Para salir de la caverna: Hacia una crítica del desencanto intelectual

El flagelo del desencanto ha contaminado distintos poros de la aldea planetaria: la política, la economía, la cultura, la religión, la escuela, la familia, la pareja, entre otros

Por: Sergio Ortiz Leroux

En honor a la verdad, no existen muchos motivos para documentar nuestro encanto con el entorno inmediato: crisis económica, cambio climático, delincuencia organizada, fraudes, desempleo, asesinatos, violaciones, impunidad, ajusticiamientos, robos, violencia intrafamiliar, bulimia y anorexia, alienación, erosión de la intimidad y una larga lista de figuras apocalípticas y demenciales marcan el signo de nuestro tiempo.

Por más que el espíritu se aferre a alimentar el optimismo y las buenas vibras (¡¡¡ánimo muchachos, de nosotros será el reino de los cielos!!!), la realidad se encarga una y otra vez de desmentir nuestras buenas intenciones.

A diferencia del siglo XX que nació alimentado por la esperanza de un mundo más justo, libre y equitativo (revoluciones mexicana del 10 y rusa del 17), el siglo XXI comienza con la aparente sensación de que no hay futuro y de que el presente es simplemente una apuesta incierta dirigida a la mera sobrevivencia de nuestra especie.

El flagelo del desencanto (esa “edad de los labios secos y de las noches sin sueño” de la que hablaba José Martí en su Amor de ciudad grande) ha contaminado distintos poros de la aldea planetaria: la política, la economía, la cultura, la religión, la escuela, la familia, la pareja, entre otros, están sometidos a un vértigo interminable que delata su fragilidad e inestabilidad. Lo que ayer se revelaba como aparentemente sólido, hoy se desvanece lentamente en el aire.

Dentro del catálogo de jinetes del desencanto, que no del apocalipsis, destaca el llamado “desencanto intelectual”, que puede ser asociado en sus versiones más cínicas con la muerte de las ideas como motores del cambio social, o en sus versiones más estoicas con la crisis de los intelectuales como “príncipes modernos” (Antonio Gramsci) o como conciencia moral de una sociedad.

En esta oportunidad que generosamente me ofrece mi desencantado e irrepetible amigo Juan Luis González,1 no voy a abonar a la tesis posmoderna de la muerte de las ideas o del agotamiento de los grandes relatos de la Modernidad (el catálogo de “ismos”: socialismo, liberalismo, anarquismo, republicanismo, etcétera), sino voy a ensayar algunas reflexiones sobre el peso del signo del desencanto en la crisis que atraviesa actualmente la figura del intelectual.

Mi propósito, por supuesto, no es sumarle más puntos al cinismo intelectual (ya demasiados cínicos circulan libremente en nuestras transitadas autopistas intelectuales), sino apostar por un tipo de saber que pase necesariamente por los intelectuales, pero que de ninguna manera se agote en ellos. 

DE CAVERNAS, LUCES Y SOMBRAS Y OTRAS CHACHALACAS

En el libro VII de La República, en la famosa “Alegoría de la caverna”, Platón o, más bien, su alter ego Sócrates, nos cuenta que en el fondo de una caverna hay un grupo de hombres encadenados de piernas y cuello y que están ahí desde su niñez: “Detrás de ellos, la luz del fuego que arde algo lejos y en plano superior, y entre el fuego y los encadenados, un camino situado en alto; y a lo largo del camino suponte que ha sido construido un tabiquillo (tabique) parecido a las mamparas que se alzan entre los titiriteros y el público (…) Pues bien a lo largo de esa pared, unos hombres que transportan toda clase de objetos, cuya altura sobrepasa la de la pared y estatuas de hombres y animales hechas de piedra y de madera” (514b, 515a).

¿Qué es lo que ven esos hombres encadenados proyectado sobre la pared de la caverna que está precisamente frente a ellos? Sombras, nada más, como diría la canción. ¿Qué es lo que sucedería si uno de ellos fuera liberado de sus cadenas y obligado a levantarse? Saldría a la luz.

La metáfora de la luz y las sombras de Platón nos revela, puntos más puntos menos, la diferencia entre el mundo de lo inteligible y el mundo de lo visible, de lo real y de lo aparente.

El proceso educativo, en clave de la Academia de Platón (que, por cierto, es la única “academia” digna de ese nombre), puede ser representado como el ascenso de las tinieblas a la luz, de la apariencia engañosa y momentánea de las cosas y la gente a la esencia intemporal de las mismas. Nadie que haya ascendido al universo de la luz quisiera volver voluntariamente a descender a la galaxia de las tinieblas.

