Partidos de clase y partidos de electores. Apuntes para una reflexión

Los partidos dan forma a la arena política, pero condicionados por los conflictos sociales y guiados por el propósito de ocupar posiciones y aun controlar el gobierno

Por: Jorge Narro Monroy
 
Las pasadas elecciones federales pusieron sobre la mesa un tema que parecía de otros tiempos: la derecha y la izquierda. Hasta poco antes del 2 de julio de 2006, era lugar común considerar que esos términos y, en general, la “geometría política”, resultaban obsoletos para cualquier propósito serio.
 
Detrás, quizás, se encontraba la estrategia de los dirigentes y partidos políticos de eludir cualquier posición que pudiera considerarse extrema –o simplemente comprometedora– y de colocarse en un cómodo “centro”, menos amenazante para el electorado y en el cual, además, consideraban que se ubicaba la mayor parte de éste:
 
Los partidos tienen que adaptarse a las demandas de la contienda electoral. Y lo cierto es que […] han modificado sus ideologías aunque se trate de cambios menos drásticos de lo que podrían hacernos creer [sus] programas.
La necesidad de competir por los votos puede arrojar como resultado que partidos de procedencia realmente diversa acaben pareciéndose unos a otros. 1 
 
 
¿Pero es la competencia por los votos lo único que explica la conducta de los partidos? Hasta cierto punto, sí. Según el enfoque institucional:
 
[…] los partidos son concebidos como actores con intereses propios que responden a la lógica de la situación en la que se encuentran; una lógica presidida por la necesidad de competir por los votos. 2 
 
Pero la teoría sobre los partidos no se agota en esta perspectiva. La sociológica, por el contrario, tiende a ver a los partidos como la expresión de los conflictos sociales y de los cambios en la composición del electorado. Y la racionalista –considerada por algunos como una versión de la institucional–, presta más atención a la estrategia partidista y afirma, por ello, que los partidos están orientados de manera casi exclusiva hacia la maximización de los votos.
 
Todos los enfoques tienen limitaciones evidentes: el sociológico reduce la política (y a los partidos) a un epifenómeno de los conflictos sociales; el institucional, los ignora y, además, subestima la estrategia y el liderazgo político; el racionalista, en la medida en que se centra en las metas y en los medios que tienen los partidos para conseguir votos, reduce el problema a una racionalidad en la que los políticos se convierten en individuos exclusivamente interesados en ganar elecciones. 3
 
Este trabajo parte del supuesto de que las perspectivas sumariamente referidas arriba son complementarias. Los partidos dan forma a la arena política, pero condicionados por los conflictos sociales y guiados por el propósito de ocupar posiciones y aun controlar el gobierno.
 
La desaparición de los partidos de clase 
 
Los partidos de clase, se ha dicho, surgen de los conflictos o fracturas sociales y expresan privilegiadamente ideologías, mientras que los partidos de electores se alimentan de coyunturas y articulan protestas y demandas de todos los sectores (catch all).
 
Tomemos, para ejemplificar la posición de los que afirman la desaparición de los primeros, la opinión de Soledad Loaeza: 4 
 
[…] en el último cuarto de siglo esta perspectiva (la explicación de índole estructural sobre los partidos, que atribuye una importancia determinante a las variables socioeconómicas como origen de las fracturas sociales, base de los partidos de clase) se ha visto desafiada por el debilitamiento de tal tipo de variables en la definición de los comportamientos políticos, fenómeno que ha provocado la crisis de los partidos de clase, la volatilidad de los electorados y el auge de los partidos de electores. Este proceso ha incrementado el peso de la coyuntura en la definición de las preferencias electorales de los ciudadanos. 
 
