OPINIÓN desde WASHINGTON, D.C.

A partir del verano del 2008, la crisis de credibilidad de los Estados Unidos ya no solamente sería política, sino ahora económica, es decir una crisis de credibilidad total

Por: Rodrigo Aguilar Benignos

El colapso económico del 2008, el peor en setenta y cinco años en el mundo, representa para el gobierno de los Estados Unidos un cuestionamiento serio a sus políticas económicas y, sobre todo, a su rol como líder de los países que adaptaron un régimen liberal-capitalista desde 1945.

Sin duda lo ocurrido en materia económica en el mundo tuvo como centro de gravedad la ciudad de Washington, D.C., sede del poder político-militar estadounidense así como de organismos de vital importancia en la arquitectura financiera internacional, tales como el Banco Mundial y Fondo Monetario Internacional. Lo percibido en esta ciudad es el vivo reflejo del presente de ese país, así como de las serias dudas sobre su posición a futuro en el contexto nacional e internacional.

La velocidad de la expansión del tumor económico que cubre a la mayoría de los países de Europa y de América no tiene comparación en la historia.

En tan sólo pocas semanas, algunos gobiernos han nacionalizado sus sectores financieros; la enfermedad ha llegado a notarse en la piel del cuerpo del libre mercado, dejando a su paso manchas de incertidumbre en prácticamente todos los sectores productivos de las economías occidentales.

La descomposición de los órganos que  sostenían “la mano invisible” está presente en economías deformes, desaceleradas, recesivas y, en algunos casos, en economías sin vida.

De acuerdo con el reciente artículo de roger c. altman, los estadounidenses perdieron un cuarto del valor neto de sus activos en tan solo año y medio. 1

Tomemos en cuenta que el mayor activo del estaounidense común y corriente es el capital invertido en sus casas. El total en este rubro se estimaba en 13 billones de dólares en su punto máximo en el 2006, pero éste bajó hasta 8.8 billones a mediados del 2008.

El total de los activos por concepto de retiro, el segundo en  importancia, pasó de 10.3 billones a 8 billones en el mismo periodo. Si a esta pérdida le agregamos los 1.2 billones de dólares perdidos por concepto de pensiones no asociadas a retiro, nos suma una pérdida de 8.3 billones de dólares, esto es, 8.3 seguido de 12 ceros.

Uno de los aspectos más afectados por el papel estadounidense en el mundo en esta específica crisis es el de la credibilidad. De ahí la medida inmediata adoptada por el Congreso  estadounidense para intervenir en el rescate de instituciones privadas.

Más allá de atestiguar la intervención del Estado más cuantiosa a una serie de fallas del mercado en la historia del Estado-nación; restaurar la credibilidad en el modelo económico estadounidense (occidental) tomará más que dinero y tiempo para el mundo.

A partir del verano del 2008, la crisis de credibilidad de los Estados Unidos ya no solamente sería política (principalmente por la intervención militar en Irak), sino ahora económica, es decir una crisis de credibilidad total.

La credibilidad del modelo económico, sin embargo, no parece haber despertado serias críticas dentro de Estados Unidos, salvo las reflejadas en las preferencias electorales que llevó al triunfo al candidato opositor al partido republicano.

“La vida sigue”, “the show must go on”, “es solamente un ciclo”, “saldremos fortalecidos”, como síntesis del conocido optimismo estadounidense, suele incluso llenar algunas de las columnas y editoriales, pensando que su sistema sigue siendo  superior al de los demás.

Sin embargo, existen indicios de que las herramientas comunes para la recuperación económica (estímulos monetarios y fiscales) son insuficientes para disipar la gran nube negra.

Acostumbrados a ver los dramas sociales y políticos como escenas morales, luchas entre el bien y el mal, los estadounidenses tienden –ante el drama económico– a adoptar una visión más   pragmática.

Frente a estos sucesos, la insípida reacción sin autocrítica y la aparición de nuevos poderes económicos, la influencia político-económica estadounidense se ensombrece y plantea nuevas y desafiantes interrogantes, cuyas respuestas estarán en la capacidad institucional de los Estados Unidos de afrontar la crisis a la vez que rediseñar el modelo económico, pero el resultado es incierto.

Ante este panorama, el estadounidense pone con ímpetu la fe, la esperanza y el cambio en el centro del escenario político. La elección del primer presidente afro-americano, así como la recuperación del poder ejecutivo por el Partido Demócrata, oxigenan el cuerpo descompuesto de un país que se caracterizó en los últimos ocho años, tanto en el interior como en el exterior, por su incapacidad para llevar a buen puerto los conflictos.

La elección de barack obama sin duda ha generado, entre muchas otras esperanzas, la expectativa de la pronta recuperación económica. Creer en el cambio es sólo una parte de la solución ante la inconformidad con el presente.

El reto del presidente electo será encabezar un cambio radical de la posición de su país frente a sí mismo y frente a los demás, es decir, una transformación profunda para recuperar la credibilidad perdida en el sentido más amplio.

El andamiaje institucional estadounidense, así como su composición de valores, tendrá que apoyar al nuevo presidente para rediseñar el modelo económico y presentarlo convincentemente al mundo como un modelo viable de prosperidad con los desafíos globales (deterioro ambiental, crimen organizado, dependencia energética, terrorismo).

Únicamente una auténtica revolución de conciencias podrá nuevamente generar ideas innovadoras para reactivar la economía estadounidense.

Finalmente, la encrucijada en la que está el pueblo estadounidense (tanto productores como consumidores) consiste en decidir si la dinámica económica toma el mismo camino de crecimiento económico desmedido o adopta una postura de frugalidad (concepto olvidado precisamente desde la gran depresión de 1929); es decir, una dinámica económica que se realiza de manera comedida y recursiva, usando bienes y servicios propios para conseguir objetivos a largo plazo.


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