OPINIÓN desde MADRID

Pasado el efecto catártico, de duración efímera por lo general, el desplome continúa su inexorable avance hacia el abismo, y pone en evidencia que las acciones también están sometidas a la ley de gravedad

Por: Alberto Ojeda

Bienvenida sea la crisis

Llegó la crisis. Primero como un rumor de lejanías inquietantes y luego, o sea ya, como una realidad cotidiana a la que resulta difícil sustraerse. No hay manera de hacerlo.

En realidad es imposible: siempre hay alguien que saca a relucir el asunto, sea en la circunstancia que sea, al encender la tele, en los corrillos del trabajo, en casa con la familia, con tu pareja, en los encuentros fortuitos en el ascensor, en las charlas con el jefe (bien interesado éste, por otra parte, en recordarte lo delicado de la situación, no vaya ocurrírsete la disparatada idea de pedir un aumento), incluso cuando se encuentra uno a solas la vocecilla de la conciencia, de la que no se puede huir, torpedea toda intención de concederte algún capricho de elevado coste.

Los comentarios de unos y otros (también los de uno mismo en su fuero interno) terminan cansando, por recurrentes: que la cosa está muy mal (o su versión castiza: que la cosa está muy jodida), que ya veremos cómo va a acabar todo esto, que dicen que van a reducir la plantilla, que a ver si nos va a tocar a nosotros… El acojone, en fin, cunde sin posibilidad de que alguien o algo pueda embridarlo a estas alturas.

Ni Obama, encumbrado como el nuevo mesías de la humanidad, ni el resto de mandatarios mundiales, lo consiguen con sus astronómicas inyecciones de liquidez en favor de las entidades financieras, pues el día que hacen públicos sus planes de urgencia las bolsas encajan con alborozo el anuncio, y suben desbocadas. 

Pero pasado el efecto catártico, de duración efímera por lo general, el desplome continúa su inexorable avance hacia el abismo, y pone en evidencia que la las acciones también están sometidas a la ley de gravedad.

Y en esto, cuando todo hijo de vecino anda tentándose los bolsillos para ver cómo anda de peculio, uno, rebelde e insensato por imperativo genético (carácter es destino, dicen), va y se mete en el fregao de emanciparse, con todos los gastos que tal decisión conlleva.

Pero es que recién brincada la treintena lo de abandonar las comodidades del nido familiar se convierte ya en una cuestión moral. No se puede vivir a la sopaboba más tiempo, por vergüenza (torera) y porque la emancipación definitiva es un rito iniciático, imprescindible para continuar el proceso de madurez.

Así que lo hice. Seiscientos euros del ala cada mes. Un precio más que razonable tratándose de un piso situado en la calle Barquillo, en pleno centro de la ciudad, a cinco pasos de la Gran Vía y a otros cuatro de la Plaza de Chueca, donde la comunidad gay levantó su festivo campamento hace ya más de un decenio.

Eso sí, un cuarto sin ascensor, e interior, con vistas a un muro de un gris impenetrable, al que un día de estos le pegó un colorido manguerazo de pinturas, al estilo de Miquel Barceló en la polémica bóveda de la onu, en Ginebra.

Sé que en otros países, en particular del viejo continente, lo de abandonar la casa donde uno se ha criado entre los veinte y treinta años es un paso de lo más normal. Una decisión normalizada por la costumbre.

En España, en cambio, a esas edades es un porcentaje ridículo el número de jóvenes que cogen el petate y se instalan en la propia, ya sea comprada o alquilada. Esta tendencia puede explicarse por cierto conservadurismo, y también por pura comodidad.

Pero lo cierto es que el factor determinante es el de la pasta: no hay una proporción equilibrada entre los salarios y los precios de la vivienda. Alquilar o comprar un piso supone, en la mayor parte de los casos, pagar al casero o al banco, según el caso, una cantidad ostensiblemente superior a la mitad del sueldo mensual.

Pertenezco a una generación privilegiada de españoles. Sin duda, la que de mayor bienestar y libertad ha gozado en toda la historia del país. Pero en ese panorama boyante siempre ha habido una complicación estructural de enorme calado: el acceso de los jóvenes a la vivienda.