 
La investigadora argumenta que la inestabilidad de la primera mitad del siglo pasado en México y la movilidad social que acarreó la modernización económica de la posguerra –prolongada hasta los años 60– desalentó:
 
[…] la cristalización de alineamientos políticos con base en una fidelidad ideológica o en la condición de clase. De ahí la preeminencia de los factores coyunturales en el desarrollo de los partidos: la fundación del pnr en 1929 fue la respuesta de emergencia a la crisis provocada por la muerte del presidente electo; el surgimiento del PAN en 1939 fue una propuesta de solución a la situación que atravesaba el país después de la expropiación petrolera en 1938 […]; el progreso electoral del PAN está estrechamente vinculado al descontento que provocó la expropiación de la banca en 1982; y el PRD sería inexplicable sin el complejo conflicto postelectoral […] de 1988. 5 
 
 
 La persistencia de los partidos de clase 
 
¿Se han debilitado las variables socioeconómicas asociadas a conflictos sociales? ¿La estructura se desvanece frente a la coyuntura? ¿Se ha instalado de manera definitiva la volatilidad? ¿Han desaparecido, por tanto, los partidos de clase?
 
La volatilidad
 
Una expresión de la presunta extinción de estos partidos sería, por ejemplo, la disminución del voto “duro” y el incremento del voto switch, “golondrino” o “blando”. La volatilidad, para decirlo en una palabra.
Según investigaciones realizadas por Juan Reyes del Campillo, la volatilidad electoral –esto es, el traslado de votos que se produce entre los partidos de una elección a otra– se manifestó por primera ocasión, de manera relevante, en 1994.
 
Entre ese año y 1997:
 
[…] en el caso del PRI encontramos pérdidas en todos los estados, con excepción de Chiapas, exactamente lo contrario que sucede con el PRD. El pvem, aunque muy pequeñas, tiene ganancias en todas las entidades, mientras la situación del PAN y del pt resulta bastante inconsistente, al ganar estos partidos puntos en algunas entidades pero perder en otras.
La volatilidad se dio de manera muy diferenciada en 1997, desde el 28.80 por ciento en el Distrito Federal hasta el 3.62 en Coahuila. Fueron 21 estados con volatilidad de dos dígitos. Las ganancias y las pérdidas de los partidos fueron muy fuertes, en particular del PRI. 6
 
 Pero si se compara lo anterior con la volatilidad entre la elección federal de 1997 y la de 2000, veremos que decrece:
 
Al relacionarse los votos de Alianza por el Cambio respecto de los que obtuvieron en 1997 tanto el PAN como el pvem, se observa una diferencia a su favor de 7.79 por ciento. Mientras, el PRI perdió 2.23 por ciento. La Alianza por México, adicionando los votos del PRD y el pt en 1997, perdió 9.62 por ciento.
[…] al desagregar la información en el nivel estatal […] observamos que únicamente en 17 entidades la diferencia en la votación de Alianza por el Cambio significó más de diez puntos porcentuales a su favor. Por su parte, las pérdidas significativas del PRI se reducen a tres estados […] que fueron puntos a favor de la Alianza por México […] la que vio mermada su votación en un buen número de entidades. 7 
 
 
Por último, la elección de 2003:
 
[…] presentó una volatilidad bastante reducida y acotada únicamente a algunas entidades. 8 
 
 
Visto lo anterior, Reyes del Campillo concluye que
 
La volatilidad […] si bien ha estado presente en las elecciones de nuestro país, ha sido algo perfectamente delimitado en el tiempo y el espacio. 9
 
 
A lo largo de poco más o menos diez años, aunque de manera decreciente, el electorado mexicano trasladó sus preferencias y fidelidad de un partido a otro, en función, sin duda, del desempeño de estas instituciones frente a la coyuntura y de sus estrategias de competencia.
 
Pero una vez terminado ese período, que corresponde al del fin del sistema de partido hegemónico y a la instalación del sistema competitivo, los votantes parecen reaccionar, frente a la urna, impulsados por otros motivos: ¿el retorno a la ideología y a los partidos de clase anclados en fracturas sociales?
 
La histórica lucha por romper el sistema hegemónico consolidó un escenario de tres fuerzas políticas. El objetivo de muchos electores era terminar con la era del PRI, votar en contra de este partido como único camino para alcanzar el cambio.
 
