Pasión electoral, debilidad presidencial

El fantasma del otrora todopoderoso presidencialismo se convierte en un referente a la hora de construirse expectativas sobre los cambios sexenales

Por: Juan Carlos Cornell

A la distancia uno reconoce cierta exageración en torno a las elecciones presidenciales de México. Se ve en los medios, en los analistas, pero sobre todo en los partidarios de unos y otros la idea que con ellos se reinventará el país.

El fantasma del otrora todopoderoso presidencialismo se convierte en un referente a la hora de construirse expectativas sobre los cambios sexenales.

El país difícilmente va a cambiar en seis años. Estamos frente a una elección, no una revolución. Las próximas autoridades, ejecutivas y legislativas, definirán un rumbo a la política de Estado, pero difícilmente van a reinventar el Estado o a la sociedad misma. Un poco de realismo ayudaría a pensar los desafíos que realmente pueden enfrentar los próximos dirigentes nacionales.

Aun más, antes de tratar de reinventar el país en los próximos años, creo que hay una serie de problemas que demandan nuestra atención y que se refieren a la legitimidad democrática y la efectividad institucional del próximo sexenio.

Es preocupante observar que detrás de las estridentes campañas electorales, los ciudadanos pierden la confianza en la política, los partidos y sus candidatos.

Si la tasa de participación en las próximas elecciones no rebasa el 50 por ciento del padrón, obligará a revisar nuestras instituciones políticas y electorales. ¿Qué legitimidad democrática puede tener quien resulte ganador, si menos de la mitad de los ciudadanos rechaza participar en elecciones?

Otro factor importante a considerar es el de la efectividad institucional. Por ésta me refiero a la capacidad de nuestras instituciones por emprender acciones de impacto nacional. Nuestro sistema de gobierno presidencialista, lo estamos viendo con Vicente Fox, no es tan fuerte como suponíamos; quizá sea mejor decir que un presidente sin el Congreso, es un presidente débil. Y todo apunta que el siguiente presidente tampoco contará con la colaboración del Congreso.

Quizá sea tiempo de que revisemos nuestro sistema de gobierno presidencialista, de lo contrario la frustración presidencial de Fujimori en Perú o Chávez en Venezuela, se presente en nuestro país.

La frustración del próximo presidente puede ser mayor si se siguen concretando reformas transexenales que le quitan poder de decisión. La conformación en este sexenio de la Comisión Federal de Telecomunicaciones, primer producto de la llamada “Ley Televisa”, resta poder de decisión al próximo presidente, quien tendrá que limitar su política en telecomunicaciones a este organismo, creado y conformado por el anterior mandatario.

Pero no es sólo la ley televisa, los lineamientos para la conformación de los presupuestos federales (por no recordar que el del próximo años será decidido por este gobierno), los llamados “blindajes sociales” (que convierten en ley programas de gobierno, lo que obligará al próximo a darles continuidad), o los “blindajes económicos” (que tienen por objeto crear estabilidad macroeconómica, a costa de compromisos en política económica que trascienden este sexenio) están reduciendo la capacidad de gobierno del próximo presidente.

Habría que agregar, por último, que el próximo presidente tendrá que enfrentar responsabilidades en materia de deuda que venimos arrastrando desde hace ya varios decenios. Las deudas públicas externa e interna rondan los 300 mil millones de dólares; tan sólo la externa representa un gasto anual de 15 mil millones de dólares.

Habrá que agregar los pasivos por el pago de pensiones de los empleados públicos, que cifras oficiales señalan que es del orden de los 4.5 billones de pesos, y que pueden representar un costo anual para el 2010 de casi la cuarta parte del presupuesto público.

Independientemente de la pasión con la que se están llevando a cabo las elecciones en nuestro país, el punto es que el margen de acción del próximo presidente estará tan acotado, que quizá deberíamos de preocuparnos más en cómo rescatar la legitimidad electoral de nuestro sistema político y plantear la discusión con respecto a la capacidad de acción que el presidente debería tener, en lugar de desvivirnos satanizando a los contrarios o prometiendo el reino que de todos modos no serán capaces de cumplir. 

 


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