Por el contrario, la luz llama a más luz y la libertad llama a más libertad (solo al tonto de Abundio se le ocurriría, por ejemplo, pedir permiso a sus padres para llegar a casa una hora más temprano después de la juerga sabatina).

De ahí que la vieja perorata cínica –ahora le llaman posmoderna– de que las ideas ya no son motor de cambio social es insostenible no solo porque el hombre que asciende a la luz y descubre el mundo inteligible ya no es el mismo que aquel que permanece en la obscuridad del mundo visible (¡¡¡conocí la libertad, y me gustó!!!, grita la adolescente de la familia), sino también porque el espacio luminoso que nace de la acción común de hombres visibles –el espacio de la política del que habla magistralmente Hannah Arendt– es irreductible a la biografía personal de sus fundadores.

Las ideas de los hombres pueden ser progresistas o conservadoras, de izquierda o de derecha, pero en el momento en el que éstas se traducen en ideales, programas, doctrinas o manifiestos (políticos, filosóficos, económicos, morales, estéticos, etcétera) se convierten necesariamente en vehículos de orden o de cambio social, e influyen de manera inevitable en el proceso de conservación o liquidación del status quo.

En consecuencia, el problema del desencanto intelectual no puede estar vinculado con la muerte de las ideas como sustento del orden social o del cambio social, sino en todo caso se encuentra asociado a la crisis que actualmente atraviesan los agentes y agencias encargados de difundir o divulgar las ideas.

Es verdad que la crisis de los intelectuales se ha agudizado en los últimos años como resultado, entre otras cosas, de un clima general de desencanto que parece convertir en polvo todo lo que toca.

Pero el origen de esa crisis no se encuentra en el fenómeno ¿coyuntural? del desencanto (eso sería tanto como poner los bueyes delante de la carreta), sino en la erosión de la figura del intelectual en nuestros tiempos y en su paulatina sustitución por personajes como el especialista y el ideólogo. 

DE INTELECTUALES, ESPECIALISTAS E IDEÓLOGOS

En pleno siglo XXI, el aura del desencanto ha llegado también al reino de los intelectuales. Atrás quedaron los tiempos en los que la palabra escrita y pronunciada por el intelectual –al igual que la del cura o el médico del pueblo– era leída y escuchada con respeto y admiración por las élites políticas y económicas y por los simples ciudadanos de a pie.

La imagen de los grandes hombres de letras que resguardan la conciencia crítica y moral de un pueblo o una nación (Alfonso Reyes, Octavio Paz y Carlos Monsiváis, por mencionar a los principales intelectuales mexicanos del siglo XX) ha perdido fuerza e intensidad en un mundo donde el dominio de la técnica, de las imágenes, de la inmediatez y de la utilidad política y económica le ha ido ganando terreno al campo de ideas y anhelos colectivos de libertad, igualdad y fraternidad. 

Salvo honrosas excepciones que confirman la regla, la figura del intelectual comienza a rivalizar y en muchas ocasiones a ser sustituida por las estampas del especialista y el ideólogo. El sueño ilustrado y romántico del escritor, artista o científico que opina de cosas de interés público con cierta autoridad moral (Gabriel Zaid) está quedando de alguna manera en el olvido.

En nuestro tiempo nublado dominan cada vez más el escenario un conjunto de personas y personajes que si bien opinan o intervienen de alguna forma en la vida pública lo hacen en su calidad de especialistas o de ideólogos. Dicha mutación ha tenido serias repercusiones en la credibilidad pública de la que gozaban anteriormente los intelectuales.

Los especialistas, en la medida en que se circunscriben a una porción cada vez más específica y parcial de la realidad (saben mucho de algo pero poco o nada del todo), acaban en muchas ocasiones mostrando un desconocimiento o indiferencia casi absolutos hacia los asuntos de interés público.

Su grado elevado de especialidad académica se ha convertido en muchos casos en una suerte de barrera de protección de su zona de seguridad o confort individual, ya que comúnmente eluden opinar sobre aquellos asuntos de interés público que no se ajusten a los temas de su torre de Babel.

Al final del camino, el académico-especialista ha terminado por ganarle la partida al ciudadano-académico, provocando con ello su alejamiento y/o divorcio del conjunto de la sociedad.

Los ideólogos, por su parte, en la medida que responden a la lógica del poder o del dinero, terminan subordinando el interés general del Estado al interés particular del gobierno en turno y del mercado. Su opinión está sujeta a una verdad incontrastable ajena a la indeterminación del saber: la verdad oficial del gobierno y la verdad trascendental (o espontánea) del mercado.