Pero una vez alcanzada la alternancia los electores se realinean de nuevo. La coyuntura cambia, pero hacia una que visibiliza con mayor claridad a la estructura: la pone en evidencia.
 
La estructura y la coyuntura
 
El proceso electoral 2005-2006 y sus contextos, que podrían constituir “la coyuntura” (la alternancia en el Ejecutivo federal y sus escasos resultados respecto de lo que se prometió y se esperaba del “cambio democrático”) no hicieron otra cosa que develar “la estructura”.
 
Dicho en otras palabras: la democratización, limitada a su intelección schumpeteriana (“método para llegar a las decisiones políticas”, 10 ordinariamente la elección de representantes), puso en evidencia su incapacidad, diría Atilio Borón, “para mejorar las condiciones de existencia de las grandes mayorías nacionales”. 11
 
Borón sostiene que:
 
[…] la delimitación de los problemas de la transición y la consolidación de ese régimen político al espacio restringido de lo que podríamos llamar “ingeniería política” –es decir, el diseño y funcionamiento de las instituciones “públicas” de representación y gobierno– constituye un serio equívoco. 12
 
 
Y añade:
 
El aumento de la violencia y la criminalidad, la descomposición social y la anomia, la crisis y fragmentación de los partidos políticos […], la inanidad de la justicia, la corrupción del aparato estatal y de la sociedad civil, la ineficacia del Estado, el aislamiento de la clase política, la impunidad de los grandes criminales y la “mano dura” para los pequeños delincuentes y, last but not least, el resentimiento y la frustración de las masas, constituyen el síndrome de esa peligrosa decadencia institucional de una democracia reducida a una fría gramática del poder y purgada de sus contenidos éticos. 13 
 
Esto último, que parecería una alusión directa al caso mexicano, puede ser ilustrado con una infinidad de datos duros. Mencionemos sólo unos pocos y de carácter económico: el crecimiento promedio anual del PIB en el sexenio pasado fue apenas 2.1 por ciento y el PIB per capita de 1 por ciento; 14 el número de trabajadores permanentes asegurados ante el IMSS es inferior hoy al de 2000; el empleo generado (7.5 por ciento de lo que se requiere para absorber el crecimiento de la población económicamente activa) se concentró en la contratación de trabajadores eventuales; 15 mientras que entre 2004 y 2005 el ingreso corriente de la población más pobre se redujo en 3.7 por ciento, el de la población más rica aumentó 3 por ciento; 16 casi una cuarta parte de los hogares del país percibe ingresos mensuales inferiores a tres salarios mínimos (4,200 pesos) en tanto que los de un solo mexicano (Carlos Slim) llegan a más de 170 millones al día; las 20 familias-individuos de multimillonarios mexicanos tienen ingresos de “14 mil veces el del promedio de la población”. 17
 
No es extraño, entonces, concluir junto con Alberto Aziz que:
 
Ahora que llegamos al final del primer sexenio de alternancia y que la insatisfacción con la democracia crece de forma alarmante, se nota que una las razones de esta insatisfacción tiene que ver con la incapacidad de la política y de sus operadores para dar resultados a la sociedad. Hay un enorme déficit entre expectativas ciudadanas y resolución de los grandes problemas. 18 
  
Pero aun si no consideráramos a la democracia en su acepción procedimental y tampoco –en el otro extremo, representado entre otros muchos por Borón– 19 en su intelección social o integral, sino en una que podríamos calificar de “intermedia”, como algo relativo al régimen político, 20 la transición mexicana también habría dejado mucho que desear:
 
El cisma político que hemos presenciado cotidianamente era inevitable. Es consecuencia de no haberse puesto al día nuestro entramado institucional y normativo para adecuarlo a las exigencias y necesidades de una nueva realidad democrática en el país. La alternancia política se quedó coja en ausencia de una reforma integral y profunda del Estado. De ahí que la incompatibilidad entre, por una parte, la pervivencia de un arreglo normativo y legal, aquél edificado largamente por el régimen priísta, diseñado deliberadamente para la impunidad, la discrecionalidad en las decisiones, la permisividad de la clase política, los abusos de autoridad, el no rendimiento de cuentas, y, por otra parte, las exigencias y necesidades de una democracia emergente, terminó haciendo agua por doquier. 21  
 
