá del diletante demagogo, del proselitista infalible, del orador vacío que sólo estremece las palabras. Me gustaría pensar que la poesía se compromete con nosotros, es discurso colectivo alzándose para llamar la atención –en todos sus sentidos–, que el poeta es un instrumento asumiendo su postura desde el hombre y para el hombre, sin identificaciones, ni adicciones, sin ser bandera de nadie ni pretexto de levantamientos.

Es una voz, una conciencia sumando muchas otras para al unísono reclamar lo mismo: respeto para los derechos de los individuos, de los ciudadanos que día a día se levantan para decir: “Sí abrí los labios para ver el rostro/ puro y terrible de mi patria/ sí abrí los labios hasta desgarrármelos, me queda la palabra” (Blas de Otero).

Y con esa palabra se van gestando los cambios, que lejos de pensarlos políticos o con dobles intenciones, lejos de asumir que un poeta o un escritor comprometido necesariamente se corrompe, deberíamos creer –la esperanza como último reducto– que es el principio de una denuncia apelándonos a todos como seres humanos, reclamando nuestra conciencia. 

 


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