Y es curioso porque, en los últimos años, en España se construían más casas que en Italia, Alemania y Francia juntas, siendo nuestra población cuatro veces menor que la de la suma de estos tres países. Algo fallaba, pues.

Seguramente que el afán especulador de unos pocos, que acudieron al sector inmobiliario como buitres cuando nadábamos en la abundancia, primó sobre el interés general, pésimamente defendido por los poderes públicos. Ese sector se convirtió en nuestro motor económico, junto con el tradicional del turismo.

La construcción fue el becerro de oro al que todos adoraban. Hasta que, casi de la noche a la mañana, empezó flaquear: la gente, asustada por el horizonte incierto que se avecinaba, dejó de comprar y el emporio del ladrillo y todas las industrias satélites que germinaron en torno a él empezaron a resquebrajarse.

Ahora cada día nos desayunamos una nueva quiebra de una constructora. Y aquí radica la preocupante peculiaridad que posee esta crisis para España: que a la recesión global, experimentada en todo el mundo, se suma el desmantelamiento del sector más pujante de nuestra economía. 

Sé también que lo vamos a pasar a mal. Y lo lamentaré porque los platos rotos los pagarán, sobre todo, los de siempre. Es decir, la gente con menos recursos. A muchos madrileños y españoles se les tambalea el suelo bajo sus pies estos días.

Yo probablemente puedo ser uno de los damnificados, y que tenga que volver a replegarme en la casa de mis padres hasta que vengan tiempos mejores. Pero en el fondo de todo este ambiente preapocalíptico siento una especie de regusto íntimo. Por varias razones.

Me sublevan los aires de superioridad, las ínfulas de grandeza y el esnobismo. Y de todo ello me han ofrecido indigestas raciones mis compatriotas en los últimos tiempos, instalados como estaban en la cresta de la ola.

La prepotencia del nuevo rico, con dinero pero sin criterio, envenenó mi ciudad y mi país. La recesión, así, viene a corregir en parte tan insoportable defecto: ¡un poco más de humildad, señores!

También me alegra saber que el cemento que amenazaba con invadir algunos parajes naturales, en especial de la costa, tan codiciada por los tour operators, ya no lo hará. Y es que muchos proyectos urbanísticos tendrán que suspenderse por falta de financiación.

En este tipo de casos, la crisis es una suerte de bendición que llega oportunísima. Otro de sus efectos positivos es que plantea la necesidad de debatir y reflexionar. El capitalismo imperante que dominaba en el mundo, tras imponerse a los regímenes de corte socialista, ha quedado en entredicho.

La facilidad con que altos ejecutivos han perpetrado estafas masivas pone de manifiesto sus debilidades. Quizá sea necesario arbitrar mecanismos de control más solventes. O tal vez, simplemente, haya que cambiar de modelo. ¿Pero cómo debe ser el que tome la alternativa? No lo sé bien, la verdad; pero es hora de darle vueltas al asunto, y muy en serio.

Por último, creo que el inquietante período que se avecina será próspero para las artes y el intelecto. Y esta es la consecuencia de la que más me congratulo. En general lo son los períodos históricos convulsos.

Y es paradójico, porque a priori lo que más tiempo nos llevará ahora serán los cálculos para poder llegar a fin de mes. Pero la situación no deja de ser estimulante: habrá que agudizar el ingenio y el talento para salir adelante.

No hay nada más castrante que la armonía perpetua. Queda claro en la reflexión del personaje interpretado por Orson Welles en el El tercer hombre, la novela de Graham Greene adaptada al cine por Carol Reed: “En Italia, en treinta años de dominación de los Borgia, no hubo más que terror, guerras, matanzas... pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza, por el contrario, tuvieron quinientos años de amor, democracia y paz. ¿Y cúal fue el resultado? El reloj de cuco.”

Quizá la crisis, después de todo, sea el toque de atención que necesitábamos. Y aunque sea sólo por eso: ¡bienvenida sea!


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