La “coyuntura”, la democratización acotada y precaria,
 
[…] el nivel más inmediato de la realidad social, [el] espesor de superficie y […] un segmento de tiempo corto específico, aquel en donde se condensa tiempo social, [expresa un momento en el que] el espesor de superficie […] se condensa con las estructuras [y la] estructura irrumpe en la superficie societal, quedando más o menos desnuda. 22 
 
 
Las variables socioeconómicas
 
Otro de los argumentos utilizados para alegar en favor de la desaparición de los partidos de clase, ligado al tema de la volatilidad, es el que se refiere a las variables socioeconómicas. Los electores, se dice, no votan ya condicionados sobre todo por su ubicación en la estructura social, sino en función de otros elementos: la coyuntura, la fidelidad partidista, los candidatos, etcétera.
 
Sin descartar que los anteriores sean factores que también inciden en el sentido del voto, veamos lo ocurrido de 1988 para acá, empezando por lo que arroja un trabajo de Esperanza Palma sobre el período 1988-1997. 23 Tomaremos sólo al PRD y al PAN por cuanto que expresan con mayor claridad el componente ideológico, asociado a los partidos de clase. 24 
 
  
 
En 1997 los estados con menor marginación (grupo V) fueron aquellos donde el PRD obtuvo el más alto porcentaje de su votación (como en 1988). En los estados con mayor marginación (grupo I) el partido obtuvo el segundo porcentaje más alto. Esto habla de la heterogeneidad del voto perredista y de la diversidad de su apoyo político.
En contraste, en 1944, el PRD obtuvo el más alto porcentaje de su votación en el grupo I. La recuperación del PRD en el Distrito Federal en 1997 incrementó en porcentaje de votos obtenido por el partido en el grupo V. En este contexto, debe recordarse que en los otros dos estados que forman parte de este grupo (Nuevo León y Baja California), el PRD sólo obtuvo 3 y 14 por ciento de los votos, respectivamente. 25 
 
En resumen: en 1988 y en 1997 el PRD (en el ‘88, la izquierda partidista) recibió la mayor parte de sus votos de los estados con menor marginación. Aunque lo ocurrido en el 97 lo explica sólo el Distrito Federal. Palma, además, señala que en estas dos elecciones “el PRD no contaba con una base social definida”. En 1991 y 1994, en cambio, son los estados de alta y muy alta marginación, respectivamente, los que aportan la mayor cantidad de votos al PRD. 
 
Con el PAN ocurrió algo distinto. Fundado en 1939, tenía, él sí, “una base social definida” en el período que estamos observando. Aunque la influencia tradicional de este partido cambió en los estados de muy alta y alta marginación, en términos generales fueron los de baja y muy baja los que le aportaron el mayor caudal de sufragios.
 
 
 
De manera análoga a la seguida por Palma, Juan Reyes del Campillo clasificó, en las elecciones de 2000, los 300 distritos electorales, de acuerdo a su desarrollo, en cinco niveles. En el primero, por ejemplo, se ubicaban los distritos (67) con la mejor infraestructura urbana, educativa, cultural, financiera, industrial y comercial.
 
En el quinto, en cambio, se colocaban los compuestos prácticamente de población rural (55), con bajos niveles educativos, además de condiciones evidentes de marginación.
 