No es lo mismo, decía Octavio Paz, pensar que mandar. Mientras los intelectuales examinan, juzgan y, cuando es necesario, contradicen y denuncian las acciones del gobierno; los ideólogos justifican, defienden y orientan la acción del gobierno de turno.

De ahí que los intelectuales en el poder (como, por ejemplo, Jesús Reyes Heroles, secretario de Gobernación en el periodo de José López Portillo) dejen de ser intelectuales, sostenía el poeta y autor de Piedra de sol, pues al aceptar los privilegios y las responsabilidades del mando substituyen a la crítica por la ideología, asuntos que, por cierto, no deben confundirse.

En efecto, mientras el término ideología, en el horizonte de la política, refiere a un conjunto de enunciados insuficientemente justificados que tiene por función mantener el poder de un grupo o clase social mediante el intento de prestar legitimidad a ese poder; la noción de crítica, por el contrario, no busca otorgarle legitimidad al poder o al gobernante en turno sino juzgar los fundamentos de ese poder y los dichos y actos de ese gobernante. La primera apoya, la segunda resiste.

En el caso del mercado, los papeles desempeñados por ambas figuras públicas son más o menos similares: los intelectuales examinan, juzgan y, cuando es necesario, denuncian la lógica propia del mercado (por ejemplo, las consecuencias injustas e inequitativas del libre mercado); los ideólogos, por su parte, justifican y defienden intrínsecamente al mercado, especialmente el libre mercado, al que consideran un mecanismo perfecto de asignación de bienes y servicios.

En el fondo, lo que aquí se quiere defender es la necesaria distancia crítica del intelectual con respecto a los varones del poder y del dinero. Distancia que se ha ido acortando a la luz de la transformación de muchos intelectuales en ideólogos o de la sustitución paulatina de aquéllos por éstos últimos. 

INSTRUCCIONES PARA SALIR DE LA CAVERNA...

La apología del desencanto intelectual en su versión hard o soft no tiene otro destino que el oscurantismo. Más allá de la servidumbre voluntaria e involuntaria o del elogio de la podredumbre a la Cioran, siempre existe la posibilidad de soñar que se pueden cambiar las cosas que no nos gustan de este mundo (del otro, mejor no nos ocupamos porque nunca nos vamos a poner de acuerdo).

Ciertamente, en estos tiempos en los que el desencanto ha echado raíces, hay que remar a contracorriente. La fuerza de los hechos –como vimos en un inicio– tampoco ayuda mucho a documentar nuestro optimismo.

Y sin embargo, queda la sensación estoica (por lo menos me queda a mí) de que no hay que dejarse vencer ante tanta realidad (“de la muerte no, sálvenme de la vida, sálvenme de mis ojos ya invadidos de gusanos” decía José Revueltas).

No se trata, ni por lo menos, de volver a encantarnos mediante un curso intensivo de superación personal que nos ayude a volar sobre el pantano, una filosofía trascendental que no esté dispuesta a discutir sus propios supuestos, o una religión redentora que salve a sus indefensos hijos; se trata, más bien, de someter a crítica al discurso del desencanto al tiempo que reconocemos que vivimos en tiempos desencantados.

En efecto, la crítica del desencanto desde el desencanto crítico puede ser una vía que nos ayude a desencantar un poco nuestro desencanto.

En esta empresa cultural y generacional los intelectuales y el magisterio pueden jugar un papel relevante. El papel del intelectual como crítico del poder político y económico resulta fundamental para una sociedad que no quiere convertirse en ciega y muda. La crítica intelectual –indiferente a las trampas de la ideología y al soliloquio de la hiperespecialización académica– es a la sociedad lo que los ojos y la boca son al cuerpo humano.

El sonido de la luz y la luminosidad del eco abierto por la crítica es el mejor antídoto del que gozan las sociedades para controlar a los poderosos, para escucharnos unos a otros sin complacencias, para sacar a relucir lo mejor y no lo peor de nosotros mismos, para definir un horizonte de futuro y una vida en común sin la nostalgia del pasado ni la urgencia del presente.

El magisterio, por su parte, es la ruta que hemos descubierto o inventado los hombres para salir de nuestras cavernas reales y ficticias y acceder a la luz del sol. Ese magisterio tiene que pasar evidentemente por las escuelas y universidades pero no puede agotarse en las mismas.

La familia, los medios de comunicación masivos (radio y televisión) y la ciudad también pueden ser espacios privilegiados para aprender a diferenciar el mundo de lo inteligible del mundo de lo visible.

Si lo anterior adquiriese alguna carta de naturalidad, encontraríamos algunos motivos para documentar, aunque sea un poquito, nuestro encanto en estos tiempos desencantados.

 

Citas
  1. Miembro del Consejo Editorial de Folios (N. del E.)

 


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