Si analizamos el comportamiento electoral a partir de esta clasificación, encontramos que Alianza por el Cambio [recordemos que encabezada por el PAN] obtuvo sus mejores resultados en los distritos del nivel uno. De hecho, alcanzó en promedio casi la mitad de los votos, muy por encima de las otras fuerzas políticas. Sin embargo, en la medida en que se desciende en el nivel de los distritos, la votación de esta coalición tiende sensiblemente a disminuir, de tal suerte que al llegar al último nivel, su votación apenas si se acerca a la mitad del porcentaje que alcanzó en el primero. 26 
 
 
Mientras tanto, en el PRD los electores tuvieron
 
[…] un comportamiento similar a los del PRI. Esto es, tienen menor presencia en los distritos más avanzados del país y mayor en los de desarrollo inferior. Empero, la diferencia es que la proporción de votos de los primeros distritos y la de los últimos no llega a los seis puntos porcentuales. 27 
 
 
El fenómeno del “voto útil” puede explicar, en alguna medida, el hecho de que el PRD no obtuviera entre los sectores marginados –como había ocurrido en 1994 y en 1997 (exceptuando el D.F.) –, un volumen de sufragios significativamente mayor al conseguido en las zonas de menor marginación. La volatilidad –recordemos lo visto arriba–, aunque a la baja, todavía se manifestó en 2000.
Con todo, decía Palma en un trabajo realizado en 2001 a propósito de los comicios del año anterior:
 
[…] aunque ciertamente las bases sociales del PRD son diversas, como muestran sus porcentajes de votación en estados tan distintos como el D.F. y Oaxaca, su influencia se está reduciendo a los estados más marginales. 28
 
 
Y a continuación reflexionaba:
 
¿Es esto el resultado de una estrategia deliberada? En parte sí. Si observamos los vaivenes de los resultados electorales del PRD en 1994, 1997 y el 2000 se puede apreciar que en 1994, año en que el PRD se acercó políticamente al ezln, su influencia decreció en los estados con menores índices de marginación y se acrecentó en los estados más marginales. En 1997, cuando el PRD presentó un discurso más inclusivo, su influencia aumentó en prácticamente todos los estados, en particular en el Distrito Federal… 29
 
 
Terminemos este trabajo saltando a las últimas elecciones, las de julio de 2006. El análisis de esta contienda recoge el enorme avance que tuvo la coalición encabezada por el PRD, particularmente en las zonas habitadas por la población más pobre, pero no entre las clases medias, donde perdió una suma importante de votos.
 
Por el contrario, la oferta del PAN no convenció a los sectores populares, aunque es necesario señalar que la votación alcanzada en los distritos de alta marginación fue prácticamente la misma que la recibida en 2000.
 
De los 85 distritos rurales, el PRD ganó en 50 y el PAN en 27, cuando seis años atrás, con 96 distritos rurales, las cifras habían sido 5 y 11. En términos de votos, esto quiere decir que mientras que el PRD pasó de 2 a 3.7 millones (20.6 a 36.6 por ciento) en estos distritos, el PAN perdió un poco menos de 40 mil votos, para quedarse con los casi 2.8 millones que recibió en 2000.
 
La votación en las áreas urbanas, en cambio, favoreció al PAN, no obstante haber perdido alrededor de 1 millón de sufragios respecto de 2000. En 2006, recibió 12.1 millones, 38.7 por ciento de los votos emitidos en esas demarcaciones. Por su parte, el PRD, con enorme presencia particularmente en el D.F., pero también en algunas ciudades del centro y sur del país, obtuvo 10.9 millones de sufragios, 34.9 por ciento del total registrado en los distritos urbanos.
 
Para ilustrar desde otra perspectiva lo anterior, a continuación se muestran datos de una tabla, elaborada por Alejandro Tuirán Gutiérrez, en el contexto de un trabajo en el que aborda la relación entre el voto y las variables socioculturales. Específicamente, entre el voto y el Índice de Desarrollo Humano (IDH). 30 
 
 
 
 
 
Para cerrar este capítulo: en los últimos 20 años los sufragios a favor del PAN se han emitido, predominantemente, entre los sectores medios y altos de la población, aunque no es despreciable el incremento registrado entre los electores de más bajos recursos. El “voto duro” albiazul se encuentra, pues, entre las clases poseedoras. Por el contrario, el voto de los marginados ha tendido a favorecer al PRD, aunque tampoco hay que desestimar –en particular en el Distrito Federal– el caudal proveniente de las clases medias e incluso altas.
 
A manera de conclusión
 
En 1988, por primera ocasión, el PRI y el sistema de partido hegemónico se ven seriamente desafiados. La izquierda partidista y un sector de la izquierda social se agruPAN en el Frente Democrático Nacional (fdn), que al año siguiente daría lugar al PRD.
 
El PAN, nacido en 1939, dejaría, a partir de ese entonces, de ser una organización testimonial para convertirse rápidamente en un partido con vocación de poder. El año no es mágico, sino un precipitador de múltiples, añejos y complejos procesos.
 
No es mágico, pero sí un mojón en el proceso de democratización política de nuestro país. A partir de él, empezaría a consolidarse un sistema competitivo de tres partidos.
 
¿Partidos de clase? ¿Partidos de electores? ¿Partidos asociados a rupturas sociales, a la estructura, a ideologías? ¿O partidos dependientes de la coyuntura y ligados a protestas y demandas de todos los sectores?
 
La afirmación que hemos tratado de construir a lo largo de este trabajo es que no han desaparecido los partidos de clase. Al contrario: tanto el PAN como el PRD se han afirmado en ese sentido; en tanto que el PRI, más instrumento del Presidente y del Estado que partido en sentido estricto, fue desdibujando su perfil en la medida en que dejaba de cumplir la función que le dio origen.
 
a) La volatilidad, registrada sobre todo entre 1994 31 y 2000, encuentra su mayor explicación en la predominancia, en la sociedad mexicana, del clivaje prosistema-antisistema. Lo decíamos atrás: “El objetivo de muchos electores era terminar con la era del PRI, votar en contra de este partido como único camino para alcanzar el cambio. Pero una vez alcanzada la alternancia los electores se realinean de nuevo”. Y, al realinearse, emerge de nuevo el clivaje izquierda-derecha. 32
 
b) El PRD y el PAN no son simples epifenómenos o usufructuarios de los conflictos sociales. Diseñan estrategias y alimentan liderazgos para acercarse a sectores específicos de la población. 
 
 
Pero también en 2006 se pudo advertir una estrategia deliberada en este partido: “Por el bien de todos… primero los pobres”, lema acompañado por un discurso de su candidato a la Presidencia considerado como confrontativo por los grupos empresariales, que le restó votos entre las capas de población menos marginadas. 33 
 
El PAN, por su parte, aunque ha buscado y obtenido un número creciente de votos entre los electores de menores ingresos, consolidó su arraigo primordial en las zonas y grupos de menor marginalidad. Tampoco ha sido casual. 
 
La cada vez más visible presencia en sus filas –desde finales de los años 70– de grupos empresariales y religiosos; los cambios estratégicos y organizativos sufridos entre 1988 y 1993; 34 la estrecha relación entre el gobierno de Vicente Fox y la iniciativa privada; 35 la participación de organismos y figuras del ámbito empresarial en la campaña de Felipe Calderón y el hecho de que una proporción muy significativa de los actuales diputados federales del albiazul tenga una trayectoria vinculada a ese sector, habla de una relación intencionalmente prioritaria del PAN con las clases pudientes.
 
c) En 2000 culmina un proceso sobre cuyo carácter y arranque todavía se debate. ¿Transición a la democracia o sólo alternancia? ¿Y empezó en 1977 con las reformas electorales de Reyes Heroles, o en 1988 con la escisión cardenista en el PRI y el fraude, o en 1996 con la ciudadanización del ife, o en 1997 cuando el tricolor pierde la mayoría en la Cámara de Diputados?
Más allá de que julio de 2000 cierra la prolongada historia de las presidencias articuladas al PRI (o a la inversa), es posible afirmar que culmina una coyuntura –esa más breve y cuya fecha de nacimiento se discute–: la del predominio de la agenda política nacional centrada en la democratización electoral. Pero cuando en 2000 “sale el PRI de Los Pinos”, se abre otra coyuntura: la del “cambio”.
¿Cuál? Uno que se redujo a la sustitución del PRI en el Ejecutivo federal. El hecho es que –como decimos páginas arriba– ni la derrota del PRI, ni el primer gobierno del PAN (o si se quiere, ni la transición ni el cambio) tocaron significativamente las grandes fracturas sociales.
Por el contrario, mostraron su insuficiencia frente a éstas: pasadas las coyunturas político-electorales y dada su naturaleza, se muestra de nuevo la estructura social de desigualdad y dominio. Esa en la que se anclan las ideologías y los partidos de clase.
 
 
La volatilidad electoral se reduce; las variables socioeconómicas cobran de nuevo relevancia y los factores estructurales se visibilizan.
 
Se fortalece el discurso ideológico de los partidos (más del PRD y del PRI; menos obvio en el caso del PAN, que insiste en que el tema no es “derecha” o “izquierda”, sino “futuro-modernización-democracia” o “pasado-retroceso-populismo”, lo cual también es ideológico 36 ).
 
Las estrategias y liderazgos partidarios (no exentos de conflictividad al interior de las propias organizaciones) se posicionan de cara al mercado electoral. Reaparecen los partidos de clase.
 
 
Citas
  1. Alan Ware, Partidos políticos y sistemas de partidos, Istmo, Madrid 2004, p. 88.
  2. Ídem., p. 37.
  3. Cf. Esperanza Palma, Las bases políticas de la alternancia en México. Un estudio del pan y del prd durante la democratización, Universidad Autónoma Metropolitana, México 2004, pp. 18-23.
  4. Soledad Loaeza, El Partido Acción Nacional: la larga marcha, 1939-1994. Oposición leal y partido de protesta, Fondo de Cultura Económica, México 1999, p. 37.
  5. Ídem., pp. 37-38.
  6. Juan Reyes del Campillo, “La transición se consolida”, en El Cotidiano, núm. 85, septiembre-octubre de 1997, México, UAM Azcapotzalco, pp. 10-12.
  7. Juan Reyes del Campillo, “2 de julio: una elección por el cambio”, en El Cotidiano, núm. 104, noviembre-diciembre de 2000, México, UAM Azcapotzalco, pp. 10-12.
  8. Juan Reyes del Campillo, “2003, elecciones después de la transición”, en El Cotidiano, núm. 122, noviembre-diciembre de 2003, México, UAM Azcapotzalco, pp. 10-15.
  9. Ídem., p. 14.
  10. Joseph Schumpeter, Capitalismo, socialismo y democracia, Aguilar, Madrid 1968, p. 343.
  11. Atilio Borón, Estado, capitalismo y democracia en América Latina, Clacso, Buenos Aires 2003, p. 261.
  12. Ídem., p. 231.
  13. Ibidem, p. 261.
  14. Orlando Delgado Selley, “Un desastre maquillado (Finanzas públicas del gobierno foxista)”, en Nexos 350, México, febrero de 2007, pp. 7-11.
  15. Ignacio Román, “La coyuntura económica en México: estabilidad estancada e inestable”, en Christus 753, México, CRT, 2006, p. 10.
  16. “Disminuye ingreso de los más pobres”, Mural, 30 de septiembre de 2006, p. 2.
  17. Datos del Banco Mundial y del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) citados por Cecilia Cervantes Barba en “Al cierre del sexenio: fortalecimiento estructural de los medios electrónicos en contextos de desigualdad e inequidad”, Análisis Plural, julio-diciembre 2006, Guadalajara, ITESO, 2007, p. 110.
  18. Alberto Aziz, “El rompecabezas de Oaxaca”, en El Universal, 10 de octubre de 2006.
  19. José Antonio Ocampo, por ejemplo, concibe a la democracia como “la extensión efectiva de los derechos humanos”. Y se refiere a todos… Cf. J. A. Ocampo, “Economía y democracia”, en La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, PNUD, Buenos Aires 2004, pp. 359-364.
  20. Cf. Jorge A. Narro, “Democracia, sociedad civil y ciudadanía: tres conceptos que definen el marco de la participación”, en Folios, núm. 1, Guadalajara, Instituto Electoral del Estado de Jalisco, Guadalajara 2006.
  21. César Cansino, La visión de los vencedores. Reflexiones a propósito del documental “México: la historia de la democracia”. Ponencia presentada en el ciclo de conferencias “Reforma en la Ciudad de México, esto apenas comienza”, Secretaria de Cultura del Gobierno del DF, México, DF, 28-30 julio 2004, p. 15.
  22. Jaime Osorio, Fundamentos del análisis social. La realidad social y su conocimiento, México, Fondo de Cultura Económica-UAM Xochimilco, 2001, pp. 70-71 (el subrayado es nuestro). Loaeza, por su parte, admite que la coyuntura no puede excluir la “consideración de factores de largo plazo, aquellos que actúan directamente sobre la organización y se constituyen en el contexto dentro del que se ubica la coyuntura. (Contexto que es) encuentro entre el tiempo largo y el tiempo corto (…) y tiene un nivel de generalidad (…) superior a la coyuntura, no es tan inmediato”. Obra citada, pp. 43 a 45. Sin embargo privilegia expresamente la coyuntura.
  23. Esperanza Palma, Obra citada. Los cuadros aparecen en las pp. 209 y 231.
  24. El PRI, es ya lugar común, carece de ideología. Su nueva dirigencia, encabezada por Beatriz Paredes, habla de transformarlo en un partido de “izquierda democrática”, luego de que en la contienda por la Presidencia de la República buscó, pragmáticamente, distinguirse del PAN y del PRD colocándose sin éxito como una oferta de “centro”. Años atrás, durante la administración de Carlos Salinas, éste le atribuyó un pensamiento calificado como “liberalismo social”, con el que pretendía dejar atrás el “nacionalismo revolucionario”.
  25. Ídem., p. 208.
  26. Reyes del Campillo, Juan. “2 de julio: una elección por el cambio”, en El Cotidiano núm. 104, noviembre-diciembre de 2000, México, UAM Azcapotzalco, p. 12.
  27. Ídem., p. 13.
  28. Esperanza Palma, “El PRD y las elecciones del 2000”, en El Cotidiano núm. 106, marzo-abril de 2001, México, UAM Azcapotzalco, p. 19.
  29. Ídem., p. 19.
  30. Alejandro Tuirán Gutiérrez, “El voto de la población excluida y marginada”, en Enfoque, núm. 666, 24 de diciembre de 2006, México, periódico Reforma, p. 7.
  31. Aunque tanto en 1988 como en 1991 hubo un significativo traslado de votos de un partido a otro: del PRI al FDN, primero, y de éste al PRD, después, la turbiedad de las elecciones impide tomar como ciertas las cifras oficiales. En el 88 la “caída del sistema” y en el 91 el “fraude cibernético” quitan toda confiabilidad a los datos.
  32. Cf. Jorge Narro Monroy, “El 2 de julio o la resurrección de las ideologías. Una reflexión desde la perspectiva de los partidos”, Iberoforum No. II, revista electrónica del departamento de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, Otoño de 2006 (www.uia.mx/iberoforum).
  33. Por supuesto que también caló en el electorado –basta ver en las encuestas cómo creció, entre marzo y junio de 2006, el rechazo a AMLO- la “guerra sucia” instrumentada por el PAN y el Consejo Coordinador Empresarial.
  34. Cf. Soledad Loaeza, obra citada, capítulo 5.
  35. No está de más recordar que Fox, en una de sus primeras giras internacionales, proclamó que el suyo era un gobierno “de empresarios para empresarios”.
  36. “La izquierda-derecha ha querido ser sustituida por la oposición democracia-totalitarismo. Los ideólogos del ‘liberalismo y del capitalismo triunfantes’, con más recursos propagandísticos que los del socialismo, han querido ocultar, con las ventajas indiscutibles de la democracia sobre el totalitarismo, que esta oposición se ubica en una dimensión diferente a la oposición igualitarismo-no igualitarismo”. Octavio Rodríguez Araujo, Derechas y ultraderechas en el mundo, Siglo XXI editores, México, 2004, p. 38.
Bibliografía

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